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Estructuras y circulación de la energía

Por una sociosofía (III)

3. Estructuras y circulación de la energía

Las prohibiciones no sólo han impedido a los hombres fundirse en lo sagrado, sino que han facilitado un uso medido y nada peligroso de sus fuerzas. La lógica del exceso y del derroche que trae consigo lo sagrado, y a la que los hombres siempre tienden en su intimidad, ha sido sustituida por la lógica de la mesura y de la utilidad. La implantación en los indivi- duos de un yo en el que se depositarán las exigencias impuestas por el orden social facilitará un trato ya muy debilitado con las fuerzas que ema- nan de lo sagrado.

Como consecuencia de esta lógica se han creado estructuras por las que circula la sexualidad, la agresividad, el disfrute y el sentido. Tales estructuras son la base de cualquier orden social. Están animadas por el principio del don y de su triple condición (dar, recibir y devolver). Pero los intercambios no se darán sólo entre los humanos. También se practi- carán con la naturaleza, y, sobre todo, con esas re-presentaciones (re-pre- sentación = volver a presentar) de lo sagrado que son los dioses. Veamos por partes los tres ámbitos en los que funciona el principio de recipro- cidad.

Respecto a las relaciones internas, dentro de la Sociedad o comuni- dad, ya vimos en el primer capítulo que, para Caillé, «la triple condición de dar, recibir y devolver constituye el universal socioantropológico sobre el cual se han construido todas las Sociedades antiguas y tradicionales». También comprobamos que el don no viene inspirado por ninguna ins- tancia trascendente, sino que surge de un modo espontáneo de las relacio- nes entre los hombres creando, de golpe, algo que les trasciende, pero sin alienarles. Por último, observamos igualmente que en el don están solda- dos de un modo paradójico el interés y el altruismo.

Por lo que respecta a la naturaleza, devolviéndole parte de lo obteni- do, dando gracias por ello o realizando ciertos rituales para compensar la violación del proceso de maduración de los frutos de la tierra, como hacían los extractores de minerales premodernos, el hombre establece un contrato natural basado en la reciprocidad muy similar al que reina entre los sujetos o grupos de la comunidad. Es un contrato que podemos califi- car de simbiótico y que está en las antípodas del parasitario que se ha ins- tituido en muchas de las Sociedades complejas.

Por último, en las relaciones de los hombres con los dioses también el don promueve la reciprocidad. Así lo afirma el Bhagavad Gita, uno de

los textos canónicos y más antiguos del hinduismo: «por medio del sacri- ficio alimentas a los dioses y por él los dioses te alimentan a ti» (Canto III, 11). Por eso, «quien goza de placeres concedidos por ellos y no les da nada a cambio es un ladrón» (Canto III, 12). De modo que en las Sociedades primitivas no hay jerarquía que vincule a dioses y hombres. Ambos tienen la obligación de dar y el derecho de pedir o recibir. No hay deuda. Pero es que, además, si tenemos en cuenta que los dioses son la expresión de lo social sagrado, la simetría e igualdad con ellos indica una plena autoconciencia respecto a sus fundamentos. En este sentido, Vernant recuerda que la mitología griega hace referencia a una Edad de Oro en la que los dioses y los hombres «comparten las mismas estancias, se sientan en las mismas mesas y celebran banquetes juntos». En esa época mítica podemos decir que lo instituido y lo instituyente no esta- ban disociados.

En las Sociedades complejas el orden profano oficial se construirá en base al intercambio desigual. Dentro de la Sociedad esto implicará que cierta clase de individuos estarán permanentemente en deuda y otros no cesarán de acumular y acaparar el control sobre los sujetos, bienes cono- cimiento. Dicho de otro modo, esos individuos o grupos superiores ten- drán el monopolio del poder, la riqueza y el saber. Por el contrario, los menos poderosos acumularán más y más obligaciones, pobreza y desco- nocimiento. Sin embargo, esta interpretación deriva de las posiciones de dominio y es sólo localmente correcta. Aunque los menos poderosos hayan sido inscritos en una relación de intercambio desigual con los poderosos, todavía practicarán entre ellos el principio de reciprocidad. Con él, tanto el poder como la riqueza o el saber dejarán de conducir o guiar la acción colectiva.

En último término, el orden instituido desde arriba es una isla entre desórdenes instituyentes de sobrevivir que las islas instituidas pues respon- de a una lógica social y emergentes. No sólo eso. Ese océano instituyente tiene más probabilidades de sobrevivir que las islas instituidas pues respon- de a una lógica social y culturalmente más sostenible. Por eso es posible conjeturar que la simetría, al final, podrá a la asimetría. Quizás la apari- ción de las relaciones de deuda sólo sean un breve paréntesis en la historia de la humanidad.

En relación a la naturaleza también se la considerará en eterno estado de deuda. Probablemente la Sociedad que mejor ha realizado esta relación ha sido la moderna. En el plano económico la actividad industrial susti- tuirá las relaciones de acoplamiento y cohabitación que, en cierto modo, caracterizan a las actividades primarias, las más importantes en la premo- dernidad, por otras de explotación que incrementarán el orden social interno generando cada vez más desorden y degradación en el ecosistema natural. Por otro lado, en el plano cognitivo, el hombre moderno se lan- zará sobre la naturaleza armado con un nuevo y temible modo de conocer, la ciencia. En este sentido, conviene recordar a Bacon, uno de los apólo- gos del método experimental, cuando sugiere «colocar a la naturaleza en el potro de tortura y extraerle todos sus secretos».

En definitiva, tanto en el plano económico como en el científico la naturaleza será convertida por el hombre moderno en un objeto. Sin embargo, tampoco aquí conviene sobrestimar el orden instituido pues, aunque la Sociedad haya proyectado realizarse a partir de relaciones de intercambio desigual con la naturaleza, ésta ha continuado con su comple- ja y a menudo inescrutable lógica simbiótica tal como demuestran los tra- bajos de Lynn Margulis. El parasitismo moderno es pues una isla en el océano simbiótico de la naturaleza. No sólo eso, tal océano, que algunos autores denominan Gaia, es más que probable que desautorice el parasitis- mo instituido por la modernidad y acabe con él. Las reacciones de la natu- raleza a los excesos de la Modernidad quizás indiquen que el parasitismo tiene los días contados. De lo que se trata entonces es de que el hombre sepa estar a la altura de los nuevos tiempos simbióticos que se le comien- zan a exigir y de los que está comenzando a tomar conciencia.

Finalmente, por lo que respecta a los dioses, con la institución del intercambio desigual, sus fieles serán considerados deudores desde el momento mismo de nacer. En este sentido es ilustrativo lo que dice el Dios más poderoso de Mesopotamia, Marduk, tras vencer a monstruos, como Tiamat, que representan el fondo matriarcal previo: «Acumularé sangre, fabricaré hueso y haré una criatura. Se llamará Hombre. Se le exi- girá que sirva a los Dioses y así éstos podrán descansar en paz». El contra- to instaurado por esta clase de dioses implicará que éstos tendrán el dere- cho de pedir o exigir a los fieles y que éstos tendrán la obligación de dar, incluso sin haber dado nada a cambio antes a los dioses. Como decía Santo

Tomás, «el hombre no puede devolver a Dios nada que no le deba ya […] jamás saldará su deuda». Pero es que, además, cuando los dioses den algo lo harán por generosidad, no por obligación. Y los fieles que reciban tales favores, puesto que no tienen derecho a recibir, deberán dar las gracias. De los dos modos, dando y recibiendo, los dioses estarán por encima y los fie- les por debajo. Esta asimetría ha sido instituida por dioses que se han pro- clamado únicos. Es el caso de los dioses cristiano, musulmán y judío.

El problema de la relación de deuda es que muchos fieles han reaccio- nado contra su Dios o contra el orden social y cultural de Él heredado invirtiendo la asimetría. Así, han entendido que Todo estaba en deuda para con el hombre, que toda la fuerza era de él o legítimamente volvía a él y que, por lo tanto, no era necesario agradecer nada a nadie. Si con la deuda de los monoteísmos el hombre era insignificante y Dios absoluto, con la deuda posmonoteísta dios es insignificante y el Hombre es absolu- to. La historia de la Modernidad es la historia de esa deuda invertida. Sin embargo, esta reacción es patológica y complica más que resuelve la situa- ción legada por los Dioses acreedores. En efecto, el nuevo orden se cons- truirá reactivamente frente al antiguo y, a la vez, este antiguo orden será despertado frente al nuevo. En esta espiral de deudas reactivas y vengati- vas los hombres se alejarán cada vez más de lo sagrado. Si la deuda es un problema, la solución no puede consistir en invertirla. Consistiría más bien en superarla permitiendo el retorno de la reciprocidad.

En un mundo regido por la deuda hacia un único Dios, las gentes no sabrán que ellos dan vida a ese Dios del que creen depender. Tampoco estarán en condiciones de reconocer que los poderosos o el orden institui- do que les gobierna dependen, en último término, de lo que la gente le da. Por último, tampoco tendrán conciencia de que esa naturaleza sobre la que vuelcan su voluntad de dominio engendró y engendra continuamente las condiciones de existencia de la especie humana. El monoteísmo ético implica todos esos desconocimientos.

No obstante, a pesar de que el monoteísmo ético (o sus prolongacio- nes laicas) tienda a hegemonizar la vida de la actual humanidad, eso no quiere decir que el politeísmo (o sus prolongaciones laicas) haya desapare- cido. La antigua religiosidad ha seguido existiendo de un modo informal o instituyente, incluso en el interior de las grandes religiones monoteístas. Es más, como demuestra la historia del cristianismo, si ha sido capaz de

sobrevivir es porque en su seno ha permitido que se mantengan distintas clases de religiosidades antiguas con sus correspondientes dioses (o santos, que es como prefiere llamarlos el orden oficial). Por lo tanto, puede afir- marse que los monoteísmos son, en realidad, islas en un océano politeísta. Pues bien, en este océano politeísta se han solido cultivar relaciones simé- tricas entre fieles y dioses (o santos), análogas a las antiguas y primitivas, en las que no hay ninguna relación de deuda. Sloterdijk ha observado que en las religiones cristiana y musulmana los ángeles han sido pensados en relación a Dios y a los fieles también en términos de igualdad. Pues bien, con esta religiosidad, no sólo se han interpretado de un modo diferente las relaciones entre los hombres y los dioses. Seguramente las relaciones con los poderosos o el orden instituido y con la naturaleza también hayan sido entendidas de otro modo.

Se deduce de todo lo anterior que los primitivos o antiguos y las gen- tes de hoy que mantienen vivo el politeísmo tienen mejor conciencia de lo sagrado que el orden instituido en las Sociedades complejas. En efec- to, los primitivos y antiguos visitan lo sagrado para reunir lo que el prin- cipio de reciprocidad ha separado. En las Sociedades complejas, construi- das en torno a la deuda (primero de un signo y luego de otro), ciertas ideologías y religiones heterodoxas sugieren restaurar la reciprocidad. Sin embargo, en la vida cotidiana de las Sociedades complejas no funciona del todo ese imaginario que incita a regresar a la igualdad. Como el prin- cipio de reciprocidad ha seguido funcionando, aunque sea de un modo imperfecto, todavía se tiene algo de conciencia de la importancia de la unión original de la que brotó el mundo y, en consecuencia, se hace lo posible por recuperarla. Ahora bien, ¿dónde esconde el complejo mundo contemporáneo ese fondo de unión?, ¿cómo se hace para contactar con ello?

Por debajo del principio de reciprocidad hay algo así como un éter o plasma de comunicabilidad que inunda lo social.34Este sustrato tan ele- mental parece tener bastante que ver con la noción de pneuma (espíritu)

propuesta por Aristóteles para resolver los problemas que planteaba la 34 En la literatura sociológica contemporánea, al margen de Maffesoli y los suyos, es muy difícil encontrar autores que se interesen por este asunto. No obstante, hay honrosas excepciones. Por ejemplo, dentro de los Cultural Studies, la «Sociología Apasionada» de

relación entre el cuerpo y el alma según la doctrina platónica. Esta teoría pneumática se mantuvo en la reflexión filosófica hasta el mismo Kant. Culiano ha observado que en las reflexiones renacentistas (Ficino, Gior- dano Bruno, etc.) sobre Eros y la magia, el pneuma ocupó un lugar cen-

tral. Por su parte, Sloterdijk ha mostrado que la magnetoterapia del siglo XIX(que influye en Schelling, Fichte, cierto socialismo utópico y en el mismo Freud) también parte de la existencia de un fluido magnético que garantiza la relación humana a un nivel elemental. Entre nuestros contemporáneos, Hillman trata lo imaginario de un modo que recuerda esa tradición occidental que mencionan Culiano y Sloterdijk. En el ámbi- to de lo social Maffesoli y Michel de Certeau participan de una sensibili- dad similar.35

4.

Anamnesis

Aunque las fuerzas más arriba mencionadas hayan sido objeto de prohi- biciones, también es necesario poder disponer de ellas pues si no fuera así lo social perecería. Se puede hacer de varios modos. El primero, ya lo hemos visto, consiste en destilar las energías de lo sagrado y usarlas como combustible que haga circular el don y dar vida a las estructuras. Se da en las situaciones estables. El segundo tipo de contacto con lo sagrado desfi- gura menos su potencia y permite hacer una experiencia más íntima de las energías. Este contacto supone una anamnesis o retorno de lo reprimido y trae consigo cierta inestabilidad.

La necesidad de las anamnesis de lo sagrado viene dada por el hecho de que, al parecer, a ningún orden social le basta el contacto que se pro- mueve desde las estructuras. Se necesita más sustancia sagrada. En algún caso las Sociedades han creado dispositivos que faciliten ese mayor contac- 35 La invocación de Eros se suele hacer a partir del cuento de Apuleyo, El asno de oro, en el que la leyenda de Eros y Psique ocupa un lugar central. La leyenda ha sido objeto de infinidad de interpretaciones. En el Renacimiento, Marsilio Ficino puso de moda el mito de Eros y Psique para legitimar la magia. Los junguianos, por su parte, supusieron que el mito era una metáfora de la formación de la feminidad. Finalmente, Hillman sugiere que los encuentros y desencuentros de Eros y Psique jalonan un camino iniciático que condu- ce a la creatividad psicológica. (Véase la magnífica edición de Eros y Psique y el ensayo pos-

to. En otros casos lo social se ha vuelto violenta y espontáneamente hacia sus orígenes sagrados. En ambas situaciones el retorno inducido o espon- táneo a lo sagrado puede realizarse a nivel local o global. Hay entonces cuatro clases de anamnesis. Veamos, aunque no de un modo exhaustivo, cómo funcionan en las Sociedades primitivas, en la vida ordinaria de las complejas y en el orden formal o instituido de estas últimas.

Por lo que respecta a las anamnesis tuteladas locales, en las Sociedades

complejas la religión, el arte, el erotismo y el sacrificio (que incluye el ase- sinato y la posterior ingestión de una víctima) son modos, relativamente inocuos, de provocarlas.

La religión hace entrar en escena rituales performativos que evocan los

actos cosmogónicos primordiales según los relatan los mitos. Tales ritos, que Rappaport denomina «canónicos» por oposición a los «autorreferen- ciales» y que se diferencian de éstos en que tienen menos signos indexicales y por eso son menos variables, no se limitan a re-presentar los orígenes, sino que los actualizan. Por eso utilizan un repertorio semiótico más ela- borado y complejo que otra clase de rituales.

El arte experimenta con la capacidad de hacer de los individuos no

para producir utilidades, sino para despertar imágenes y emociones ínti- mas. Esa experimentación volcada sobre el hacer es consustancial al hom- bre e incluso se insinúa ya entre los animales, pues, a través del juego, trata con ella desde el momento mismo de nacer. Sin embargo, en el hombre, el arte perderá la gratuidad del juego animal y pasará a evocar realidades inefables que están más allá de lo instituido y codificado. Esas realidades apelan, en último término, a lo sagrado. Como dice Campbell, «la función del arte no consiste en proporcionar un significado tranquilizador, sino una sensación de existencia». No obstante, el arte puede tanto facilitar como bloquear la anamnesis de lo sagrado. Según Campbell, la religiosi- dad egipcia pasó de un estadio en el que el orden social ejemplificaba y manifestaba su relación con lo sagrado a través de ceremoniales en los que el rey moría y renacía a un estadio en el que esas ceremonias eran suplan- tadas por riquísimas alegorías míticas. De este modo, gracias al arte, los faraones evitaron la muerte ritual y se independizaron de los ciclos del mundo. Lo que no impidió que los siervos y parientes, como sucediera al principio, fueran inmolados con el Rey cuando éste dejaba el mundo de los vivos.

En cuanto al erotismo, es otro modo de hacer, esta vez relativo a la sexualidad, que se usa no con ánimo reproductivo, sino para obtener un placer que, según muchas religiones —caso del tantrismo hinduista o del taoísmo de los antiguos Turbantes Amarillos—, conduce directamente a la plenitud, a la reunión de Todo. En primer lugar, a la reunión del cuerpo y el alma. Toda la mística europea participa de esta creencia y trata esa unión en términos explícitamente eróticos. Sin embargo, el orden instituido ha ido justamente en la dirección contraria, la de disociar el cuerpo y el alma. El precio de la separación cuerpo/alma ha sido ese inconsciente sexualiza- do tan propenso a las neurosis que padece el hombre moderno. En contra de esta tendencia instituida Lacan denunciará: «Lo que se buscaba el siglo pasado, en tiempos de Freud, era reducir la mística a un asunto de semen». A continuación añadía que un examen atento del asunto permitía ir más allá de esas interpretaciones.36Por ejemplo, se puede reconocer —como hace Bataille— que el erotismo es un arte que intensifica la potencia sexual y es más capaz de permitir contactar con lo sagrado cuanto más excesivo es. En este sentido la orgía es la manifestación paradigmática del erotis- 36 La interpretación de Dios que Lacan propuso en alguno de sus seminarios fue que coincidía con la parte no edipizada del inconsciente femenino.

CUADRO 7

CLASES DE ANAMNESIS DE LO SAGRADO

Anamnesis Anamnesis Anamnesis Anamnesis tulelada tutelada espontánea espontánea local global local global