EVOLUCIÓN DEL PROBLEMA CONCEPTUAL ANTES DE SAUSSURE
6.2. Evolución del problema conceptual antes de Saussure
La primera publicación que se hace eco de la propuesta de Förstemann, según el exhaustivo seguimiento que hace Olschansky de la evolución del concepto, es un trabajo de Tobler publicado en 1860 (cit. Olschansky 1996: 15, nota 19), ocho años después de la aparición de “Über deutsche Volksetymologie”. Wackernagel (cit. Olschansky 1996: 14-15) se refiere a este concepto/fenómeno, un año después de hacerlo Tobler, con un enfoque ligeramente distinto, y bautizándolo como “alemanización”. Y aunque cita a Förstemann, no usa en ningún momento la etiqueta inventada por este, quizá porque, según opinión expresa del propio Wackernagel, los eruditos han contribuido de la misma forma que el pueblo a este tipo de cambio.
No parece, por tanto, que estos autores estén hablando de la etimología popular de Förstemann, sino de un concepto inspirado en esta. No obstante, su idea de “alemanización” (entendida como asimilación de palabras extranjeras a formas autóctonas) es bastante förstemanniana, por cuanto excluye el juego de palabras e insiste en la falta de intencionalidad del fenómeno.
En esto mismo insiste Steinthal en una obra de 1863 (cit. Olschansky 1996: 15- 16), que sí mantiene la etiqueta original de “etimología popular”. Ahora bien, lo más interesante de este último trabajo, desde un punto de vista historiográfico, está en el hecho de que en él se afirma por primera vez que la etimología popular es una manifestación de la analogía. Esta es una idea característica de todo el período pre- saussureano, aunque no la encontramos explícitamente en Förstemann, ya que el concepto de analogía que asociamos a los neogramáticos del XIX no se formula hasta unos años después de aparecer su artículo. Ahora bien, por uno de los ejemplos que presentaba en “Über deutsche Volksetymologie”, el de “muselmänner” (1952: 17, citado aquí en 5.3), se puede deducir que Förstemann no distinguía entre confusiones que afectan a las raíces y confusiones que afectan a los afijos, y estas últimas son las que suelen etiquetarse como analogías.
De todas formas, aunque el “padre” de la etimología popular no presentara su concepto como una forma de analogía, era inevitable que en el siglo XIX se acabara defendiendo esta relación de inclusión, por una necesidad comprensible de encajar el fenómeno en el paradigma neogramático dominante. Steinthal es, pues, el primero de una larga lista de autores que incluyen a la etimología popular dentro de la analogía, hasta que Saussure rompe esta relación. Por lo demás la perspectiva de Steinthal difiere de la de Förstemann en un punto fundamental, pues aquel no relaciona el fenómeno de los cambios formales paramórficos con la práctica consciente de la etimología. Con todo, no se desmarca claramente de la “paradoja förstemanniana”, ya que hacia el final de su ensayo cae en la contradicción, al afirmar que en la etimología popular está el germen de la lingüística primitiva (Kjederquist 1902: 417 cit. en Olschansky 1996: 16).
En estos mismos años la filología inglesa estudia el fenómeno siguiendo una línea que casi con toda seguridad podemos considerar independiente de la de Förstemann, ya que, como vimos en 5.2, de las etiquetas que se manejan en inglés en esa época ninguna traduce literalmente el “Volksetymologie” alemán. Por otra parte, también es cierto que las denominaciones inglesas se aproximan mucho a lo que expresa la alemana, hasta el punto de que se podría hablar de poligénesis del concepto, o incluso de “eslabones perdidos” en su evolución.
Por ejemplo, en 1852, año de aparición de “Über deutsche Volksetymologie”, Waylen hablaba de “false spelling arising out of sound”, Trench de “faulty etymology”, “assumed derivation” y “falsely imagined etymology”, y Eirionnach simplemente de “corruptions”. En 1854 aparecieron en la revista Notes and Queries dos breves notas
firmadas por J.O.B. con los títulos de “Colloquial changes of words” y “False spellings from sounds”, en las que se citaban ejemplos de cambio formal por confusión paramórfica. Un año después, Wedgwood habla de “[t]he phenomenon known by the name of False Etymologies”, utilizando un término muy próximo, incluso formalmente, a “folk etymology”, que haría pensar en una posible traducción-adaptación del “Volksetymologie” de Förstemann, si no fuera porque ya lo encontrábamos en un texto de 1848 (vid. 3.1. en este mismo capítulo). En 1859, Hotten, en A dictionary of modern
slang sigue empleando el socorrido “corruption” para las interferencias paramórficas.
La primera referencia a Förstemann que encontramos en una publicación en inglés es en una obra de Taylor. Al menos nos consta que lo cita en la segunda edición de su obra Words and places (1865; la primera edición, de 1864, no se ha podido localizar). Sin embargo no aparecen aquí aún las formas definitivas “folk etymology” y “popular etymology”, pero encontramos en cambio términos muy semejantes, como “popular etymological speculation” y “attempts at popular etymologizing”, que exponen la hipótesis förstemanniana con más precisión incluso que el propio “Volksetymologie” de la obra seminal. Por otra parte, en el mismo capítulo de Words and places encontramos “fancied etymology”, “erroneous etymology” y “corruption”, términos que ya no son tan förstemannianos y que nos recuerdan más a la “escuela inglesa”. Como dato de interés, hay que destacar también que Taylor incluye entre sus ejemplos la etimología errónea de un erudito.
En definitiva, no se puede hablar de momento de una asimilación completa de la idea förstemanniana por parte de los teóricos ingleses. El término “popular etymology”, de hecho, no se asienta en los textos de la filología inglesa hasta 1874, dentro de la década que introducimos en el siguiente párrafo.
Al principio de la década de 1870 aparecen una serie de novedades interesantes para el estudio de este concepto. Por un lado, en el mismo año de 1870 encontramos el primer gran ensayo monográfico sobre etimología popular desde la aparición del artículo de Förstemann: el artículo “Zur Volksetymologie”, de Malinowski. De él destacamos el hecho de que sólo considera etimología popular los cambios formales, dejando fuera de dicho concepto a cualquier otro fenómeno. Esta tendencia, la de identificar el concepto de etimología popular sólo con los cambios formales y no con otro tipo de fenómenos paramórficos, ya la percibíamos en la mayoría de los autores mencionados hasta ahora, por cuanto sus ejemplos se limitan a casos de cambio ortográfico y/o fonológico, pero ahora nos encontramos además con la formulación
explícita de una toma de postura que se estaba consolidando en la década inmediatamente posterior a la aparición de “Über deutsche Volksetymologie”. Se confirma así la inevitabilidad de un problema que predecíamos “ex post facto” en 5.4, cuando analizábamos el artículo de Förstemann: al predominar en este los ejemplos de cambio formal y no haber una definición clara del fenómeno, era más que probable que algunos infirieran que la etimología popular era básicamente un fenómeno de cambio formal.
En esta misma década nos encontramos con que Tobler, el primero que citó oficialmente el término “etimología popular” después de Förstemann, adopta en un nuevo ensayo, “Die fremden Wörter in der deutschen Sprache” (1872, cit. Olschansky 1996: 15), el término “alemanización”, que ya había utilizado Wackernagel, y evita consecuentemente la denominación original. No es el único caso, como veremos, en que un autor abandona una etiqueta (sea “etimología popular” o no) y adopta otra diferente para referirse a este tipo de fenómeno. Lo explique o no el autor en cuestión, suponemos que este tipo de cambio implica cierto desacuerdo con uno o más puntos de la teoría subyacente.
En este caso, el abandono de la etiqueta “Volksetymologie” puede deberse, o bien a que “alemanización” es más apropiado para el propósito de este ensayo, o a que el autor ha decidido que no debe relacionarse este fenómeno con la ciencia etimológica. Pero no disponemos de más datos al respecto, y no debemos, por tanto, aventurar explicaciones. En cualquier caso, aunque el término “etimología popular” ha demostrado tener una enorme capacidad de supervivencia, es cierto que ha tenido que enfrentarse a una verdadera legión de etiquetas rivales, y es evidente, por lo que aquí vemos, que no tardan en manifestarse muestras de desacuerdo con la conceptualización de Förstemann, esto es, con la etiqueta identificadora y con la relación causa-efecto que conlleva.
Otro dato de interés en esta década, que adelantábamos antes, es la publicación en 1874, de la primera obra que utiliza la forma estándar inglesa “popular etymology”. Se trata de The principles of comparative philology de Sayce. Esta obra también relaciona la etimología popular con la analogía; de hecho, la etimología popular se menciona en el capítulo “The influence of analogy in language” (1874: 345-385). En una ocasión usa también, a modo de sinónimo, el término “false analogy”, pero esto no es sino la pervivencia de un término que ya empezaba a estar anticuado, ya que, como vimos antes, era relativamente común hablar de falsas analogías para referirse a los
fenómenos paramórficos, al menos durante un tiempo, hasta que los neogramáticos hicieron respetable el concepto de analogía.
Sayce, por otra parte, parece no estar de acuerdo con el carácter etimológico de la “etimología popular”. En este capítulo califica el fenómeno de “unconscious” e “instinctive” (1874: 381) y afirma que “[t]he simple sound of the word itself […] calls up associations which create new sounds, new ideas, and therefore new words” (1874: 375). Su hipótesis, más psicologista que etimologista, parece salvarse de la paradoja de Förstemann, si bien dice en otra parte del capítulo que “… all these popular etymologies […] interpret unknown terms by words of the same or similar sound” (1874: 379; la cursiva es mía). Su postura, pues, está entre dos posturas, como ocurría con Steinthal, pero podemos decir que no es un förstemanniano puro. También se desmarca de las ideas de Förstemann en relación con el componente “popular” de la “etimología popular”, pues cita a un erudito, en este caso el poeta Spenser, como fuente de “etymological mistakes” (1874: 381-2).
La última contribución destacable dentro de esta década es el Ueber deutsche
Volksetymologie de Andresen (1876, cit. Olschansky 1996: 17); un libro, el primero que
se dedica a este tema, que contaba con 146 páginas en su primera edición y que fue engrosándose en sucesivas ediciones hasta llegar a 496 en la séptima (1919, cit. Olschansky 1996: 17). Aparte de la cantidad de ejemplos que aporta, no sólo del alemán, sino también del griego clásico, latín, francés, inglés, italiano, español, griego moderno y neerlandés, y de ser el iniciador de la moda de las “recopilaciones de ejemplos” (trabajos que se limitan a aportar ejemplos de lo que sus autores creen que es “etimología popular”, sin ofrecer una base teórica clara), interesa porque presenta en su parte teórica algo parecido a una definición, ya que describe la etimología popular como “una fuerza […] mediante la cual se unen dos palabras que etimológicamente no suelen tener ninguna relación” (1876: 1, cit. Olschansky 1996: 17). Además añade unas ideas sobre lo que sería la motivación de este fenómeno: “la conciencia lingüística, que se opone con todas sus fuerzas a que el nombre sea una cáscara vacía e intenta dar a todos y cada uno de ellos un significado que no induzca ni a error ni a confusión” (1876: 2, cit. Olschansky 1996: 17).
Este planteamiento teórico, más próximo ya a las ideas estructuralistas de búsqueda de motivación, y más en concreto a la de la “atracción paronímica” de Dauzat (1927: 109) que a la del “pueblo etimólogo” de Förstemann, influyó mucho, aunque con resultados diferentes, en los estudiosos posteriores. Palmer, por ejemplo, sigue muy de
cerca las palabras de Andresen en la introducción de Folk-Etymology (1882), como veremos más adelante, aunque se muestra a la vez förstemanniano en su famosa frase “man is an etymologizing animal” (1882: xiv). Hasta el mismo Förstemann aceptó la autoridad de Andresen como teórico de la etimología popular, y en su siguiente artículo sobre el tema, que repite el título “Ueber deutsche Volksetymologie” (1877), afirma que el trabajo de Andresen “a partir de ahora constituirá el núcleo en el que deberán basarse los trabajos del futuro” (1877: 376).
La influencia de Andresen, pues, llegó a eclipsar la de Förstemann, hasta el punto de que hay quien cita a aquel como creador del concepto de etimología popular (p.e. Kirwin 1985: 18). Para los que han estudiado a fondo la historia de la etimología popular, Andresen no es, obviamente, el creador del concepto, pero sí el que lo establece definitivamente en la filología. Se entiende por qué, a partir de Andresen, los pocos autores que se molestan en dar explicaciones teóricas empiezan a hablar más de tendencia a la asociación de palabras no relacionadas y de búsqueda de motivación. Sin embargo, seguirá aflorando con cierta frecuencia la idea förstemanniana de búsqueda de etimologías; incluso algunos autores no parecen tener inconveniente en creer en Andresen y en Förstemann a la vez. Esto tiene fácil explicación: Andresen aportó al estudio del fenómeno de la interferencia paramórfica no accidental la coherencia que no tenía con Förstemann, pero no obstante mantuvo el término förstemanniano de “Volksetymologie”, en el que inevitablemente está implícita la idea rival de que hay un fenómeno de base etimológica.
En el resto de la década de 1870, aparte del segundo artículo de Förstemann, que ya hemos citado, y que por lo demás se limita a ser una mera recopilación de ejemplos, sólo encontramos reformulaciones de ideas que ya habíamos visto antes. Por ejemplo, un trabajo de Meyer (1876, cit. Olschansky 1996: 21-22) sigue distinguiendo la etimología “popular” de la “erudita”, y esgrime para ello los dos argumentos clásicos:1) porque la etimología erudita es consciente y la popular es inconsciente e “inocente” (otra vez la paradoja de Förstemann en su forma original); y 2) porque la etimología erudita no provoca cambios y la popular sí (afirmación cuestionable, por otra parte). Gaidoz (1876: cit. Palmer 1882: xxvi) nos dice una vez más que la etimología popular es una forma de analogía. Otros hacen aportaciones misteriosas o seudocientíficas, como Darmesteter, que hace alusión a “las leyes de la etimología popular” (1877: 176).
En la década de 1880 aparece el influyente Principien der Sprachgeschichte de Hermann Paul. Como es de esperar en una obra de carácter cientifista como esta, su
tratamiento de la etimología popular muestra encomiables esfuerzos por ofrecer algo coherente a partir de los cabos sueltos que dejó Förstemann. Sus ideas sobre la etimología popular son las de más validez científica de su tiempo, si bien su opinión no consiguió eliminar los posos del concepto förstemanniano que seguían asentados en los círculos académicos, donde el filólogo atomista tenía aún mayor autoridad que el lingüista científico. Por otra parte, como el término “etimología popular” seguía vigente, y el propio Paul, por su parte, lo aceptaba, era prácticamente imposible eliminar las ideas förstemannianas que subyacen en él.
En cualquier caso, Paul afirmó claramente, y sin contradicciones, que la etimología popular es un fenómeno (para Andresen, recordemos, era una “fuerza”), y ni es algo inherente al pueblo llano, ni es una forma de etimología, sino un cambio relacionado con la percepción. Insiste además en que por etimología popular se puede entender tanto un cambio de forma como un cambio de significado, originándose ambos casos en la asociación de dos palabras, y siendo requisito imprescindible que una de ellas se haya “oscurecido”. Y no excluye de la categoría de “etimología popular” los malapropismos clásicos, sean auténticos o literarios. En definitiva, Paul elimina aquellas ideas del concepto inicial förstemanniano que se basan en criterios heterogéneos o en razonamientos apriorísticos. Sin embargo, como decíamos, su criterio no se convierte inmediatamente en doctrina comúnmente aceptada.
En el mismo año, una obra de Weise vuelve a la paradoja de Förstemann al afirmar que la etimología popular es un “afán decidido, pero inconsciente” (1880: 208, cit. Olschansky 1996: 23), e insiste asimismo en que el juego de palabras y la etimología erudita no constituyen “auténtica etimología popular”. No aporta nada nuevo, pues, al debate sobre la naturaleza y las causas del fenómeno, aparte de nuevas formulaciones de lo ya expresado por otros. Interesa, eso sí, por su empeño en hacer una valoración positiva del fenómeno (Olschansky 1996: 23). Se inicia así oficialmente el debate sobre la naturaleza -buena o mala, natural o anómala- de la etimología popular. Es un debate, aunque curioso, irrelevante para el estudio del problema conceptual, y por ello no profundizaremos en él. Baste decir que emitieron juicios de valores en este debate lingüistas tales como Saussure, que se refirió a la etimología popular como un “fenómeno patológico” (1916, 1972: )38; Vendryes, que la calificó de “llaga de la
38 La calificación de “phénomène pathologique” se omitió a partir de la edición de 1922. De Mauro cree que esto se hizo por adaptar el pensamiento saussureano a los tiempos, aunque la verdadera opinión de Saussure es la que figuraba en la primera edición (1972: 473).
fonética” (1943: 70); Boisacq, que la llamó “enfermedad del lenguaje” (1926ª); y Gilliéron, que defendía, contra casi todos, el papel de esta como elemento renovador del idioma.
También en 1880 aparece otra obra de Sayce, Introduction to the Science of
Language, que vuelve a citar la “popular etymology”, esta vez en un capítulo dedicado a
“[t]he three causes of change in language”, y dentro de este, en la sección dedicada a “imitation or analogy” (1880: 166-185), manteniéndose en las ideas que ya expresó seis años antes. Aunque no da una definición, hace referencia a “those popular etymologies whereby words whose meaning is unknown or forgotten are assimilated to others with which the speakers are familiar” (1880: 183). Esto en un principio no sugiere fenómenos exclusivamente lingüísticos o exclusivamente metalingüísticos, pero los ejemplos nos dan a entender que su concepto de etimología popular abarca tanto un tipo de cambio (p.e. la evolución en alemán de “sündfluth” a “sindfluth”) como el otro (p.e. la leyenda que relaciona el nombre de Madrid con la frase “¡Madre, id!”, 1880:183- 184). Vemos, por tanto, como en estos años convive la idea del cambio sólo formal (p.e. Malinowski 1870) con la förstemanniana pura de asociación etimológica con o sin cambios, que es la que parece tener en mente Sayce. Por último, debemos destacar la presencia en esta sección de un ejemplo de interferencia paramórfica individual (el uso de “ash-spilt” por “ashphalt”, por parte de un jardinero, 1880: 183) y de explicaciones etimológicas alternativas que se encuentran en la poesía homérica (p.e. Pero aunque al primer ejemplo sí lo etiqueta claramente como etimología popular, a este último se refiere como caso de “etymologizing by false etymology”, lo cual sugiere que el autor ha tenido cuidado de no extender aquí el significado convencional de “popular” usando “popular etymology”.
Al tiempo que vemos cómo unos usan con extrema prudencia la nueva etiqueta, otros no la están usando aún en absoluto. Por un lado, el diccionario Words, facts and
phrases de Edwards (1881) incluye entre sus “historias de palabras” las de “asparagus”,
“belfry”, “Jerusalem artichoke” y “crayfish”, las cuales se considera, según opinión generalizada, que han pasado por procesos de “etimología popular”. Edwards, sin embargo, no usa dicho término en ningún momento, prefiriendo hablar de corrupción formal. Por otro lado, la segunda edición de la gramática de W.C. Fowler habla de “illusive etymologies” y “corrupted forms” para cambios formales del tipo “sparrow- grass” por “asparagus” (1881: 449-453).
En el año 1882 el sacerdote irlandés A.S. Palmer publica Folk-etymology, un extenso volumen con formato de diccionario, que viene a ser para la lengua inglesa lo que en su día fue para la alemana el Ueber deutsche Volksetymolgie de Andresen. La