Por su parte, la psicología se ha centrado en el desarrollo de modelos teóricos
con el fin de ofrecer una explicación a la conducta de comer en exceso o la conducta
sedentaria. Desde las diferentes corrientes de la psicología han surgido explicaciones
teóricas que incluyen modelos psicodinámicos, psicosomáticos, conductuales y
cognitivo-conductuales.
Las teorías psicoanalíticas clásicas suponían que la conducta de comer en
exceso era consecuencia de conflictos relacionados con una excesiva o inadecuada
gratificación de los impulsos orales (Masling, Rabie y Blondheim 1967), de tal manera
que resultaba en una respuesta primaria a la ansiedad derivada de conflictos
inconscientes que podían aliviar temporalmente este sufrimiento. Por su parte, Kaplan y
Kaplan (1957) desarrollan la hipótesis psicosomática donde establecen que la conducta
de sobreingesta aparece y ayuda a reducir el malestar ante estados emocionales tales
como la ansiedad. Este modelo de reducción de la ansiedad ha despertado un gran
interés clínico y experimental, y numerosos investigadores han estudiado y desarrollado
instrumentos de evaluación de esta conducta de “alimentación emocional” (Ganley,
1989; Van Strien, Frijters, Bergers y Defares, 1986; Van Strien y Oosterveld, 2008).
Siguiendo esta línea, destacan los trabajos de Bruch (1940) con población infantil.
Estudia niños con obesidad y los describe con rasgos de inmadurez, dependencia y falta
de agresividad, dando una explicación a su exceso de grasa y tamaño corporal como una
pared que protege y ayuda a afrontar sus experiencias traumáticas. Además, comienza a
estudiar los patrones de interacción madre e hijo, señalando una relación entre las
emociones y la conducta de alimentarse como resultado de insatisfacciones orales
tempranas (Bruch, 1961). Ante la disponibilidad de alimentos en respuesta a una
hijos, define a los padres de los niños con obesidad como incapaces de discriminar sus
propias necesidades de las de sus hijos. Por tanto, conceptualiza la obesidad como un
problema de identidad, que surge desde edades tempranas, y que se caracteriza por una
incapacidad para diferenciar experiencias internas, especialmente el hambre y la
saciedad, y una sensación de dependencia del contexto de desarrollo.
Además, surgen otras dos teorías en la explicación de las sobreingestas, la teoría
de la externalidad (Schacter y Rodin, 1974) y la teoría de la restricción (Herman y
Mack, 1975; Herman y Polivy, 1975). En la teoría de la externalidad, la conducta de
alimentarse está determinada por señales externas, como puede ser la cantidad de
comida en el plato y la presión parental para comer. En la teoría de la restricción, se
considera que habitualmente suprimen estados cognitivos y emocionales relacionados
con el hambre, con el fin de mantener o perder peso, no obstante, ante el consumo de
alimentos hipercalóricos o estamos emocionales como la ansiedad o la depresión, se
pierde el control restrictivo y se produce la sobreingesta.
Hasta ahora, se había estudiado la conducta alimentaria desde un punto de vista
individual, aunque Bruch y Touraine (1940) ya habían comenzado a estudiar la relación
entre la conducta alimentaria y la díada madre- hijo. En esta línea de estudio, recogemos
también el desarrollo de la teoría de Minuchin sobre la familia psicosomática (Minuchin
et al., 1975). Esta teoría fue desarrollada en la explicación de enfermedades en la
infancia como la diabetes, el asma y la anorexia nerviosa, estableciendo su origen en un
ambiente familiar disfuncional caracterizado por el aglutinamiento, la sobreprotección,
la rigidez, la evitación del conflicto y la triangulación en los conflictos maritales. A
pesar de no haber sido estudiada en la obesidad infantil, Kinston, Loader, Miller y Rein
(1988) señala que estas familias podrían cumplir los criterios característicos como la
del niño enfermo y su condición para lidiar con el conflicto. Sin embargo, a pesar del
gran impacto de esta teoría, en el campo de la obesidad infantil no se han podido
estudiar estos conceptos tan específicos, y se han limitado a descripciones familiares y
estilos relacionales.
Desde el modelo conductual, se teorizó que la conducta de poner comida en la
boca, era inmediatamente reforzada por sus consecuencias placenteras y surgieron
diferentes programas de tratamiento basados en la sensibilización encubierta, el
autoncontrol, o el condicionamiento aversivo para la reducción del peso (Abramson,
1977). No obstante, aunque las pérdidas de peso eran notables después del tratamiento,
los resultados no se generalizaban ni se mantenían a largo plazo (Stunkard y Penick,
1979). Mahoney y Mahoney (1990) publican su obra titulada “Control permanente del
peso”, destacando que los hábitos de alimentación y la actividad física presentes en las
personas con exceso de peso no pueden modificarse sin atender a la variable del
autocontrol.
Desde el modelo cognitivo-conductual, y siguiendo el modelo descrito por Costa
y López (2017) para la explicación de la obesidad, es el resultado de la interacción entre
determinados estímulos antecedentes que activan la biografía de la persona y
mecanismos del aprendizaje que contribuyen a su mantenimiento o desaparición. En
este sentido, se considera que la conducta de comer en exceso es mantenida por las
consecuencias positivas inmediatas experimentadas (v.g. el placer del consumo de
alimentos sabrosos o el alivio de la ansiedad) junto con la demora en la aparición de las
consecuencias negativas de la misma (v.g. el aumento de peso), de tal manera que dejan
poca huella en nuestra biografía. En resumen, se produce un desequilibrio homeostático
sociales) que hacen cada vez más fuertes estas cadenas conductuales, de las que resulta
difícil librarse por ellos mismos.