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1.9 Estudios sobre la relación televisión-violencia y sus efectos.

La década de los sesenta resulta ser muy recordada como una década de violencia en el mundo, en ella se significaron los motines urbanos, sobre todo estudiantiles, protestas colectivas sobre diversas causas y el racismo entre otras manifestaciones. El asesinato del presidente de los Estados Unidos de América, John F. Kennedy en la ciudad de Dallas en noviembre de 1963, fue el detonante para que se iniciaran los estudios sobre el posible efecto de la televisión sobre la conducta humana (Rojas, 1996: 179).

Durante toda la década de los sesenta se siguieron haciendo estudios en Norteamérica, y es particularmente conocido el estudio de la National Commission on the Causes and

Prevention of Violence, cuyas conclusiones fueron presentadas en 1969. Sus resultados

indicaron que no es imposible establecer una relación lineal entre violencia y televisión, sin embargo, en una parte de su reporte anotaron:

Cada año los publicistas gastan billones de dólares porque creen que la televisión puede influir sobre la conducta humana. La industria de la televisión coincide entusiasmada con ellos, pero sin embargo mantiene que los programas sobre violencia no producen tal efecto. La investigación disponible a tenor de las pruebas encontradas sugiere, sin embargo, que la violencia de los programas de televisión puede tener y tiene efectos adversos sobre sus audiencias (Berkowitz, 1996: 218).

La violencia en la televisión es problema en todos los países. En México, la violencia televisiva, se ha vuelto un recurso de uso diario. Televisión, radio, prensa escrita e internet publican casi todos los días noticias sobre violencia, delincuencia y criminalidad en el país, contribuyendo a difundir información necesaria, pero que, en muchos casos, distorsiona la realidad sobre el fenómeno. El problema se presenta en la forma como los medios hacen uso de sus recursos para enfatizar los hechos, es decir, que además de la violencia del hecho informado, se suma la violencia en la forma de presentarlo. En México la programación televisiva siempre ha tenido un contenido violento.

Bohmann (1989), refiere cómo en los setenta, la televisión en México ya transmitía programas impregnados de violencia, incluyendo noticieros; de tal manera aumentaba la violencia televisiva que en septiembre de 1974, la Secretaría de Gobernación emitió un

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decreto de acuerdo con el cual debían eliminarse de la programación todos aquellos programas que incluyeran violencia. Fue tal el crecimiento de la violencia televisiva que en 1996 numerosos grupos de la sociedad e incluso el entonces presidente de la República, Dr. Ernesto Cedillo Ponce de León, exigieron a las televisoras que disminuyeran la carga de violencia en sus programaciones (Sánchez, 1989).

Consideramos que la televisión debe ser un servicio público a favor del interés general, brindar información de interés público con veracidad e imparcialidad, y ofrecer variedad de programas de cultura, educación y entretenimiento, susceptibles de interesar a la sociedad en su conjunto. La televisión, como propagador de valores, entre otras cosas, no puede darse el lujo de eludir responsabilidades. La violencia en la televisión y sus posibles efectos sobre las actitudes de las personas ha sido tema de diversas investigaciones que buscan establecer si existe alguna relación entre estos dos elementos y su naturaleza. Los resultados muestran diferentes puntos de vista, por lo cual resulta importante conocer su sustento, para así tomar posición frente a esta importante cuestión.

Dice Sánchez que:

...la TV puede constituirse en una fuente social básica de información o desinformación, de invención y asunción de identidades y distinciones, de sueños e imaginarios, tanto individuales como más o menos colectivos y por lo tanto de "construcción" de realidades, de consenso o disentimiento y en consecuencia de cohesión o disgregación grupal o social (Sánchez, 1989: 51).

Enrique Huerta (2004), en un estudio investigó la relación del origen y tipo de consumo televisivo y las percepciones acerca de la violencia en el área metropolitana de Monterrey. Usó la técnica de encuesta telefónica y se planteaba la pregunta: "¿Existe relación entre la exposición a la televisión estadounidense y la construcción social de la realidad que sus habitantes sostienen respecto a la violencia y probabilidad de ser victimizados?” Los datos obtenidos rechazan la idea de que toda la programación estadounidense tenga este tipo de relación y apoya la noción de que las películas norteamericanas sí se relacionan con la influencia del temor en los televidentes regiomontanos.

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Resulta importante aclarar que cuando hablamos de violencia en televisión consideramos dos aspectos importantes: “violencia real” como un reflejo del medio social que se difunde a través de noticieros y reportajes de noticias y “violencia ficticia o representada” que es la que con mayor frecuencia llega al público a través de casi toda la programación. Dado que el presente estudio tiene como principal objetivo evidenciar lo primero, resulta conveniente ofrecer un panorama al respecto (La Rosa, 2004).

Muchas organizaciones de atención a la infancia han estudiado los efectos que producen en los niños la violencia televisiva. En opinión del Dr. Leonard D. Eron (1985), la evidencia indica que la violencia televisiva afecta a los niños de ambos sexos, de todas las edades y de todos los niveles socioeconómicos y de inteligencia.

El Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática (INGI) reporta que en México un niño ve en promedio dos mil horas de televisión abierta, mientras que a la escuela solo acude 700 horas, y que durante este lapso, puede llegar a presenciar de los 6 a los 12 años un promedio de 8 mil asesinatos y 100 mil escenas violentas, la mayoría en el contexto de noticieros y programas infantiles.

Según Emile Durkeim (2002) fundador de la escuela francesa de sicología, el hombre es un reproductor por naturaleza. Consecuentemente, tenemos una extraordinaria capacidad para imitar nuestro entorno afectivo o profesional. Esa misma capacidad para imitar nuestro entorno directo se pone en práctica en lo referente a las conductas y actitudes que observamos en televisión.

Uno de los asuntos que más preocupa a los estudiosos del tema, entre ellos George Gerbner (1988), es la mezcla que se presenta entre violencia y humor, la cual se da de manera particular en los programas para niños. En opinión de Gerbner, la combinación aumenta la probabilidad de que las conductas violentas sean aprendidas, especialmente por los niños. Sobre el efecto en los niños, existe mucha investigación y teorías que tratan de comprobar que la exposición repetida a la violencia en la televisión es una de las causas del comportamiento agresivo, el crimen y la violencia en la sociedad, una de ellas es la teoría de la cultivación.

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El desarrollo de la denominada Teoría del Cultivo o de la Aculturación (Cultivation Theory) se inicio con un estudio sobre la naturaleza y las funciones de la violencia televisiva. George Gerbner autor de esta teoría analizó el problema de la violencia desde la perspectiva de que, la televisión resulta ser un instrumento cultural que socializa conductas y roles sociales. Estudia la forma como las personas forman impresiones acerca de la vida social, a partir de los contenidos televisivos. En este contexto, la teoría se centra en determinar cuáles son las consecuencias sociales de los mensajes difundidos a través de la televisión e investigar los efectos, efectos sociales que se manifiestan a largo plazo, ya que se producen por la acumulación de exposiciones durante los largos lapsos de tiempo, a mensajes repetitivos en sus contenidos (Igartua, 2007:75).

El profesor de origen húngaro George Gerbner (1988), decano emérito del Colegio Annenberg de Comunicaciones afirmaba para entonces que en los noticieros de los Estados Unidos, diariamente ocurrían cinco asesinatos por hora durante el horario estelar, y que en las caricaturas había entre veinte y veinticinco incidentes violentos cada hora. En su informe agregaba que la exposición constante a las historietas y escenas de violencia y terror pueden movilizar tendencias agresivas.

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CAPÍTULO II