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ESTRUCTURA HISTORIA DECADENCIA CONTRADICCIONES.

Capítulo XXIX: Continúan las represalias

ESTRUCTURA HISTORIA DECADENCIA CONTRADICCIONES.

He dividido el trabajo en dos partes bien diferenciadas por sí mismas, pues cada una de ellas representan un cambio: el de dinastía y el de siglo; pero no he seguido el criterio cronológico para establecer las partes, ya que el hecho de que la muerte de D. Carlos II, último de los reyes españoles de la dinastía de los Austrias, coincidiera con el final del siglo XVII, y que la llegada al trono de D. Felipe V, primer rey de la

dinastía de los Borbones en España, tuviera lugar en el inicio del siglo XVIII, no supone un cambio inmediato en la vida ni en el gobierno de España.

A este respecto, D. Vicente Palacio Atard afirma que la nueva dinastía encerraba una paradójica significación, porque era al mismo tiempo una continuidad y una discontinuidad histórica: Una continuidad, porque la entronización de Felipe V no rompía la legítima transmisión de los derechos sucesorios a la Corona de España. Y una discontinuidad, porque establecía una ruptura con los criterios dominantes en la Casa de Austria en su política de alianzas matrimoniales y de política exterior ejercida en Europa durante doscientos años.8

Sin embargo, esa ruptura con el pasado, si bien fue evidente y manifiesta con relación a la política exterior, no lo fue en cuanto a las directrices y reformas en el gobierno interior de España. El inmediato comienzo de la Guerra de Sucesión supuso el obstáculo más importante, al que se unieron otros impedimentos, como el rechazo de la nobleza y de la clase política española a los enviados franceses para llevar a cabo las reformas administrativas y hacendísticas que Luís XIV quería imponer, desde Francia; así como la lamentable situación de la Real Hacienda.

Si he dividido el texto en dos partes aprovechando la situación finisecular, ha sido debido a la extensión del trabajo y para facilitar su lectura.

La primera parte abarca el inicio y desarrollo de la Guerra de los Nueve Años, el segundo matrimonio de don Carlos II, las levas y los sistemas de reclutamiento aplicados, la finalización de la guerra con la Paz de Risjwick, la muerte de don Carlos y la lectura del Testamento

La segunda parte se refiere al advenimiento de D. Felipe V de Borbón, hasta el fin del año de 1706, fecha significativa para la historia de Toledo por su particular

8

PALACIO ATARD, V., La Monarquía reformadora, en Historia de España de Menéndez Pidal, Espasa-Calpe, Madrid, 1987, tomo XXIX, vol. I, pág., XII.

aportación a la Guerra de Sucesión en ese año. Son los años iniciales de las reformas del Ejército en los que son muy tímidos los resultados aunque los intentos, plasmados en las primeras Ordenanzas, son muy importantes.

Aunque dieciocho años representan un escaso espacio dentro de la Historia de los pueblos, estos de finales del siglo XVII y principios del XVIII son fundamentales para la de España y la de Europa. Es la etapa final de un largo proceso en el que España pierde definitivamente el lugar de primera potencia en el concierto de las naciones europeas que brillantemente había mantenido desde el siglo XVI.

A España, que sólo necesitó un siglo para alcanzar la preeminencia política y militar en Europa, el que transcurrió desde la unión de Castilla y Aragón en 1479 y la anexión de Portugal en 1580, le bastó también un siglo: desde la muerte de Felipe II en 1598 hasta la de Calos II en 1700, para descender al rango de segunda potencia.9

Esta afirmación asigna al siglo XVII español el calificativo de período de la

decadencia que, sin más análisis, nos inducen a aceptar como válidas las afirmaciones

de la historiografía tradicional, que ha venido asignando los títulos de decadencia,

derrumbamiento, declive, crisis …etc., a la trayectoria histórica del siglo XVII.

J. M. Cuenca Toribio se preguntaba hace unos años si era acertado englobar el período comprendido entre la Paz de Westfalia y la de Risjwick bajo el concepto de “decadencia” al que la historiografía tradicional solía recurrir para definirlo. Se preguntaba también si la decadencia que se aplica al siglo XVII español podía encuadrarse dentro de una visión europeo-centrista de la Historia, porque desde 1630 hasta finales de siglo, la peste, las guerras, el hambre, las plagas, y otros agentes de

9

destrucción se produjeron en los pueblos europeos periódicamente, aunque con más intensidad en unos lugares que en otros (entre los más afectados España).10

La respuesta es afirmativa ya que el siglo XVII fue para Europa y no sólo para España, una época de crisis política, social, económica y religiosa. Lo que distinguía a España de las demás naciones era su situación hegemónica que mantenía desde el siglo anterior, ser poseedora del imperio más poderoso en Europa y en América, y constituirse, precisamente por su poder y su grandeza, en el objeto ambicionado o temido por las demás naciones.

Por estas razones, las atribuciones de crisis y de decadencia resultan acordes con el siglo. Uno de los mayores errores de la política de los Austrias españoles consistió precisamente en el empeño de conservar a toda costa ese gran Imperio. El declive de España fue más espectacular por la evidencia del fracaso de su política en el intento de no quedarse desplazada en la carrera de crecimiento económico, político y militar de las demás naciones del norte de Europa.

La importancia de esta etapa es fundamental y sin embargo ha adolecido durante muchos años de una historiografía acorde con su importancia. Precisamente este vacío historiográfico ha sido uno de los atractivos que han motivado a los historiadores actuales a dedicarse al estudio minucioso de este tiempo, con el propósito de vaciarle de los posibles tópicos que le definen como el de la decadencia del Imperio español, según han dejado constancia los hechos históricos, los documentos de los embajadores extranjeros enviados a sus respectivas Cortes, las relaciones de los viajeros que visitaron España durante el siglo y que dejaron escritas sus vivencias e impresiones, y sobre todo, considerando como ciertos los memoriales que a lo largo del siglo XVII expusieron los arbitristas denunciando los males de España.

10

CUENCA TORIBIO, J.M., Introducción al Tomo Quinto, de la Historia del Mundo Moderno, Cambridge University Press, Sopena, Barcelona, 1971, pág VIII.

Es cierto que son innumerables los testimonios que han dejado constancia del declive industrial, mercantil, social y político de la España del siglo XVII: “deforestación, cosechas deficientes, expulsión de los moriscos, emigración, extensión de manos muertas, de las limosnas y de las vocaciones eclesiásticas, manía del ennoblecimiento, mayorazgos, precios elevados, salarios en alza, impuestos, guerras, debilidades de los favoritos y de los propios soberanos…11 A esta enumeración de

testimonios hay que añadir los dejados por las cédulas reales dirigidas al pueblo pidiendo hombres y dinero para el ejército y para la Hacienda. Es el mismo monarca quien, en muchas ocasiones, descubre la indefensión de España y la pobreza de sus Arcas.

Esta situación, lógicamente, era percibida por los hombres cercanos a la Corte más que por los habitantes de las ciudades y pueblos de la nación. El marqués de Villars, que había sido embajador de Francia en la Corte española en tres ocasiones, escribía al final de la última de ellas:

“Hace quince años todavía era posible encontrar en los Consejos ministros con

buena reputación. Todavía era posible ver en las finanzas del Rey y en el comercio de

sus súbditos suficiente plata para recordar las riquezas que las Indias les habían

aportado bajo un mejor gobierno. Pero (en 1671-1673)…encuentro muy pocos restos

de la vieja España, tanto en lo público como en lo privado.”12

Otro escrito nos descubre mayores males:

“Hallábanse los reales erarios sobre consumidos, empeñados; la real Hacienda

vendida; los hombres de caudal unos apurados y no satisfechos; los mantenimientos al

precio de quien vendía las necesidades; los vestuarios falsos como exóticos; los

puertos marítimos con el muelle para España y las mercaderías para fuera, sacando

11

VICENS VIVES, J. obra. cit. pág. 375

12

Hussey R. D.: El Imperio español bajo las presiones extranjeras, 1688-1715, en Historia del Mundo Moderno, Cambridge University Press, edit. Sopena 1971, Tomo VI, pág. 248.

los extranjeros los géneros para volverlos a vender beneficiados; galeras y flotas

pagadas a costa de España pero alquiladas para los tratos de Francia, Holanda e

Inglaterra; el Mediterráneo sin galeras ni bajeles; las ciudades y lugares sin riquezas

ni habitantes; los castillos fronterizos sin más defensa que su planta ni más soldados

que su buen terreno; los campos sin labradores; la labor pública olvidada; la moneda

tan incurable que era ruina si se bajaba y era perdición si se conservaba; los

Tribunales achacosos; la Justicia con pasiones; los jueces sin temor a la fama; los

puestos como de quien los posee habiéndolos comprado; las dignidades hechas

herencias o compras; los hombres vendidos en tan pública almoneda que sólo faltaba

la voz del pregonero; las letras y armas sin mérito y con desprecio; sin máscara los

pecados y sin honor los delitos; el Real Patrimonio sangrado a mercedes y

desperdicios; los espíritus apegados a la vil tolerancia o a la violenta impaciencia; las

campañas sin soldados ni ,medios para tenerlos; los cabos procurando vivir más que

merecer; los soldados con la precisa tolerancia que pide traerlos desnudos y mal

pagados; el francés como victorioso, atrevido; el Emperador, defendiendo con nuestros

tesoros sus dominios; y finalmente, sin reputación nuestras armas, sin crédito nuestros

consejos, con desprecio nuestros ejércitos y con desconfianza todos.”13

Según este memorial de quejas, la decadencia, la corrupción y el desaliento impregnaban todos los ámbitos de la vida de la monarquía de Carlos II; tanto los relacionados con la economía, hacienda y defensa militar, como los relativos a la justicia, las letras y, lo más grave si cabe: a la dignidad de los gobernantes y del pueblo. No cabe mayor decaimiento y desesperanza.

Ante tal cúmulo de males denunciados por los escritos de la época, la historiografía posterior ha adoptado una actitud crítica y revisionista.

13

CÁNOVAS del CASTILLO, A., tomado del Semanario Erudito y citado en su obra Bosquejo histórico

de la Casa de Austria en España, edit. Algazara, Málaga, 1992, pág. 418. También DOMINGUEZ

Resulta poco creíble que el deterioro y el declive incidieran en tantos espacios de la vida de una nación de manera paralela y simultánea.

Es ilustrativo comprobar que en el mismo tiempo en que se denuncia el estado casi agónico de la monarquía, el Cardenal Portocarrero se dirija a Carlos II, el 8 de diciembre de 1696, con una misiva en la que le dice que la razón que le mueve a comunicarse con él por escrito es para no molestarle, “no moviéndome otra razón que

la del servicio a S M. y mi celo de Pastor…”; y le descubre que “los excesos y

ambiciones se han apoderado de las venas y arterias de todo el cuerpo de la

Monarquía.” Y arremetiendo el Cardenal contra la gestión de Oropesa en sus intentos

de reajustes de la economía, le dice al Rey que “ con el pretexto de decir que no tiene

V. M. de qué valerse, parte de un presupuesto falso: nunca ha tenido V. M. más rico ni

opulento su reino, nunca ha habido más caudales, más joyas, más plata, más riquezas,

más tesoros de los que hay escondidos; que si hubiera fe pública salieran, pero el

temor de no guardar palabra, ni asientos, ni comercio, desconfían los ánimos más

leales”.14

La contradicción es evidente en lo que se refiere a las riquezas pero se reafirma en cuanto a la situación del comercio y a la desconfianza que embarga los ánimos de los españoles. Contradicciones y afirmaciones, que se van repitiendo a lo largo de los escritos conservados de la época y que responden, en unas ocasiones, a los sentimientos de desaliento y de pesimismo que les dominaba; y en otras, a la observación de los hechos y la esperanzada aportación de ideas y proyectos para conseguir la regeneración y restauración de la hegemonía perdida.

Elliot señala que, en los primeros años del reinado de Felipe III, ante los desastres vividos desde los últimos del siglo XVI, nació una corriente fatalista de la interpretación de los hechos que chocaba frontalmente con el sentimiento mesiánico tan

14

profundamente arraigado en los castellanos: “Castilla era la nación escogida por Dios

para llevar a cabo sus designios entre los hombres y las demás naciones. Los

descalabros bélicos de sus invictos Tercios, y los fracasos de todo tipo que se estaban viviendo, se justificaron como un castigo de Dios merecido por sus pecados: si Dios

había abandonado a Castilla era porque Castilla se había olvidado de Dios y se había

entregado a una vida de lujo, de placeres y de hipocresía religiosa. Para estos

moralistas, la vida de la Corte, de los validos del rey y del mismo monarca era la representación de la descomposición moral que les llevaba a una decadencia inevitable. Frente a esta corriente pesimista se desarrolló otra corriente del pensamiento que defendía la posibilidad de la regeneración de la monarquía mediante la reforma de las costumbres y la vuelta a los valores religiosos y guerreros que habían predominado en el siglo XV, “antes del descubrimiento de las Indias y de su perversa riqueza”.15

Según este pensamiento, la “reformación” era el primer paso necesario para la restauración de España, y había de aplicarse no sólo a la reforma de las costumbres y de la moral sino que debía abarcar a todo el aparato gubernamental, empezando por el mismo monarca.16

La contradicción entre lo proyectado y lo realizado resulta evidente cuando se atiende al desarrollo de la política de los gobernantes y a los resultados que se iban obteniendo.

A pesar de considerarse los años finales del reinado de Felipe II como el inicio de la decadencia, todavía en la primera y segunda década del siglo XVII, de 1610 a 1620, Europa vivió un corto periodo de paz y prosperidad fundamentado en la hegemonía de la Monarquía española, llamado la “Pax Hispánica”. Felipe III pudo

15

ELLIOT, John H., El programa de Olivares y los movimientos de 1640, en la Historia de España de Menéndez Pidal, Espasa-Calpe, Madrid, 1982, Tomo XXV, pág. 336.

16

considerarse el rey del mundo más poderoso, gracias a la paz, de lo que fuera su padre gracias a la guerra. “El poder español triunfaba en el exterior, apoyado en la fuerza de las armas, en la habilidad de los diplomáticos y en los compromisos de los lazos de parentesco”. 17 La extensión del Imperio español era mayor que nunca y sus Tercios

eran todavía invencibles.18

La Pax Hispánica se apoyaba en una estructuración social internacional mediante la cual, reyes, ministros, cardenales y obispos de toda Europa recibían los favores y beneficios de la Corte de Felipe III, incluso hombres de Estado de convicción protestante como el conde de Salisbury y Mauricio de Nassau, 19 por lo que España,

contaba con importantes apoyos ideológicos y sociales en los Estados enemigos, y también con el de la Iglesia romana y del Papa. Era una paz esencialmente defensiva pero muy costosa y precaria, difícilmente sostenible.

En esta distribución de favores diplomáticamente repartidos, radicaba la fuerza de la Pax Hispánica, pero también su debilidad porque las exigencias de la atención a las Cortes europeas se estaba convirtiendo para la monarquía en una pesada carga económica y social, y la oposición a este sistema iba en aumento: “una oculta corriente

de protesta germinaba en la más florida dependencia europea de España.”20

Los primeros ataques a la Pax Hispánica se produjeron en Italia, en Monferrato y Venecia… En 1618 en Bohemia, en 1621 en los Países Bajos…La superposición e intercalación de conflictos y, como consecuencia, la guerra general, precipitó el desplome de la supremacía española.21.

17

JOVER ZAMORA, J.Mª y LÓPEZ CORDÓN, Mª V., La imagen de Europa y el pensamiento político

internacional, en Historia de España, de R. Menéndez Pidal, tomo XXVI, vol. I, pág. 410

18

TREVOR- ROPER, H. R., España y Europa, en Historia del Mundo Moderno, Cambridge Unversity Press, Sopena Barcelona, 1971, vol. IV, pág 191.

19

Ibidem.

20

VICENS VIVES, J., Historia General Moderna., Del Renacimiento a la crisis del siglo XX, Montaner y Simón, Barcelona 1973, Tomo I, pág.286.

21

Mª Victoria López Cordón y José Mª Jover Zamora se preguntan si fueron ciegos los gobernantes españoles que voluntariamente implicaron a la poderosa máquina de los Austrias en compromisos superiores a sus posibilidades, y si existían razones suficientes para obligar a los Tercios españoles a recorrer Europa de Sur a Norte sufriendo tan enorme desgaste. La respuesta a sus preguntas la encuentran en las últimas aportaciones de la historiografía en las que “parece relativamente claro que la

monarquía española intervino en una guerra devastadora porque la economía de la

península Ibérica, la seguridad del imperio ultramarino y los intereses dinásticos así lo

exigían.”22

Cuando en 1621 murió Felipe III, también la paz terminó; aunque matizando que Europa occidental llevaba ya tres años sumida en la Guerra de los Treinta Años, en la que España se vio “obligada” a participar como aliada de Viena, precisamente por los compromisos que los lazos dinásticos y de parentesco le exigieron.

A Felipe IV (1621-1666) le correspondió heredar, por lo tanto una monarquía que “no sabe más que de guerras, en contraposición con la de su padre que gozó de la

paz”.23

La misión de restaurar Castilla y rehacer la grandeza de una monarquía que los políticos consideraban en “declinación”, la asumieron los consejeros de Felipe IV, Zúñiga y Olivares. Se creó la Junta Grande de Reformación, encargada de la aplicación de unos ambiciosos proyectos de reforma que abarcaban todos los ámbitos del gobierno: normas económicas, militares y financieras, judiciales y administrativas, promulgación de leyes suntuarias para evitar la ostentación y los gastos superfluos, para activar el crecimiento de la nación y detener la despoblación de Castilla.

22

Ibidem.

23

FERNÁDEZ ÁLVAREZ, M., El fracaso de la hegemonía española en Europa, tomo XXV de la Historia de España de Menéndez Pidal, Espasa Calpe, Madrid,1982 pág. 637

Eran 23 artículos destinados a aliviar las presiones sobre la Hacienda Real

impuestas por la guerra y la necesidad de dar con un remedio cabal para la

complicación de males que la Monarquía padece, a los que se les dio fuerza de ley y

que por lo tanto era indispensable aprobar en las Cortes.

John H. Elliot señala que fue Olivares quien impuso su “desmesurada” personalidad al movimiento reformista de los primeros años del reinado de Felipe IV. Afirma que Olivares, como hombre aficionado a la lectura, conoció la extensa literatura arbitrista del siglo. En su rica biblioteca se encontraron las obras de tres arbitristas muy interesantes:24 González de Cellorigo, con su Memorial de la Política Necesaria y

Útil Restauración Política de España, de 1600. El mercader toledano Damián de

Olivares, con un Memorial de 1620 sobre la producción de lana y seda. Y otro toledano, que fue regidor en el Ayuntamiento de Toledo, intercesor incansable por su ciudad en la Corte, Jerónimo de Ceballos, con su manuscrito publicado en Toledo en 1623, Arte Real para el Buen Gobierno de los reyes y Príncipes.

Elliot advierte en el programa presentado por Olivares en la Junta Grande de Reformación, ciertas coincidencias con las preocupaciones y remedios que presenta el