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Por una sociosofía (III)

7. Lo sagrado festivo hoy

Hoy la experiencia primitiva (en el doble sentido de antigua y prima- ria) de lo sagrado parece haberse desvanecido. Aunque proliferen fiestas cada vez más orgiásticas, la conciencia de lo que en ellas acontece se ha perdido. Paradójicamente, la pérdida de conciencia actual coincide con la posibilidad de acceder a un montante de fuerza sagrada muy superior al de otras Sociedades. La fuerza ha crecido porque nuestras Sociedades han aumentado su complejidad incrementando considerablemente las distin- ciones. Y al aumentar el montante de orden se ha incrementado, en la misma proporción, el desorden o indistinción potenciales. El problema es que nuestra Sociedad, la más compleja de todas, no sabe tratar consciente y deliberadamente con esa creciente exterioridad que ha creado. La moder- nización, a la par que ha ido generando un inmenso potencial de mana, ha creado un orden formal que ha perdido la sensibilidad, habilidad y pre- disposición necesarias para saber tratar con ello. Sin embargo, el lado informal de lo social sí que sabe hacerlo. Lo hace aunque no tenga mucha conciencia de ello. Y lo hace porque no cesa de transgredir el complejo orden de distinciones en el que se desenvuelve. El orden formal se aprove- chará indirectamente de lo sagrado apropiándose de la fuerza obtenida por la vertiente informal de la Sociedad. Gracias a esos dos mecanismos (la generación espontánea o no deliberada de fuentes de indistinción y el aprovechamiento informal de ese mana) lo social está siendo capaz de

sobrevivir al orden formal moderno. Lo hace obteniendo una fuerza mayor que la que haya obtenido nunca ninguna Sociedad y sin saber o

tener conciencia de lo que hace ni cómo lo hace. En este sentido, los jóve- nes son paradigmáticos. Es cierto que el resto de gentes, en su vida ordi- naria, también favorece con distintas costumbres y rituales el contacto con lo sagrado. Sin embargo, los jóvenes realizan ese gesto con más ganas y obtienen más fuerza.

Desde que aparecieron a principios del siglo XXcomo grupo social específico no han cesado de inventar modos de contactar con la religancia fundacional de lo social. Frente a tales gestos de retorno a los orígenes el orden instituido no ha cesado de descalificar e incluso de penalizar las innovadoras conductas juveniles. Sin embargo, por más que la Sociedad inicialmente repruebe o condene esas conductas, luego no será difícil observarlas, aunque adaptadas y edulcoradas, en el centro mismo de su orden. Esto es así porque lo instituido teme y, a la vez, se siente atraído por lo que las conductas juveniles significan. De todas formas, por más que la Sociedad incorpore algunos detalles de las invenciones juveniles, lo normal es que reaccione airadamente contra ellas. Y, como reacción, no es extra- ño que los jóvenes recuperen lo sagrado cultivando el malditismo.

Ahí están para demostrarlo ciertos grupos musicales que, en flagran- te oposición al orden cultural adulto, con todas sus influencias cristianas, proponen una contracultura satánica y diabólica. Es el caso de Judas Priest, juzgados a finales de 1990 y principios de 1991 por inducir con sus letras (concretamente Beyonds the Reigns of Death) al suicidio de dos jóve- nes. Para Maffesoli estas disidencias demoníacas y diabólicas no son sino formas de retirada o distanciamiento de la Sociedad instituida que activan un instinto vital de conservación, de conservarse en el ser: «es la figura demoníaca que encontramos en todos los mitos y en todas las religiones; el Satán de la tradición bíblica que dice no a la sumisión». Por otro lado, conviene recordar que «demoníaco» alude originalmente al daimon, una parte de la subjetividad diferente de la psykhé socrática pues si ésta tiene que ver con «el calor vital que se disipa con la muerte», el daimon es el por- tador de la divinidad potencial del hombre. Según Dods, lo que hizo Pla- tón fue trasladar estas nociones del plano de la revelación al plano del argumento racional. En concreto, relativizó la importancia del daimon e hizo de la psykhé el lugar en el que se juega un conocimiento de carácter racional que viene inspirado por el mundo de las ideas. Más tarde, con el cristianismo, el daimon fue identificado con el mal y el conocimiento de

la psykhé se hizo derivar de Dios. Sin embargo, los alquimistas rescataron

al daimon presocrático utilizando la noción de pneuma. Dice Jung al res- pecto que, «si bien el cristianismo primitivo lo llamó Diablo, no es ente- ramente idéntico al mal, sino que tiene simple y llanamente la desagrada- ble característica de estar más allá del bien y del mal». Y añade: «ese espíritu corresponde a la porción de la intimidad aún no asimilada por el hombre consciente y cuya integración fue para el alquimista el deseo de un largo y penoso opus». El pneuma alquímico y lo diabólico representan —dice Jung— lo inconsciente. «Lo inconsciente es bueno y malo y ni bueno ni malo. Es la madre de todas las posibilidades.» Pues bien, aunque de un modo más inexperto, los jóvenes invocan eso que los sucesivos órde- nes instituidos desde Sócrates no han cesado de querer expulsar: lo diabó- lico, lo demoníaco, lo potencialmente divino del hombre.

Otro modo como los jóvenes contactan con lo sagrado es a través de los originales modos de reunión que se han inventado. El festival, por ejemplo, se instaura con la música pop entre 1967 y 1971 con la intención de buscar la proximidad de los cuerpos, el estar juntos y la sensación de «vértigo». Para ello resultaron de inestimable ayuda músicas como la psi- codélica y drogas como el LSD. De esta droga se ha dicho que tiene una composición química parecida a la sustancia que ingerían los griegos en los misterios de Eleuisis. Lo que en tales ceremonias tenía lugar era una epop-

tai o eclosión no jerárquica de los sentidos. El mismo Aristóteles —recuer-

da Burckhardt— confesará, a propósito de lo que sucedía en Eleuisis, que «los iniciados no tienen algo que aprender, sino algo que vivir». Y lo que se vivía era la presencia de la divinidad. Una divinidad inmanente pues la diosa por la que se celebraban esos misterios era Perséfone, que pasaba la mitad del año en el submundo del Hades.

En los ochenta el modo de reunión que inventarán los jóvenes para divertirse será el rave, fiesta clandestina que, al principio (en Inglaterra), tenía lugar en fábricas abandonadas y en las que se disfrutaba de músicas como el acid house, con un ritmo que semeja el de un corazón acelerado, y drogas como el éxtasis, también llamada «droga del amor» por su capa- cidad para activar la sensibilidad y favorecer un ambiente formado por cuerpos ávidos de contacto. Esta nueva moda juvenil llegará a Ibiza en el verano de 1988 y en el invierno a unas cuantas discotecas de la Península. En relación a ese mágico invierno de 1988 Alaska dirá que «fue el momen-

40 El mejor modo para hacer una experiencia individual y elitista de lo sagrado es uti- lizar la palabra poética —«toda palabra poética nos remite al origen, a lo informe donde se incorporan perpetuamente las formas», dice Valente—. Esta experiencia es elitista porque acceden a ella quienes tienen dominio de la escritura y es también individualista por- que tanto la escritura como la lectura tienen ese carácter.

to de una nueva conexión muy lúdica y muy graciosa y que me marcó mucho […] Fue otro de esos momentos paradigmáticos que me provocó una expansión mental». Por su parte, Maffesoli ha dicho del acid house que

«el ritmo está a tal punto acelerado que favorece el sentimiento, planear en la intemporalidad absoluta e incluso perderse en un conjunto en fusión en el que se escapa de la dramática angustia del tiempo que pasa».

Podrían multiplicarse los ejemplos, pero los expuestos creo que bas- tan. La transfinitación del yo que facilitan las reuniones juveniles, con sus músicas, bailes y drogas, es un modo de recuperar el contacto, ciertamen- te inexperto pero bien real, con lo sagrado, el numen que garantiza la reli-

gancia. Esto es una constante en las sucesivas modas que se han sucedido a lo largo de todo el siglo XX.