i
Verdad
sin fundamentos
P R E M IO S N A C IO N A L E S D E C U L T U R A
Raúl Meléndez Acuña
Verdad sin fundamentos
Una indagación acerca dei concepto de verdad a la luz de la filosofìa de Wittgenstein
Re p ú b l i c a d e Co l o m b i a
Presidente de la República
Ernesto Samper Pizano
Mi n i s t e r i o d e Cu l t u r a
Ministro de Cultura
Ramiro Osorio Fonseca
Viceministro de Cultura
Miguel Durán Guzmán
Secretaria General de Cultura
Pilar Ordóñez Méndez
Coordinadora de los Premios Nacionales de Cultura
Miriam Vergara
©
Raúl Melendez Acuña
Ministerio de Cultura
Primera edición: abril de
1998ISBN ,9 5 8 -8 0 5 2 - 1 1 - 4
Todos los derechos reservados.
Prohibida su reproducción total o parcial
por cualquier medio sin permiso del editor.
Diseño de cubierta:
Hugo Avila Leal
Fotografía de cubierta:
Hideki Kuuiajima / Photonica
Edición, diseño y armada electrónica:
De Narváez
e’Jursich
Impresión y encuadernación:
Panamericana Formas e Impresos S^4.
A mi papá y a mi mamá
Desde los comienzos de la reflexión filosófica, la teoría del cono cimiento en general y el problema de la verdad en particular, han predominado en forma tal que para muchos la filosofía se identifica casi exclusivamente con la epistemología. Durante los siglos diecisiete y dieciocho, la prioridad concedida a esta línea de investigación en los sistemas de pensamiento llega al punto de desplanar otros intereses filosóficos o, al menos, subordinarlos a esta preocupación central.
Si bien ahora, cuando nos aproximamos a l fin a l de este mi lenio, el panorama parece haberse modificado sustancialmente, el problema de la verdad, sus criterios y fundamentos, se ha preservado como núcleo esencial de buena parte de las indagaciones filosóficas, especialmente de aquellas que giran en torno a la lógica y a l a cien cia. Cuando no se trata del tema que se desea desarrollar, este con junto de problemas mantiene, sin embargo, lo que podríamos llamar una prioridad negativa, en la medida en que se constituye como ob jeto primordial de la crítica o como aquello en contra de lo cual se
elaboran nuevas propuestas teóricas.
Los esfuerzos por desalojar la epistemología de su lugar privilegia do han llevado, en muchas ocasiones, a suscribir diferentes variantes del irraáonalismo. En efecto, para algunos autores, la solucióncotiam
tiría en abandonar el discurso racional y las herramientas argumni tativasy sustituirlos por la intuición y el sentimiento. Otros nmsidtrun
que es preciso orientar el quehacer filosófico hacia otros ámbitos y dar prioridad a la estética o a la ética.
En el libro que el Ministerio de Cultura ha seleccionado, acer tadamente, como el mejor trabajo presentado en filosofía para el año de 1997, Raúl Meléndez trata precisamente el problema de la ver dad. E l autor elegido para la indagación sobre estas cuestiones, Wittgenstein, resulta de especial interés en este caso. En su primer (y único) libro publicado, Tractatus Logico-Philosophicus, Witt
genstein adopta una teoría de la verdad como correspondencia que podría insertarse sin dificultad dentro de las posiciones filosóficas clásicas, y que parece constituirse en una variante, si bien original y enigmática, de las tesis adelantadas por Russell y Frege. A la presen tación de la teoría especular del lenguaje, tal como se presenta en el
Tractatus, está dedicado el primer capítulo de este libro. Allí se expo
nen, de una manera especialmente clara y concisa, los aspectos esen ciales de la primera teoría wittgensteiniana: los presupuestos ontológicos del atomismo, la teoría figurativa del lenguaje y la distinción entre decir y mostrar. E l propósito de este capítulo parece ser el de identifi car aquellos rasgos peculiares que distinguen esta posición de otras tesis análogas acerca de la verdad como correspondencia. Si bien es evidente, como lo señala Meléndez en varias ocasiones, la deuda que
a este respecto tiene Wittgenstein con Russell, resulta claro también que, en lo referente a consideraciones epistemológicas más generales, Wittgenstein es más fiel a Frege que a Russell. E l Tractatus, de ma
nera paradigmática, aplica la idea fregeana de que el problema del conocimiento se resuelve en sus componentes lógicos y ontológicos; de lo demás, en sentido estricto, puede prescindirse, por pertenecer más bien a investigaciones de carácter psicológico.
L a segunda parte del libro se ocupa de determinar qué tipo de teoría de la verdad podría corresponder a los escritos del llamado se gundo Wittgenstein, esto es, a aquellos textos posteriores a l
Trac-liilm en los que modifica radicalmente sus posiciones iniciales. Para
una mejor comprensión del problema, Meléndez toma como punto de partida la ruptura que el propio Wittgenstein establece con su pen samiento anterior. Considera luego una serie de interpretaciones posibles de la verdad en la segunda etapa de la reflexión wittgensteiniana, tentrándose en la relación entre lenguaje y realidad que se desprende de su obra posterior.
El último capítulo merece especial atención. En primer lugar, porque el carácter asistemático de los escritos correspondientes al se gundo período de Wittgenstein presenta una serie de dificultades es peciales para quien intenta delimitar con claridad sus ideas respecto a un tema determinado. En segundo lugar, porque se aprecia un ma yor distanciamiento respecto a los textos, que permite a Meléndez in troducir y analizar alternativas teóricas que enriquecen la discusión de las posiciones de Wittgenstein. En virtud de la perspectiva adopta da - la relación entre lenguaje y realidad- se establece una unidad temática con el primer capítulo que comunica una gran coherencia a la argumentación. A la vez, sin embargo, se pone en evidencia la enor me distancia teórica que media entre los primeros y los últimos escri tos del autor estudiado: mientras que el Tractatus permanece atado
a los métodos del análisis lógico, en textos como Sobre la certeza,
donde se recogen algunas de sus últimas reflexiones, Wittgenstein propone una concepción por completo diferente del quehacer filosófico que hace posible formular de una manera inédita el problema de la verdad y muchos otros de los problemas clásicos de la filosofía. En lo que concierne a la verdad', se evita simultáneamente el irracionalismo y el primado de la razón; las estrategias conceptuales que le permiten a Wittgenstein lograr este equilibro conforman parte sustancial de este último capítulo.
Dada la complejidad de los problemas de que se ocupa y las pe culiares dificultades que ofrecen al lector los textos de Wittgenstein,
sorprende la claridad y sencillez con que son presentados. Sin aban donar un punto de vista analítico y argumentativo, Meléndez consi gue despertar un auténtico interés por los temas tratados. Su ingenio e imaginación para ilustrar los puntos pertinentes, acompañado de un estilo directo y sobrio, contribuyen a una lectura a la vez amena y agradable.
Aun cuando quizás se pueda echar de menos una actitud más crítica frente a los planteamientos de Wittgenstein y una elaboración más detallada de la relación entre el problema de la verdad y el aná lisis que ofrece del conocimiento científico, en especial del matemático, que ofrece también dicho autor, la multiplicidad de aspectos invo lucrados hubiera exigido una extensión mucho mayor y le habría restado unidad a l texto.
Para quienes hemos dedicado a la enseñanza de la filosofía va rios años de la vida, es motivo de orgullo constatar, en trabajos co mo el que aparece a continuación, el nivel académico alcanzado. El adecuado manejo de las herramientas conceptuales, inscrito dentro de una acertada visión de conjunto del tema en general, hace de este li bro un verdadero aporte a la reducida comunidad de quienes nos dedicamos a las actividades intelectuales. Satisfactorio también es constatar que ha sido objeto de merecido reconocimiento y que de se guro conseguirá interesar a otras personas en estos problemas.
Agradecimientos
A mi familia, a la Tripita, a Oriana y a mis amigos, sin cuyo amor y afecto no podría emprender nada; ellos son co mo mis fundamentos (pues si la verdad no necesita de funda mentos, yo sí).
Al profesorjaime Ramos por haber despertado en sus muy enriquecedoras clases mi interés por la filosofía de Wittgens- tein y por la valiosísima ayuda que me dio como director de esta tesis.
A Magdalena Holguín, quien me ayudó muchas veces, de la manera más paciente y amable, a buscar la salida de la botella cazamoscas dentro de la cual yo quedaba frecuente mente atrapado en mis torpes intentos por interpretar el pen samiento de Wittgenstein, que ella conoce tan profundamen te.
A los profesores, compañeros y alumnos que me han a- compañadado en mis primeros pasos en el estudio de la filo sofía.
¿Cuál es la verdad? ¿El río que fluye y pasa donde el barco y el barquero son también ondas del agua? ¿O este soñar del marino siempre con ribera y ancla?
Ab r e v i a t u r a s p a r a i.a s o b r a s d e W i t t g e n s t e i n c i t a d a s
(Ver la información bibliográfica completa al final, bajo el título “Bibliografía ”)
t b Tagebücher1 9 1 4 - 1 9 1 6
t l p Tractatus Logico-Philosophien pb Philosophische Bemerkungen
CAM Cuadernos azul y marrón
if Investigaciones filosóficas
o f m Observaciones sobre los fundamentos de la matemática
g f Gramática filosófica z Zettel
se Sobre la certeza
b p p Bemerkungen über die Philosophie der Psychologie
El trabajo en jilosojta es - como lo es también en gran parte el trabajo en la arquitectura-en gran medida el trabajo arquitectura-en uno mismo. En la propia comprensión. En la manera de ver las cosas. (Y en lo que uno exige de ellas).
Wittgenstein
Observaciones (1931)
t.n la denominada “filosofía tardía” de Wittgenstein el tema de la de verdad no ocupa el lugar central que ocupan otros temas, tales como la relación entre significado y uso, la aplicación de reglas, la gramática y su relación con lo real, la certeza, la con cepción de la filosofía como actividad descriptiva y terapéutica. Sin embargo, sus reflexiones filosóficas en tomo a estos otros temas son muy relevantes y ricas en consecuencias para el tema de la verdad. Esto nos ha motivado a plantear los interrogan tes principales que se abordarán en este trabajo y que tratare mos de resolver en su último capítulo: ¿Qué implicaciones tienen para el concepto de verdad los puntos de vista básicos que Wittgenstein desarrolla acerca de los temas arriba mencio nados? ¿Qué concepción de la verdad es compatible y está en consonancia con tales puntos de vista?
Nuestro propósito central es llevar a cabo una indagación acerca de la noción de verdad a la luz del pensamiento filosó fico tardío de Wittgenstein, la cual nos permita adoptar una
posición crítica frente a ciertas perspectivas desde las cuales se pretende construir una teoría o una explicación general de dicha noción, que la haga descansar sobre un pretendido fun damento último e inconmovible. A lo largo de este trabajo haremos reiterado énfasis en que nuestras aplicaciones del con cepto de verdad son relativas al contexto en que se realizan y no requieren de una fundamentación absoluta. No obstante, esto no tiene por qué conducimos a una postura escéptica. Los puntos de vista que defenderemos acerca de una noción de verdad sin fundamentos no deben ser ubicados en ninguno de los dos cuernos del falso y viejo dilema entre fundamentalis- mo epistemológico y escepticismo.
Si bien nos proponemos centrar nuestro interés en el pen samiento del Wittgenstein de los últimos años, hemos querido comenzar este trabajo con unas consideraciones preliminares acerca de la concepción de la verdad como correspondencia que se formula en el Tractatus Logico-Philosophicits. Para justifi car la inclusión de esta discusión preliminar sobre la noción de verdad en el Tractatus, recurramos a las palabras que escri bió el propio Wittgenstein en el prólogo de sus Investigaciones
filosóficas.
Hace cuatro años tuve ocasion de volver a leer mi primer libro [ Tractatus Logico-Philosophicus] y de explicar sus pensa mientos. Entonces me pareció de repente que debía publi car juntos esos viejos pensamientos y los nuevos: que éstos solo podían recibir su correcta iluminación con el contraste y sobre el trasfondo de mi viejo modo de pensar1.
Nos hemos tomado, pues, muy en serio estas palabras y |>or ello hemos querido exponer, en el primer capítulo, algu nos de las ideas fundamentales del Tractatus {las más estrecha mente vinculadas a la noción de verdad), con el fin de lograr luego una más clara comprensión de los nuevos puntos de vis ta de Wittgenstein, los cuales surgen en buena medida como reacción y crítica contra sus antiguas ideas.
Trataremos de mostrar cómo estas ideas fundamentales de su primer libro están influidas de manera determinante por cierta imagen de la relación entre lenguaje y realidad, a saber, la imagen del lenguaje como un gran espejo cuya función esen cial consiste en reflejar o representar lo real. De acuerdo con es ta imagen, la verdad de una proposición puede entenderse en términos de la relación de concordancia que ella debe guar dar con la realidad, más precisamente con los estados de co sas, que pretende reflejar o figurar. En este primer capítulo nuestros esfuerzos estarán encaminados principalmente a exa minar las concepciones básicas de Wittgenstein sobre las que se apoya la versión de la verdad como correspondencia que defiende en el Tractatus. la ontología atomista, la teoría pictó rica del significado y la postulación de un isomorfismo lógico entre lenguaje y realidad2.
2
Isom orfism o que, valga anticiparlo, no se puededescribir
en el lenguaje fáctico cuyos límites se trazan en elTractatus,
sino sólomos
trar.
A esta distinción entre decir y m ostrar W ittgenstein le atribuyó una gran im portancia: “The main point is the theory of what can be expressed[gesagt]
by props - i .e . by lan g u ag e- (and which com es to the sam e, what can be thought) and what ca.n n ot be exp ressed by props, but only shown(ge&tg¿)\
which, I believe is the cardinal problem of philosophy” (en una carta a Russell con fecha del 19 de agosto deLa primera parte del segundo capítulo estará dedicada a mostrar cómo Wittgenstein critica y abandona la imagen del lenguaje como espejo y los supuestos sobre los que había hecho descansar su versión de la verdad como correspondencia. Una de las razones que llevaría al abandono de esta imagen es que ella conduce a una caracterización demasiado unilateral del lenguaje, según la cual su función única y esencial sería reflejar lo real. En lugar de ceder a la tentación de buscar la función esencial del lenguaje que permita dar una explicación general, pero cuestionable, de lo verdadero como copia pictórica fiel de los hechos, Wittgenstein se esfuerza ahora por disipar las confu siones a las que lo condujo la perspectiva unilateral e ideali zante (el “prejuicio de pureza cristalina”, para emplear una expresión suya) que lo había tenido cautivo cuando escribió su primera obra. Con el fin de librarse de tal perspectiva y de las confusiones que engendró, Wittgenstein busca lograr una visión panorámica (Übersickt} de la diversidad de funciones que cum ple el lenguaje, de los variados usos que le damos a sus expre siones en diferentes contextos. En las dos partes restantes del segundo capítulo se examinará esta nueva perspectiva de Witt genstein sobre el lenguaje. Nuestro interés se enfocará en aclarar el papel central que juegan en ella las nociones de significado, uso y aplicación de reglas, ya que estas últimas resultan particu larmente pertinentes para nuestra ulterior discusión sobre el concepto de verdad (capítulo tres).
En la nueva perspectiva el lenguaje adquiere autonomía frente a lo real y ya no es simplemente un espejo que debe ajus tarse a la realidad para poder reflejarla bien. El sentido de las
1919, citada en R ay Monk,
Ludwig Wittgenstein: The Duty o f Genius
, Penguin Books, 1991, p. 164).proposiciones del lenguaje ya no se deriva de los estados de <osas que deben representar, sino que se funda en los usos sig nificativos que podamos darles en distintos contextos o “juegos di; lenguaje”. Para que las expresiones de un juego de lengua je tengan sentido ya no se requiere que copien o representen lo real, sino que su uso, regido por ciertas reglas gramaticales <impartidas, se haya establecido como una de las costumbres o de las prácticas que hacen parte de nuestra forma de vida. Wittgenstein llega incluso a afirmar que la gramática, entendi da en un sentido amplio como un sistema de reglas que rigen t'l uso significativo de las expresiones en un juego de lenguaje, “no tiene que rendir cuentas a ninguna realidad” (GF, X, §133, p. 184)3.
El rechazo de la idea de que las proposiciones derivan su sentido, su posibilidad de ser verdaderas o falsas, de una rea lidad independiente, en favor de la idea de que ellas adquie ren sentido en virtud de su uso regular y habitual en diferentes juegos de lenguaje, el cual está regido por reglas autónomas, debe implicar, por supuesto, el abandono de la concepción de la verdad como correspondencia del Tractatus. Con el lenguaje y la gramática, la verdad también debe adquirir cierta autono mía respecto de la realidad. Surge, entonces, el problema prin cipal de nuestro trabajo: indagar acerca de una nueva manera de entender el concepto de verdad que esté en consonancia con sus nuevos puntos de vista. El objetivo que se persigue en el tercer y último capítulo de la tesis es llevar a cabo esta in dagación, evitando dejarse seducir por los ideales teorizantes, 3 Esta es una de las afirmaciones más tajantes de Wittgenstein so bre la autonom ía de la gram ática, que discutiremos luego {parte I del capítulo tres) co n el-debido detenimiento.
M l
RAÚL MELÉNDEZ ACUÑA
unlversalizantes y fundamentadores (cabría llamarlos prejui cios) de los que Wittgenstein se esfuerza por liberarse en su pensamiento tardío.
Capítulo Uno
Verdad como correspondencia
en el
Tractatus
La lógica no es una doctrina, sino una imagen especular del mundo.
Wittgenstein
Tractatus Logico-Philosophicus
Introducción
En este primer capítulo nos proponemos poner el telón de fondo, en contraste con el cual las cuestiones centrales de este, trabajo se hacen más nítidamente visibles. Este telón de fondo está constituido por la concepción de verdad como correspon dencia defendida en el Tractatus Logico-Philosophicus y por los principales pilares en que ésta se apoya, a saber, la ontología atomista que se presenta en las primeras páginas de esta obra, la teoría pictórica del significado y el postulado de que hay una relación de isomorfismo lógico entre lenguaje y realidad.
En su Tractatus Wittgenstein defendió una concepción de la verdad como correspondencia {Übereinstimmung), la cual puede ser caracterizada de manera muy general y breve en las siguientes palabras: la verdad es un valor que atribuimos a una representación de lo real, y en particular a una propo sición, entendida ésta como un modelo o figura (Bild) de un estado de cosas, si ella está de acuerdo con la realidad. Si no se da esta correspondencia o concordancia entre la repn sm tación y la realidad, la representación es falsa. En pal;il»i;is
del propio Wittgenstein tenemos una formulación también muy concisa de esta concepción:
2.21 L a figura co n cu erd a con la realidad o no; es ju sta o equivocada, v erd ad era o falsa.
(...) 2 .2 2 2 E n el acuerdo o d esacuerdo de su sentido con la realidad, consiste su v erd ad o falsedad.
2 .2 2 3 P ara co n o ce r si la figura es verd ad era o falsa d e b em os co m p a ra rla con la realid ad 1.
Si bien estas escasas palabras apenas dan una idea dema siado vaga de la noción de verdad, partiendo de ellas pode mos tratar de desentrañar algunos supuestos básicos sobre los que se apoya. En primer lugar, para hablar de verdad como correspondencia en el sentido en el que lo hace Wittgenstein en el Tractatus, se requiere postular la existencia de una reali dad que sirva como instancia determinante, en relación o en comparación con la cual se pueda saber de una figura si es o no es verdadera. El carácter verdadero o falso de la figura no es algo que podamos atribuirle a ella, considerada en sí misma, sino que depende de la relación que ella guarde con esa realidad cuya existencia se postula.
Pero, al señalar la obviedad de que para poder hablar de verdad como correspondencia se debe asumir la existencia de aquello, la realidad, a lo que debe corresponder lo verdadero, todavía no se dice nada acerca de cómo debe ser tal realidad. En todo caso, el empleo del término ‘BiW para designar una figura o modelo que representa la realidad sugiere que esta última goza de una prioridad, que podría llamarse ontológica,
sobre lo que la representad Cuando se habla de una figura de algo podemos, por lo general, concebir la existencia del ‘algo’ sin su representación figurativa. La representación, en cambio, en cuanto representación de algo, deriva su sentido de su posibilidad de reflejar los rasgos característicos de lo representado, rasgos intrínsecos que ello poseería indepen dientemente de cómo se los represente. Si tal reflejo se ade cúa, en un sentido que habría que precisar, a lo real, se puede afirmar de él que es verdadero. Por eso, cuando se habla de que la corrección o verdad de la figura ha de establecerse mediante una comparación con la realidad figurada, es plau sible la interpretación según la cual tal comparación se hace con una instancia cuya existencia es objetiva, autónoma, in dependiente. Dicho en otras palabras, la posibilidad de que la realidad funcione como instancia última para determinar la verdad o falsedad de sus representaciones descansaría, según esta interpretación, no solamente en su existencia, sino tam bién en que ella posea, por sí y en sí misma, una forma, la cual debe estar reflejada de alguna manera en cualquier represen tación suya que pretenda ser verdadera. Las cuestiones de cómo es la realidad que se asume en la particular versión de la verdad como correspondencia que defiende Wittgenstein
1
Piénsese, por ejemplo, en el carácter derivado de la existencia de una copia o de un reflejo respecto de la existencia independiente del objeto u ‘original’ copiado o reflejado. El caso con creto de represen tación co m o copia o mimesis ha servido com o caso paradigmálk o para ilustrar la concepción de la verdad com o correspondencia .surgida en la filosofía clásica (ver: Alíen, Barry.Truth in Philosophy,
Hai v.ml University Press, Cambridge, Mass., 1995. Especialmente el <;i|iiinli> I “Classical Philosophy of Truth”).en el Tractatus y si en esta obra se asume una postura realista como la que acabamos de esbozar, las examinaremos poste riormente con más detenimiento.
Por lo pronto, señalemos otro supuesto básico que sub- yace a la concepción de la verdad del Tractatus. La idea de que lo verdadero constituye una representación correcta o adecuada de la realidad descansa, en esta obra, sobre una asunción, que Wittgenstein tildará, en su obra posterior, de unilateral: la función esencial del lenguaje, se asume, consiste en servir como instrumento para que nosotros nos formemos representaciones figurativas de la realidad, para construir con él una imagen del mundo. Usando una metáfora muy soco rrida: el lenguaje funciona como un gran espejo que nos sir ve esencialmente para reflejar en él lo real. Un reflejo fiel y exacto merece el honor de ser considerado verdadero. Y pa ra que sea posible que el lenguaje se use para reflejar, bien o mal, verdadera o falsamente, lo real, lenguaje y realidad de ben tener algo en común. Lo representado y su representación figurativa en el lenguaje deben tener algún tipo de similitud no necesariamente visual (como en el caso de un objeto y un dibujo o pintura del mismo) pero, por lo menos, estructural o formal; de no ser así no serían conmensurables, no sería realizable una comparación que permita establecer si la fi gura está en concordancia con la realidad que representa.
Estas consideraciones iniciales, basadas en una caracteri zación todavía muy general e imprecisa de la noción de ver dad del Tractatus, nos sugieren ya algunos interrogantes que nos pueden ir encaminando hacia un examen más completo y detallado de la apenas esbozada concepción de la noción de verdad del Tractatus y de los supuestos que subyacen a ella. Para realizar tal examen trataremos de dar respuesta a las
si-guíenles preguntas: ¿Cómo es la realidad a la que debe co i responder lo verdadero? ¿Qué supuestos ontológicos están u la base de la concepción de la verdad defendida en el Trac-
tatns? ¿Implica tal concepción un compromiso con una postu ra realista y, en caso afirmativo, cómo precisar esta postura? (parte I) ¿Qué hace posible que el lenguaje se use para cum plir la función de representar o reflejar la realidad? ¿Cómo ha de ser un lenguaje que pueda cumplir su función esencial de espejo? (parte II) ¿Cómo describir exactamente el isomor- fismo lógico entre lenguaje y realidad, sin el cual no sería po sible la correspondencia o concordancia que se exige entre lo verdadero y la realidad? ¿En qué consiste exactamente esa relación de concordancia? (parte III).
/. La antología ¿fc/Tractatus: Cómo es la realidad que reflejamos en
el espejo
En las primeras líneas del Tractatus Wittgenstein expone, de manera típicamente lacónica, las tesis básicas de su ontología: el mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas ( t l p
1.1); un hecho es la existencia de estados de cosas (TLP 2); un
estado de cosas1 es una combinación de objetos o cosas (TLP
2.01);
los objetos son simples(TLP 2.02),
son lo fijo, lo existente3 L a expresión alem ana que se traduce com o “estado de cosas” c-s “Sachverhalt1. A veces se la traduce también com o “hecho atóm ico”, pero esta traducción es problemática pues sugiere que todo Sachvn huli es un hecho. Hay, sin em bargo, Sachverhalte, es decir, combinanniu-N de cosas, que no son existentes, que, aunque son posibles, de ln‘( !i<> un se dan
y
no podrían llamarse, de acuerdo con TI.r'2.
Iicrliov(TLP
2.027), forman la sustancia del mundo {TLP 2.021) y le
dan a éste una forma fija
(TLP,2.023).
Esta abstracta descripción del mundo ganaría en concre ción y detalle si se precisara de alguna manera cuáles son los objetos que conforman los estados de cosas y constituyen “la sustancia del mundo”. ¿Son estos objetos simples datos de los sentidos (sense-data), como en la fenomenalista versión russe- lliana del atomismo lógico? ¿Son objetos físicos, quizá partí culas elementales de algún tipo, como las que podrían pos tularse en un atomismo materialista o fisicalista? ¿Son otra cla se de objetos?4.
La ontología del Tractatus tiene un carácter abstracto e in determinado, que no resulta simplemente del hecho de que Wittgenstein no estuviera en capacidad de precisar cómo son los objetos, por falta de información fáctica. Él no establece la existencia de los objetos simples empíricamente, sino por medio de un argumento a priori que, como veremos, muestra que ella es una condición necesaria para que el lenguaje pue da cumplir su función representacional, para que en él poda mos tener un reflejo puro, claro y bien determinado de lo real. Este carácter abstracto e indeterminado está estrechamen te vinculado con la tesis que afirma que los objetos son sim ples. Si se quisiera enunciar proposiciones que expresaran
+ Wittgenstein de hecho consideró, en sus cuadernos de notas de 11)14-1916, estas dos posibilidades, fenomenalista y fisicalista, de precisar la sustancia de su ontología atomista. Sin embargo, en la versión final mente publicada del
Tractatus
no quiso com prom eterse con ninguna de estas dos alternativas y se abstuvo de dar una respuesta con creta a la cuestión de qué tipo de cosas o entidades consideraba com o objetos simples.cierta información fáctica para detallar cómo es un objrln, con tales proposiciones sólo podríamos decir en qué estados de cosas aparece el objeto5. Es decir, se podría decir, usando el lenguaje fáctico, tal como se lo concibe en el Tractatus, cómo el objeto se combina con otros y esto podría, en principio, descubrirse mediante una laboriosa investigación empírica. Sin embargo, el objeto carece, por ser absolutamente simple, de una complejidad interna (no es combinación de otros ob jetos) que pueda expresarse en tal lenguaje y que permita ca racterizarlo o describirlo intrínsecamente, sin recurrir a los estados de cosas en los que, de hecho, aparezca:
2 .0 2 3 1 L a sustancia del m undo puede d eterm in ar sólo una form a y ninguna prop ied ad m aterial, pues éstas se p re sentan p rim ero en las proposiciones —están form adas prim e ro p or la configuración de los objetos.
2.0232
Sea dicho de paso: los objetos carecen de co lor1’-E1 carácter abstracto, incoloro de los objetos simples, que aquí expresa Wittgenstein de manera un tanto oscura, sería, pues, una consecuencia de su simplicidad, esto es, de su ca rencia absoluta de complejidad interna. La forma que pue dan poseer los simples tendría que estar determinada, como veremos más adelante, por las combinaciones en que pueda entrar con otros objetos simples e incoloros y no por algo que pueda atribuírseles considerándolos aisladamente.
■’ Esta afirmación se aclarará más adelante, cuando examinem os la concepción pictórica de las proposiciones, según la cual ellas son figii ras o modelos de estados de cosas.
La pregunta que surge en este punto es ¿cómo puede sa berse que hay objetos simples, sin que se pueda decir qué tipo de entidades son? Como hemos señalado, Wittgenstein no lle ga a su ontología a tomista recorriendo una vía empírica7, que le permita dotar a sus objetos simples de algún contenido fác- tico y despojarlos de ese carácter indeterminado y, en cierto sentido, trascendental. El argumento con el cual Wittgenstein justifica la existencia de los simples es un argumento a priori. Los objetos simples se requieren como una condición para que sea posible que lo real tenga una forma fija y para que las proposiciones de nuestro lenguaje puedan tener un sentido ab
solutamente determinado (exigencia que hace parte del legado fregeano) que refleje o modele los estados de cosas que con forman lo real. El argumento de Wittgenstein puede llamarse trascendental, en el sentido de que la existencia de los simples se deduce como una condición de posibilidad sin la cual el lenguaje no podría cumplir su función esencial de representar lo real. Podemos interpretar que Wittgenstein busca derivar nuestro conocimiento de la estructura básica de la realidad a partir de la estructura básica de su imagen en el espejo en el que la tenemos, de hecho, reflejada, es decir, del lenguaje que usamos efectivamente para representarla. Un supuesto clave en su argumento es, entonces, que nosotros nos formamos, en efecto, una representación, una imagen del mundo con
pro-7 Wittgenstein lleva a cabo en el
Tracíatus
una indagación de tipo lógico acerca de los límites de lo decible y de la relación entre lengua je y realidad, la cual no debe estar “contaminada” por lo empírico (en esta idea de la pureza de la lógica cabe reconocer uno de los varios pre juicios, heredados de Frege, que Wittgenstein abandonará posterior mente).posiciones que poseen un sentido total y precisamente de terminado. Una condición necesaria, a priori para que esto sea posible es que tales proposiciones sean analizables en térmi nos de proposiciones atómicas en las que se nombran objetos simples y que ya no pueden analizarse más. El argumento está resumido en las siguientes palabras:
2.02 El objeto es simple.
2.0201 Todo aserto sobre complejos puede descom ponerse en un aserto sobre sus partes constitutivas y en aque llas proposiciones que describen completamente el comple jo.
2.021 Los objetos forman la sustancia del mundo. Por eso no pueden ser compuestos.
2.0211 Si el mundo no tuviese ninguna sustancia, de pendería que una proposición tuviera sentido, de que otra proposición fuese verdadera.
2.0212 En este caso sería imposible trazar una figura
(BiUt) del mundo (verdadera o falsa)8.
El argumento tiene la estructura lógica de una reducción al absurdo: tiene que haber objetos simples, los cuales consti tuyen la sustancia del mundo, porque si no los hubiese, esto contradiría una afirmación que se tiene por verdadera, a sa ber, que es posible que nos formemos una representación fi gurativa del mundo, sea ésta verdadera o no. Esta afirmación resulta obvia si ya se ha adoptado desde un comienzo la ima gen del lenguaje como espejo, cuya función esencial es lina función representacional que permite que formemos en él
copias o reflejos de lo real. Las imágenes o figuras de los he chos que constituyen el mundo, están formadas en proposi ciones que deberían poseer un sentido determinado. Sólo si posee un sentido determinado, una proposición puede figurar un estado de cosas y reflejar la manera determinada como están combinados los objetos en él.
Lo que hay que aclarar ahora, para comprender cabal mente el argumento, es por qué si no hubiera objetos simples las proposiciones no podrían tener un sentido determinado y, entonces, no podrían cumplir la función figurativa que, se asu me, de hecho cumplen. Si no hubiera objetos simples todos los objetos a los que se haga referencia en una proposición tendrían que ser complejos. Pero, en virtud de 2.0201, una proposición sobre complejos es analizable en términos de proposiciones acerca de las partes de los complejos. En las
Investigaciones filosóficas Wittgenstein, con una intención críti ca, da un ejemplo que ayuda a aclarar cómo sería esta clase de análisis:
C uan d o digo: ‘Mi escob a está en el rin có n ’ - ¿es éste en realidad un en unciado sobre el palo y el cepillo de la e sco ba? (...) A sí pues, ¿quién dice que la escob a está en el rincón quiere realm en te decir: el palo está allí y tam bién el cepillo, y el palo está en cajad o en el cepillo?1'.
No nos interesa, por el momento, adentramos en las con sideraciones críticas acerca de este tipo de análisis, sino usar el ejemplo dado aquí para aclarar el papel de la afirmación 2.0201 en el argumento. Supongamos, pues, que el sentido de
la proposición “La escoba está en el rincón”, en la que se ha ce referencia al complejo ‘la escoba’, se explícita descoman niéndola en “El palo está en el rincón, el cepillo está en **1 rincón y el palo está encajado en el cepillo”. Puesto que el palo y el cepillo no son tampoco simples, el análisis puede continuarse conduciendo a proposiciones sobre las partes del palo y del cepillo. Se podría, por ejemplo, descomponer “el cepillo está en el rincón” en “las cerdas del cepillo están en el rincón, la cabeza del cepillo está en el rincón y las cerdas es tán adheridas a la cabeza”, que a su vez puede descompo nerse en... Es claro que si no hay objetos simples (ésta es la hipótesis que se quiere reducir al absurdo) este análisis podría, en principio, prolongarse indefinidamente. La explicitación del sentido de la proposición inicial nunca terminaría, se pre cipitaría en una regresión infinita y, entonces, el sentido per manecería indeterminado:
E l análisis de los signos debe llegar a un térm ino, pues si los signos exp resan algo en absoluto, el sentido debe perte-necerles de u n a m an era que es com p leta de una vez y p ara siem p re10.
¿Pero acaso la proposición inicial carece de un sentido determinado hasta que su análisis no se complete? ¿No se afe rra aquí Wittgenstein a una exigencia demasiado absoluta de determinación y pureza del sentido de una proposición? Eslo es lo que pondrá en cuestión Wittgenstein en su obra poste rior, pero no nos adelantemos. En el Tractatus él afirma:
10 PTLP 3,20102, citado en Anthony Kenny, Wittgenstein, IVngiiin Books, 1973, p. 80.
3.24 (...) Que un elemento preposicional designa un com
plejo puede verse por una indeterminación en la proposición
en la cual se encuentra. Nosotros sabemos que no está ya todo
determinado por esta proposición11.
El análisis que se requeriría para determinar completa mente el sentido de una proposición no puede terminar, en tonces, en proposiciones en las que todavía se haga referencia a complejos, sino en proposiciones elementales en las que sólo se designen simples (los cuales deben, pues, existir). Pero ¿cuál es exactamente la dificultad originada en tal referencia a complejos? Esta dificultad estaría relacionada con el proble ma de si el sentido de una proposición en la que aparece una expresión referencial o denotativa depende de la existencia de la cosa denotada por dicha expresión12.
En la proposición que hemos tomado como ejemplo apa rece la expresión referencial ‘mi escoba’ que designa un obje to complejo. ¿Es necesario que exista mi escoba para que la proposición tenga sentido? En caso afirmativo, sería necesario que las partes constitutivas de la escoba estuvieran combina das de manera que formen la escoba. Y, entonces, también sería necesario que la proposición que afirma que estas partes están relacionadas de esa manera fuese verdadera. El sentido de la proposición inicial dependería, pues, de que otra pro posición sea verdadera, tal como se afirma, condi
cionalmen-11 TLP, p. 55.
li A este problem a Russell le da una solución con su Teoría de las D escripciones, la cual llegó a ser un ejem plo, más aún un p a radigm a, en el que se m ostraba el papel que podía jugar el análisis lógico en la aclaración de problem as filosóficos.
le, en 2.0211. Pero para que la otra proposición sea verdadera debe tener también un sentido, lo cual dependería, otra vez, de que una nueva proposición sea verdadera, y así indefinida mente.
La exigencia de que las proposiciones, con las que nos formamos imágenes de los hechos que conforman el mundo, tengan un sentido determinado está estrechamente vinculada con la exigencia de que este sentido no dependa de nada que no esté completamente contenido en ellas mismas (así sea de una manera oculta que sólo se devele luego de un análisis lógico completo que termine cuando se descomponga la pro posición en sus partes últimas, simples, que ya no requieran de ulteriores análisis). En particular, el sentido de una propo sición no debe depender de la verdad de otras proposiciones no contenidas en su análisis, ya que esto conduciría a un regre-
ssus ad infinitum en la determinación de tal sentido. Además, la exigencia de que el sentido esté completamente determina do está también vinculada con la exigencia de que en la de terminación del mismo no intervengan cuestiones fácticas, contingentes. De no cumplirse esto último se tendría que estar a la espera de lo que acaezca en el mundo para poder estable cer si una proposición tiene o no sentido. Dada una proposi ción se debería poder determinar su sentido sin recurrir a los hechos; éste tendría que poder determinarse independiente mente de cualquier indagación empírica y, por ello, no debe ría depender de la verdad de ninguna proposición, la cual se fundaría en su concordancia con los hechos. La inexistencia de objetos simples implicaría, pues, consecuencias inacepta bles: el sentido de una proposición dependería de la contingen te existencia de objetos complejos. Para salvar esta dificultad se requiere que haya objetos simples cuya existencia, como ex
pilcaremos más adelante, no sea contingente, ni expresable en proposiciones fácticas. Sin tales objetos simples las pro posiciones sobre complejos carecerían de un sentido deter minado, el cual pueda explicitarse mediante un análisis lógico completo, y con ellas no nos podríamos formar una imagen de la realidad, como de hecho lo hacemos. La no existencia de los simples se reduciría a lo absurdo, ya que contradiría nues tro uso efectivo y cotidiano del lenguaje para representar lo real.
Hay, sin embargo, un punto problemático en la interpre tación que estamos proponiendo. La plausibilidad de lo afir mado en 2.0211 parecería descansar sobre el supuesto de que una proposición carece de sentido si contiene expresiones denotativas vacuas, esto es, si no existen los objetos sobre los cuales versa. Sin embargo, Wittgenstein rechaza explícita mente este supuesto (apoyándose en razones parecidas a las que sirven de apoyo a Russell para defender su teoría de las descripciones definidas). El análisis de una proposición acer ca de un complejo en proposiciones sobre sus partes muestra que lo que depende de la existencia del complejo es la ver dad de la proposición y no su sentido:
3.24 (...) El complejo sólo
puede
darse por descripción, y ésta será justa o errónea. La proposiciónen
la cual se ha bla de un complejo no será, si éste no existe, sin sentido, sino simplemente falsa13.El sentido de una proposición en la que se menciona un complejo puede explicitarse analizándola y traduciéndola a
otra en la que ya no se hace referencia al complejo14. De esta manera, el sentido de la proposición no analizada se indepen diza de la referencia al complejo y, por ende, se independiza de la existencia del mismo.
Encontramos en este difícil punto de nuestro análisis del argumento de Wittgenstein una aparente incoherencia: se afir maría, por una parte, que la existencia de un objeto comple jo es condición para que una proposición en la que se haga referencia a él tenga sentido y, por otra parte, que la existen cia del complejo es condición, no para que la proposición ten ga sentido, sino para que sea verdadera15. Para mostrar que aquí no hay realmente una incoherencia, hay que interpretar con mayor cuidado la afirmación 2.0211 (que ya habíamos citado antes): “Si el mundo no tuviese ninguna sustancia, de pendería que una proposición tuviera sentido, de que otra 14 W ittgenstein tom a aquí com o m odelo et tipo de análisis que desarrolla Russell en su teoría de las descripciones. H ay, em pero, un detalle en el que se diferencian el análisis russelliano y el análisis sugerido por él en 2.0 2 0 1: en éste últimd no se sustituye la referencia al com plejo por expresiones con cuantificadores, sino por proposi ciones en las que se nom bran las partes del complejo y se describe la m anera com o ellas lo constituyen (recordar el ejemplo de la escoba). Esta misma dificultad está expresada en la interpretación de Fogelin en los siguientes términos: luego de citar 3.24 él escribe “It thus seems that if there are no simples, then the
truth
-n o t themeaning-
of one pro position will always depend upan the truth of another. This perhaps is a bad enough result, but it is not the result Wittgenstein speaks about at 2.0211. In sum, I do not know how to make the argument in the 2.02s square with the statem ent at 3 .2 4 ” . (Fogelin, R obert J .Wittgenstein,
Routledge&
Kegan Paul, Boston, London and Henley, 1980, p. 13).proposición fuese verdadera”. La aparente incoherencia sur gió de suponer, demasiado apresuradamente, que la proposi ción que tiene que ser cierta para que una proposición sobre un objeto complejo tenga sentido, es la que afirma la existen cia del complejo. Pero esto no está dicho explícitamente en 2.0211. Con el fin de evitar la incoherencia y comprender me jor la argumentación wittgensteiniana en favor de los sim ples, examinaremos la posibilidad de que, suponiendo que ellos no existen, la proposición cuya verdad sería condición de sentido de una proposición sobre un complejo no sea la que afirma la existencia del mismo.
Tomemos ahora a manera de ejemplo {para no desgastar tanto a la escoba del rincón} la proposición “Pegaso está entre las nubes”. De acuerdo con el fragmento citado de 3.24, la inexistencia de Pegaso hace que esta proposición sea falsa, pe ro no que carezca de sentido. En efecto, la proposición puede analizarse de manera que la referencia al objeto complejo Pe gaso se elimine y se sustituya por una descripción de cómo deben estar dispuestas sus partes para que exista; quizá un análisis semejante a: “El cuerpo de caballo está entre las nu bes, las alas están entre las nubes y el cuerpo de caballo está unido a las alas ... (de tal y tal modo)”.
Entendemos bien el sentido de la proposición sobre Pe gaso, el cual no depende, entonces, de que la descripción “el cuerpo de caballo está unido a las alas ... (de tal y tal modo)”, que equivaldría a la afirmación de la existencia del complejo Pegaso, sea verdadera, pues de hecho no lo es. Pero su sen tido dependería, en conformidad con lo dicho en 2.0211, de la verdad de proposiciones distintas a la que afirma la existen cia de Pegaso (afirmando que sus partes están combinadas de cierto modo específico).
Veamos cuáles podrían ser tales proposiciones. Se puede argüir que la referencia a Pegaso dentro de la proposición es significativa aunque no exista Pegaso porque, si bien no es cierto que el cuerpo de caballo y las alas estén de hecho uni das de la manera que se requiere para que Pegaso exista, es por lo menos posible que estuviesen unidas así. La descrip ción “el cuerpo de caballo está unido a las alas (de tal y tal modo)” es falsa, Pegaso no existe, pero ella tiene sentido, en cuanto describe o representa un posible estado de cosas. Para que “Pegaso está entre las nubes” tenga sentido se debería requerir que la descripción “el cuerpo de caballo está unido a las alas (de tal y tal modo)” tenga sentido y no que tenga que ser verdadera. Pero el que esta descripción falsa tenga sentido, depende de que otras proposiciones sean verdaderas. Depen de de que haya un cuerpo de caballo y unas alas, así no estén unidas de la manera requerida. Y la existencia del cuerpo de caballo y de las alas se expresaría en proposiciones que afir man que sus partes (cabeza, cuello, extremidades, tronco, co la, etc., en un caso, y plumas, huesos, músculos, etc., en el otro) están dispuestas de cierta manera. Serían las proposicio nes sobre la contingente existencia de las partes de las partes de las partes de ... (aquí se podría o bien continuar indefinida mente o bien parar en un punto arbitrario en donde todavía se hace referencia a partes complejas, ya que estamos suponien do que no hay simples) y no la que afirma la existencia de Pegaso, las que deben ser verdaderas para que “Pegaso está entre las nubes” tenga sentido.
Si se acepta esta interpretación, entonces puede sostener se a la vez que si no hay objetos simples, el que cualquin proposición tenga sentido depende de que otras sean vrrdn deras (de que se den ciertos hechos que podrían d e ja r dr d.n
se) y, por otra parte, que una proposición sobre un complejo no necesariamente deja de tener sentido, si la proposición que afirma la existencia del complejo es falsa. La idea que nos guía en este intento de evitar la incoherencia es que una fantasía, por más extravagante e inverosímil que sea, podría expre sarse en proposiciones con sentido, si está construida, en úl timas, a partir de objetos existentes; así éstos no sean simples y así se combinen en estados de cosas que de hecho no se dan, pero que son posibles. Al suponer que no hay simples, la existencia de tales objetos se expresaría en proposiciones fácticas acerca de sus partes y de la manera en que se combi nan, siendo estas últimas las proposiciones de cuya verdad depende el sentido de la proposición inicial.
Veamos ahora como asumiendo la existencia de objetos simples se evita la indeterminación del sentido de las propo siciones sobre complejos, que resulta de su dependencia de cuestiones fácticas. Si hay objetos simples, el análisis de una proposición sobre un complejo puede, en principio, llevarse a cabo hasta su culminación completa, es decir, hasta que todas las proposiciones que se obtengan en éste análisis sean propo siciones elementales que contengan solamente combinaciones de nombres de simples y que, por ello, ya no se puedan ana lizar más. La cuestión que surge ahora es si el sentido de estas proposiciones elementales resultantes del análisis depende aún de la verdad de ciertas proposiciones que afirmen la exis tencia de los simples que se mencionan en las primeras. La existencia de tales simples ya no puede expresarse en otras proposiciones con sentido que los describan y que pudieran ser falsas (como podría ocurrir en los niveles anteriores del análisis donde aún hay referencia a complejos, cuya existen cia es contingente). Toda proposición con sentido sobre un
simple describe estados de cosas posibles en los que puede aparecer el simple. Se puede decir de un simple cómo se combina con otros. Pero no se puede afirmar su mera existen cia en una proposición con sentido, pues la mera existencia del simple no es expresable como un estado de cosas, no es una combinación de objetos y, por lo tanto, no se puede for mular en un lenguaje fáctíco como el del Tractatus, cuya posi bilidad de afirmar algo se agota totalmente en su posibilidad de representar posibles estados de cosas. Esto explicaría el si guíente pasaje de las Philosophische Bemerkungen en el que Witt- genstein echa una mirada retrospectiva sobre la concepción de los simples defendida en el Tractatus.
L o que yo u n a vez llam é ‘objetos’, lo sim ple, es sim ple m ente aquello a lo que p ued o referirm e sin tem er que qui zá no exista; esto es, aquello p ara lo cual no h ay existencia ni inexistencia, y esto quiere decir aquello de lo que p o d e m os hablar, sin im portar lo que sea el c a s o 1(1.
A diferencia de los complejos, los cuales, como ya hemos visto, pueden describirse en proposiciones fácticas que dicen cómo están dispuestas sus partes constitutivas y que pueden ser falsas, los simples no pueden describirse, pues carecen de complejidad interna, sino sólo nombrarse:
3.221 Sólo puedo
nombrar
los objetos. Los signos los representan. Yo solam ente puedo hablar de ellos; no puedo expresarlos.ie PB, 36, p. 72. En el Trac/aítaWittgenstein afirmaba: uI,;i sust.mi i,i es aquello que existe independientemente de lo que acaen'" (n .r, ’ n 1 |i
(...) 3.26 El nom bre no puede ser subsecuentem ente ana lizado p o r u na definición. Es un signo prim itivo17.
La existencia no contingente de los simples18, la cual no puede expresarse en un lenguaje fáctico, porque es indepen diente de lo que sea el caso, debe estar, en todo caso, mostra da y garantizada por el uso significativo de sus nombres. El nombre de un simple no es la mera abreviación de una des cripción, que no puede darse en el caso del simple. El signifi cado del nombre del simple se identifica con el objeto mismo que designa: “El nombre significa el objeto. El objeto es su significado.” ( t l p , 3.203). Y su uso significativo en el contexto
de las proposiciones elementales presupone, o mejor, mues tra (si bien no afirma) la subsistencia del objeto.
Es, pues, sólo gracias a que hay simples que el sentido de una proposición puede quedar completamente determinado, por un análisis que tiene que terminar, evitándose la regresión infinita que se insinúa amenazante en 2.0211, cuando las pro posiciones a las que conduce sean elementales, esto es, con tengan solamente nombres simples, los cuales ya no pueden descomponerse, ni definirse más. Con los nombres de los sim ples se logra hacer una referencia directa a los objetos, que ya no está mediada por descripciones contingentes de partes constitutivas, como en el caso de los complejos. Sólo gracias a la posibilidad de analizar una proposición completamente,
17 TLP, p. 55.
Aunque en lugar de decir que los simples existen necesaria m ente, tal vez sea más adecuado decir que están más allá de la exis lencia y la inexistencia. Esto está muy en consonancia con el carácter I roseen dental que ya les hem os atribuido antes.
hasta llegar al nivel de los nombres o signos simples, puede mostrarse cómo ella adquiere su contacto con la realidad v cómo su sentido puede ser finalmente determinado:
3 .2 3 El postulado de la posibilidad de los signos sim pies es el postulado de la determ inabilidad del sentido.
(...) 3 .2 5 H ay un análisis com pleto, y sólo uno, de la pro- ■ p osició n 19.
Con esto completamos nuestra reconstrucción del ar~ gumento trascendental de Wittgenstein, mediante el cual se busca establecer que los objetos simples constituyen una condición
de posibilidad de la función representacional de nuestro lenguaje y del hecho de que nos podemos formar con él una imagen del mundo. Tal imagen es construida con proposiciones que poseen un sen tido determinado. Este puede sacarse a la luz a través de un análisis único, unívoco y completo que culmina en propo siciones elementales, inanalizables, las cuales son concate naciones de nombres
(TLP, 4.22)
que refieren directamente a objetos simples.Una vez examinada la argumentación en favor de la exis tencia de los objetos simples, trataremos de mostrar ahora có
mo estos objetos que constituyen la sustancia del mundo le dan a éste una forma fija, independiente, que es la forma lógica a la que debe amoldarse nuestro lenguaje para poder reflejar lo real. ¿Cómo los abstractos, incoloros e indefinibles objetos sim ples del Tractatus pueden dar a lo real una forma fija?
Ya se había observado antes que los simples, dada su ca rencia de estructura interna, no tienen propiedades
materia-les, sino sólo forma, más precisamente: forma lógica. La for ma lógica de los simples está determinada por, más aun: es, su posibilidad de combinarse con otros simples y hacer parte de estados de cosas
(TLP, 2.0141}.
Esta posibilidad le es esencial al objeto(TLP, 2.011),
constituye su naturaleza(TLP, 2.0123),
éste no puede concebirse de manera totalmente aislada, sino únicamente dentro de un espacio de estados de cosas en los que puede aparecer(TLP, 2.012
ly2.013).
Quizá esto ayude a entender por qué, siendo los objetos la sustancia del mundo, los elementos básicos de la ontología del Tractatus, Wittgens- tein afirma, sin embargo, que el mundo no es la totalidad de los objetos, sino de los hechos y que la realidad o el espacio lógico está constituido por los estados de cosas. La primacía que da Wittgenstein a los hechos y a los estados de cosas so bre los objetos en su caracterización del mundo y de lo real, se debería a que los últimos no pueden pensarse aisladamen te, sino siendo parte de posibles estados de cosas. Paralela mente, en el lenguaje la unidad básica que posee sentido es la proposición, si bien en ella se conectan nombres de obje tos. El nombre se usa significativamente sólo en el contexto de una proposición [cfr.TLP, 3.3;
en este punto Wittgenstein coin cide con Frege). Lo que corresponde en el ámbito ontológico a las proposiciones como unidades significativas básicas del len guaje son los estados de cosas representados por ellas, los cua les se toman como los componentes básicos de la realidad.Aunque los estados de cosas constan, en último término, de objetos en conexiones específicas, los objetos pueden dar lugar a diversos mundos posibles distintos del actual, según sus posibilidades esenciales de conectarse entre si de mane ras distintas a como de hecho lo hacen. Los que caracterizan al mundo actual en el que de hecho estamos, y lo distinguen
de otros mundos posibles, son, pues, los hechos, los estados de cosas efectivamente existentes en los que actualmente apa recen los objetos y no los objetos mismos. Los objetos y sus formas lógicas, es decir, sus posibilidades de combinación con otros, determinan la forma del espacio lógico de posi bles estados de cosas (o realidad) en el que está inmerso el mundo de los hechos y en el que está inmerso también cual quier mundo posible. Fuera del espacio lógico delimitado por las posibilidades combinatorias de los objetos ya no hay na da que sea pensable, que se pueda expresar con sentido.
En la ontología del Tractatus se pueden hacer distinciones categoriales entre distintos tipos de objetos, según su forma lógica o naturaleza, esto es, según sus posibilidades intrínsecas de combinación con otros objetos. El espacio de estas posibi lidades caracteriza al objeto: conocerlo es conocer estas posi bilidades de conexión (TLP, 2 .0 1 2 3 } . Pero ¿cómo saber que
existen estas distinciones categoriales? ¿Cómo saber que no todos los objetos tienen las mismas posibilidades de combina ción con los demás objetos? ¿Por qué todos no comparten la misma forma lógica? Para responder a estas preguntas parece necesario acudir otra vez al gran espejo y ver cómo se refle jan en él las posibilidades de combinación de los objetos. En
nuestro lenguaje no todas las combinaciones de nombres son proposiciones con sentido. Hay restricciones gramaticales acerca de cómo combinar nombres para que se forme una proposición significativa. Estas restricciones gramaticales re flejarían restricciones sobre las posibles combinaciones en las que pueden aparecer los objetos nombrados. Las restric ciones gramaticales deben ajustarse, pues, a las naturalezas o formas lógicas esenciales de los objetos. Así, por ejemplo, l;i proposición “Platón fue maestro de Anaximandro” aunque
falsa, está gramaticalmente bien construida y representa una combinación lógicamente posible entre los objetos nombra dos. Pero “Platón fue maestro de la letra Y ” no parece ser significativa porque su construcción viola las restricciones dadas por las formas lógicas de los objetos mencionados, es decir, se pretende representar una combinación que queda por fuera del espacio lógico de combinaciones posibles de los objetos (se daría, en este caso, lo que cabe denominar “un error categorial”). Se podría objetar aquí que en nuestro ejem plo los objetos nombrados no son simples, pero, en todo ca so, cabe sospechar que en el nivel muy profundo y oculto de las proposiciones elementales rigen también restricciones gra maticales, que reflejan distinciones categoriales entre los simples. Las formas lógicas de los objetos determinan una red fija, absoluta de todos los estados de cosas posibles (TLP 2.0124 y 2.014). A esta red fija de todas las posibles combinaciones de objetos la llama Wittgenstein ‘espacio lógico’, o a veces tam bién ‘realidad’ (TLP, 2.06). En ella están contenidos los estados de cosas existentes, los hechos que constituyen el mundo (TLP,
1,13), y además los estados de cosas meramente posibles. Tan to el mundo como el lenguaje con el que nos formamos una imagen de él, deben ajustarse a esta forma lógica fija de la realidad, determinada, en últimas, por las formas lógicas de los objetos. Pero no sólo el mundo actual y no sólo nuestro lenguaje deben conformarse a esta forma fija, sino que tam bién deben hacerlo cualquier mundo posible y cualquier len guaje que pretenda reflejarlo:
2 .0 2 2 E s claro que p o r m uy diferente del real que se imagine un m undo debe ten er algo - una form a — en com ún con el m undo real.
2.023 Esta forma fija eslá constituida por los objetos.
(...) 2 .0 2 6 Sólo si hay objetos puede h ab er una form a fija del mundo^0.Si fabulamos un mundo posible cualquiera y queremos describir cómo es, debemos especificar qué hechos lo confor man y expresarlos. Estos hechos deben poder descomponer se, en últimas, en combinaciones posibles de objetos simples, las cuales, siendo posibles, forman parte de la red de com binaciones que constituyen el espacio lógico. Un mundo po sible, por extravagante que podamos fantasearlo, no puede contener combinaciones de los simples no permitidas por sus formas o esencias (pues ellas serían impensables e inexpre sables). La forma fija del espacio lógico, dada por las formas fijas y absolutas de los objetos simples, es lo común entre el mundo imaginario, por fantástico que sea, con el actual. Am bos serían variaciones construidas sobre una misma red de posibilidades lógicas.
Pero ¿por qué esta forma lógica subyacente a cualquier mundo y a cualquier lenguaje debe ser fija y absoluta? Porque los objetos que la determinan son fijos ( t l p , 2.027). Y ¿por
qué los objetos son fijos? Quizá debería darse, más bien, una misma respuesta a ambas preguntas. La fijeza de la forma de la realidad y la de la forma de los objetos pueden interpre tarse, ambas, como condiciones de posibilidad de nuestro len guaje, pues ¿cómo formar en nuestro lenguaje una imagen del mundo, si la forma de éste no es fija y determinada, sino variable y contingente? ¿No está, acaso, el carácter determi nado y fijo del sentido de las proposiciones, que Wittgenstein
exige en el Tractatus sin cuestionarlo, condicionado por y de rivado del carácter determinado y fijo de la realidad que ellas representan?
Esta fijeza de los objetos, su carácter a priori, absoluto, necesario y eterno, justifica el que se los identifique con la sustancia del mundo y, tal vez, aclara el sentido en el que Witt- genstein habla de sustancia. La sustancia se podría interpretar aquí (de manera muy tradicional) como la base que perma nece inmutable en todo cambio. Todo cambio es una varia ción en la manera como se combinan los objetos y, por ello, los objetos mismos, que no son combinaciones, no pueden cambiar
(TLP, 2.0271).
Una característica importante de la red de posibles esta dos de cosas, esto es, del espacio lógico o realidad, es que los estados de cosas atómicos que la conforman son indepen dientes, en el siguiente sentido:
2.061 L o s estados de cosas son independientes unos de otros.
2 .0 6 2 D e la existencia o no existencia de un estado de cosas, no se p uede con clu ir la existencia o no existencia de otro 21.
Como veremos posteriormente, esta independencia de los estados de cosas elementales juega un papel muy importante en la explicación que se da en el Tractatus de la noción de ne cesidad lógica. Por ahora señalemos que si no se asume esta independencia, entonces la forma lógica de la realidad no es taría determinada única y completamente por la forma
lógi-i u de los objetos, slógi-ino que estaría tamblógi-ién determlógi-inada par cialmente por conexiones necesarias no-lógicas entre hechos ulómicos. Estas conexiones necesarias implicarían, por un ludo, que ciertas combinaciones permitidas por la forma ló gica de los objetos tengan que excluirse si otras se dan y que dadas ciertas combinaciones posibles otras tengan que darse forzosamente. Habría pues determinaciones de parte de la forma lógica de la realidad que no dependerían solamente de la forma lógica de los objetos y habría, también, en el len guaje, entre las proposiciones elementales, conexiones ne cesarias no-lógicas, lo cual es rechazado explícitamente por Wittgenstein (ver
TLP, 6.37).
En esta primera parte del capítulo, buena parte de nues tros esfuerzos ha estado encaminada a mostrar cómo Wittgen stein deriva la estructura básica de la fealidad (la necesidad de que haya objetos atómicos y la manera como ellos determi nan a priori la forma del espacio lógico de posibilidades que contiene al mundo, a los hechos) de la estructura básica del lenguaje en el que la reflejamos. Sin embargo, esto no debe llevarnos a pensar que la estructura de la realidad la consti tuimos o la conformamos con nuestro lenguaje. Si bien sólo podemos conocer la realidad a través de nuestros medios de representación con los cuales nos formamos una imagen de ella, si bien sólo podemos describir cómo es la realidad usan do el lenguaje que tenemos (si nos salimos de este espejo y pretendemos observar la realidad directamente, tal como ella es en sí misma, ya no podremos ver nada), esto no impli ca que por ello le imprimamos a la realidad la estructura de nuestros medios de representación. Al contrario, estamos forzados a imprimirle a nuestro lenguaje, si queremos que funcione como un buen espejo, una forma que refleje la forma