Observando la videocinta de una primera entrevista podemos juzgar si el terapeuta ha conducido adecuadamente o no las etapas aquí esbozadas. Empero, aparte de ello, es posible formular varios interrogantes en torno al terapeuta y su en- foque. Cabe esperar que un estudiante vaya adquiriendo aplomo a través de una formación adecuada y de la experiencia recogida en materia de entrevistas. Debe ser capaz de enfrentar una sesión sin nerviosismo, sentirse razonablemente cómodo con la familia entrevistada y dirigirse por igual a maestros de escuela, funcionarios encargados de personas en libertad condicional, o quienquiera que se vea envuelto en el caso; también deberá poder etrrevistan a familias de diferentes clases sociales o razas, realizar las sesiones en el consultorio o el hogar, y conducirse de manera competente ya se halle ante un grupo familiar numeroso, una familia nuclear, una madre con su hijo o una persona sola. Al observar la primera entrevista con una familia, el supervisor puede plantearse las siguientes preguntas:
1. ¿El terapeuta establece claramente el encuadre de la en- trevista, de modo que la familia sepa quién es él, cuál es la situación y por qué somete a sus integrantes a diversas clases de preguntas?
2. ¿Ha organizado bien a la familia dentro del consultorio, de modo que pueda manejar la reunión (p. ej., habérselas con niños demasiado díscolos o diálogos caóticos)?
3. ¿Es lo suficientemente «tolerante», desde el punto de vista moral, como para que la familia se sienta alentada a exponer sus problemas?
4. ¿Ha demostrado flexibilidad, cambiando de enfoques al advertir la ineficacia de un determinado método de recabar información?
5. ¿Es capaz de actuar según una gama de conductas que van desde la actitud reflexiva al enfrentamiento?
6. ¿Ha evitado insistir en algo que reviste interés personal para él pero nada tiene que ver con el problema familiar? 7. ¿Puede asumir la posición de un experto, pero también manifestar ignorancia cuando corresponda?
8. ¿Evita ofrecer soluciones antes de que se haya aclarado el problema?
9. ¿Parece saber cuándo debe fomentar la disensión entre los miembros de la familia y cuándo ha de apaciguarlos?
10. ¿Evita ponerse de parte de un miembro de la familia contra otro, o de una facción contra otra (p. ej., del niño contra sus padres)?
11. ¿Se abstiene de establecer una relación demasiado per sonal con la familia?
12. ¿Se abstiene de adoptar una actitud demasiado profesional y de mostrar desapego hacia la familia?
13. ¿Trata de que todos los miembros de la familia participen de la entrevista?
14. ¿Ha demostrado ser capaz de tolerar la exposición de datos desagradables, o la manifestación de sentimientos vio- lentos, por parte de los integrantes de la familia?
15. ¿Recoge información sobre otras personas importantes, ausentes en la entrevista?
16. ¿Averigua si otras instituciones sociales intervienen en la familia?
17. ¿Motiva el cambio entre los miembros de la familia? ¿Genera en ellos esperanzas y la voluntad de hacer un es- fuerzo?
18. ¿Su enfoque ha sido más positivo que negativo, esto es, no ha regañado ni humillado a la familia?
19. ¿Le ha demostrado a la familia que tiene algo que ofre- cerle, y que es capaz de producir un cambio?
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2. Cómo impartir directivas
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Recuerdo el caso de un hombre joven, cercano a la treintena, que anhelaba ser un gran novelista pero que no lograba decidirse a sentarse ante la máquina de escribir y poner manos a la obra; era simplemente incapaz de producir. También tenía miedo de las mujeres: podía entablar relación con prostitutas, pero jamás había tenido una cita común con una mujer. Vino a la terapia pidiendo que le resolvieran ambos problemas: él quería escribir y quería salir con mujeres. La estrategia terapéutica era obvia: cuando se plantean dos síntomas debemos valemos del uno para curar el otro. Le pedí me indicara cuántas páginas diarias debía escribir y me respondió que una página de doscientas cincuenta palabras. Entonces le impartí la directiva de escribir seis páginas por semana (consiguió que le diera un día de asueto) advirtiéndole que, de no cumplirla, en el curso de la semana siguiente tendría que invitar a tres mujeres jóvenes distintas hasta completar tres salidas; si en la semana subsiguiente no escribía las seis páginas prescritas, debería concertar nuevamente tres citas. Antes que invitar a salir a una mujer, el joven corrió a la máquina y escribió metódicamente un mínimo de seis páginas semanales. Más adelante se resolvió el problema de las relaciones con muchachas. El terapeuta que adopta este enfoque triunfa inevitablemente. Si el paciente escribía, resolvía un problema, y si no escribía, resolvía otro problema, puesto que debía salir con mujeres. Por supuesto, es esencial saber impartir directivas de manera tal que sean ejecutadas; es una desgracia que la mayoría de los cursos de formación clínica no incluyan la enseñanza de esta técnica. En buena medida debemos aprenderla por nuestra cuenta, a menos que encontremos un eximio terapeuta como Milton H. Erickson y podamos recibir de él alguna enseñanza. La mayor parte de lo que decimos en este capítulo sobre las directivas deriva de Erickson.1
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Véase J. Haley, Uncommon Therapy: The Psychiatric Techniques of
Milton H. Erickson, M. D., Nueva York: Norton, 1973, y Advanced Techniques of Hypnosis and Therapy: Selected Papers of Millón H. Erickson, Nueva York: Gruñe & Stratton, 1967.