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estridencias ruidosas.

In document Revista Peón de Rey 118 (página 54-56)

interés. Luego, a los seis, recuerdo que me frustré mucho cuando traté de jugar con mis primos y no sabía ni colocar las piezas. ¡Menuda rabie- ta pillé! Le pedí a mi madre que me enseñase. Se lo pedí con todas las ganas que la niña que era podía expresar, encogida de hombros, tensa.

—¿Debo creer que tu brillante tra-

yectoria… comenzó por una rabie- ta? –los ojos, abiertos como platos, daban cuenta de mi incredulidad. —Comprendí que se me daba bien cuando gané mi primer Mundial. Se toma un tiempo para continuar, busca en su pasado frunciendo el ceño-.

—Sí, fue entonces. Antes, no. Ganaba algunos torneos y me daban copas, pero…

—Pero…

—Corría el año 1993 y Georgia esta- ba en guerra. Había tanques, gente armada, militares. Fueron malos tiempos. Viví la situación de manera sumamente atípica, no comprendía los horrores de la guerra. Me pregun- taba continuamente por qué las per-

sonas hacían esas cosas. ¿Me explico bien? No tenía miedo; sentía una enorme curiosidad. ¿Quieres creer que llegué a subirme en los tanques que había en la plaza? Los niños salíamos a jugar aunque había toque de queda. ¡Era surrealista! Veía los edificios derruidos, marcas de balas… esas cosas. Luego, cuando pasó el tiempo y refle- xioné en qué condiciones vivíamos, lo comprendí de golpe. Murieron muchas personas. Hubo mucho dolor. Fue horrible…–el rostro de Ana se endure- ce-. No entro en cosas de política. No soy una víc- tima de guerra. No tendría derecho, otros han sufrido mucho más que yo.

Las pupilas de la ajedrecista están talladas en obsidiana, podría estar mirándola una vida y jamás sabría cuál es el límite en la opacidad de la emoción que guardan.

—Ana, ¿qué hay de cierto en que recibiste la lla-

mada de Eduard Shevarnadze pidiéndote que ganases el Campeonato del Mundo Femenino Sub12?

—¡Me quedé a cuadros! Mientras el país estaba en guerra yo disputaba ese Mundial.

—El padre de una de las niñas de nuestra delega- ción me dijo que me pusiese al teléfono y, cuando Shevarnadze me saludó, le dije: “¡¿Es el presiden- te?!” ¡Estaba en estado de “shock”! Esa llamada fue algo crucial en mi vida. Sentí que algo estaba pasando. No sabía mucho, con diez años apenas sabes nada. Y gané. Era complicado, créeme.

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—Es sobrecogedor que una niña

cargue sobre los hombros con el orgullo de una nación.

Ana guarda silencio. Se compone el pelo con coquetería, trivializa; imposible ocultarlo, es una lucha- dora.

—Has de comprender que, en Georgia, el ajedrez tiene la populari- dad que tienen aquí los deportes de masas. Y el ánimo de la nación estaba muy bajo. Ganar ese Mundial era una cuestión de Estado.

De pronto, el silencio. Estaba en diálogo consigo misma, ¿cómo atreverme a interrumpir? Repasé discretamente mis notas. “Veamos… Estudió vio- lín seis años y su profesora decía que se le daba muy bien… No, esto lo obviaré, son demasiados datos biográficos. A ver…”

Estuvimos largo rato hablando de literatura, me costaba mantener el pulso. Demostraba ser una apasionada de las palabras, jugaba con ellas tan bien como con los trebejos. Añoraba su época universitaria, nos perdimos en bosques de libros para reencontrar- nos en lecturas comunes.

—¡Me encantan los temas históricos! La novela gótica, también. Como obra litera- ria, la primera que trabajé a fondo fue Fausto, en el original alemán. También guardo gratos recuerdos del Don Carlo de Schiller, sobre la que hice mi trabajo final de la primera carrera. También leo cosas ligeras, claro, obras de detecti- ves. ¡Me gusta todo! Y algo que disfruto es releer muchas veces un libro –hace una pausa y prosi- gue-. Crimen y castigo lo leí a una edad equivoca- da. No lo entendía. Me hizo daño. Tenía trece años y pasé noches en vela, no comía, estaba terrible- mente afligida. Luego, al releerlo, fui asimilándolo mejor. Pienso que cada lectura tiene su edad ade- cuada, una obra a destiempo puede afectar mucho.

Mientras comentábamos nuestros gustos literarios, paseando de la mano de Eurípides y de Cervantes, fue a por una botella de vino que decía reservar para una ocasión especial.

—¿Escribes? –lancé la pregunta sin rodeos.

—¡Claro! ¡Me encanta usar el lenguaje de forma artística! ¡Hacer cambios de género, caer deliberadamente en el error gra- matical y descubrir la emoción! En los cursos de traducción los pro- fesores insistían sobre la necesidad de reflejar lo que simbolizan las cosas, ir más allá de la simple imagen.

La conversación era fluida. Ana, las velas, el vino y mil ideas revoloteando de libro en libro.

—¿Qué me dices de tus gustos musicales? —La música me ayuda a cambiar los sentimien- tos. Mira, es una cosa tontísima, pero hay una marcha militar que me hace sentir muy bien. ¡Qué se le va a hacer!

No podíamos parar de reír. ¿Sería el vino? Momentos como el que estaba viviendo son los que me hacen amar mi profesión, parecía que nos cono- ciésemos desde siempre.

—Me recuerda a cuando era muy pequeña y me quedaba con los abuelos. ¿Te he contado que mi abuelo tenía una radio y escuchábamos juntos esta marcha todas las mañanas? En esa época no había Internet. Su letra nunca la he aprendido, pero me gusta el ritmo que tiene.

Y, como si no hubiese un mañana, Ana y yo nos sorprendimos tarareando la marcha militar a viva voz.

—Tampoco es que sea una melómana, pero adoro la Carmen de Bizet – apostilló de improviso. ¡Me anima mucho! Me gustan algunas piezas sueltas de los compositores, no un compositor en

especial. No soy mitómana.

El corazón me latía intensamente, estaba confuso. El vino parecía empezar a hacerme efecto. Ana, no obstante, fue a por otra bote- lla y, mientras, acompañé sus movimientos arrancándome a cantar Vivat! Vivat le torero!

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“Mi

madre me

enseñó a jugar.

Le apasiona. Podría

haber sido una

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