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Desde un punto vista biológico, la obesidad ha sido definida como un

desequilibrio entre la ingesta y el gasto energético, produciendo una acumulación de

grasa o tejido adiposo (depósito de reserva energética) y un aumento del peso corporal

supera el total del gasto, que depende de la actividad física, del metabolismo basal y del

efecto de la termogénesis (Spiegelman y Flier, 2001). A pesar de las variaciones diarias

en el consumo de los alimentos, el gasto energético tiende a regularse para establecer un

equilibrio homeostático a través de mecanismos de retroalimentación, que mantienen

nuestro peso corporal y los depósitos de energía estables, conocido como “punto de

ajuste” (Harris, 1990; Kaplan, 2003; Keesey, 1986). Una serie de experimentos en ratas,

han demostrado el buen funcionamiento de este balance energético, donde tras un

periodo de sobrealimentación y aumento de peso, se producía un descenso de la energía

consumida como mecanismo compensatorio hasta que el peso volvía a su punto de

ajuste habitual (Weigle, 1994). Esto pone en evidencia la fuerte influencia de la historia

de la evolución, y la herencia genética de un sistema de regulación homeostático

(genotipo ahorrador) con el que sobrevivir en periodos de hambruna (Kaplan, 2003).

El centro de control del balance energético se sitúa en el Sistema Nervioso

Central, principalmente en el hipotálamo (Schwartz, Woods, Porte, Seeley y Baskin,

2000). La identificación de la hormona leptina, a través de la clonación del gen ob en

ratas con obesidad severa, permitió conocer la pieza clave de la homeostasis energética

(Campfield, Smith, Guisez, Devos y Burn, 1995; Zhang et al., 1994). El hipotálamo,

recibe señales aferentes de diversas fuentes, especialmente desde el páncreas y el tejido

adiposo. Niveles circulantes de leptina en sangre informan sobre la cantidad de energía

corporal. La leptina atraviesa la barrera hematoencefálica a través de su receptor (R-

LEP), dando lugar a través de mecanismos de retroalimentación negativa, a

modificaciones del tamaño de los depósitos grasos. El hipotálamo interpreta la ausencia

total de leptina circulante como una deficiencia de las reservas de energía, induciendo al

consumo de alimentos y a la reducción el gasto energético, regulando el sistema de

2001; Kaplan, 2003). A su vez, el tracto gastrointestinal aporta información sobre la

energía consumida y el proceso de digestión, para disminuir el apetito y promover la

saciedad (Elmquist, 2001). A través de las conexiones desde el núcleo del tracto

solitario al hipotálamo y otras regiones implicadas en la regulación del peso corporal y

el equilibrio energético, segrega péptidos que estimulan el apetito, como el Péptido YY

o la grelina, así como otros inhibitorios, como el GLP-1 (glucagon-like peptide-1).

Estas hormonas intestinales forman un complejo mecanismo de señalización entre el

intestino y el hipotálamo, y la alteración de estos sistemas de retroalimentación dan

lugar a trastornos crónicos como la obesidad.

En adultos y niños con obesidad, encontramos niveles de leptina superiores al

compararlos con iguales con normopeso, además de un incremento en el número y en el

tamaño de los adipocitos (Volberg et al., 2013). En base a ello, se esperaría una

reducción en la ingesta de alimento y un aumento del gasto energético, sin embargo,

ocurre lo contrario, fenómeno que se conoce comúnmente como resistencia a la leptina

(Lusting, Sen, Soberman y Velasquez-Mieyer, 2004). No obstante, el uso del término

parece no ser adecuado al abarcar una variedad de fenómenos, y complicar la distinción

entre los mecanismos que predisponen al aumento de peso de los que son consecuencia

(Myers, Leibel, Seeley y Schwartz, 2010).

A pesar de que ha surgido una gran proliferación de estudios científicos, que nos

han permitido comprender con más claridad las bases fisiopatológicas de la obesidad,

los mecanismos subyacentes a estos incrementos o reducciones del gasto energético no

se conocen completamente. El uso de modelos animales y diferentes métodos de

observación y experimentación, han dificultado una visión coherente y precisa

La genética por su parte, con el gran desarrollo de la genómica ha permitido una

mejor descripción de la base endógena de la obesidad, con los que identificar el riesgo

individual para el desarrollo de la misma. En la doceava actualización del mapa

genético de la obesidad se identificaron 244 genes, que cuando se mutan resultan en

fenotipos que afectan al peso corporal y a la adiposidad (Rankinen et al., 2006). Por

ello, la obesidad común tiene una base poligénica, y son escasos los casos de obesidad

monogénica. Estos son normalmente producidos por una mutación en el gen receptor de

melanocortina 4 (MC4R) (Ramachandrappa y Farooqi, 2011), por mutaciones con

pérdida de función en el receptor de la leptina (Farooqi et al., 2002) o síndromes

polimalformativos (v.g. el Síndrome de Prader-Willi) (Bell, Walley y Froguel, 2005), y

se caracterizan por una obesidad muy intensa y de inicio precoz en la infancia (Martos-

Moreno, Pozo y Argente, 2014). Es esta base poligénica de la obesidad, que explica

menos del 5% de la varianza fenotípica, la que nos hace más o menos vulnerables a

determinados estímulos ambientales, y de este modo regula nuestro peso corporal

(Rankinen et al., 2006). Sin embargo, los mecanismos a través de los cuales se produce

la interacción con el ambiente son todavía desconocidos.

Estos avances científicos constituyen sólo una pequeña pieza del gran puzle de

la obesidad. Nos permiten conocer las bases metabólicas subyacentes, y ponen de

relieve que el peso, la composición corporal y el almacenamiento energético en el tejido

adiposo, no puede ser entendido al margen de la interacción entre factores genéticos,

ambientales y psicosociales, responsables a largo plazo de los cambios en el balance

energético. En palabras de Bray (1996), “Genes load the gun, but the environment pulls