El cajón de los sentimientos
Un filósofo en una comunidad terapéuticaA mis hijos:
Bernardo, y Victoria, my daughter in law; Joaquín, José María, y Teresita;
conocedores de la belleza de esta Escuela,
C
Prefacio
uando el autor de este libro me pidió que redactase el prefacio del mismo, el subtítulo de su obra no dejó en principio de sorprenderme o intrigarme: Un filósofo en una
comunidad terapéutica. Parecía como si la antigua propuesta platónica de los
gobernantes filósofos retornase ahora, en los tiempos modernos, aunque con una finalidad más concreta y, si se quiere, modesta: el filósofo como sanador y educador, casi como sacerdote.
¿Qué ha pasado realmente con la filosofía? José María Pemán, desde fuera de la filosofía, en Mis almuerzos con gente importante decía que «el hombre es lo único que interesa al filósofo desde que los filósofos no interesan a la mayoría de los hombres». La verdad es que el interés por el conocimiento –directo, explícito y universal– de lo humano ocurre en el interior de la filosofía en épocas relativamente recientes. Baste solo recordar lo tardío de la introducción de los saberes antropológicos en las Facultades de filosofía.
Y, a la verdad, si para algo debería servir la filosofía, sería para conocer y mejorar al hombre. Aquí tiene, pues, su lugar el filósofo como «terapeuta» y como educador de eso que llamamos lo humano. Porque el hombre es el lugar donde confluyen las dimensiones todas de la realidad en una sutil y frágil unidad. En él están lo material y lo cerebral-espiritual, lo empírico y lo fantástico, lo pasado y el futuro, la pequeñez de su origen individual y el todo de sus apetencias sin límite, lo dado por la biología y lo advenedizo pero esencial de la cultura, el yo de la propia soledad e interioridad y los otros –sin los cuales hasta el mismo yo sería incapaz de surgir–, la limitación de su propio ser espacial e histórico y la infinitud que le envuelve y en definitiva hondamente le des-finitiza... En fin, si en el análisis de estos extraños modos de ser del hombre la filosofía no se siente a gusto, no sé yo a qué otras disciplinas o saberes habría que recurrir.
En este sentido, me parece que una de las excelencias de este libro es justamente la de haber acercado –de manera a la vez sencilla, directa e impactante– la complicada fenomenología de los afectados por la deshumanización de las adicciones a lo que podría ser la raíz última originaria de esta problemática. Al ser humano en su radicalidad, y de manera especial cuando se trata de desajustes profundos de los que el propio afectado ni siquiera es capaz de ser consciente, esclavo de sí mismo, no le valen fáciles recetas ni cómodos consuelos. ¿Por qué? Porque, como bien pondrá de relieve el autor de esta obra, el ser humano no es una «cosa» más del universo. Es «persona», en toda su hondura y trascendencia.
La persona participa, en efecto, de dimensiones que no están sin más a la vista. Que no son propiamente medibles o contables, ni vienen dadas por los genes. De aquí proviene la absoluta necesidad de la cultura, entendida en su clásico y específico sentido antropológico. Ahora bien, si aquí se da efectivamente la «posibilidad», no menos reside aquí también el «riesgo». Por eso el existir humano es siempre una posibilidad que se abre y al mismo tiempo un azar, cuyo desenlace al menos provisional no está siempre del
todo en nuestras manos. Uno no decide, por ejemplo, ni quiénes son sus padres, ni el entorno íntimo y conformador de su infancia. En cierto modo tampoco decide sobre bastantes de las cosas con las que ha de habérselas en la vida. Y, a pesar de ello, esas «cosas» pueden introducirse de tal modo en la propia vida que se llegue a producir en buena medida una identificación con las mismas o se llegue a creer que no se puede vivir sin ellas.
Ese es el poder y la fuerza de lo «cultural» en el hombre. Sin embargo, tal como nos muestra aquí el profesor Cañas, también en lo cultural y desde lo cultural pueden ocurrir transformaciones, incluso bien radicales, en las derivas culturales de signo negativo o deshumanización que acaecen en individuos concretos, que no dejan por ello de ser y seguir siendo personas. Y personas no solo en el tradicional sentido filosófico de Boecio, de posesión de una propia y particular «sustantividad», sino caracterizadas también, en lejano seguimiento del medieval Ricardo de San Víctor, por su «relacionalidad».
Es decir, si el aprendizaje cultural ha conducido a la persona a la esclavitud de sí misma cuando entra en el mundo de las adicciones, por ejemplo, y con ello su sustantividad y su propia capacidad de decisión han quedado mermadas, no por ello ha quedado anulada sin embargo su relacionalidad. La función que al «terapeuta-filósofo» y al nuevo educador le corresponde es justamente ampliar ese limitado mundo de relaciones. Porque, como muy certeramente advertirá en algún momento José Luis Cañas, «el principal problema de los adictos no es la adicción, sino el desamparo humano».
Este es, en el fondo, el secreto de esta «Escuela de Sentimientos», sobre cuyo interno funcionamiento nuestro autor nos ofrece páginas tan bellas y relatos tan desgarradores. Y no menos hemos de agradecerle también los lectores por haberse hecho aquí él mismo, de este modo, portavoz de historias trágicas, de miedos, deseos, desesperanzas y alegrías de unas personas a quienes les ha tocado en suerte tener que atravesar durante una buena parte de sus vidas un oscuro y angustioso túnel. Porque seguramente tiene él razón cuando nos dice que tales relatos y testimonios «aportan mayor conocimiento sobre el ser humano que muchos tratados sistemáticos de filosofía y psicología juntos».
Para el profesor Cañas, los seres humanos estamos felizmente siempre a tiempo de cambiar de rumbo, y avanzar hacia el conocimiento y experiencia viva de las raíces de lo personal. Tales raíces, en las que se oculta el germen de un nuevo modo de vivir, están en cosas aparentemente tan etéreas, pero a la postre imprescindibles, como el amor recibido y dado, la aceptación generosa de los otros, la libertad que de todo ello nace y que de todo es capaz, la búsqueda del sentido de la vida y la felicidad que plenifica.
Solo si se atiende verdaderamente a tales «cosas», y se educa así a las personas, se puede comprender aquel paradójico dicho de R. Garaudy de que «en los países más ricos no se muere por falta de medios, como en los países del tercer mundo, sino por ausencia de fines».
Sin duda, esta encomiable aportación de mi colega y amigo de la Universidad Complutense de Madrid corrobora ostensiblemente la verdad de tal dictamen.
J
Prólogo a la primera edición costarricense
oven como soy en estas lides, debo decir que pocas veces me he sentido tan honrada y afortunada como al prologar este libro de José Luis Cañas, amigo del alma de quien me considero discípula. Una joya creada con sus aportes filosóficos y científicos humanistas, cuyos primeros brotes salieron a la luz de su experiencia vivida en una comunidad terapéutica, donde día a día bebió los amargos tragos del dolor, el sufrimiento, la desesperanza, la oscuridad y la miseria humana que produce la esclavitud existencial de las adicciones. Fenómeno actual creciente (primera parte del libro) que abarca todo tipo de deshumanización y violencia y que no hace acepción de personas: niños, adolescentes, jóvenes, adultos, ancianos, madres, profesionales, padres, hijos, hermanos, hombres y mujeres, personas sufrientes, en fin, que han motivado al autor de este libro a viajar por el mundo llevando en el corazón una luz encendida de esperanza que se llama Rehumanización.
Muchas son las razones, pienso yo, por las cuales debemos leer esta auténtica Escuela
de Rehumanización, pero por brevedad anotaré solo dos que proceden de dos
sentimientos que afloran ahora con fuerza en mí:
Primero, la forma tan humana, apasionada y sencilla a la par, con que don José Luis va narrando sus vivencias personales (segunda parte) y las va vinculando a sus conocimientos sobre el ser humano en una original «estructura personal trascendente» (tercera parte), que desde las primeras páginas despierta en el lector un verdadero interés por saber cómo superar el mundo de la deshumanización y las esclavitudes actuales, un mundo mucho más real de lo que imaginamos pareciera inexistente. Cuando hablo de forma apasionada me refiero a vehemencia, a forma viva, porque eso ha ocasionado en las personas que nos hemos zambullido en su lectura: nos hemos sentido vivos, ardorosos de conocer más para poder sumarnos al noble y esperanzador cometido de la rehumanización.
Y segundo, todo lo referente a la fundamentación de la persona humana, única e irrepetible, porque en esta obra don José Luis imprime una riqueza invaluable a la sola posibilidad de «volver a ser persona» integral en su mente, en su cuerpo y en su espíritu, de suerte que nos abre los ojos del alma para ver al otro como a uno mismo, y nos alerta para no formar parte de ese ejército de antropologías deshumanizadoras y deshumanizantes que rodean a nuestras sociedades, hedonistas e impersonales. Volver la mirada a la persona significa entre otras cosas, en palabras del autor, «proyectar un futuro más humano, un futuro próximo que será el tiempo de la rehumanización o no será», porque «la necesidad de abrir en la brecha de la Historia un nuevo paradigma de rehumanización» es tan imperiosa como posible, simplemente empezando por leer y rumiar este maravilloso legado de amor.
Me siento orgullosa de esta Patria mía que ha engendrado en su seno la semilla rehumanizadora sembrada en la tierra de mi humanidad a través de un escrito del Dr. Cañas, que germinó en la Fundación Costarricense para la Rehumanización-FUCOPRE,
y la Escuela que dignamente lleva su nombre. Dichosa esta Patria que ahora abre otra vez su seno para dar a luz este libro, su obra maestra, una primicia para esta tierra bendita que se niega a abrazar la deshumanización. Y dichosa esta Patria mía que a través de la difusión de esta teoría abre una ventana rehumanizadora al mundo y traza caminos de esperanza a las personas más desfavorecidas de nuestra nación, y a todas las personas de buena voluntad.
Gracias, en fin, a don José Luis por esta valiosa obra y por la buena acogida que ha dado a la Fundación Costarricense para la Rehumanización, y que Dios le bendiga para que siga llevando sus escritos a todas partes.
OLGA MARTHA MARTÍNEZ
M
Introducción
«Resulta vano el discurso del filósofo que no cure algún mal del ánimo humano».
(Epicuro)
is queridos lectores:
Este libro es fruto de mi encuentro con personas profundamente heridas por la deshumanización en sus vidas. Desde el año 1996 en que publiqué en Madrid el ensayo
De las drogas a la esperanza, hasta el 2014 con la edición de Escuela de Rehumanización en Costa Rica, mi propuesta de prevención y sanación de las
esclavitudes existenciales se ha afianzado a lo largo de este tiempo como un método educativo novedoso para enseñar a las personas a recuperar la felicidad perdida, tal vez la asignatura pendiente más importante y difícil de la vida.
Jamás olvidaré una anécdota que me sucedió en el hotel Westin Camino Real de la bella Ciudad de Guatemala, en 2009, cuando presentaba la primera edición de mi manual
Antropología de las adicciones. Entre la fila de personas que esperaban una dedicatoria
se acercó una mujer de avanzada edad con un ejemplar en sus manos del libro De las
drogas a la esperanza (San Pablo, Madrid 1996), y mirándome con ojos emocionados
me dijo: «Gracias a esta obra mi hijo ha podido abandonar la esclavitud de las adicciones y recobrar las ganas de vivir…». Junto con un abrazo, naturalmente estampé en su «pequeño tesoro» una firma especial. Después no supe más de esa señora, y posiblemente nunca sabré cómo llegó a sus manos aquel ejemplar editado en España hacía entonces 13 años, pero solo por haber vivido aquel encuentro fugaz con ella mereció la pena haberlo escrito.
En realidad, la necesidad de airear de nuevo mis «encuentros filosóficos» con un buen número de personas esclavas de sí mismas, con frecuencia resurge en mí como una obligación y como una gratitud. Obligación moral, porque seguramente estas personas en su situación son los seres más necesitados de ayuda; y deuda de gratitud, porque cuando experimentamos su humanidad a nuestro lado, codo con codo, cuando vemos que son de carne y hueso, reales, como cualquiera de nosotros, poco a poco se convierten en cercanas e íntimas, y al escribir y leer sobre su esperanza sale fortalecida nuestra propia esperanza.
Siempre me es grato traer a la memoria el día lejano de 1993 en que me fui a vivir durante unos meses a la Comunidad Terapéutica de la Asociación Proyecto Hombre de Málaga (España), y cómo experimenté entonces algo similar a lo que cuenta Saint-Exupéry cuando aparece de súbito en la vida un Principito «a quien no es posible desobedecer»: me encontré con gentes desestructuradas al límite en sus vidas por las esclavitudes de las adicciones, pero tan ilusionadas por «nacer de nuevo» y con unas ganas de «volver a ser persona» tan grandes que me fueron revelando al ser humano mucho mejor que en mis estudios pasados en las universidades donde me formé. De suerte que aquel descubrimiento inicial mío con el paso del tiempo iba a ser completado y enriquecido con otras muchas vivencias similares, hasta convertirse en la actualidad en
un modelo antropológico y en un método eminentemente educativo.
Recuerdo también que por entonces leí a Viktor Frankl, en El hombre en busca de
sentido, un psicólogo en un campo de concentración, y me lancé a indagar sobre la
salida de la esclavitud psicológica y espiritual que atenazan al ser humano en cualquier tiempo y lugar, y cómo sería factible recuperar la felicidad perdida. Me di cuenta de que la deshumanización y las esclavitudes existenciales en general eran bien estudiadas y analizadas por las distintas ciencias y técnicas contemporáneas, pero no la recuperación de las personas que las padecen. A dicha liberación o recuperación integral de la persona la llamé rehumanización.
Por desgracia vivimos inmersos en sociedades deshumanizadas, y el pesimismo antropológico está instalado en el pensamiento y la ciencia contemporánea con una preponderancia creciente pero, como veremos aquí, este pesimismo epistemológico puede ser superado por una antropología esperanzadora y realista. Es evidente que el mejor camino para salir de cualquier esclavitud existencial es no caer en ella, pero cuando uno ha quedado atrapado en sus redes tiene que haber alguna posibilidad de salir de verdad, por remota que sea, y recobrar la felicidad perdida. A esa filosofía de vida rehumanizadora que la hace posible en la actualidad la llamo Escuela de
Rehumanización, tal vez un nuevo topos ideal donde curar las heridas del alma
provenientes de la falta de sentido y la infelicidad profundas del ser humano actual.
Yo había escrito mi tesis doctoral sobre el pensamiento del filósofo y dramaturgo francés Gabriel Marcel, un pionero de la rehumanización, que me marcó hondamente. Pero solo después de experimentar la verdadera esperanza encarnada en unas personas concretas, es decir, de carne y hueso, descubrí que mis conocimientos acerca de la naturaleza humana aún eran bastante abstractos, y que en realidad siempre sucede así: la lectura de lo que otros han dicho sobre la vida humana no suple lo que uno experimenta por sí mismo. El expiloto de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, Richard Bach, escritor de relatos deliciosos como Jonathan Livingston Seagull, o There´s no such place
as far away, decía que en un tiempo de su vida investigó religiones, estudió a Aristóteles,
a Descartes, a Kant, y que leyó tantas letras microscópicas para llegar al final a esta sabia conclusión: «Tienes que arreglártelas solo, Richard. ¿Cómo quieres que sepamos lo que es válido para ti?».
Es fácil constatar cómo a lo largo de la historia muchos pensadores y sistemas filosóficos han interpretado al ser humano desde teorías abstractas y alejadas de humanidad. Y, al contrario, también comprobamos cómo de experiencias personales comprometidas han brotado escuelas y corrientes de pensamiento fecundas. Pretender conocer al ser humano desde teorías abstractas fue la vivencia inicial de Dominique Lapierre, según manifestó a un prestigioso rotativo internacional: «Yo era un escritor de
best sellers con mucho éxito editorial. Conocía Calcuta porque había pasado allí un
tiempo durante la elaboración de mi novela Esta noche, la libertad, pero solo había visto la ciudad desde la habitación de un hotel de cinco estrellas. Es decir, no me enteré de nada en absoluto». Solo años después, fruto de su encuentro y compromiso durante mucho tiempo con personas reales de carne y hueso, pudo decir en La ciudad de la
alegría: «Entonces descubrí personas extraordinarias, gente que me daba cada día
lecciones de amor y de coraje. Gente que me enseñó lo que era la vida con una V mayúscula».
Que se puede salir de las esclavitudes infrahumanas cuando se ha tocado fondo es algo bastante incomprensible y misterioso para mí. Pero en «el cajón de sentimientos» es tan palpable y visible como para Lapierre el encuentro con la belleza en los arrabales de las grandes ciudades de la India, o para Frankl salir con vida de los campos de concentración nazi. Aquí los conceptos de libertad, verdad, amor, comunicación,
esperanza y belleza, estructura antropológica fundamental de todo ser humano, no son
conceptos teóricos ni palabras retóricas, son vocablos que se llenan de sentido como en pocos espacios sociales. Estamos en un ámbito educativo privilegiado donde las personas analizan los procesos que les han llevado a la esclavitud de sí mismas, pero sobre todo donde aprenden y experimentan que pueden volver a llenar su vida de sentido y recobrar la libertad perdida, y que por muy desestructuradas que estén pueden volver a ser felices. Por todo ello, doy a la imprenta de nuevo Escuela de Rehumanización, título de la primera edición en español (San José de Costa Rica, 2014). Me gustaría ahora personalizar, y dirigirme a todos mis lectores por vuestro nombre, y a todos los educadores y voluntarios que ayudan a cambiar de vida a quienes gritan desde lo más profundo su infelicidad y su dolor, sabiendo que las generaciones venideras agradecerán eternamente vuestros esfuerzos. Pero también quisiera dirigirme a quienes creen que no necesitan cambiar nada en sus vidas aunque «su mal aliento apeste al universo», como diría Paul Claudel, porque en verdad todos necesitamos cambiar cosas en nuestra vida. En realidad solo el cambio personal es la situación humana de esperanza en estado puro, y, como veremos aquí a través de magníficos testimonios, la clave de la rehumanización también.
Antes de abrir esta auténtica «caja de amor», os invito a parar en la introducción (Primera parte) y reflexionar despacio sobre la «mentalidad esclava» y la infelicidad de nuestras sociedades, para situar correctamente el fenómeno adictivo actual y comprender por qué hoy día ya no tiene sentido hablar de adicciones, mucho menos de drogas, ni de ludopatías, ni de trata de personas, ni de explotación sexual, ni de corrupción política o económica, ni de violencia en general: simplemente debemos hablar de
deshumanización.
Los lectores más impacientes, generalmente los jóvenes, ya podéis empezar directamente a recorrer los entresijos de la Escuela (Segunda parte), y «dialogar» con las gentes que se crucen en vuestro camino. Advierto que os vais a encontrar con personas que luchan a brazo partido por salir de sus esclavitudes interiores. Personas cuyo «paisaje del alma» en otro tiempo de su vida quedó tan desfigurado como disuelto en la nada, pero ahora tienen el coraje y la esperanza de recuperar el brillo de la felicidad perdida y testimoniar su victoria sobre la muerte.
Al final (Tercera parte) propongo una breve «teoría de la rehumanización» basada en la que denomino «estructura personal trascendente» de los seres humanos, es decir, la filosofía de vida o fundamentación antropológica que hace posible la espléndida realidad
educativa de esta Escuela, tal vez una nueva filosofía de la educación cuya oportunidad y eficacia el tiempo venidero dirá.
Quisiera recordar aquí a tantas personas cuyo solo nombre renueva mi felicidad: Pilar, mi querida mamá, presente ya desde el Cielo para siempre; Teresa María, mi compañera del alma y madre de mis maravillosos hijos; Modesto Fernández, guía y consejero desde mi juventud; Alfonso López Quintás, mi mejor maestro de la Universidad; el P. Benito Gil, mi querido amigo escondido ahora en una silla de ruedas, sanador de heridas profundas en muchos jóvenes de Málaga y del resto de España; Juan José Soriano, actual Director de la comunidad terapéutica Proyecto Hombre de Málaga; y al Director y primer profesor de esta Escuela en Costa Rica, Ramón Vega Sánchez.
Tengo muy presentes a quienes me han invitado en estos últimos años a difundir mi obra en sus instituciones y universidades, tantos buenos colegas y amigos que temo dejar a alguno fuera de este espacio. Estoy muy agradecido al magnífico filólogo Javier del Hoyo, de la Universidad Autónoma de Madrid, que ha tenido la amabilidad de corregir el estilo. Y a todas y cada una de las personas de la Fundación Costarricense para la Rehumanización-FUCOPRE, encabezadas por su presidenta Dª Olga Martha Martínez, puente de entrada en América de esta Escuela que inmerecidamente lleva mi nombre.
Primera parte
El fenómeno
de la deshumanización
y las esclavitudes actuales
E
Antes de preguntar por el mundo que vamos a dejar a nuestros hijos, debemos preguntarnos por los hijos que vamos a dejar a este mundo.
ra la primera vez en mi vida que entraba en una casa de Reinserción, un centro de personas esclavas de sí mismas por causa de las adicciones. Aquella tarde pretendía entrevistar a alguna de estas personas en su etapa final de formación, a punto de obtener su graduación definitiva, y enseguida la directora de aquel centro me facilitó la tarea.
—Habla, por ejemplo, con esta mujer –indicó dirigiendo su mirada hacia ella–, pues dentro de las muchas historias que pasan por aquí seguramente su vida te ayudará a conocer este lugar mejor que las explicaciones que yo pueda darte ahora…
Digamos que aquella mujer se llamaba Esperanza y que, después de las presentaciones de cortesía, solo tuve que dejarme acompañar por ella mientras me fue enseñando la casa. Lo hizo con gusto y amabilidad, entre otras cosas porque era su casa. Poco después nos sentamos, encendió un cigarrillo, y en dos minutos me encontraba dialogando, es decir, dando y recibiendo razones como los griegos, con alguien a quien acababa de conocer, pero en ese momento me pareció como si estuviese en presencia de la Humanidad.
—Me dice la directora que hable contigo porque estás escribiendo un libro sobre nosotros, ¿no? Para mí es un placer contar mi vida pasada...
Y así, en presencia de Esperanza, me hallé de pronto escuchando este conmovedor relato existencial:
—Yo tengo el sida –empezó–. Hace aproximadamente dos años estuve en terminales, en un hospital de la ciudad de Cádiz, y los médicos me dieron por muerta varias veces. La verdad es que para ellos fue un auténtico milagro el día en que me dieron de alta, pero en realidad no saben que el verdadero milagro de mi vida se ha producido ahora, en estos dos últimos años pasados en este Programa. ¡Cuánto me gustaría que me vieran ahora! Cuando me dieron de alta, como literalmente no tenía dónde caerme, me recogieron en su casa unas monjas Adoratrices hasta que me convencieron para que viniese al Centro de Acogida (primera etapa del Programa base) para rehabilitarme...
—¿Cómo era tu vida antes de que te ingresaran en el hospital en ese estado?
—Me había casado muy joven y tuve dos hijas. Pronto me abandonó mi marido y hube de enfrentarme a la dura realidad: sin trabajo, y con dos niñas muy pequeñas, empecé a vender mi cuerpo y a prostituirme. Caí en las redes de la prostitución y, desde ahí, me enganché a las primeras drogas para acabar en lo peor de lo peor. Y con las drogas peores llegó el sinsentido de mi vida y el desastre. Te puedes imaginar el calvario de hechos y acontecimientos que se sucedieron a lo largo de esos años. Al poco de caer en la droga perdí la custodia de mis hijas y las recogieron unos familiares. Empecé a robar y a engañar a todo el mundo... hasta que llegué a lo más bajo: la mendicidad. Como ya no tenía fuerzas ni para ejercer de prostituta, solo me quedaba mendigar. Me hice mendiga y me eché a andar por los caminos del mundo hasta llegar a vivir debajo de los puentes, llena de harapos, en compañía de los perros...
De repente, Esperanza interrumpe su relato para decirme que escriba esto en el libro: —Entonces me consideraba un perro. Llegué a creerme de verdad que yo era un
perro, no una persona... Te puedes suponer lo que fue mi vida pasada en la calle. Yo soy
de un pueblo de Extremadura y viví con mis padres en su casa hasta que un día casi me dieron por muerta y me ingresaron en un hospital. En realidad llegó un momento en que mis padres deseaban que me muriera. Recuerdo oír a mi madre, estando yo en la cama sin fuerza alguna ni para hablar, decirle a mi padre: ¡Ojalá se muera esta noche!
Pero había algo en lo más profundo de mí misma que se revelaba contra esa trágica realidad. Algo me decía con fuerza en mi interior: «¡Yo no quiero morir! ¡Yo no me muero hoy! ¡Yo no me muero!». Y lo mismo sentí en el hospital cuando por dos veces los médicos me dieron ya por muerta. Me cogían la mano y, como no tenía pulso, por dos veces escuché mi defunción de las bocas de los doctores. ¡Y yo no podía hablar para decir que NO! ¡Que yo no estaba muerta! ¡Que aún estaba VIVA! No tenía fuerzas ni para abrir los ojos, pero aún era consciente de mi realidad... Muchas veces, durante estos últimos años, me he preguntado de dónde me vendría entonces esa fuerza para no querer morirme en ese estado.
Y aquí estoy ahora, en un presente lleno de esperanza. A punto de obtener la graduación definitiva, contenta de vivir y de poder recoger a mis niñas. No quiero volver a mi pueblo. Conozco la profesión de peluquera y, con la ayuda asistencial que ha empezado a darme el Estado, ya he alquilado un apartamento pequeño para empezar una nueva vida. ¿Sabes por qué estoy tan contenta acondicionándole? Porque tengo unas ganas locas de ir a por mis hijas y traérmelas aquí, y vivir de nuevo las tres juntas. Lo que más ilusión me hace ahora es educarlas y, cuando puedan entender mi lenguaje, contarles mi vida pasada para que a ellas nunca les suceda lo mismo que a mí...
Y los ojos transparentes de esta joven mujer, durante el largo rato que pasamos dialogando aquella tarde en ese Centro de la Asociación Proyecto Hombre de Málaga, no dejaron de brillar.
1. Mentalidad adictiva y definición actual de las adicciones
La deshumanización de las adicciones es hoy un problema grave a escala planetaria, quizá el mayor problema de la humanidad actual, que afecta especialmente a los jóvenes. La «mentalidad adictiva» de nuestras sociedades es de tal magnitud que ya no la podemos identificar solo con personas que consumen drogas, como el caso que acabamos de presentar de Esperanza, ni tan siquiera con personas que son dependientes de algo o de alguien, sino que podemos identificarla con el ser esclavo de sí mismo que lleva una vida infeliz y vacía de sentido. Tipología que se da en cualquier sociedad y familia, en hombres y mujeres de nuestro entorno cotidiano, compañeros nuestros o familiares nuestros, quizá en nosotros mismos, y cuyo denominador común se puede resumir en una búsqueda equivocada o errónea de la felicidad.
Reparemos en que el fenómeno adictivo actual es un problema serio para los gobiernos de la mayoría de los países del mundo porque el número de adictos va en aumento y pueden poner en peligro el llamado «bienestar social» y colapsar los recursos sanitarios, farmacológicos, asistenciales, judiciales, policiales o carcelarios. Pero la lucha de los Estados contra las adicciones, el robo y la trata de personas, la esclavitud sexual, la
violencia en general, tiene poco éxito precisamente porque los gobernantes no abordan las causas deshumanizantes que las provocan, ni tienen en cuenta las condiciones existenciales de vida de sus ciudadanos.
Ante este panorama, la pregunta evidente es qué podemos hacer. Y lo primero que podemos decir es que la persona deshumanizada no es diferente a las demás, alguien especial por las características de su personalidad o por un origen familiar o ambiental más o menos desestructurado o marginal. Antes bien, la inmadurez personal que padece en último término es fruto de su actuar irresponsable, y sus condicionantes genéticos y ambientales aunque influyen en ella no son totalmente determinantes, entre otras razones porque otras personas de su familia y su mismo entorno no andan por caminos de esclavitud existencial.
La adicción a las drogas, por ejemplo, es un problema que entra en cualquier persona, en cualquier familia, y en cualquier sociedad, independientemente de su tipología o su nivel social o económico. En consecuencia, encontrar soluciones verdaderas al problema pasa por revisar el tipo de actitudes y valores transmitidos por la estructura familiar y social a las nuevas generaciones, su educación, y la calidad de sus relaciones personales. Si algo está claro en el mundo de las adicciones hoy es que la persona adicta o deshumanizada, quiera o no, implica a su entorno en los problemas que origina, y logra convertirse en el centro de la preocupación de los demás sirviéndose de todo y de todos, creando un gran desconcierto a su alrededor.
Pero hay esperanza. Como veremos en este libro, en nuestra Escuela de Rehumanización hay salida verdadera incluso para las situaciones de mayor deshumanización o esclavitud, y toda persona puede volver a ser dueña de su porvenir. El mejor mensaje que transmiten quienes viven procesos de rehumanización se puede resumir en la capacidad de volver a sentirse persona, única actitud que hace posible levantarse de cualquier tipo de vida infrahumana y reencontrar la felicidad perdida y crecer como personas. Porque toda vida infeliz y carente de sentido es una vida extraviada, malherida, deshilachada como un tejido roto o deteriorado.
Es sintomático que la búsqueda equivocada de la felicidad produzca atractivo y rechazo a la vez, tanto individual como socialmente: por un lado, un rechazo claro, y, por otro, un atractivo fascinado hacia el mundo de lo desconocido. En general aceptamos la conflictividad familiar, escolar, o laboral, que generan las personas «adictas buenas» porque nuestras sociedades cada vez son más permisivas con las esclavitudes sutiles. Pero, junto con la comprensión humana hacia las personas caídas, podemos preguntarnos por qué no sentimos la necesidad de ayudarlas a salir de verdad del sórdido mundo que las esclaviza y atenaza, facilitado por la misma sociedad que las fomenta. La hipocresía social es cada vez mayor porque solo llamamos la atención a las personas desestructuradas que no soportamos fuera del ámbito asignado, y muchas políticas asistenciales lo único que hacen es «asear» los espacios sociales mediante programas de «reducción de daño» para que todo siga igual: para que cada uno siga en su sitio.
Observemos que el grave error de priorizar el objeto adictivo frente a la persona adicta proviene de aceptar el simple esquema «buenas-malas», confundiendo sustancias
con personas. Grave error. Histórico ya. Como si hubiese esclavitudes buenas y esclavitudes malas. Este maniqueísmo, extendido a gran escala social y sutilmente admitido, sentencia que cuando las conductas adictivas cumplen determinadas «funciones buenas» como diversión o alivio del dolor, y se mantienen dentro de un uso adecuado o terapéutico, no hay problema; el problema surge cuando producen «consecuencias malas» a la salud, u originan graves conflictos familiares y sociales. Pero ambas formas, en una especie de efecto pendular, son fruto de una mentalidad irresponsable que no prevé que una vez se empieza por ese camino es muy difícil detenerse.
En efecto, muchas personas de nuestro entorno cotidiano no pueden trabajar, ni estudiar, ni relacionarse con los demás sin estar mediatizadas por algo adictivo y esclavizante, sea consumo de psicofármacos, sea una relación de pareja negativa, sea la dependencia de una realidad virtual como las redes sociales, etc. Urge una educación específica a niños y jóvenes sobre el uso de internet y la redes sociales, pues su mal uso está influyendo deficitariamente en otras áreas importantes de su vida y en su desarrollo personal. Sucede que a estas conductas no las consideramos esclavas, pensando que están dentro de un «orden controlado». Quienes nos preocupan son los jóvenes que crean inadaptación y alarma social, cuando su principal problema no es una adicción concreta, sino la deshumanización de su desamparo afectivo y la destrucción personal que provoca el desenfoque de una búsqueda errónea de la felicidad.
Muchos profesionales de la ayuda –médicos, profesores, educadores, psicólogos, trabajadores sociales, enfermeras–, desalentados por los pocos resultados de sus esfuerzos con las personas esclavas de sí mismas, piensan que lo único que se puede hacer con ellas es suministrarles «sustancias buenas», aun sabiendo que el retorno a las «malas» es lo normal después de un abandono aparente. No se intenta, por ejemplo, un decalaje o reducción paulatina del «fármaco bueno», dentro de programas rehumanizadores o humanistas serios de abandono total de la esclavitud. Pero así la persona nunca podrá salir de su espiral adictiva, y el fracaso está asegurado a priori porque no se la ayuda a reconstruir su paisaje del alma desde los fundamentos antropológicos previos a su esclavitud existencial.
El debate social recurrente sobre las adicciones, fomentado por ideologías y poderosos grupos de presión económicos, es su legalización. Pero la pregunta que siempre se deja sin responder es si se puede superar la esclavitud de uno mismo con el uso de sustancias legales, o si estas son «buenas» por ser legales. El solo planteamiento de la legalización parece incoherente si pensamos de verdad en la persona esclava de sí misma, porque la aceptación social de su atadura no solo no la estimula a plantearse en serio su rehumanización, sino que se estabiliza en su uso y consumo.
Precisamente uno de los momentos cumbre de la liberación total de su dependencia se da cuando la persona toma conciencia de su realidad personal y, desde un profundo autoconocimiento de sí misma, decide vivir sin ataduras y sin comportamientos negativos que conduzcan de nuevo a ellas. Lo bonito del ser humano es saber que la posibilidad última de su recuperación es impredecible y depende, en última instancia, de uno mismo.
No en vano su capacidad de reacción es sorprendente. Y para eso la sociedad debe superar sus incoherencias y crear espacios de esperanza auténtica, y escuelas de formación que impartan programas auténticamente rehumanizadores.
Todo esto nos pone ante la necesidad de redefinir el concepto de adicción y asociarlo con claridad a la esclavitud existencial y a la infelicidad. Justamente en este punto comprendemos por qué hoy las adicciones engloban a todo tipo de «autoesclavos», y por qué ya no tiene sentido hablar de drogas. Es interesante ver cómo ha evolucionado el concepto de droga en las últimas décadas.
La definición genérica de «droga» acuñada por el comité de expertos de la Organización Mundial de la Salud en los comienzos de los años setenta hablaba de «toda sustancia que introducida en el organismo vivo puede modificar una o más funciones en este». La propia OMS amplió luego el concepto a cualquier tipo de sustancia adictiva (alcohol, anfetaminas, barbitúricos, cannabis, cocaína, alucinógenos, opiáceos, disolventes volátiles), y empezó a utilizar el término farmacodependencia. Otras directivas posteriores hablarán de «sustancia que estimula, inhibe o perturba las funciones psíquicas, perjudica la salud y es susceptible de generar dependencia». Más recientemente la OMS referirá la adicción como una enfermedad físico-psico-emocional causada no solo por una sustancia, sino también por una actividad o relación de codependencia.
Desde la experiencia de las personas que se rehumanizan estas definiciones son claramente deficitarias porque ponen el acento en lo accidental (sustancia, actividad, problema), y no en lo esencial o estructura personal trascendente constitutiva del ser humano. Desde nuestro punto de vista todas las adicciones producen dependencia esclavizante, sin atender al tipo de sustancia «interna» o acción «externa» que produce dicha dependencia, porque todas inciden en el ser humano completo, es decir, en su forma física, psíquica y espiritual, y, en suma, porque lo incapacitan para ser feliz. Por eso debemos avanzar hacia definiciones más realistas y esperanzadoras. Propongo la siguiente: adicción es cualquier realidad que hace esclava a la persona en su cuerpo,
en su mente o en su espíritu.
Jacques Durand-Dassier, pionero investigador sobre las primeras comunidades terapéuticas de exdrogadictos en Nueva York, observó que la palabra «dependiente» era demasiado débil para calificar los lazos que unen a un toxicómano con su droga. Con más razón hoy, y desde una fundamentación antropológica más aquilatada, podemos aplicar el calificativo de esclavitud a cualquier tipo de conducta adictiva, y el término «esclavo-infeliz» no es desproporcionado si tenemos en cuenta la destrucción de la personalidad a que se ven sometidas las personas deshumanizadas, independientemente del tipo de sustancia o actividad compulsiva que sigan.
Cualquier dependencia frente a algo o a alguien, es decir, frente a una relación afectiva insana, al sexo por el sexo, a la trata de personas, a las sectas, al poder por el poder, al trabajo obsesivo, a la ludopatía, a las compras compulsivas, a la comida por exceso o por defecto, al uso inapropiado de internet o las redes sociales... todas son «drogas» porque deshumanizan. La mayoría de estas actividades son necesarias para la vida, pero cuando
se dan de forma compulsiva esclavizan a las personas porque se convierten en conductas alienantes que llevan al enanismo psicológico y a la infelicidad. Eso son las adicciones: esclavitudes existenciales. De ahí la gran responsabilidad educadora de las instituciones, de los gobernantes, de los medios de comunicación, de la sociedad en general, y la urgencia en comprender bien el fenómeno adictivo actual.
Ciertamente no todas las adicciones son iguales y, de hecho, existen importantes diferencias entre ellas: las sustancias y los estupefacientes alteran el funcionamiento del cerebro rápidamente, a diferencia de las demás. Sin embargo, cuando nos situamos en el plano de la deshumanización es fácil identificar los puntos en común entre tipos de esclavitudes aparentemente distintas porque todas son provocadas por las mismas causas profundas, todas conducen a la dependencia y a la esclavitud existencial de las personas, y, en definitiva, porque todas impiden el crecimiento personal.
La mentalidad adictiva es huir de uno mismo, y huir de uno mismo provoca mentalidad adictiva. La huida de nosotros mismos nos hace asomarnos a un profundo vacío existencial, y si no llenamos ese vacío caemos en la desesperación. Por eso la mentalidad adictiva actual, creciente y sutil, nos atrevemos a identificarla como la «esclavitud de nuestra época», nueva esclavitud que proyecta inquietante su sombra siniestra sobre el destino de las sociedades del siglo XXI. Pero decir «yo soy así, y no puedo cambiar» es un juicio falso porque, como veremos en nuestra Escuela de Rehumanización, se puede salir de todos los fondos y de todos los pozos, incluso de los contaminados por la desesperación profunda, y cambiar de vida.
A pesar de lo que llevamos dicho, es posible que todavía algunos piensen que a ellos no les afecta este fenómeno ni esta mentalidad: «Yo no soy adicto, ni nadie de mi familia o entorno, y, por tanto, ese no es mi problema». Pero si pensamos de verdad en las redes que tienen atrapadas a tantas personas que nos rodean, sobre todo jóvenes, si nos encontramos cara a cara con su infelicidad profunda a nuestro lado, es necesario ahondar en esta nueva esclavitud de proporciones gigantescas.
2. Los jóvenes, las familias y las esclavitudes modernas
Es evidente que las personas más expuestas a esta moderna esclavitud son los jóvenes. Ellos son particularmente susceptibles no solo a la influencia del ambiente escolar y del grupo de compañeros a los que pertenecen, sino a las condiciones de una «cultura de muerte» sustentada en ideologías relativistas, caldo de cultivo apropiado para las nuevas modalidades de esclavitud existencial. Los expertos señalan que esta «cultura adictiva» está tan arraigada en la mayoría de ambientes juveniles porque es percibida por los jóvenes como portadora de fuertes sensaciones y como medio imprescindible de integración grupal y, en suma, como búsqueda de una felicidad huidiza que nunca llega porque se transita por caminos equivocados.
Pero a continuación hemos de subrayar que en los ambientes juveniles negativos de nuestras sociedades, además de nuestra responsabilidad colectiva debe aparecer pronto y clara, desde el inicio, la propia responsabilidad individual del joven. El enfoque correcto
de este fenómeno complejo es afirmar que tanto para entrar como para salir del mundo adictivo, y en cualquier caso para hacer justicia a la condición humana, ha de quedar muy claro desde el principio que, sin excluir otras responsabilidades –especialmente de la familia y de la escuela–, la persona siempre es la primera y la última responsable de su vida. Cada persona «personalmente».
Al inicio, casi a la edad de niños, los adolescentes empiezan a participar de la felicidad grupal y la euforia colectivas. Primero mediante las adicciones «blandas» se busca la novedad de la excitación para evadirse de sus responsabilidades, generalmente el estudio y las tareas en casa. Después, mediante las «duras» o atajos rápidos, se buscará no experimentar la miseria de una existencia sin sentido y cargada de infelicidad. A partir de ahí el joven vivirá en el ambiente de engaño y mentira colectivos que le engancharon desde la niñez, y que le afectará poderosamente en su estilo de vida a partir de la adolescencia.
Afortunadamente no todos los jóvenes que entran en contacto con este mundo de mentira generan una dependencia automática, ni al límite; pero también es cierto que uno no se hace autoesclavo por una decisión bien reflexionada y por propia voluntad. Por eso, aparte la falaz distinción blandas y duras, buenas y malas, uso y abuso, la felicidad alcanzada resulta tan escurridiza que la expresión «uso responsable» asociada a cualquier tipo de adicción se convierte en una trampa existencial que puede terminar en tragedia. Y también es claro que una persona no cae en la esclavitud de golpe, sino que hasta llegar a esa situación antes ha dado muchos pasos previos de conductas negativas. Surge entonces la desconcertante pregunta de por qué el ser humano repite patrones de comportamiento negativo y de conductas autodestructivas en su vida.
Igual que engancharse no es una respuesta de golpe, la conducta adictiva tampoco se manifiesta de golpe. Es un proceso de pasos encadenados. El fenómeno reviste una lógica interna asombrosa, puesta de manifiesto magníficamente por la literatura clásica universal. A medida que el joven esclavo de sí mismo empieza a acumular problemas en su familia, en sus estudios, en su trabajo o en sus ámbitos sociales, comienza a negar que (1) su actividad adictiva constituye un problema que no puede controlar («yo controlo»), y (2) que los efectos negativos en su vida tienen alguna conexión con dicha actividad («esto no tiene nada que ver con las drogas»). Es típico de la adolescencia, y de la mentalidad adictiva en general, tratar de persuadir a todo el mundo de que uno controla su vida y no se tienen problemas.
Sucede que se elude el problema y no se reconoce, sobre todo en sociedad o delante de los demás. Los ambientes juveniles actuales están llenos de esclavos de las redes sociales y no lo saben: ni ellos, ni sus padres, ni sus profesores. Lo mismo les sucede a las personas dependientes de otra persona, o simplemente de un pasado penoso: no reconocen su problema. Y muchos familiares cercanos niegan la realidad de que su hijo-a, esposo-hijo-a, hermano-hijo-a, etc., sea una persona esclavhijo-a, con lo cual están haciendo el juego que le interesa a quien se hace la víctima. Esta es una situación típica de inmadurez familiar colectiva en la que parece que todos engañan a todos para mantenerse en un estado de cosas que no llevan a ninguna parte. En definitiva, hoy día no todas las familias
ni todos los educadores saben que hay muchos tipos de esclavitud y de deshumanización. Para comprender la mentalidad de una persona que ha llegado al límite de la esclavitud de sí misma hemos de situarnos en su trayectoria vital y sus circunstancias familiares previas. En efecto, es preciso echar la vista atrás y ver cómo fue la niñez y la juventud de esa persona, averiguar las primeras conductas que la llevaron a entrar por caminos de destrucción personal. Y cuando buscamos las causas en la familia y en el hogar lo primero que aparece son los aprendizajes elementales de la vida cotidiana: el ejemplo de los padres y hermanos en relación con sus hábitos culinarios, alcohol, tabaco, etc., con el uso de televisión, ordenador, redes sociales, en el manejo diario del dinero y la economía doméstica, etc., son conductas fundamentales, pero sobre todo la vivencia de sus relaciones mutuas, su amor, su fidelidad, su dedicación mutua, su empleo del tiempo festivo y de espacios lúdicos. En definitiva: los estilos de vida familiares.
Hay un dato relevante permanente en el tiempo, que confirman las estadísticas a lo largo de los años, y es que los hijos adictos de familias negativas a menudo han sido sometidos a algún trauma en su corta vida, especialmente la adicción de uno de sus padres o de los dos: el 65% de los adolescentes adictos tienen por lo menos un progenitor adicto. El denominado «triángulo perverso» por A. Schutzenberger y M. Sauret, en 1977, formado por el hijo adicto (vértice a) la madre sobreprotectora (vértice b) y el padre adicto o ausente (vértice c), es un modelo que desgraciadamente sigue vigente.
Muchos padres que delegan su responsabilidad educadora en la escuela o en otras personas (empleadas de hogar, abuelos, etc.), poco a poco pierden su autoridad natural y la posibilidad de educar a sus hijos en el respeto y promoción de su libertad y responsabilidad, en la educación de su afectividad y en la comunicación. Sobre todo sus hijos padecen incomunicación permanente en el hogar. Los siguientes testimonios, recogidos un día cualquiera en nuestra Escuela, son bien claros y elocuentes:
«En mi infancia, igual que en mi juventud, tuve poca comunicación con mis padres. Mi relación con ellos ha sido siempre algo superficial y distante. Nunca los he visto como personas, siempre han sido gente que me subvencionaba en mi juventud y me protegía en mi infancia. Una relación fría y egoísta».
«Mis padres se separaron y yo me fui a vivir con mi madre y mis hermanos. Mi padre tenía problemas de alcohol y agresividad, y de ahí vino la separación de mi madre. Yo siempre he ido por su dinero y no por el cariño. Siempre he escapado buscando la soledad y la incomunicación, o juntándome con gente negativa…».
Una importante causa de incomunicación familiar y, por tanto, facilitadora de conductas adictivas, está en el aislamiento que provoca la «sobredosis de pantalla» en el hogar (televisión, ordenador, móvil), consumo que sustituye el diálogo familiar necesario sobre los acontecimientos personales del día. Pantalla, por otra parte, tantas veces llena de mensajes de violencia y poder, dinero fácil y corrupción, placer desmadrado..., o simplemente de contra-ejemplos personales que mitifican la realidad. Niños y jóvenes, que necesitan modelos de identificación y admiración, interiorizan estas situaciones y personajes muchas veces cargados de negatividad o parcialidad, con lo cual se inclinan con más facilidad hacia lo negativo, como reconocen estos jóvenes:
«Escapaba mucho con la computadora para no ver los problemas que había a mi alrededor. Me encerraba en mi habitación con el ordenador y ya no existía comunicación con mi familia».
«Teníamos un televisor en cada habitación de la casa, cada uno aislado de los demás. No hablábamos entre nosotros, y para hablar con mi padre había que solicitar audiencia».
«Mi casa ha sido siempre un lugar donde la televisión estaba enchufada durante todo el día, y la comunicación entre nosotros era mínima…».
La esclavitud existencial que pueden provocar hoy las nuevas tecnologías de la comunicación sigue el mismo patrón que la adicción a la televisión antes: su uso compulsivo induce a actitudes y pautas de vida negativas o despersonalizantes, con síndrome de abstinencia, excitación placentera mientras se realiza la acción, «actos delictivos» para poder continuarla, o simplemente fomenta la evasión y la falta de atención a otras actividades necesarias en la vida. Hablamos de la esclavitud que provoca estar enganchado al terminal (ordenador, teléfono móvil, tableta) de forma compulsiva y sin descanso, día y noche en casos extremos. Este vivir instalado permanentemente en la realidad virtual deshumaniza sobre todo porque separa a las personas de las personas.
Otro mal ejemplo familiar para los hijos es el manejo irresponsable y mal uso del dinero, y consiguientemente algo mal aprendido desde pequeños:
«No me relacionaba con nadie si no era para sacarle dinero. A mí me llevó a la droga la afición al dinero desde muy pequeño. Recuerdo que tenía tan solo cuatro años y ya les sacaba dinero a los adultos chantajeándoles».
«Mi vida en la calle era jugar a las cartas por dinero. Hubo un tiempo en que me convencí de que ganaría mucho dinero fácil mediante el juego, y que necesitaba otra forma de vida más cómoda y rápida. Los que yo creía mis amigos me aconsejaban robar, pero solo se preocupaban de mí cuando tenía dinero. Cuando me hacía falta dinero no tenía más que robarlo».
«Al principio trabajaba y consumía, y no me iba mal; hasta que empecé a tener problemas económicos y tuve que engañar a la gente y a la propia familia. La vida entonces era angustiosa: no tenía amistad ni relación auténtica con las personas. Un solo pensamiento me obsesionaba: el dinero para conseguir droga…».
Muchos progenitores y parejas que asisten a reuniones de autoayuda en los lugares donde se rehumanizan sus hijos, refiriéndose a la irresponsable administración del dinero en su hogar se autoinculpan y refieren claramente que no supieron educar a sus hijos en el valor y uso responsable del dinero:
«No supimos enseñarle a usar correctamente el dinero»; «nos era más fácil quitarnos al niño de encima dándole dinero»; «me decía (y le decía) que no le faltase nada a mi hijo, lo que yo no tuve de pequeño que no le falte a mi hijo», etc.
Es evidente que la mentalidad adictiva, es decir, el aspecto más emocional de esta moderna esclavitud, se genera sobre todo en la infancia. ¿Qué tipo de familia es la que fomenta esta mentalidad? No necesariamente es el hogar dividido por el divorcio o la separación de los padres, aunque es obvio que en este hogar hay más dificultades
educadoras, sobre todo es el mal ejemplo de sus miembros, la falta de afecto y la falta o ausencia de límites. La verdadera educación en el hogar es el modo global en que los miembros de la familia se relacionan entre sí, el clima familiar. Lo mismo diremos de una buena educación escolar.
Una función vital de la familia es servir de parachoques entre los hijos y el ambiente social. La familia es el primer lugar de entrenamiento que tiene el ser humano para afrontar los problemas de la vida, y al que puede acudir para restaurar la confianza en sí mismo. Los hijos necesitan que la familia refuerce su autoestima, no que la deprima. Para la mayoría de personas propensas a desarrollar una mentalidad adictiva su hogar no fue precisamente un sitio en el que pudieron renovar la confianza en sí mismos, sino un lugar en el que su autoestima era atacada.
Cuando los padres valoran más la imagen que la honestidad, el tener más que el ser, la ocultación y la mentira más que la verdad, cada vez son más incapaces de estar
presentes para sus hijos de la manera que verdaderamente importa, es decir, tener
encuentros de verdad con ellos. «Con mi padre no recuerdo que hubiese relación alguna. No digo que él no me quisiera, pero la realidad es que apenas lo veía. Se iba a trabajar cuando yo no me había levantado y volvía cuando yo estaba acostado. No recuerdo que jugara nunca conmigo», dirá un joven del centro de Rehumanización.
No hablamos de familias desestructuradas que eluden sistemáticamente su responsabilidad educadora y maltratan a sus hijos, caso claro de «homo adictus». Hablamos de familias «normales» cada vez más frecuentes. En efecto, el interrogante surge cuando nos encontramos con «jóvenes esclavos» que provienen de «buenas familias». Sucede que aun en una familia que parece ser atenta y afectiva, la personalidad del hijo puede ignorarse tanto como en una familia visiblemente caótica porque la situación de engaño es más sutil y queda oculta tras una apariencia de corrección social. El tema es complejo, pero el resultado es que en esa familia el efecto del hijo adicto puede ser demoledor porque en ella, aparentemente, se mantienen buenas bases de convivencia.
En ambos tipos de familias, aquellas en que hay una desatención y un abuso evidentes, y aquellas en las que el abandono es más sutil y oculto, el hijo llega a la edad adulta sin que sus necesidades como persona hayan sido satisfechas, es decir, sin haber
sido educado. El hijo se hace prematuramente independiente, es decir, más dependiente.
Y esta dependencia existencial es la que abona el terreno para germinar una mentalidad adictiva. En la familia generadora de adicción las personas rara vez dicen lo que realmente quieren decir, y en vez de ello la comunicación tiende a ser indirecta y cargada de manipulación. Las personas están en gran medida ajenas a sus sentimientos por haberlos sepultado hace tiempo, cuando eran niños, y están más atentas a mantener la imagen familiar que a ser sinceros y honestos.
Los hijos así terminan por sentirse incapaces de afrontar los retos de la vida, y cuando se encuentran con problemas reales –cosa que antes o después sucede– comienzan a eludir su responsabilidad. ¿Cómo prevenir esa irresponsabilidad? La respuesta a esta pregunta lógicamente nos interesa mucho a los padres y a los educadores, y debería
interesar a los gobernantes responsables. Y lo primero que podemos hacer es generar actitudes positivas en nuestra relación con los hijos en los hogares, en los centros escolares con nuestros alumnos, y en general en la sociedad con los jóvenes, mediante palabras y actuaciones de este estilo:
«¿Qué piensas? ¿Cómo te sientes? Tu actuación me gusta cuando haces esto, y no me gusta cuando haces aquello. Cuéntame lo que piensas, sientes y haces. Si te sientes enojado o resentido, por favor dímelo directamente, que también yo lo haré. Y si te sientes cariñoso demuéstramelo, porque yo también necesito mucho de tu afecto. Quiero que sepas que creo en ti, creo en tu persona, creo en tu valía, creo que llegarás a ser grande. Corre riesgos calculados en la vida, no te encierres en tu soledad, vive intensamente, etc».
Está claro que la falta de comunicación en el hogar, los programas de televisión y videojuegos negativos, el consumo de páginas de internet y redes sociales perniciosas, el uso inadecuado del dinero, etc., inciden decisivamente en el «enanismo psicológico» de los hijos, y constituyen el caldo de cultivo apropiado para desarrollar una mentalidad adictiva y terminar enganchados a la esclavitud de sí mismos. Lo cual nos lleva a concluir que una persona no desarrolla una personalidad adictiva ni por herencia ni por causalidad ambiental principalmente, sino que las experiencias antieducativas de su infancia la predisponen a hacerse adicta. Y, a menos que se interrumpan esos patrones de conducta, los problemas pasarán a sus hijos, y estos a los suyos... si es que se llega a tiempo de tener hijos.
Concluyamos que la mentalidad adictiva, por el hecho de vivir en «sociedades adictivas», nos afecta a todos. Está en juego no solo nuestra felicidad personal, también nuestra continuidad como familia y como sociedad. De ahí que la educación preventiva tenga tanto que decir, no solo la intervención cuando el problema angustioso llama a la puerta de nuestra casa, y que la necesidad de educar en valores sea siempre una prioridad de los gobernantes responsables.
3. La etapa escolar y la calle
Interesa acercarnos a la etapa escolar, cuando se gesta la mentalidad esclava de niños y jóvenes, porque de ella podemos extraer algunas conclusiones muy reveladoras de lo que puede llegar a ser una vida de infelicidad prolongada. Aunque no se puede concluir que todas las personas adictas padecieron un alto nivel de fracaso escolar en su infancia o su juventud, no es menos cierto que la mayoría sí. De entrada hallamos una correlación muy alta entre absentismo escolar (hacer novillos, o hacer pellas, en expresión española) e iniciarse en conductas adictivas y consumo de sustancias. Leamos, por ejemplo, estos testimonios que dan de sí mismos algunos jóvenes residentes de nuestra Escuela:
«Mis años de estudio fueron una pesadilla. De pequeña, en primaria, fui bien. Pero en secundaria conocí a mi primer novio y con él descubrí las salidas nocturnas, el alcohol y las drogas. Entonces ya pasaba de ir a clase, y mis padres con sus problemas no se daban cuenta de los míos».
primeros cannabis en horario escolar, aunque los verdaderos problemas no llegaron hasta mucho tiempo después».
«Fueron años de engaño a mis padres. Empecé a fumar y a robar, y a juntarme con gente negativa. Me juntaba con gente mayor que yo para no sentirme inferior a otros niños de mi edad, y desde ahí empezaron mis problemas con las drogas».
«El colegio me gustaba. Siempre he disfrutado con los estudios y con cualquier actividad intelectual, pero tenía pocas amigas y era muy tímida. Me costaba mucho relacionarme con los demás. Yo era más bien solitaria pues las otras niñas me rechazaban, y nunca tuve un grupo o una buena amiga. Más bien iba de aquí para allá con diferentes grupos de chicos. Cuando cambié de colegio busqué un ambiente diferente a los anteriores para sentirme aceptada, y así fui cayendo en lo más negativo…».
La pregunta entonces es qué hacer desde la educación formal y desde el ámbito escolar para atajar la mentalidad adictiva creciente de nuestros niños y jóvenes. Y la primera respuesta clara es que desde los centros educativos, igual que desde la familia, la mejor tarea siempre es la prevención. Es de sentido común que los centros educativos generen condiciones y espacios de vida positivos, que enseñen a los alumnos a movilizar la poderosa energía y vitalidad que tienen ofreciéndoles mensajes acordes a las ilusiones e ideales de vida por descubrir, y no mensajes negativos o superficiales cargados de decepción e infelicidad.
Desde el punto de vista de la consecución de la felicidad personal lo mejor que puede aportar la Comunidad Educativa a la sociedad es ofrecer a las nuevas generaciones alternativas de vida creativa. Este es un nivel profundo y riguroso a la hora de plantear la prevención de todo tipo de esclavitudes personales, porque no basta con hablar de prevención sin ofrecer a los jóvenes posibilidades reales de vida saludable –corporal, mental y espiritual–, tanto personal como comunitariamente. En este marco de sentido global es donde padres y profesores actuamos más y mejor si estamos coordinados.
Hace bastantes años un buen sindicalista italiano, Marco Marchioni, decía que el problema de las toxicomanías era uno más de los problemas a los que debían enfrentarse las comunidades locales o municipios (barrios urbanos o rurales), porque antes y paralelamente a este problema existen otros problemas, y defendía como prioridad de toda política municipal poner en marcha programas culturales, deportivos, asociativos, etc., como entramado normal y fundamental para toda la población y no para sectores especiales de ella. Y el fundador de Progetto l´uomo en Italia, el Padre Mario Picchi, decía magníficamente bien que «un toxicómano es alguien que tiene un problema añadido» (1998, 22). Coincidimos con el diagnóstico tanto de Marchioni, más social, como el de Picchi, más personal, cambiando toxicomanía y toxicómano por esclavitud y esclavo existencial.
Desde el punto de vista educativo lo primero que hemos de superar son nuestras propias contradicciones, nuestras propias conductas compulsivas asociadas al consumismo y al éxito fácil. Es utópico pretender avanzar en la prevención de los jóvenes y no desenmascarar las contradicciones en las que incurrimos los adultos. Aquí reside una buena explicación de la poca eficacia educadora de la sociedad actual, que
asiste inerme a la cada vez mayor aceptación de las esclavitudes. Por eso todos, no solo gobernantes y políticos, tenemos una grave responsabilidad en la educación de niños y jóvenes, como nos recuerda aquel proverbio africano que dice que «para educar a un niño hace falta toda la tribu». Abandono educativo de la tribu es para el niño y para el joven actual sinónimo de «la calle».
Podemos utilizar la expresión de la calle como el equivalente a una antigua existencia adictiva o condición de esclavitud existencial. Solo quien ha vivido en la calle sabe lo que es la calle, es decir, sabe por amarga experiencia lo que se vive en un medio terriblemente hostil. Retroceder en la vida es verse de nuevo en la calle, verse de nuevo solo y en la mentira, entre gentes que viven del engaño y de actitudes negativas, siempre con la careta puesta, con una imagen falsa de sí mismos y una permanente manipulación de los demás. Aparentar, engañar, mentir, manipular, refugiarse en la adicción, etc., todas estas conductas pertenecen al mismo linaje deshumanizador: la forma moderna de esclavitud existencial de los seres humanos. «Para definir mi vida pasada –dirá este joven– utilizaría las siguientes palabras: evasión y engaño. Evasión porque rehuía cualquier tipo de responsabilidad, sin querer tomar conciencia de lo que mi vida era y lo que debía ser. Y engaño porque vivía de la mentira conmigo mismo y con los demás. Tenía una venda en los ojos que me impedía ver la realidad».
En términos parecidos se expresan otros jóvenes sobre su vida pasada en la calle, y en todas observamos la misma convicción, profunda, del mismo proceso autodestructivo:
«Mi vida de negativo en la calle era la del engaño: no tenía amigos, no podía contar con nadie y vivía solo para ponerme droga, sin importarme familia, vecinos ni amigos».
«Tenía compañeros que solo pensaban en la calle, siempre buscando algo que nos hiciese salir de la monotonía, y lo encontrábamos en las drogas y el alcohol».
«La mayoría de mis amigos eran negativos, y cuando entraba en contacto con alguna persona positiva no me gustaba estar con ella porque no sabía hablar o entrar en su conversación».
«Mi “vida de calle” era buscar la manera de llenar el vacío que sentía, cada día peor que el anterior. Salía por las mañanas y me tiraba casi todo el día fuera, solamente iba a mi casa a por dinero y a pelearme con mi familia. Para mí no había sábados ni fines de semana, encerrado en mi habitación, sin amigos porque me decían la verdad».
«Desde los 15 años siempre he estado metido en círculos de drogas y alcohol, y me he sentido rechazado por la sociedad. Ahora me doy cuenta de que nunca he tenido amigos, sino “colegas” de conveniencia».
«La amistad la confundía con la complicidad. En la calle aprendí a vivir con mucha gente pero desconfiando de todos…».
En nuestra Escuela de Rehumanización, todo lo contrario que en la calle, vamos a ver cómo las personas efectúan un cambio de actitudes y de mentalidad radical ante la vida mediante la vivencia de su verdad desnuda a través de la comunicación, la afectividad y la adquisición de valores que dan sentido a su existencia como seres que aspiran a compartir la vida con actitud de firmeza, seres capaces de transmitir que la vida humana no es «una historia contada por un idiota», como diría Shakespeare, ni «una pasión
inútil» (Sartre), ni un «instrumento programado» (Skinner), sino un campo de posibilidades de libertad y creatividad que brota de las experiencias del encuentro consigo mismo y con los demás.
Y por aquí llegamos a la conclusión más esperanzadora: podemos ser personas auténticamente libres.
4. De la deshumanización a la rehumanización
La esperanza de ser libres de verdad, o de rehumanizarse plenamente las personas, nos plantea ahora reflexionar por qué los seres humanos vivimos instalados en unas sociedades tan deshumanizadas.
Y lo primero que podemos preguntarnos es quién es el ser humano al que dirigimos nuestros métodos, nuestras técnicas y nuestras ciencias. Sabemos, por las ciencias humanas y las ciencias de la salud en general, que la persona es una unidad
físico-psico-espiritual, un modelo antropológico muy antiguo por cierto, que nos llega hoy
actualizado por múltiples teorías y psicoterapias, incluso a través del pragmatismo de autores como Howard Gardner, Martin Seligman, Lou Marinov, o Peter Watson. Y estamos en el buen camino, porque solo desde una profunda unidad antropológica de la persona, «espíritu psicosomatizado» en expresión del filósofo y místico español Fernando Rielo (2012, 43s.), podemos entender que la deshumanización de la violencia, las adicciones, la corrupción del dinero, la trata de personas, la explotación sexual y demás patologías caracterizadas por una dependencia esclava son sobre todo conductas que proceden de una desestructuración de esa unidad personal provocada por un vacío
existencial. De suerte que el fenómeno de la deshumanización siempre tiene detrás de su
explicación una deficiente gestión educativa de la dimensión personal unitaria, o dicho de otro modo, un déficit biográfico o espiritual cuya consecuencia visible inmediata es no encontrar sentido a la vida.
Tratar de obviar o ignorar este «déficit del espíritu» en la persona deshumanizada, y quedarse solo en los niveles físicos o psíquicos como hace el paradigma cientificista, conlleva dejar de lado –cuando no eliminar– el componente básico de todo ser humano: su libertad y su responsabilidad en la construcción o destrucción de su propio yo. Por el contrario, afirmar la dimensión ético-espiritual implica que la mayor parte de nuestras conductas deshumanizantes nacen de hábitos de los que, en última instancia, nosotros somos los responsables. En este sentido, podemos decir que todavía falta por hacer una ciencia definitiva del ser humano –que ya inició Søren Kierkegaard en el siglo XIX–, vuelta a la realidad personal singular, sin hacerla depender de la genética, el ambiente, los instintos, o cualquier otra instancia suprema que no sea su libertad y su responsabilidad.
Desde que nacemos, en efecto, somos responsables de lo que vamos haciendo en la vida, y adquirimos unos hábitos que poco a poco van configurando nuestra personalidad, es decir, lo que llamamos ética (del griego éthos) o modo de ser singular, carácter configurador y transfigurador de nuestro yo. Esconder la ética es no reconocer la propia responsabilidad de la persona deshumanizada en su destrucción y, por tanto, eliminar su posible recuperación justamente porque sin ese reconocimiento no podemos enseñarle a