Siempre me ha parecido muy curiosa la típica distinción entre teoría y práctica. ¿Es realmente apropiada? ¿Son dos cosas tan separadas e independientes? Y si lo son, ¿en qué sentido?
Ciertamente, uno puede teorizar sobre la magia desde su si- llón sin poner jamás en práctica esas teorías. Pero, ¿es posible lo opuesto? ¿Hay práctica sin algún tipo de teoría tras ella? En otras palabras, ¿puede uno presentar magia sin tener alguna idea sobre lo que está haciendo? Incluso si esa idea es incoherente y confusa, ¿acaso no hay siempre algún tipo de idea sosteniendo nuestras acciones? Si la hay, la cuestión no es si debemos en- tretenernos con teorías o zafarnos de ellas, sino más bien qué teorías nos pueden ayudar más a conseguir nuestros objetivos. He aquí una teoría para que la valores. Permíteme que la expon- ga con la mayor simplicidad. Me parece que los efectos de magia, sean juegos de cartas de cerca o grandes ilusiones, muestran una estructura muy similar en su presentación. Primero quiero ex- plicar cuál me parece que es esa estructura. Después, extraeré dos conclusiones. Creo que si entendemos esas dos conclusio- nes y nos las tomamos en serio (lo que significa, por supuesto, ponerlas en práctica, hacer algo al respecto), nuestras actuacio- nes mágicas mejorarán considerablemente. Piensa en cualquier
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juego de magia que disfrutes presentando. Solo para el análisis, imagina que podemos dividirlo en una serie de momentos sepa- rados que llevan a un momento final de magia. Podemos exami- nar casi todos los efectos mágicos de este modo.
Lo hacemos constantemente en casi todas las áreas de nuestras vidas. Dividimos cosas, separamos cosas y distinguimos entre ellas. Aun así, debemos tener cuidado. ¡Se trata, después de todo, de un acto de imaginación! Para ser cautos, pues, añadiría una reserva. Cuando ejecutamos mentalmente esa división, cuando dividimos cualquier efecto mágico en momentos separados para su análisis, dicha operación tiene siempre una cualidad artificial por dos razones.
Primero, porque toda división de tal tipo es en última instancia arbitraria y se basa en las opiniones y valores de quien la lleva a cabo; yo podría dividir el efecto en seis momentos y tú podrías hacerlo en siete… y otros podrían hacerlo en cinco o nueve. El hecho es que todos podemos querer disfrutar la misma tarta, pero algunos de nosotros podemos tener ideas muy distintas so- bre cómo hay que cortarla.
La segunda razón por la que tales divisiones son artificiales es porque, en su mejor presentación, un efecto mágico es mucho más que una serie de momentos separados. Es un movimien- to fluido. Cuanto mejor la presentación, más continuo el movi- miento, la coreografía. Para el artista que habla, por supuesto, esto incluye tanto la coreografía de nuestras acciones como la coreografía de nuestro discurso, buscando un matrimonio de palabras y acciones de modo que trabajen juntas en armonía. Aun admitiendo esta reserva, el hecho es que la mente humana adora (y a menudo se beneficia de) estas divisiones y así, en nuestro pensamiento e imaginación, podemos dividir y dividi- mos el movimiento continuo de un efecto mágico en distintos momentos discretos.
PENSAR LA MA
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He aquí un ejemplo. Piensa en una de mis grandes ilusiones fa- voritas, la maravillosa transformación de Lynette Chappell en un tigre por Siegfried& Roy. Podemos dividirla en los siguientes momentos separados:
• Desciende la caja de cristal en cuyo interior está Lynette. • Se cubre la caja con una tela.
• Roy tira dramáticamente de la tela revelando el tigre dentro de la caja.
A continuación, piensa en uno de mis efectos favoritos de ma- gia de cerca: La carta en el librito de cerillas de Matt Schulien. Se puede dividir así:
• Se elige una carta.
• Se devuelve la carta a la baraja.
• La carta se lleva (secretamente) al lomo. • La carta se empalma (secretamente). • El espectador mezcla las cartas. • La carta se dobla (en secreto).
• La carta se carga (secretamente) en el librito de cerillas. • El público descubre la carta en el librito de cerillas.
Ni que decir tiene que la tarta se podría cortar de varias formas distintas; sin duda uno podría hacer más (o menos) divisiones que las ocho que yo he sugerido. Uno podría, por ejemplo, no incluir los momentos en los que el mago está haciendo algo en secreto, especialmente si estuviera dividiendo el efecto desde el punto de vista del público. Desde el punto de vista del mago, no obstante, dichos momentos tienen una importancia crítica. Por otra parte, uno podría añadir (tras el séptimo momento de los que yo he propuesto) otro momento en que el público descubre por primera vez que la elegida ya no está en la baraja. Tras dicho descubrimiento, se encuentra la carta en el librito de cerillas. Independientemente de cuántos momentos separados distingas, no obstante, creo que cada uno de ellos debe contar al menos
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con una característica común: el público debe entender que cada momento es limpio y claro. Ningún momento debe levantar
sospechas.
De ahí surge una estructura común para los efectos mágicos. El público debe poder decir de cada momento de un efecto: «Sí, ha sido limpio». «Sí, ha sido limpio». «Sí, ha sido limpio». Y enton- ces ocurre el momento de la magia, y el público dice: «¡Guau! ¿Qué ha pasado aquí?».
De este modo, diría que la estructura general de la mayoría de efectos mágicos se puede resumir como sigue: Limpio / Limpio / Limpio / Limpio / ¡Guau!
De este análisis tan sencillo se pueden sacar dos conclusiones para nuestras presentaciones. Primero, para que el momento final de magia produzca un verdadero impacto en nuestro pú- blico, todos los momentos anteriores del efecto deben cumplir la condición de «Sí, ha sido limpio». Si alguno no lo consigue, el efecto mágico se diluye o incluso se pierde.
Veamos por ejemplo La carta en el librito de cerillas de Schulien. ¿Qué pasa con el efecto mágico si despierto las sospechas del público al controlar la elegida? Quiero hacer un salto, por ejem- plo, pero algunos miembros del público notan un movimiento raro en las cartas mientras las tengo en mis manos. Saben que he hecho algo, aunque no sepan exactamente qué. En una situación semejante, me parece que es bastante evidente que el efecto fi- nal de magia quedará malogrado.
De nuevo, ¿y si se me ve la carta al intentar empalmarla? Una vez más, ¿no se diluye el momento mágico final? ¿O quizá incluso se pierde del todo? Del mismo modo, cuando intento doblar en secreto la carta, ¿qué pasa si el público se da cuenta de que mi mano derecha, bajo la mesa, está claramente haciendo algo? Otra vez, si somos sinceros, ¿no tendremos que admitir que el impac- to final de mi actuación quedará dramáticamente disminuido?
PENSAR LA MA
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Así pues, la primera conclusión de mi análisis nos dice que nin- gún momento de un efecto mágico debe levantar sospechas; cada uno de ellos debe percibirse como claro y limpio.
¿Cómo puedo aplicar esta teoría a mi práctica mágica? Muy sen- cillamente, examinando cada instante en cada uno de los juegos que presento para ver si cada momento es realmente engañoso. En otras palabras, necesitamos descubrir por nosotros mismos si nuestra magia en cada uno de sus momentos realmente pare- ce limpia a nuestro público. Debemos examinar cada segundo y preguntarnos honestamente si estamos despertando alguna sos- pecha o si solo nos estamos engañando a nosotros mismos. Con demasiada frecuencia vemos presentaciones en las que se ha prestado poca atención a los primeros momentos del efecto. Aparentemente, el mago pensó que si el final mágico era asom- broso, los momentos que llevaban a dicho clímax no exigían consideración y análisis cuidadoso. Sin embargo, no examinar- los significa presentar magia de segunda categoría.
Esto nos lleva a la segunda conclusión: no solo debe percibirse como limpio cada momento de un efecto mágico, además cada uno de los momentos que llevan al clímax mágico debe estar cla- ramente enfocado para que el público pueda recordar luego que cada instante fue limpio y estuvo libre de sospecha.
Quizá la mejor forma de mantener el efecto claramente enfoca- do sea tratar cada momento como un momento importante. Si algo es importante, reclama mi atención. Si yo percibo que algo es importante, le prestaré voluntariamente mi atención
En una actuación mágica, aunque unos momentos sean más crí- ticos que otros, ninguno carece realmente de importancia. Hay que otorgar a cada momento una sensación de importancia para que el efecto no se desenfoque para nuestro público y para que su impacto no se atenúe.
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Esto significa que necesitamos evaluar nuestra magia no solo planteándonos cuán engañosa es; también debemos evaluarla en términos de la sensación de importancia que somos capaces de producir para cada momento de nuestra presentación. Por defi- nición, un acontecimiento mágico es especial; ¡ya es importante! Si no preservamos esa sensación de que estamos haciendo algo especial e importante, puede que estemos presentando trucos, pero no magia.
Eugene Burger
Mystery School