Concluyendo podemos decir que la evolución biológica y la evolución lingüística son sorprendentemente parecidas. Comparten las mismas modalidades de variación, los mis- mos ámbitos de recogida de muestras, los mismos tipos de aislamiento, las mismas modalidades selectivas, los mismos ritmos y los mismos patrones. ¿Casualidad? Parece difícil que estas semejanzas tan profundas puedan ser meramente casuales. Se podría argüir que la tentación de comparar la lingüística con las ciencias duras es muy fuerte y que de la misma se han seguido a menudo resultados bastante pobres, cuando no ridículos: es lo que A. Sokal (1997) denunciaba con el nombre de imposturas intelectuales. Es cierto que se han comparado las estructuras lingüísticas con las fórmulas químicas —la idea de valencia en Tesnière (1959)— o con las fórmulas matemáticas —en todas las gramáticas formales,
como GPSG por ejemplo— o con las fórmulas físicas en los planteamientos energéticos, desde Weisgerber (1979) hasta el que yo mismo he propuesto (López García, 2001). Estas cosas están bien a condición de que se tomen como lo que son, como metáforas pedagógicas o, a lo sumo, heurísticas. Naturalmente las lenguas no forman parte de la Química ni de las Matemáticas ni de la Física, se trata simplemente de que estas ciencias suministran modelos que permiten pensar el lenguaje de forma más productiva. Pero cuando hablamos de la Biología, las cosas cambian.
No hay que engañarse: las cosas cambian. Cambian por- que el ser humano es un organismo y una de las funciones vitales que lo caracterizan es el lenguaje. Los seres humanos estamos hechos de átomos, pero los átomos no explican cómo somos, tan sólo de qué estamos constituidos. Nuestros com- portamientos atómicos no tienen nada de particular, se dan en toda la materia del universo de la misma manera. Tampo- co diferimos en nada por lo que respecta a nuestras variables físicas, al peso, a la masa, al calor o a la energía. Ni son des- tacables los sistemas formales —casi siempre remisibles a la teoría de la complejidad— que caracterizan nuestra anatomía o nuestra fisiología, pues se dan en cualquier dominio de la naturaleza. Pero la biología ya es otro cantar.
Ya sé que la postura que voy a adoptar le puede parecer reduccionista al lector y que, por lo tanto, gozará de mala prensa. Le aseguro al lector que no me tengo por materialis- ta a ultranza. Por supuesto que el ser humano es algo más que un animal evolucionado, tiene ideas, tiene cultura, tie- ne historia. Lo que discutimos aquí no es esto, sino de qué lado quedan el lenguaje y las lenguas. ¿Son únicamente fe- nómenos socioculturales o son fenómenos biológicos que se utilizan para expresar fenómenos socioculturales? Le sugiero que someta las variables anteriores a un contraste entre las Ciencias Humanas y la Lingüística. Se dará cuenta en seguida de que estamos hablando de dos mundos diferentes. Porque las sociedades humanas no evolucionan por variación o por
mutación: ¿qué sentido tendría decir que la selección privi- legia a los más preparados para la lucha por la vida cuando lo que caracteriza al ser humano es la solidaridad que lleva a los débiles a agruparse para defenderse de la agresión de los fuertes? El darwinismo social, que un día propugnó Spencer (1857), está de capa caída2. Tampoco se parecen los métodos
de investigación: la historia no se repite nunca, así que es in- útil establecer comparaciones entre el desarrollo de socieda- des que un día estuvieron unidas porque la suerte de cada una es una consecuencia de sus circunstancias exclusivas. Sería igualmente un error cifrar en el aislamiento la causa única de formación de nuevas sociedades: los grupos emigrados, por ejemplo, al continente americano, dieron lugar a sociedades nuevas, pero también resultaron estas de la revolución fran- cesa o de las nuevas tecnologías de la información sin que la población se moviese de su sitio ni quedase aislada, sino todo lo contrario. Por lo que respecta a los ritmos, es evidente que la historia progresa siempre a base de estados de equilibrio interrumpidos por fugaces convulsiones, nunca de forma gra- dual e imperceptible. Y, en fin, la misma idea de patrón taxo- nómico carece de sentido en esta ciencia: ¿qué ganamos ob- servando que en el antiguo Egipto de Akenatón, en la Arabia de Mahoma y en la Alemania de Lutero se produjeron serias convulsiones sociales derivadas del surgimiento de una nueva religión?
Todo esto era de esperar porque el hombre se rige por la ley
de la libertad mientras que los demás seres vivos lo hacen por la ley de la necesidad. Pero el lenguaje, ¿a qué ley responde? Es
2 El darwinismo social se propuso dos años antes de El origen de las
especies de Darwin, pero se benefició notablemente del impacto de este último libro. La idea de Spencer (1857) era que la evolución de la socie- dad se guía por los principios de la lucha por la vida y de la adaptación al medio ambiente, lo cual privilegia al más fuerte y condena a los débi- les a la extinción. Una consecuencia secundaria de este planteamiento era que se privilegiaba al individuo y se intentaba disminuir todo lo posible la intervención del Estado, es decir, un liberalismo a ultranza.
fácil comprender que nuestra capacidad de influir voluntaria- mente en la marcha de nuestro idioma es muy reducida. Los cambios lingüísticos ocurren, exactamente igual que los cam- bios biológicos. ¿Debemos volver al panorama y a las expecta- tivas trazadas por August Schleicher en 1863? No, por cierto. Comparto plenamente el juicio que sus propuestas merecían a O. Jespersen (1922, 73-74), un lingüista que, sin embargo, lo valoraba debidamente porque conocía sus ideas a fondo y no se había quedado tan sólo con la estridente envoltura con que Schleicher las presentó:
“Por supuesto que sería posible decir que el método de la ciencia lingüística es el de la ciencia natural y mantener, no obstante, que el objeto de la lingüística es diferente del de la ciencia natural, pero Schleicher tiende a identifi carlos pro- gresivamente, y cuando se le atacó por decir, en su panfl eto sobre la teoría de Darwin, que las lenguas son cosas materiales, objetos de naturaleza real, escribió
Ueber die bedeutung der sprache für die naturgeschichte des menschen [Sobre el
signifi cado de la lengua para la historia natural del hombre] para defenderse, texto que representa característicamente el punto culminante de la visión materialista del lenguaje. La actividad —dice— de cualquier órgano, por ejemplo uno de los órganos de la digestión, o el cerebro o los músculos, depende de la constitución de dicho órgano … Lo que resulta cierto de la forma de andar es válido igualmente para el lenguaje, ya que el lenguaje no es otra cosa que el resultado, percibido por el oído, de la acción de un conjunto de sustancias materiales en el órgano del cere- bro y de la de los órganos del habla, con sus nervios, huesos, músculos, etc. … El sol existe con independencia del observador humano, no podría existir algo como el lenguaje si al lado del hablante no hubiese un oyente capaz de convertirse en hablante a su vez. Schleicher habla continuamente en su panfl eto como si las dife- rencias estructurales en el cerebro y los órganos del habla fuesen la lengua real. Si la prueba de un budín reside en comerlo, la prueba de una lengua debe residir en su audición y comprensión, pero para ser oídas las palabras tienen que haber sido antes emitidas, y la verdadera esencia del lenguaje debe residir en estas dos acti- vidades (la de producir y la de percibir sonidos) y estas dos actividades constituyen el objeto primario (o, por qué no, exclusivo) de la ciencia del lenguaje”.
Las lenguas tienen una dimensión histórica y otra que no lo es. Aceptemos la idea de Schleicher de que una cosa es el lingüista —el glottiker, como decía él— y otra, el filólogo. El filólogo estudia la lengua como objeto histórico social, el lin- güísta lo debería hacer como objeto natural. Ahora bien, al
hacerlo se puede proceder correcta o incorrectamente. Es evi- dente que Schleicher, al pretender que la lengua es como un organismo y que, de la misma manera que los organismos constan de células y estas, de núcleo y citoplasma, las len- guas constan de palabras, compuestas a su vez de raíces y afijos, malversó lamentablemente un punto de partida pro- metedor. El problema está en delimitar de manera adecuada dicho objeto natural. No se trata sólo de conexiones cerebra- les o de movimientos articulatorios, como creía Schleicher. Una lengua es, fundamentalmente, un conjunto de actos de habla que tienen lugar entre hablantes/oyentes pertenecientes a una comunidad lingüística. Pero esta conclusión, que es la de Jespersen, no sustrae el objeto lenguaje al ámbito de la ciencia natural. Modernamente ha sido Croft el primero en darse cuenta, cuando define el lingüema (por oposición al gen y al mem), de que el conjunto de enunciados intercambiados entre hablantes y oyentes presenta todas las características de una situación parangonable a la de la naturaleza. Según él, el lingüema sería (Croft, 2000, 239):
“Una unidad de estructura lingüística, integrada en un enunciado particular, la cual puede ser heredada en la respuesta; el replicador es el proceso básico de selección lingüística: el equivalente lingüístico del gen”.
Lo que quiere decir Croft es que la comparación entre ge- nes y memes, establecida por Dawkins, puede remitirse a un eslabón intermedio. Lo que evoluciona no son los organis- mos, sino los genes, pues aquellos mueren y estos saltan de un organismo a otro. De manera similar, decía Dawkins, los memes (esto es, las ideas) pasan de un ser humano a otro. Pero antes que los memes están los lingüemas, los rasgos lin- güísticos de los enunciados que pasan de la mente del hablan- te a la del oyente. En el caso de los genes cada salto de un or- ganismo a otro organismo de la generación siguiente conlleva un pequeño cambio (y de ahí su evolución): el gen se replica, pero la variación y la mutación introducen cambios, de los que terminan imponiéndose los privilegiados por el entorno.
Pues bien, el enunciado del hablante también se replica3, se
reproduce en la mente del oyente, si bien, nuevamente, con alguna modificación: las modificaciones que triunfan, porque el contexto las favorece, son las que acabarán por hacer evo- lucionar la lengua.
Adviértase la proximidad de ambas situaciones:
BIOLOGÍA
Los organismos aseguran su pervivencia re- plicando su genoma o conjunto de genes en sus descendientes;
La replicación no es perfecta: existe variación y la selección natural elimina unas variantes y perpetúa otras;
LINGÜÍSTICA
Los organismos lingüísticos (los hablantes) aseguran la pervivencia de la lengua replican- do sus enunciados o conjunto de lingüemas en sus oyentes;
La replicación no es perfecta: existe variación y la situación contextual elimina unas varian- tes y perpetúa otras;
Pese a lo sugestivo de la analogía anterior, también existen diferencias entre la replicación genética y la lingüística. Las más importantes son las siguientes:
1) El genoma sólo se replica con efectos evolutivos en la meiosis, pero no en la mitosis. Esto quiere decir que las célu- las están dando lugar continuamente a nuevas células (mito- sis), pero ello no tiene ningún efecto sobre la evolución de la especie. Para que exista evolución es preciso que el genoma del padre y el de la madre se emparejen en la meiosis del ci- goto y que los mecanismos descritos arriba den lugar a una ligera variación genómica en los descendientes, lo cual per- mite a la selección natural favorecer la supervivencia de un descendiente sobre los demás. En el lenguaje, obviamente, la replicación introductora de cambios no tiene que esperar a la generación siguiente, sino que se daría en cada acto de pro- ducción-comprensión lingüística;
3 Croft aprovecha la polisemis del término replication del inglés, el cual significa “respuesta” y también “doblado del genoma”.
2) Además, mientras que, en la naturaleza, la variación (sobre la que opera la selección natural) aparece en los des- cendientes, en el lenguaje los responsables del cambio son los hablantes cuando factores sociales diversos (que tienen el mismo papel que la selección natural) les hacen privilegiar unas variantes sobre otras. Esto no quiere decir que la com- prensión sea desdeñable; al contrario, el verdadero factor de cambio lo desencadenan comprensiones erróneas o desvian- tes de los oyentes, pero su efectividad no se manifiesta hasta que las materializan produciéndolas como hablantes a su vez. Este proceso es especialmente importante en los niños, los verdaderos motores del cambio lingüístico (Lüdtke, 1998);
3) Lo que se reproduce en cada replicación es el genoma completo, no un determinado gen, aunque este induzca las reacciones del organismo ante los retos del entorno en la vida de cada día. En el caso del lenguaje ello no es así: la varia- ción afecta a tal fonema, sentido o categoría gramatical de un enunciado de la lengua X, no a un rasgo de la lengua X en su conjunto, aunque la suma de todas estas preferencias selecti- vas termine por cambiar el código de X al final.
Estas diferencias no son suficientes para desestimar la idea de que una lengua es un conjunto de procesos cognitivo-co-
municativos que afectan a organismos inteligentes y que evolu- cionan de manera similar a como lo hacen los órganos vitales de estos mismos organismos. Sin embargo, parece convenien- te perfilar la propuesta de Croft, entre otras razones porque cada acto de habla (el turno de respuesta en un intercambio conversacional) dura algunos segundos mientras que el cam- bio de una determinada secuencia genómica, al ocurrir sólo en la meiosis, se alarga durante toda una vida. J. L. Mendívil (2009) ha propuesto una interesante alternativa a la hipótesis de Croft en el sentido de que lo que cambia no son las secuen- cias lingüísticas concretas, sino la conciencia lingüística de los hablantes, la cual varía de unas generaciones a otras gra- cias a las innovaciones que se introducen durante el proceso de adquisición del lenguaje en la infancia, comparando el or-
ganismo con el conocimiento lingüístico de cada individuo y la especie con la lengua de una comunidad hablante.
En cualquier caso es importante destacar que lo que evo- luciona son las lenguas, no la facultad del lenguaje en cuanto tal. Con independencia de cómo se logre explicar —si se logra alguna vez— el surgimiento evolutivo de la facultad lingüís- tica, lo cierto es que el código abstracto del lenguaje no evo- luciona. El latín del siglo II a. J. C. era de una manera y los latines del siglo XXI d. J. C. (el español, el gallego-portugués, el catalán, el francés, el italiano, …) son de otra, pero la fa- cultad que permitía a un niño de la antigua Roma aprender su lengua es exactamente la misma que permite a nuestros niños aprender la suya. Y a los niños chinos y a los quechuas y a los árabes. He aquí un nuevo y sorprendente paralelismo: el código genético que subyace a todos los genomas de los seres vivos surgió una sola vez y ya no se ha modificado; de la misma manera, el código lingüístico que subyace a todas las lenguas también es único e invariable habiendo surgido una sola vez en la historia de la Humanidad.
Hemos visto cómo las dos posibilidades de surgimiento de la facultad del lenguaje, la gradual evolucionista y la repenti- na basada en emergencia por complejidad, presentan serios problemas. La cuestión es si estos dos modelos son los úni- cos avalados por la ciencia o si cabe algún tipo de solución intermedia. En Matemáticas el dinamismo evolutivo puede representarse de dos formas: de manera gradual; o a base de sucesivas etapas.
Por ejemplo, hay funciones en las que una ligera variación del valor de x se traduce en una variación correspondiente de f(x), esto es, el cambio es gradual:
f(x)
x
Figura 1
y hay funciones con puntos singulares en las que un levísimo incremento de x ocasiona una alteración brusca de f(x):
x f(x)
Figura 2
Ambos esquemas, el esquema de la continuidad —Figura 1— y el esquema de la discontinuidad —Figura 2— han sido detectados en el comportamiento del mundo y empleados
para explicar los objetos de estudio tanto en las ciencias na- turales como en las ciencias sociales. No obstante, es preciso matizar a este respecto que no se han usado con la misma intensidad en cada caso.
En las ciencias naturales ha predominado el esquema de la continuidad, seguramente porque las Matemáticas, que son la fuente de la Física, no dispusieron hasta fecha recien- te de modelos susceptibles de predecir la discontinuidad en cuanto aumentaba el número de variables y el de fenómenos relacionados (la teoría de catástrofes propuesta por René Thom (1977) en los años setenta del siglo XX es el más cono- cido de dichos modelos). La Física renacentista y la Química dieciochesca son continuistas. La ley de Newton f=m•a no incorpora la posibilidad de saltos en su desarrollo: conforme vaya creciendo la masa que desplaza un ascensor habrá que incrementar la fuerza (y con ella, la potencia y el trabajo) del motor para mantener la aceleración. Tampoco son dis- continuas las predicciones de las reacciones químicas: una operación de óxido-reducción como Cl
2 + H2O = 2ClH + O
supone un aumento progresivo de moléculas de cloro que toman hidrógeno del agua (que se reducen) y una disminu- ción progresiva de moléculas de hidrógeno combinadas con oxígeno (oxidadas) en forma de agua, aunque la reacción es siempre reversible y no hay ningún elemento químico ajeno a ambos polos.
La detección y predicción del esquema de la discontinui- dad es posterior y fue alcanzada por la Física cuando fue capaz de dar cuenta de los cambios de estado (del hielo al agua líquida y de esta al vapor, por ejemplo) mediante la teoría de catástrofes: el agua de un matraz se va calentando progresivamente sin dejar de estar en estado líquido hasta que, de repente, hay un salto brusco (una catástrofe) y tene- mos vapor en un estado diferente, el gaseoso, el cual seguirá calentándose a su vez:
hielo agua vapor
+temperatura -presión
Sin embargo, ni este tipo de transiciones bruscas ni las de la Química (por ejemplo, los mecanismos de fusión y fisión nuclear por los que se producen nuevos elementos químicos) lograron alterar la mentalidad continuista de los científicos y ello por una razón: porque la ciencia clásica es reversible, el vapor puede convertirse otra vez en agua y esta en hielo si ba- jamos la temperatura o aumentamos la presión. Pero supon- gamos que existe una situación natural en la que el paso de un estado a otro sea irreversible. En este caso la conciencia de que las reglas del juego son diferentes en cada uno se impone con rotundidad. Cuando un organismo muere deja de estar vivo (con todas las reacciones metabólicas que caracterizan la vida) y pasa a estar muerto (con reacciones de descomposi- ción y ulterior recombinación de átomos que ya no implican metabolismo):
vida muerte |
En este caso no sólo hay estados discontinuos, también son