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L a idea de que las explicaciones o razones se agotan y que de­ ben, entonces, reposar finalmente (si es que reposan en absoluto y no

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quedan suspendidas en el aire) sobre algo que ya no hay que expli­ car, de lo cual no hay que dar razones, es una idea que será también muy im portante en los puntos de vista sobre el significado y la aplica ción de reglas que expone Wittgenstein en sus

Investigaciones filosóficas.

Pero en esta obra aquello que no hay que explicar más, el punto en el que podem os dejar de dar razones es muy distinto, com o lo v w n in s posteriormente.

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RAÚL MELÉNDEZ ACUÑA

estar mostrada, exhibida su forma lógica de representación o de figuración, la cual debe coincidir con la forma lógica de lo representado, coincidencia que es condición para que ella ten­ ga sentido, para que pueda representar o figurar un estado de cosas. Pero lo que la proposición muestra, ella no lo puede decir o representar:

2.172 L a figura, sin em b argo, no p uede figurar su for­ m a de figuración; la m uestra.

2.173 L a figura rep resen ta su objeto d esde fu era (su punto de vista es su form a de rep resen tación), p orq ue la fi­ gura representa su objeto, justa o falsam ente.

2.174 L a figura no puede sin em b arg o situarse fuera de su form a de rep resen tació n 1*1.

Con estas palabras Wittgenstein sintetiza muy condensa- damente lo que hemos venido tratando de aclarar: si descri­ bo o trato de explicar la forma lógica usando proposiciones fácticas, la descripción debe poder ser correcta o falsa y en­ tonces ella debe representarla “desde fuera”, es decir, sin po­ seer dicha forma lógica. Pero al no poseerla la descripción carece de sentido, no puede representar ni describir nada, no puede ser justa o incorrecta. La imposibilidad de dar una ex­ plicación absolutamente completa, en un lenguaje fáctico, de los requerimientos lógicos para que una proposición tenga sentido, comporta una imposibilidad de dar cuenta de mane ra completa, en tal lenguaje, de la noción de verdad como correspondencia. El que una proposición sea verdadera de­ pende de su concordancia con la realidad a la que represen-

ta. La verdad, en general, depende de la manera como están relacionados lenguaje y realidad. Pero no hay un punto de vista exterior y privilegiado que permita pensar y describir esta relación, por así decirlo, “desde fuera”. Al pensar, expli­ car, describir estamos necesariamente inmersos en el lengua­ je, o en algún lenguaje, y todo lo que digamos en él tiene que

cumplir ya sus, en últimas, inexpresables e injustificables condiciones de sentido y verdad. Como no podemos salimos de uno de los extremos de la relación de isomorfismo en que se fundan el sentido y la verdad, no podemos ver desde un pretendido punto de vista exterior y privilegiado los extre­ mos, para explicar cómo están relacionados. Sólo podemos ver de la relación lo que de ella se nos muestra en una de las partes relacionadas, la del lenguaje y el pensamiento, y esto que se nos muestra de ella no podemos decirlo, ni dar razones o justificaciones de ello.

La concepción de verdad como correspondencia del Trac-

tatus se apoya sobre la concepción pictórica del sentido de las proposiciones. Sólo de una proposición con sentido se puede decir si es verdadera o falsa y sólo si una proposición figura una situación posible en la realidad, se puede compa­ rar el sentido de la proposición con los hechos para determi­ nar su valor de verdad, es decir, para determinar si el sentido de la proposición está de acuerdo con los hechos. Pero, ¿en qué consiste propiamente esta concordancia? ¿En qué con­ siste la comparación entre la proposición (o su sentido) y la realidad que permitiría establecer la verdad o falsedad de la primera? ¿Y cómo podría justificarse o fundamentarse la idea de que la verdad consiste en tal concordancia? Rcspcc ln a estos interrogantes y a la posibilidad de resolverlos sr jnr sentan dificultades anáJogas a las que encontramos ;il <lis< n

tir la cuestión de cómo explicar las condiciones de sentido de una proposición. No debemos esperar, entonces, que se pueda dar una solución última y completa a estas preguntas.

Con argumentos similares a los que muestran la inefabi­ lidad de los presupuestos lógicos del sentido, tratemos de mostrar ahora la injustificabilidad de la teoría de verdad co­ mo correspondencia y la inefabilidad de esta noción. Volva­ mos a la sencilla proposición p (que ya nos causó no pocas dificultades) y supongamos que ella es verdadera, esto es, que corresponde a un hecho. Supongamos también que un nuevo personaje (éste no sufre de incompetencia lingüística pero es un escéptico irredimible) nos pide una justificación de la verdad de p. Le decimos simplemente, esperando con ello resolver la cuestión, esta vez en pocos segundos y sin mayo­ res esfuerzos, que es evidente que la proposición p está de acuerdo con los hechos. El escéptico no queda, sin embar­ go, muy satisfecho y nos pide que expliquemos y justifique­ mos esta relación de concordancia o correspondencia entre p y los hechos a la que, según él, hemos recurrido como si fuera algo completamente sobreentendido (y ya anticipamos al oír esta exigencia nuevos dolores de cabeza). Si quisiéra­ mos describir esta concordancia entre p y el hecho represen­ tado por p usando otras proposiciones fácticas, estaríamos asumiendo que dicha concordancia es un nuevo hecho, en cierto sentido de segundo orden, en el que se conectan los elementos de la proposición con los del hecho figurado por ella. En otras palabras estaríamos asumiendo que hay una figura de segundo orden en la que la figura original p concuer­ da con el hecho. Y si expresáramos y afirmáramos la con­ cordancia entre p y lo figurado por p, entendida como un hecho de segundo orden, mediante una nueva proposición q,

que sería una figura de segundo orden, el escéptico no des­ perdiciaría la oportunidad de exigir ahora una justificación de la verdad de esta figura de segundo orden q. Se vislumbra ya la amenaza de una caída en una regresión infinita.

Para seguir la muy recomendable estrategia de atajar las regresiones infinitas desde el mismo comienzo, tendríamos que negar que la concordancia entre p y el hecho sea un nue­ vo hecho de segundo orden expresable en una nueva propo­ sición fáctica. La moraleja que habría que extraer, entonces, de nuestro fabulado encuentro con el escéptico es que la con­ cordancia entre una proposición verdadera y el hecho figurado por ella no es, ella misma, un nuevo hecho y, por consiguien­ te, no puede describirse en el lenguaje fáctico que Wittgen- stein delimita en el Tractatus. Así como la forma lógica, en cuanto condición de sentido, ya quedó confinada dentro de lo inefable, lo trascendental, la concordancia entre proposiciones y

hechos, que es la condición de verdad, también queda más allá de los límites que Wittgenstein trazji a lo decible. La concordancia entre p y el hecho, que constituyen la verdad de p, debe estar mos­ trada, exhibida cuando se hace la comparación entre p y la realidad; pero ella no puede decirse, describirse ni justificar­ se mediante otras proposiciones fácticas, ya que esto nos pre­ cipitaría en una regresión infinita. Nuevamente, como en el caso del sentido, los fundamentos o presupuestos lógicos mismos de la concepción de la verdad resultan ser inefables e injustificables. La pretendida verdad acerca de la verdad no podría ser demostrada, sino que tendría que asumirse. La plausibilidad de la teoría de correspondencia que Wittgens­ tein asume, reposa sobre el hecho de que ciertas cosas que no pueden decirse, ni explicarse, ni justificarse se mueslirn en las proposiciones del lenguaje y en sus comparación«**

con los hechos. Si, por ejemplo, alguien dijese “yo quiero saber cuáles son las condiciones que deben darse para que la proposición p sea verdadera, quiero que se me explique có­ mo compararla con los hechos y cuál es exactamente la rela­ ción de concordancia que debo buscar ver para establecer su verdad, si es que realmente la verdad consiste en una con­ cordancia con los hechos”, lo único que podríamos respon­ derle, si p es elemental, sería algo parecido a “lo que tiene que ocurrir es que p” y tal vez señalar, exhibir de algún mo­ do lo que no puede expresarse ni explicarse recurriendo a otras proposiciones: la correspondencia entre la proposición y el hecho.

En este nivel muy básico de nuestra exposición de la con­ cepción pictórica del sentido y de la noción de verdad como correspondencia en el Tractatus nos chocamos con el infran­ queable límite de lo decible, nos topamos con lo inefable y quedamos condenados al silencio. Silencio que tendremos que romper en el siguiente capítulo para examinar las críti­ cas que formula el propio Wittgenstein a sus concepciones del Tractatus. Estas críticas deben poder conducirnos a nue­ vas perspectivas que nos permitan volver a decir algo positi­ vo sobre el significado y la verdad.

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