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EVOLUCIÓN EN LA CONFORMACIÓN DEL AUTOCONCEPTO.

PARTE PRIMERA MARCO TEÓRICO Y CONCEPTUAL DE

3. DESARROLLO SOCIO – EMOCIONAL EL AUTOCONCEPTO

3.3. EVOLUCIÓN EN LA CONFORMACIÓN DEL AUTOCONCEPTO.

Pese al interés que siempre ha suscitado el estudio del yo, como ya se ha descrito anteriormente, desde la perspectiva de la psicología evolutiva, su estudio se ha visto limitado, en las dos décadas anteriores y posteriores de los años 50 del pasado siglo (Palacios, 1999) esta limitación ha venido ocasionada en Europa por la preeminencia de la óptica Piagetiana en la que adquirían especial relevancia aspectos de carácter cognitivo y en Estados Unidos, por la influencia de planteamientos conductistas. En el primero de los casos pues se dejan de lado aspectos de carácter emocional para centrarse más en lo cognitivo y generalizable y en el segundo, pues se dio más preeminencia a aquello que puede ser medido, evidenciado, circunstancia compleja de constatar si de lo que estamos hablando es de un elemento que hace referencia a los aspectos más íntimos del sujeto.

No obstante, el estudio de yo desde la perspectiva evolutiva, reaparece y con fuerza en los años 70 del pasado siglo, en el que comienzan a cobrar relevancia aspectos relacionados con el autoconcepto, la autoestima y la identidad y en el que se empieza a dar preeminencia a las investigaciones empíricas relacionadas con este concepto, pero teniendo en cuenta también la construcción de teorías al respecto. Se da así importancia a aspectos relacionados con su construcción y desarrollo y a los factores que influyen en el mismo. Y será precisamente desde este prisma desde el que lo estudiaremos en este epígrafe.

Siguiendo a Wallon (citado en Palacios, 1999) parece ser, que la conciencia que tenemos de nosotros mismos no acontece desde el primer momento de nuestra

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existencia sino que es fruto de un proceso de consolidación influido por las capacidades que se van adquiriendo con la edad así como con las circunstancias vitales que nos acontecen. Si bien es cierto, que la misma comienza a configurarse relativamente pronto y lo hace por contraste o diferenciación con respecto a la persona que nos cría.

Precisamente, el proceso de conformación del autoconcepto se inicia a través de la “progresiva desagregación de la simbiosis inicial en que el bebé se encuentra respecto a aquéllos que le cuidan y le protegen” (Palacios, 1999, p.232) es decir, para que una persona vaya adquiriendo su propia individualidad se hace imprescindible que sea capaz de diferenciarse de los otros e inicialmente desde luego, con respecto a la persona que lo cuida.

El bebé va creciendo y lo hace gracias a las personas que se encargan de él y en este proceso él también es protagonista, pues sus reacciones, orientan a quiénes le cuidan para saber lo que precisa en cada momento y él se acostumbra, en el caso, de que así sea, a que sus solicitudes reciben respuesta, lo que va contribuyendo a que tome conciencia, verifique su capacidad para influir en los “otros”, en lo que está fuera de él mismo y también en el entorno en el que se encuentra inscrito.

En esa configuración inicial adquiere gran relevancia la constatación del niño de su influencia en el entorno, tanto por lo que se refiere a los objetos como la relativa a las personas. Es lo que se ha venido a denominar “efectancia” o la capacidad de producir respuestas contingentes por parte del entorno y que también se vincula a la concepción de la criatura como un sujeto activo en su desarrollo (López Sánchez, 2008) y con su predisposición para la interacción social (Palacios, 1999). Por lo que se refiere a sus relaciones con los demás, el tipo de interacción que los niños y niñas establecen con sus cuidadores es un factor fundamental en la conformación del primitivo concepto de uno

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mismo (Bowlby,1988) En la medida en que las figuras de apego son sensibles y responsivas, y dan muestras de quererle y aceptarle, el bebé desarrolla un modelo de sí mismo como, aceptado, valorado, querido y susceptible de motivar respuesta en los demás (Díaz-Aguado, 1995,1996).

En un primer momento esa concepción de uno mismo no conlleva una cognición elaborada, sino más bien la consciencia de que sus acciones generan la respuesta deseada. Será más tarde, cuando los cambios a nivel cognitivo y su experiencia en las relaciones con los demás, le permita la consolidación de sí mismo, como entidad diferenciada (Palacios, 1999).

A medida que esa inicial relación significativa se establece y que permite diferenciar a esa o esas figuras de los demás, comienza también la capacidad de autorreconocimiento, de diferenciarse de los demás pero no es sino alrededor de los 18 meses, cuando se han sentado las bases para la formación de un modelo interno de sí mismo que denominamos autoconcepto tomando como base o referencia ese modelo interno de relaciones interpersonales construido sobre la seguridad de las relaciones de apego, y es a los tres años cuando por regla general, niños y niñas adquieren una plena conciencia de sí mismos que se vincula además a la necesidad de oponerse al resto, como alguien diverso.

Los niños y niñas, han podido experimentar la propia competencia y su influencia en el exterior y la existencia de normas que tienden a regular la propia conducta.

A partir de ahí se van produciendo cambios en su conceptualización y en la forma en la que se describen y ven a sí mismos (Etxebarría et al., 1999).

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Así entre los 3 y 6 años los niños y niñas siguiendo a (Etxebarría et al., 1999) se definen a sí mismos en función de características concretas y observables, tales como la edad, los rasgos físicos o aquellas cosas que poseen. También incorporan afirmaciones que escuchan de los adultos e incluyen conductas que realizan. La edad es una de las primeras categorías que los niños conocen y que pasa a formar parte de su autoconcepto. En esta etapa, los niños también incorporan en su descripción el sexo, afirman ser niños o niñas, pero esa categorización está aún vinculada a aspectos de carácter meramente físico, a atributos externos, tales como la ropa o el pelo y no es constante por lo que se refiere a los demás, pues basta un mero cambio en esa imagen externa para que catalogación de alguien como hombre o mujer pase a mutar. Esa falta de consistencia tiene que ver con la idea de Piaget de “conservación”, no será sino a finales de la etapa preescolar cuando la identidad de género se consolide.

Con respecto a la valoración que niños y niñas hacen de sí mismos podemos decir que está distorsionada y presentan una valoración idealizada, lo que más bien pone de manifiesto la necesidad de ser aceptados y de ser competentes que una consideración ajustada de su aceptación social y de su competencia (Etxebarría et al., 1999).

De los 6 a los 12 años:

Entre los 6 y los 8 años (Etxebarría et al., 1999) el yo se define en base a la propia comparación en momentos diversos, manteniéndose una valoración además bastante optimista. No obstante, entre los 8 y los 11 años, la concepción de uno mismo empieza a recibir influencias del entorno y a adquirir relevancia la comparación social, también toman protagonismo, los rasgos que se refieren a las habilidades sociales y a las relaciones interpersonales y empiezan a tenerse en cuenta tanto aspectos positivos como negativos de uno mismo, lo que permitirá ir construyendo una imagen más realista de

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uno mismo y a ir sentando las bases de lo que en el futuro será la propia identidad al ir introduciendo criterios que le permita ir tomando opciones coherentes con su forma de pensar, sentir y actuar.

Así los niños y niñas comienzan a conceptualizarse y a valorarse de forma diversa en las distintas dimensiones del autoconcepto y se empieza a corregir, como antes ya se señalaba, la sobrevaloración de sí mismos al introducir la comparación y los resultados de la misma con otros niños y niñas (Díaz-Aguado, 1995, 1996).

En la adolescencia:

Los niños y niñas comienzan a describirse a sí mismos de una forma cada vez más abstracta y a lo largo de este periodo se empiezan a incorporar rasgos que tienen que ver con la personalidad, las habilidades sociales, las creencias y los valores (Palacios, 1999).

No obstante dentro del periodo de la adolescencia, se pueden diferenciar momentos diversos en la construcción del autoconcepto, así siguiendo a Etxebarría et al. (1999) en la adolescencia temprana (antes de los 14 años) se presta especial atención a aspectos de carácter social, la conceptualización de uno mismo se hace de forma general, utilizando determinados rasgos pero olvidándose de otros.

En la adolescencia media, entre los 14 y los 17 años, es característica la capacidad para diferenciar atributos en función de roles y situaciones, de tal modo, que son capaces de asumir que uno puede compartir atributos tanto positivos como negativos de forma no consistente y en función de una determinada situación. Son capaces de identificar rasgos contradictorios en su descripción pero las vivencian como situaciones estresantes y que les generan tensión (Etxebarría et al., 1999).

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En los últimos años de la adolescencia, en el autoconcepto se integran aspectos relacionados con los valores, las convicciones morales y las creencias, las contradicciones existentes entre atributos opuestos ya no son fuente de inseguridad o de tensión pues son capaces de integrarlos en función de las diversas situaciones que pueden darse.

En estos momentos, se elabora un autoconcepto más realista, estable y equilibrado. Así mismo y en esta fase, han de resolver la tarea de construir su propia identidad, teniendo en cuenta aspectos que tienen que ver tanto con su pasado como con su presente y su futuro y realizar elecciones en base a diversos sistemas de valores, creencias de los que tenga conocimiento (Etxebarría et al., 1999).

Así y en este momento, los adolescentes, se enfrentan a la construcción de su propia identidad, a través de un proceso de contraste e identificación de sus propios criterios y valores con los de los demás y en función de los resultados de ese proceso de búsqueda y comparación, nos encontramos con diversos tipos de identidad (Etxebarría et al., 1999) Así cuando ese proceso es exitoso, y el adolescente, consigue construir su propio esquema de valores, su sistema de creencias, en contraste con el de los demás, nos encontramos con la “identidad lograda”.

No obstante, puede que esta tarea evolutiva crítica no sea superada, bien porque no la resuelvan adecuadamente o bien porque no se hayan enfrentado a ella, entonces tendrán una “identidad difusa”. En aquellos casos, en los que hayan asumido los valores e ideas de otras personas o grupos sin realizar una crítica de las mismas, nos encontraremos con la denominada “identidad hipotecada” (Etxebarría et al. 1999).

En otras ocasiones, nos encontraremos con la “identidad moratoria”, que acontece en aquellos casos, en los que si bien no ha consolidado su identidad, el adolescente, se

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encuentra en periodo de búsqueda y en camino, nos encontramos que la construcción de la propia identidad, se pospone (Etxebarría et al., 1999).

En el cuadro siguiente puede verse una síntesis de lo planteado a lo largo de este apartado, en el que se ponen de manifiesto los cambios que se producen en la construcción del autoconcepto como consecuencia de la edad.

Tabla 9. Evolución del autoconcepto en función de la edad. Años previos a la escuela primaria (3-6 años) Estructura, organización Contenidos más destacados Ejemplos Valoración y exactitud Representaciones aisladas, faltas de coherencia y coordinación Características concretas y observables. Atributos categoriales relativos a actividades, rasgos físicos, cosas que se

tienen.

“Me visto yo sola”, “Juego a la pelota”, “Tengo dos hermanos”, “Tengo el pelo largo” Valoración idealizada, positiva, con dificultades para diferenciar el yo real del yo ideal.

Primeros años de la escuela primaria (6-8 años) Primeras conexiones entre distintos rasgos o aspectos; uso frecuente de características opuestas del tipo

todo o nada

Comparación con uno mismo en otro

momento o en el pasado.

“Se me da bien correr, saltar y jugar

al fútbol”, “Ahora me gusta la leche; antes no me gustaba”, “Soy bueno”, “Soy traviesa” Valoración típicamente positiva, no siempre coincidente con la realidad.

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Últimos años de la infancia (8-11 años) Generalizaciones que empiezan a integrar un conjunto de conductas, capacidad para integrar conceptos opuestos. Rasgos referidos a destrezas y a relaciones interpersonales, comparación con

los otros niños.

“Se me dan bien las matemáticas y el lenguaje, pero mal

el inglés y la música”. “Lo paso

bien en el patio, pero mal en clase”,

“Tengo muchos amigos, pero Juan tiene más que yo”

Valoración de sí mismo que incluye

tanto aspectos positivos como negativos. Mayor exactitud en las autodescripciones” Transición a la adolescencia (11-14) Primeras abstracciones que integran características relacionadas, abstracciones compartimentalizad as, de forma que no detectan ni integran

las

incompatibilidades.

Características o habilidades sociales

que influyen sobre las relaciones con

los demás o determinan la imagen que los demás tienen de

uno mismo.

“Soy tímido: me corto con los

adultos pero también con mis compañeros”, “ En

mi casa se me ocurren muchas cosas divertidas, pero con mis amigas no se me ocurre casi ninguna” Valoración positiva unas veces y negativa otras. Se hacen generalizaciones que se basan sólo en

un conjunto de características, olvidando otras.

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Años intermedios de la adolescencia (14-17) Primeras

conexiones ente las abstracciones y entre rasgos opuestos; confusión ante la existencia de características contradictorias. Diferenciación de atributos en función de situaciones y roles diferentes. “Soy muy inteligente para unas cosas y bastante torpe para

otras”, “No entiendo cómo me

llevo tan bien con mis compañeros y tal mal con mis

hermanos” Reconocimiento simultáneo de características positivas y negativas. Inestabilidad en la valoración de uno mismo que da lugar

a confusión.

Final de la adolescencia (17-21) Abstracciones de

orden superior que integran abstracciones más elementales y que resuelven las contradicciones Rasgos y atributos relacionados con los

roles que desempeñan; los atributos se refieren a valores y creencias personales, así como a convicciones morales

“Soy una persona flexible: seria y formal para trabajar, pero janarera para divertirme”, “soy muy ecolologista y

muy poco ácrata”, “Me interesan muchas cosas, pero

soy algo indeciso”

Visión de uno mismo más equilibrada y estable, en la que se integran tanto aspectos positivos como los negativos.

Mayor realismo en la forma de verse a

sí mismo.

Fuente: Desarrollo del yo (Palacios, 1999).

Como podemos comprobar la configuración y construcción del autoconcepto no es un tarea fácil ni tampoco corta, sino que la forma en la que la persona se ve y valora va cambiando con el tiempo, tanto en relación a los cambios y destrezas cognitivas que se van adquiriendo y consolidando con la edad como a través de la propia experiencia y

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de las experiencias vitales significativas para la persona (Etxebarría et al., 1999; Palacios, 1999).

A partir de los 8 años los niños y niñas ya tienen una percepción de sí mismos bastante estable y realista, si bien es verdad que a lo largo del desarrollo se van produciendo fluctuaciones que pudiéramos considerar “normativas” y propias del grupo de referencia, así por ejemplo, tras un momento de cierta estabilidad, que comprende desde los 8 a los 11 años, comienza y debido a los cambios físicos que se producen con la pubertad y que tienden a generar una cierta inseguridad, un descenso (Etxebarría et al., 1999; Palacios, 1999).

No obstante, pese a que eso se produzca, el autoconcepto y la valoración que uno hace de sí mismo tiende a tener cierta estabilidad y a permanecer aunque se sufran los cambios propios de la etapa evolutiva, es decir, un menor con un buen autoconcepto de sí mismo y una autoestima elevada de partida sufrirán esas fluctuaciones pero tenderán a mantener una valoración de sí mismos más positiva que aquellos otros que tuviesen una percepción más pobre de sí mismos de partida (Etxebarría et al., 1999).

Además de esos cambios normativos y como más arriba se indicaba, el concepto que la persona tiene de sí misma, está influenciado por experiencias que la persona juzgue significativas (Palacios, 1999) esa estabilidad o cierta consistencia en el tiempo puede predicarse del autoconcepto global (Machargo, 1991; Palacios, 1999) pues el autoconcepto es un constructo de carácter multidimensional que incorpora la percepción y valoración que la persona realiza de sí mismo en diversas dimensiones y aunque puedan darse cambios en otras dimensiones, en base a las diversas experiencias de éxitos y fracasos, éstas no tienen por influir en el autoconcepto global pues está dotado

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de cierta estabilidad y además dependerá de la importancia o relevancia que esa persona otorgue a esa concreta dimensión (Piers, 1984).

Las dimensiones que configuran el autoconcepto a su vez también van cambiando con el tiempo y adquiriendo mayor o menor relevancia en función del momento evolutivo en el que nos encontremos, así un adolescente otorgará mayor importancia a la dimensión social que un niño de menos edad (Díaz-Aguado, 1996).

Así pues y como hemos podido comprobar, la configuración del yo, es una construcción propia y personal fruto de los avatares evolutivos que la persona va sufriendo a lo largo de su desarrollo pero también de las experiencias vividas y de la valoración que dé a esas experiencias y mediadas por la valoración de los otros significativos.

3.4. FACTORES QUE PUEDEN INFLUIR EN LA CONSTRUCCIÓN DEL