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Estructura personal trascendente del ser humano

Ideas básicas para una filosofía de la rehumanización

1. Estructura personal trascendente del ser humano

Para entender de verdad la educación que administra esta maravillosa Escuela de Sentimientos es necesario realizar un proyecto de vida rehumanizador o de cambio profundo en la propia vida personal. El desarrollo y la madurez humana es un proceso formativo complejo porque nuestras mejores cualidades como personas –libertad, verdad, amor, comunicación, esperanza– son ambivalentes. Podemos vivir en la verdad y ser transparentes, pero también en la mentira y en la ocultación. Podemos amar, pero también odiar, y el afecto nos puede liberar o esclavizar. En el mundo de la comunicación los lenguajes nos construyen o destruyen. Podemos esperar o desesperar,… en definitiva porque somos libres. A cada paso en la vida tenemos que elegir.

Nos proponemos ahora «teorizar» brevemente sobre la rehumanización, fundamento del trabajo cotidiano de «volver a ser persona» o «crecer como persona», proveniente de esta rica experiencia educativa[4]

. En efecto, la Escuela de Rehumanización o Escuela de

Sentimientos, como Comunidad Terapéutica actualizada es un lugar educativo ideal

donde teoría (filosofía de vida) y práctica (psicoterapia) van de la mano porque su ayuda es eficaz y duradera en la medida en que la persona ayudada desempeña inmediatamente la función de ayudadora, y ello deviene en aprendizaje de una auténtica relación y encuentro con los demás, fruto de una enseñanza verdaderamente rehumanizadora.

La primera enseñanza que se transmite aquí es que solo las personas pueden relacionarse de verdad, es decir, ofrecer posibilidades de encuentro, desde el respeto y el afecto verdaderos. En el fondo, toda ciencia de la persona o Ciencias Personales (CCPP) se apoya en estas dos categorías antropológicas esenciales: la relación y el encuentro. La persona es un ser de encuentro, sin encuentro se muere, y sin relación no hay encuentro. La Escuela de Rehumanización administra una «terapia del encuentro» cuyo verdadero agente es la relación en sus dos formas básicas: consigo mismo y con los demás. Recordemos que el «estatuto de persona» es común a todos los miembros de la Escuela, no de forma abstracta sino bien presente en la palabra «hermano» y en la palabra «familia», lo cual también significa vivencia de relaciones simétricas.

Toda antropología realista parte de la constatación de que somos seres constitutivamente relacionales, y desde que nacemos establecemos con nuestra madre una relación única para acabar de perfeccionarnos extrauterinamente. La relación ha sido una categoría filosófica espléndidamente desarrollada por el pensamiento contemporáneo a partir de S. Kierkegaard (Cañas 2003), también por la moderna ciencia de la computación, o por los teóricos de la comunicación en sus distintas ramas, y ha sido colocada como la categoría central de la psicoterapia (Durand-Dassier 1994, 117- 155).

Uno de los primeros descubridores de esta terapia relacional o «terapia del encuentro» en Psicología fue el profesor Abraham Maslow en la Escuela de Daytop Village. En cierta ocasión les dijo lo siguiente a sus residentes: «Solo he estado en un grupo de encuentro,

y no sé cómo habría reaccionado de haber permanecido mucho tiempo allí. En toda mi vida, nadie ha sido tan franco conmigo. Contrasta notablemente con el mundo convencional, el mundo de los profesores universitarios. Las reuniones de profesores ciertamente no se parecen a estos encuentros. No significan nada y, si puedo, trato de evitarlas. Todo el mundo es muy cortés y nadie se queja de nada. De un profesor, recuerdo haber pensado que sería incapaz de decir “mierda” aunque le llegara al cuello. En el mundo de donde vengo todos son muy educados porque evitan la confrontación. Creo que sería estupendo que pudierais ir a una de nuestras reuniones de la Facultad y tener un verdadero encuentro. Lo pondría todo patas arriba, y sospecho que saldríamos ganando» (1987, 279-280).

El encuentro consigo mismo y el encuentro con los demás forma el entramado antropológico principal que se da en los centros de Rehumanización. El ser humano que solo ve fuerzas deterministas y automáticas en sus acciones necesita darse una vuelta por aquí, y vivir en su propia carne la experiencia del auténtico encuentro. Porque sin esa vivencia rehumanizadora, sin ese volver a nacer de nuevo como persona, no es posible educar de verdad, ni prevenir, ni crecer como seres humanos, ni recobrar la felicidad. Por eso sostenemos que la terapia relacional y la vivencia del encuentro deben ser el paradigma de todas las profesiones y todos los profesionales de la educación y de la ayuda, y la cura, de nuestro tiempo.

En nuestra Escuela hemos visto cómo el ser con un «problema añadido» –todos tenemos algún problema añadido– «vuelve a nacer» porque descubre que es persona. Gracias a una filosofía de vida que le sitúa de lleno en la comprensión del sinsentido de su existencia anterior puede abandonar un estado vital de angustia existencial, y generar pensamientos positivos hasta llegar a nacer de nuevo como persona. Realmente es preciso nacer de nuevo cada día para salir de la esclavitud existencial de uno mismo. Pero –como dice un proverbio oriental– a un prisionero no se le puede sacar de la cárcel hasta que él no es consciente de que está preso.

El rico mundo, tan humano y existencial, que hemos ido descubriendo de la mano de tantas personas que en un tiempo pasado eran esclavas de sí y después de su paso por esta Escuela experimentan que son libres de verdad, ha sido posible gracias a que apuntan hacia un cambio de vida radical que va más allá de una mera rehabilitación. Lo sintetiza muy bien este joven: «Mi experiencia de los grupos de encuentro es que los educadores y los compañeros me han ayudado a conocerme y a respetarme, a confiar en mí mismo y en los demás, a ser honesto y veraz, a comunicarme y a relacionarme de una forma abierta, una forma totalmente desconocida para mí hasta ahora y que me da mucha esperanza».

Efectivamente, en este espacio de enseñanza y aprendizaje ideal desde el primer día se hace hincapié en el problema de fondo por medio de relaciones de encuentro y de autoayuda basadas en la honestidad y el respeto mutuo entre las personas. Esta educación y esta psicoterapia hacen posible hablar hoy de Escuela de Rehumanización y de Ciencias de la Persona. En sentido estricto no son algo nuevo. Los antecedentes teóricos de la rehumanización los podemos rastrear en escuelas filosóficas humanistas del

siglo pasado, como la fenomenología, el pensamiento existencial, el pensamiento dialógico, el personalismo… Y la terapia rehumanizadora también la encontramos en métodos y técnicas humanistas como la logoterapia, el análisis transaccional, la Gestalt, etc.

Sin embargo, todavía hoy estos ricos modelos humanistas son admitidos con reticencias en algunos círculos académicos, porque –se argumenta– su concepción científica y filosófica del mundo, y su modelo explicativo del ser humano es «demasiado débil». Pero debemos preguntarnos honestamente si esa confianza es tan débil en realidad. Y recordar que la concepción personalista de las ciencias surgió en torno a la segunda guerra mundial cuando hizo quiebra «el mito del eterno progreso» y la confianza ilimitada en el poder de la técnica; y cuando los modelos científicos se concentraban en métodos mecánicos y funcionales precisamente apareció una ciencia basada en conceptos como «dignidad», «conciencia de responsabilidad», «orientación de sentido», «Gestalt», etc., que pronto se extendió por Europa y por América gracias a autores como V. Frankl, A. Maslow y F. Perls y la escuela humanista en general.

Con todo, digamos que sus esfuerzos no fueron suficientes. Y así llegamos a la filosofía de la rehumanización hoy y a las ciencias personalistas actuales, no por lugares abstractos, sino por caminos de experiencia o vivencias personales y concretas como en la Escuela que hemos visto desplegarse aquí. Un lugar, en definitiva, donde las personas viven y experimentan la voluntad de ser personas como una auténtica ciencia, y con G. W. Allport pueden afirmar que «al elegir ser dignos de su sufrimiento atestiguan la capacidad humana para elevarse por encima de su aparente destino» (1993, 9).

En esta tercera y última parte de nuestra obra presentamos las ideas básicas de la

ciencia de la rehumanización que hemos dado en llamar «estructura personal

trascendente», la estructura antropológica universal que toda persona posee por el hecho de ser persona: su libertad, su verdad, su amor, su comunicación, su esperanza y su belleza.