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Tareas paradójicas

Hasta ahora hemos examinado la clase de directivas que da el terapeuta cuando desea que los miembros de la familia hagan lo que les diga, pero hay otra clase que él emplea

cuando quiere que se resistan y de ese modo cambien.* Estas tareas pueden parecerles paradójicas a los clientes porque, habiéndoles dicho que desea ayudarlos a cambiar, al mismo tiempo les está pidiendo que no cambien. Este enfoque se basa en la idea de que algunas familias que acuden pidiendo ayuda rechazan la que se les brinda. Es la gente ideal para hacer fracasar al terapeuta, pues este lucha para que mejoren y ellos se resisten y lo incitan a seguir luchando, creando de tal modo una situación frustrante para ambas partes.

Hasta cierto punto, todas las familias que se hallan en una situación estable son reacias al cambio, pero si se encuentran en un estado crítico e inestable que tiene a todos trastornados suelen seguir dócilmente las directivas, porque están tratando de estabilizarse. Lo que ocurre en el primer caso es que al pedirles que cambien el terapeuta los está invitando a la inestabilidad y la novedad, situaciones contra las que pueden reaccionar. Sin embargo, todos los que vienen en busca de ayuda lo hacen impulsados por su inestabilidad... Como vemos, la cosa nunca es sencilla, ni en un caso ni en el otro. Por lo común, una familia se ha estabilizado en torno al hecho de que uno de sus miembros constituye el problema. Al tender a modificar la situación de la persona problema el terapeuta también tiende a desestabilizar a la familia, por lo que encontrará resistencia de variable intensidad. Las tareas paradójicas tienen por fin abordar esta dificultad. Con ellas podemos adoptar dos enfoques generales: 1) encarar a la familia en un sentido global; 2) impartir directivas que involucren sólo a una parte de ella.

Enfoque global de la familia

Hallamos un ejemplo de este enfoque en el caso descrito en el capítulo 5,** en el que el terapeuta se manifestó preocupado por lo que ocurriría si el niño se normalizaba aprendiendo a controlar adecuadamente sus esfínteres. Enmarcada dentro del intento de cambiar a la familia, hay aquí una restricción de los impulsos de mejoramiento de sus miembros. El enfoque paradójico presenta siempre dos mensajes, trasmitidos a niveles diferentes: «Cambien», y, dentro del marco del mensaje, «No cambien».

* Es la segunda manera, enunciada al comienzo de «Tipos de direc-

tivas» (pág. 51). [N. de la T.] ** Véanse págs. 129 y sigs. [N. de la T.]

Supongamos que se presenta una familia con un niño problema que no quiere ir a la escuela. Dentro del marco de su misión, que es hacer que el niño vuelva al colegio, el terapeuta puede comentar que quizá sea mejor que no asista a clase, insinuando que tal vez le convendría más quedarse en casa por tal o cual razón (las razones dependen del tipo de familia entrevistada), o que podría ser un trastorno para la familia que concurriese a la escuela como lo hacen los niños normales.

El uso de este enfoque requiere habilidad, porque se trata de comunicar diferentes cosas a la vez. El terapeuta les está diciendo: «Quiero ayudarlos a mejorar», y también: «Me siento benévolamente preocupado por ustedes»; les está diciendo cosas rayanas en el insulto: les dice que cree que podrán tolerar realmente el ser normales, pero también les insinúa que quizá no puedan tolerarlo. Los peligros implícitos en este enfoque emergen cuando todas estas cosas no se trasmiten simultáneamente, pues los clientes pueden creerse desahuciados, o pensar que el terapeuta se aprovecha de su posición para insultarlos, o que en verdad le importa un comino que cambien o no. Cuando el enfoque tiene éxito, los miembros de la familia logran alcanzar el objetivo de la terapia, que es demostrarle al terapeuta que son tan normales como el que más. Cambian «espontáneamente». El terapeuta debe aceptar el cambio, cuando acontece, y dejar que la familia lo regañe demostrándole su error. Si desea asegurar la continuidad del cambio puede advertirles que quizá sea temporario y sufran una recaída, con lo cual se empeñarán en continuarlo para demostrarle que no es algo transitorio. Al hablar de la tran-sitoriedad del cambio le cierra el paso a una recaída. También puede hacerlo alentándolos a volver a la situación anterior; esto asegura que no habrá tal retroceso. Les dirá: «Veo que han cambiado y superado el problema, pero me parece que todo ha ocurrido demasiado rápido. Me gustaría que tuvieran una recaída y que esta semana volvieran a ser como antes»; o bien: «Quiero que se sientan tan desgraciados como cuando vinieron por primera vez».2 Para que esta directiva les parezca razonable, puede aducir que un cambio

2 Milton H. Erickson, que es, por supuesto, el maestro de la terapia directiva, tiene un modo especialmente cortés de estimular una recaí- da; por ejemplo, dice: «Quiero que vuelvan a aquella época en que se sentían miserables; siéntanse como entonces y vean si hay algo de aquella experiencia que desean salvar». Una sugerencia como esta cae muy bien, ya que suele experimentarse una mezcla de alivio y nos- talgia por los síntomas y problemas perdidos.

demasiado rápido puede provocar un desequilibrio, o que realmente necesitan comprender lo mal que se sentían en- tonces, o dar cualquier otro pretexto que les resulte lógico. No obstante, se resistirán a esta directiva no sufriendo recaídas, que es justamente lo que quiere el terapeuta. (Aun en el caso de que las tengan, lo harán bajo su dirección, o sea que están siguiendo sus directivas y cooperando con él, de modo que luego puede pedirles que no vuelvan a recaer. Empero, estas recaídas no se producen si se ha encarado !a cuestión en la forma adecuada.)

Directivas que involucran a una parte de la familia

Ocurre con frecuencia que el terapeuta no desea aplicar el enfoque paradójico a toda la familia, sino a una o dos personas en particular. El procedimiento es el mismo: les pide que permanezcan estacionarios, encuadrando este requerimiento en el propósito de ayudarlos a cambiar. En el caso de una madre sobreprotectora que está constantemente encima de su hijo impidiéndole decidir libremente y asumir la responsabilidad de sus actos, si el terapeuta intenta persuadirla de que se ocupe menos del niño corre el riesgo de que ella haga lo contrario, a menudo con el pretexto de que él no comprende realmente cuan desvalido está. Puede adoptarse entonces un enfoque paradójico solicitándole que durante una semana ande constantemente atrás del niño vigi-lándolo, protegiéndolo y haciéndole todas las cosas. La directiva se justifica con diversas razones, según sea la madre: por ejemplo, se le dice que debe hacerlo para poder apreciar cómo se siente realmente en esta situación, o para observarse a sí misma y al niño. El uso correcto de este enfoque exige que el terapeuta demande a la madre un comportamiento más extremo que el que ha venido manifestando: no sólo estará constantemente sobre el niño, sino que deberá reservar una hora del día para aleccionarlo acerca de todos los peligros de la vida (una hora es mucho tiempo). Otra alternativa es acentuar aún más algún otro aspecto de su comportamiento. Si se procede correctamente, la madre re- accionará rebelándose contra el terapeuta y sobreprotegien-do menos al hijo. No le gustará hacer lo mismo de siempre porque alguien se lo ordene; tampoco le gustará dedicarse más al niño, en especial cuando ya se siente demasiado exigida por él. Empezará a insistir en que el niño debería bastarse más a sí mismo y asumir mayor responsabilidad, o sea que comenzará a evolucionar hacia la posición verdadera-

mente deseada por el terapeuta. Por lo común es preciso con- tinuar en esta actitud: si la madre deja más tranquilo al niño no se la felicitará, sino que se la instará a dedicarse más a él. Este enfoque es uno de los modos de desligar a un niño de un progenitor sin valerse de otro integrante de la familia.

También puede emplearse con parejas que viven en una constante y fútil reyerta. Se les pide que regresen al hogar y que se peleen a una hora y por un lapso determinados (p. ej., tres horas), a fin de lograr que riñan menos. A la gente no le gusta disputar o amargarse la vida porque alguien se lo ordene. De igual modo, si un niño desafía a sus padres permanente- mente, el terapeuta puede pedirle que lo haga durante una semana entera. Si lo hace, reaccionarán de un modo distinto, porque saben que obra así a pedido; si no lo hace, el terapeuta habrá cumplido su objetivo de cambiar una pauta en la familia. El terapeuta debe ser capaz de mirar los problemas desde una perspectiva juguetona o deportiva, aunque comprenda que está abordando problemas terribles y angustias verdaderas. Debe tolerar la reacción emocional de la familia hacia él, ya que este enfoque impulsa a sus miembros a tratarlo como jamás trataron a quienes los ayudaron. En este enfoque, el diseño de las directivas es relativamente simple. Se observa cómo se tratan unos a otros los integrantes de la familia y se les dice que se comporten así. La manera de impartir la directiva, hacerla parecer razonable, reaccionar ante el cambio y mantener el enfoque requieren más inventiva que el diseño de la tarea.

Etapas de una intervención paradójica

Resumiremos el tema del enfoque paradójico ejemplificando las etapas que conviene seguir con el relato de un caso. Un niño de nueve años fue remitido a una clínica por un problema de masturbación compulsiva. Se masturbaba en la escuela y en el hogar, en presencia de su madre y hermanas; lo hacía con tanta frecuencia que había gastado la entrepierna de su pantalón hasta, agujerearla, y la madre informó que había sido hospitalizado por orinar sangre. El problema databa de cuando el niño tenía cinco años. Un terapeuta de niños lo había tratado infructuosamente durante un año y medio recurriendo al método de comprensión del problema, probando algunas recompensas y castigos y entrevistando pe-

riódicamente a la madre, hasta que derivó el caso con la esperanza de que la terapia familiar lograra solucionarlo. Habiendo muerto el padre unos años atrás, la familia, que recibía un subsidio de asistencia social, se componía de la madre, el hijo y tres hijas mayores, dos de las cuales residían fuera del hogar; la tercera, de veinte años, tenía a su vez dos hijos pequeños que también vivían en la casa. Las etapas del enfoque paradójico pueden resumirse así:

Primera; Como en toda terapia directiva, antes que nada hay que establecer una relación que se define como tendiente a provocar el cambio. Esta definición suele estar implícita en el encuadre de la situación cuando alguien solicita una terapia, pero puede hacerse hincapié en ella. Segunda: Definir claramente el problema; en este caso se lo definió como «masturbación en público». Tercera: Fijar los objetivos con claridad. Aquí el objetivo no era lograr que el niño no se masturbara, sino que dejara de hacerlo en público y sin goce alguno. La' clara fijación de objetivos adquiere especial importancia si empleamos una técnica terapéutica eficaz. Cuarta: Ofrecer un plan. Conviene dar una explicación lógica que haga razonable una directiva paradójica, aunque también podemos limitarnos a impartir la directiva dejando que el plan permanezca implícito. En este caso, el primer paso del plan afectaba a la madre y demás miembros de la familia, y el segundo afectaba al niño. El terapeuta le pidió a la madre que le dejara abordar el problema privadamente con el niño, aclarándole que también desearía entrevistar a toda la familia de vez en cuando; la madre aceptó. De este modo se estableció un vínculo entre el niño y el terapeuta, convirtiendo al problema en un asunto entre varones. Luego, cuando entrevistó al niño a solas, explicó su paradójico requerimiento de que se masturbara más diciéndole que con ello impediría que lo hiciera en los días en que no constituía un placer.

Quinta: Descalificar diplomáticamente a quien es tenido por «autoridad en la materia», que puede ser un cónyuge, o la madre, o algún otro miembro de la familia; por lo general, alguien ya está tratando de ayudar a la persona a resolver su problema, y debe explicarse que ese individuo no está haciendo lo correcto. En el caso que nos ocupa, la madre había peregrinado con el niño de doctor en doctor, año tras año, buscando una solución al problema. El terapeuta le insinuó que cuando el niño mejorara podría sentirse desconcertada; la idea no le gustó a la madre. Le preguntó entonces

qué haría con su vida cuando el niño superara el problema; ella replicó que creía que encontraría alguna otra cosa que hacer. Al tratar así a la madre se tiende, entre otras cosas, a alentarla a demostrar que la mejoría del niño no la turbará; esto sólo puede probarlo ayudando al niño a normalizarse y dando muestras de no estar inquieta por ello. Por consiguiente, trabajará en el hogar para mejorar al niño en tanto el terapeuta hace lo mismo en su consultorio, o sea que ambos actuarán de consuno. Por supuesto, durante la terapia se entrevistó a la madre a solas para interesarla en el estudio y el trabajo, a fin de que tuviera en su vida algo más que este hijo problema... y una hija todavía más problemática.

Sexta: Impartir la directiva paradójica. Como parte de la definición del problema se le pidió al niño que hiciera una planilla indicando la frecuencia con que se masturbaba. A la semana siguiente el niño informó cuántas veces lo había hecho y comentó que los domingos era cuando más lo disfrutaba. El terapeuta le impartió la directiva paradójica de que aumentara sus masturbaciones el domingo, cuando gozaba al hacerlo, y no los otros días en que le deparaba menos placer; le pidió que el demingo se masturbara ocho veces (el doble de lo usual), levantándose tal vez temprano para hacerlo.

Séptima: Observar la reacción y seguir alentando el compor- tamiento usual. El terapeuta no debe ablandarse ante una mejoría rebelde o al ver turbado al cliente, sino que insistirá una vez más en el plan y su explicación lógica, definiendo como falta de cooperación todo progreso que implique una disminución de la conducta usual, ya que él solicitó «más conducta problema». El niño que nos ocupa se masturbó el domingo pero también lo hizo el lunes, en que se suponía que no debía hacerlo; se le impuso como castigo que el próximo domingo se masturbara doce veces, y se le dio al acto visos más desagradables aún exigiéndole que cada vez se desnudara completamente, plegara sus ropas, etc. La semana siguiente el niño no trajo la planilla; mostrábase más alegre y había ingresado en un equipo de hockey. El terapeuta insistió más en la masturbación. Para la quinta entrevista el niño ya se había rebelado, no llegando a cumplir su «cuota» dominical; como castigo por su falta de cooperación se le ordenó masturbarse una vez por día, en el living, en presencia de su madre y hermanas. Había llevado cinco semanas disponer que el niño hiciera exactamente la que antes constituyó su problema presentado, pero ahora debería hacerlo como castigo. (A algunos clínicos les hubie-

ra sido difícil aplicar este castigo, pero no al terapeuta que condujo el caso, dada la gravedad del .problema y el hecho de que al niño sólo se le pedía que hiciera algo que ya venía haciendo.)

Octava: A medida que continúa el cambio, el terapeuta deberá evitar que se le acredite como un logro de él, dado que ello significaría aceptar que las recaídas están en relación con el terapeuta. Si bien este puede desear «compartir» su obra con el cliente y explicarle qué está haciendo en realidad, corre el riesgo de que su necesidad de aliento provoque un retroceso. Una forma de evitar todo mérito propio es mostrarse perplejo ante una mejoría.

En el caso que nos ocupa se fijó un receso de dos semanas: en la primera se pidió al niño el programa de masturbación, en la segunda no se le dieron instrucciones claras. Con esta omisión se podría juzgar el grado de cambio espontáneo ocurrido en el niño (en vez de una extinción metódica del comportamiento): si dejaba de masturbarse en público, ei terapeuta daría por terminado el asunto; en caso negativo, se reanudaría el procedimiento. El niño informó que en la segunda de las dos semanas casi no se había masturbado, pareciendo haber perdido interés en ello, por lo que el terapeuta hizo a un lado el tema y conversó con él sobre las posibilidades de ir a un campamento, cosa que la madre no le había permitido hasta entonces.

Se continuó la terapia centrándola en el problema de la madre y la hija, en presencia del niño pero sin mencionar su síntoma. Pocas semanas después, al inquirirse acerca de la masturbación, la madre dijo que a veces el niño la provocaba metiéndose las manos en los pantalones mientras miraban televisión; no se dio importancia a esto, y en una entrevista de seguimiento realizada pocas semanas después el problema había desaparecido.

A la madre se le permitió mostrar que la mejoría del hijo no la perturbaba, y en unas semanas la actitud general del niño adquirió más madurez; hasta hizo un alboroto en la escuela con un amigo, hecho inhabitual en él, pues era un niño tranquilo y un buen alumno. Madre y terapeuta consideraron normal que un muchacho de su edad hiciera esta clase de cosas, y el maestro confirmó que el niño estaba cambiando.

Debemos subrayar que en este caso la maniobra paradójica se empleó dentro de un contexto familiar. El terapeuta trató otros temas con el niño, como ser los deportes y las niñas, y habló con la madre sobre los otros intereses que había en su

vida. Cuando el varón mejoró y se volvió menos obediente, la madre evidenció que ese cambio no la inquietaba mucho, y la consideración de los problemas que presentaba la hija le permitió concentrarse menos en el niño. Todos estos aspectos integraban no sólo la maniobra paradójica, sino también la terapia; esta tuvo sus etapas, ya que no hubo una simple estimulación del síntoma y luego un retiro de apoyo al producirse la mejoría. Fue preciso aplicarla sistemáticamente.3