El siglo XIX también es testigo en Europa de una sorprendente evolución de las ciencias y la técnica. España no es ajena a esta evolución, pero tampoco es sujeto activo de la misma. Por ese motivo muchos españoles se formarán en universidades extranjeras, las universidades españolas contratarán profesores extranjeros y se traducirán al español una enorme cantidad de trabajos de investigación y manuales. Estos tres factores significan la importación masiva de terminología que rápidamente empieza a utilizarse en periódicos, manuales, estudios, etc. y que también queda recogida y definida en diccionarios. A lo largo del siglo se publican numerosos repertorios lexicográficos (diccionarios, glosarios, vocabularios) sobre todo tipo de temas como minería, farmacia, arquitectura, legislación, música, política, enología, ferrocarriles, ejército, etc.
Característica común a estos repertorios es que los neologismos que recogen y definen no tienen todavía estabilidad gráfica, morfológica o semántica, por lo que
deberán incluir las variantes formales o semánticas conocidas.
Ejemplos sacados de (1848) Diccionario de las voces más usadas en minería. El autor duda sobre la ortografía debigotera/vigotera; recoge con frecuencia en el lema las variantes morfológicas como rebajes ó rebajo, estacada ó estacado; también variantes léxicas como anillo ó boga, frontón ó testero, variantes geográficas como greñas: (América) material sin limpiar, (Río-Tinto) las rebajas que se forman en la cabeza de una barrena con los golpes del martillo; planes: (Río- Tinto) establecimiento de cementación del cobre, (Almadén) los dos planos inclinados sobre que apoyan las hileras de aludeles en los hornos de destilación de Bustamante, (Alpujarras) pisos de los caños y anchurones.
Hernández de Gregorio, M. (1802): Diccionario elemental de Farmacia, Botánica y Materia médica, o Aplicaciones de los
fundamentos de la Química moderna a la Farmacia en todos sus ramos; Echegaray, J. de (1830): Diccionario de Arquitectura naval; Escriche, J. (1831): Diccionario razonado de legislación civil, penal, comercial y forense; Escriche, J.
(1831) Diccionario marítimo español; Fargas y Soler, A. (1852): Diccionario de música; Casas, N. (1857): Diccionario
manual de agricultura y ganadería españolas; Colegio de farmacéuticos (1865): Diccionario de Farmacia; Pizzota, J.
(1866): Diccionario popular de Historia Natura y de los fenómenos de la naturaleza; Suarez Inclán, E.; Barca, F. (1868): Diccionario general de política y administración; Camps Armet, C. (1887): , etc. etc.). Como ejemplo de esta frondosidad lexicográfica del XIX podemos mencionar algunos referidos al ejército y lo militar. Uno de los títulos (1853) no ha sido abreviado, otros, sí. (1822): Diccionario militar portátil ..., (1826): Ensayo de un
diccionario razonado sobre la ciencia de la guerra, (1828): Diccionario militar español francés, (1848): Vocabulario francés- español de términos de Artillería, (1849): Vocabulario militar ..., (1849): "Glosario..." del Catálogo de la Real Armería,
(1853): Vocabulario técnico del material de artillería e ingenieros. Comprende una nomenclatura y definición de todas las
máquinas y efectos del uso de ambos cuerpos; la de los instrumentos y herramientas de las artes y oficios que tienen relación con ella; verbos y voces genéricas correspondientes al armamento, pertrechos, construcciones y fortificación, con la clasificación del membrete a que corresponde cada uno de los nombres en los inventarios de efectos de la cuenta y razón especial de Artillería. (1853): Vocabulario militar francés–inglés–español, (1853-1866): Diccionario ilustrado de los pertrechos de guerra, (1856): Diccionario militar..., (1857): Diccionario general militar..., (1863): Diccionario militar...,
(1869): Diccionario militar, (1883): Vocabulaire militaire […] Vocabulario militar, (1885): Vocabulario militar español-
alemán (1895-1901): Diccionario de ciencias militares, (1897): Diccionario militar, (1898): Catálogo histórico-descriptivo de la Real Armería de Madrid.
9.2. El siglo XIX 9.2.2. La lengua
9.2.2.2.
Evolución de la lengua
d) Diccionarios académicos y no académicos
La Real Academia Española había publicado en 1739 el Diccionario de Autoridades y posteriormente, en 1780, el Diccionario de la lengua castellana compuesto por la Real
Academia Española.
Para los neologismos técnicos del XVIII y que no te coge la Academia, Esteban de Terreros había publicado (1786-1793) el Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes.
Durante el XIX la Academia continúa su excelente labor lexicográfica con la publicación de diez ediciones de su diccionario. Es consciente de que hay un léxico técnico que se usa a ambos lados del Atlántico pero que no recoge, o sólo mínimamente.
En la edición de 1843 dice: «La multitud de términos facultativos pertenecientes a las artes y a las ciencias […] solo debe admitir aquellos que saliendo de la esfera especial a que pertenecen han llegado a vulgarizarse, y se emplean sin afectación en conversaciones y escritos sobre diferentes materias».
La carencia de tecnicismos en los diccionarios académicos será pronto solventada por lexicógrafos ajenos a la institución oficial. Estos autores utilizarán como base para sus diccionarios el de la última edición de la Academia al que añaden el léxico que ellos consideran necesario.
M. Núñez de Taboada (1825), Diccionario castellano.
C. Pla y Torres (1826), Diccionario de la Lengua Castellano por la Academia Española.
J. Peñalver (1842), Panléxico, Diccionario Universal de la Lengua Española.
V. Salvá (1846), Nuevo Diccionario de la Lengua Castellana.
R.J. Domínguez (1846-1847), Diccionario Nacional o Gran Diccionario Clásico de la
Lengua Española.
A. De Castro (1852), Diccionario de la Lengua Castellana.
E. Chao (1853-1855), Diccionario enciclopédico de la lengua española. A. De Castro (1853-1855), Diccionario Enciclopédico de la Lengua Española. A. De Castro (1853), Nuevo Diccionario de la Lengua Castellana. Gaspar y Roig Ed. (1853-55), Diccionario Enciclopédico de la Lengua Española. R. Campuzano (1857), Novísimo diccionario de la lengua castellana. J. Caballero/C. De Arnedo (1865), Diccionario general de la lengua castellana.
Esta proliferación de obras lexicográficas responde no sólo a motivos lingüísticos sino también políticos y económico-comerciales.
Tanto España como las nuevas repúblicas hispanohablantes de América han tomado la decisión política de implantar el español como lengua nacional. Esta política lingüística exige la difusión de la uniformidad de la lengua, por lo que será necesaria la publicación de diccionarios que definan, limiten y aumenten el léxico común a todos.
El motivo para que los gobernantes españoles y los de las nuevas repúblicas americanas lleguen a la misma conclusión no se debe al menosprecio de las otras lenguas, como el gallego, el maya, el vasco, el náhuatl, etc., sino a que consideran, de manera simplista, que el uso de una sola lengua será más eficaz tanto en la educación de los ciudadanos como en la Administración.
Las nuevas técnicas en la industria, la agricultura y los transportes necesitan ser divulgadas para facilitar el acceso a la información de los ciudadanos y así conseguir un mayor progreso de las naciones. Esta labor divulgativa la realizarán los trabajos de investigación y los manuales traducidos de otras lenguas, los glosarios explicativos de los textos que les preceden y, naturalmente, los diccionarios en los que se definen y explican las nuevas terminologías.
Dice el gramático venezolano Andrés Bello en 1831: "Entre las innumerables faltas y privaciones a que estamos condenados
en esta parte del mundo no es la menos persistente y perjudicial la de libros útiles y elementales para la instrucción de la juventud (...) Yo he propuesto al gobierno como medio de suplir esta falta, el de hacer traducir e imprimir en Europa las obras modernas más acreditadas".
Una muestra importante de la fuerte demanda de este tipo de productos -diccionarios- en el siglo XIX es el Diccionario Nacional o Gran Diccionario Clásico de la Lengua
Española de R.J. Domínguez del que se hicieron diecisiete ediciones entre 1857 y 1889.
La popularidad del diccionario de Domínguez reside en parte en que no se trata sólo de un diccionario (definición de conceptos) sino de una diccionario enciclopédico (definición y explicación de los conceptos). Este modelo híbrido (entre diccionario y enciclopedia) lo utilizaron también otros autores ya que al estar introduciendo terminología nueva, el lector necesita información adicional, enciclopédica.
Domínguez, por ejemplo, incluye también estas explicaciones con conceptos que no requerirían información adicional, como es el de miel "licor espeso, dulce, transparente y agradable que muchos insectos himenópeteros y sobre todo las abejas, forman con la sustancia de las flores, y encierran para su sustento durante el invierno en las celdillas de cera que á este fin hacen antes. La miel difiere por el sabor según la naturaleza de flores que predominan. Dicen que...".
Núñez de Taboada, Diccionario de la lengua castellana (1825), compilado a partir de la sexta edición del diccionario académico de 1822; Juan Peñalver, Panléxico. Diccionario universal de la lengua española (1842) parte de la octava edición académica, la de 1837; Salvá, Nuevo diccionario de la lengua castellana (1846) completa a su manera la novena edición del diccionario académico de 1843.
9.2. El siglo XIX 9.2.2. La lengua
9.2.2.2.