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La expulsión de los jesuitas y el prestigio de la autoridad real

Suele asegurarse que el prestigio de la autoridad real en la monar- quía española había sufrido algunos embates, cuyas causas no es del todo fácil señalar, aun cuando puede hablarse en general del despresti- gio recaído sobre los monarcas del siglo XVII, la resistencia producida por la política de los borbones, los nuevos puntos de vista aportados por el racionalismo y las doctrinas jurídicas enseñadas por los jesuitas. En las colonias americanas parece haberse conservado mejor el res- peto por la persona del rey, por la misma lejanía y el mito que rodea a lo que no se conoce, como por haber sido inconcebible para los vasallos americanos otro tipo de gobierno. Además, el monarca estaba rodeado de una especie de tabú muy especial: la culpa de los desaciertos guber- nativos no le tocaba, recaía solamente en los ministros y colaboradores. De aquí que casi todas las manifestaciones tumultuarias de protesta se iniciasen al grito de «¡Viva el rey, muera el mal gobierno!».

No obstante, en algunas ocasiones, la crítica apuntó sus armas di- rectamente contra el rey.

80 Roland D. Hussey en su estudio «Traces of French Enlightenment in Colonial Hispanic America», ha hecho un recuento de los lectores de los filósofos fran- ceses. En Arthur P. Whitaker y otros, Latin America and the Enlightenment.

Uno de los hechos que más pudo afectar durante el siglo XVIII al prestigio de la monarquía, fue la expulsión de los jesuitas, ordenada por Carlos III en 1767. La Compañía de Jesús, por su férrea disciplina, la profundidad de su acción y la valía moral e intelectual de sus miem- bros, había alcanzado enorme influencia en todos los dominios espa- ñoles, conquistando, a la vez, el corazón de sus habitantes. Los gober- nadores, los magnates, la aristocracia criolla y las familias de abolen- go, buscaban entre los hijos de San Ignacio a sus consejeros y confeso- res; asistían a los oficios divinos en sus templos y hacían corridas de ayunos y penitencias en sus establecimientos; cuando extendían testa- mento dejaban fuertes legados a la orden o establecían censos a favor de ella. El servicio de Dios y el espíritu religioso de los hombres de la colonia, fuesen ricos o pobres, porque los jesuitas sabían ser humildes también, se identificaba con la Compañía.

Constituía así, aquella orden, uno de los fuertes lazos espirituales que unían a España con sus dominios y que los identificaban en fines religiosos y políticos estrechamente confundidos.

Al recibir el gobernador de Chile don Antonio de Guill y Gonzaga la real orden de expulsión, vio su corazón angustiado con los más contra- puestos sentimientos; pero los documentos recibidos no admitían vaci- laciones, disponiendo hasta la forma en que debía preocederse a la apre- hensión de los jesuitas y a la incautación de sus bienes. Todo debía efectuarse con el mayor sigilo, en un día determinado, antes que rom- piese el alba; las autoridades subalternas de todo el país debían recibir instrucciones reservadas para actuar en cada ciudad o punto donde hubiese algún convento, residencia o hacienda de la Compañía; las mi- licias y las tropas deberían estar sobre las armas para evitar tumultos o desórdenes que pudiesen estallar en la población.

El plan se efectuó con precisión mecánica, de modo que el pueblo vino a tener conocimiento del hecho cuando estuvo ya consumado. Al correr la noticia, las gentes pasaban de la incredulidad al asombro y luego a la consternación, sin acertar a explicarse una medida tan cruel. ¿Por qué el monarca descargaba inclemente su rigor en varones tan santos que eran modelo de sabiduría, humildad y moral?

Surgió entonces para los criollos un grave dilema que forzosamen- te debía perturbar sus sentimientos. Por un lado estaban la obediencia y respeto al monarca, a quien miraban como a un ser superior y del cual recibían beneficios y privilegios, y por otro lado, el cariño y la admiración por la Compañía de Jesús. Ambas fuerzas lucharon en el alma del criollo hasta que este, anonadado, tuvo que reconocer el

triunfo de la monarquía, pero a costa de pérdidas para el prestigio de la autoridad real. ¿Cuántos embates de esta índole habría podido re- sistir la monarquía?

Por primera vez, el criollo vio separados por antagonismos al Estado y la Iglesia, hasta entonces confundidos como un solo orga- nismo. Era aquel un presagio de la nueva época.

Como han dicho los historiadores, el rey de España al expulsar a los jesuitas perdió a los agentes que con mayor celo y éxito habrían podido defender posteriormente su soberanía en América.

Algunos autores han ido aún más lejos, señalando a los ex jesuitas un papel activo e importante en las maquinaciones que en Europa se realizaban contra el imperio español. El abate Juan Pablo Vizcardo, autor de la revolucionaria Carta a los españoles americanos, publica- da en francés en 1799, suele ser presentado como el más prominente de «los conspiradores de la disuelta Compañía; pero en vano busca- ríamos en Chile su influencia antes de 1810. Aun parece que en el Perú, su tierra natal, tampoco fue muy grande, al menos así lo ha dicho un historiador de aquel país, agregando que más bien se dejó sentir en el movimiento liberal del siglo XIX81».

Finalmente, el historiador jesuita Miguel Batllori, en un acabado estudio, ha demostrado la escasa participación de los miembros de la orden en la gestación de la Independencias82. Fuera de Viscardo y el chileno Juan José Godoy, no hay constancia de ningún otro que traba- jase en planes subversivos; aunque es de suponer que se perdiesen las huellas de algunos83.

81 Daniel Valcárcel, «Fidelismo y separatismo en el Perú», Revista de historia de

América, números 37-38, enero-diciembre de 1954, p. 143.

82 El abate Viscardo. Historia y mito de la intervención de los jesuitas en la

Independencia de Hispanoamérica.

83 Los trabajos de Godoy no han sido estudiados convenientemente. No es del caso hacerlo aquí, porque no ejerció la menor influencia en el movimiento chileno; pero cabe señalar que sus actividades fueron más decididas que las de Viscardo, que mientras insinuaba planes a la corte inglesa se ponía a los pies del monarca español como leal súbdito para pasar al Perú, donde disponía de una gruesa fortuna, y a la vez ofrecía emprender a su costa «dos proyectos muy útiles a la monarquía».

El padre Batllori en El abate Viscardo se ha planteado la duda de si Godoy conoció a Miranda, llegando a concluir que es poco probable. A nuestro jui- cio, tiene razón, pues Miranda en sus célebres Consejos dados a O’Higgins en

De todos los jesuitas expulsados de Chile, solamente cuatro regre- saron a su patria acogiéndose a la autorización real dada en 1798. Posiblemente llegaron a Chile en 1800. El más importante de ellos era Felipe Gómez de Vidaurre, de sesenta y dos años; pero no sabemos qué actividad le ocuparía entonces. Existe solamente la constancia de que en 1805 residía en Concepción y percibía allí la renta que le había asignado la corona84. Otro era Francisco Javier Caldera, de sesenta y un años, que, según parece, habría sido «preso o perseguido por sus ideas americanistas o revolucionarias», juntamente con otro jesuita chileno, Juan de Dios Manrique de Lara»85. En 1789, a raíz de la muerte de Carlos III y de la ascensión al trono de Carlos IV. Caldera había elevado en compañía de otros desterrados una solicitud para regresar a Chile, alegando su quebrantada salud, la necesidad de «res- pirar los aires nativos» y mostrándose arrepentido de haber seguido voluntariamente en 1767 la suerte de los miembros de la orden, en circunstancias que él como simple novicio pudo haberse quedado en su patria86. A su regreso, se estableció en Santiago; en 1808 lo encon- tramos como capellán de don Fernando Márquez de la Plata y con deseos de desempeñar igual cargo en el monasterio de las monjas Rosas, para lo cual movió sus influencias en el Cabildo Eclesiástico, logran- do sus propósitos; pero desencadenando a la vez en el seno del Cabil- do un escándalo que reagravó las divisiones que desde hacía tiempo se notaban en esa corporación. Las monjas, por su parte, protestaron en favor de un candidato elegido por ellas e interpusieron un recurso de

1798, le dice: «En mi larga conexión con Sud América, sois el único chileno que he tratado».

Nuevos datos ha aportado sobre Godoy el trabajo de Juan Draghi Lucero,

Fuente americana de la historia argentina, Mendoza, 1940, donde se incluyen

varias cartas del jesuita. La obra fundamental sigue siendo, sin embargo, la de José Toribio Medina, Un precursor chileno de la revolución de la Independen-

cia de América.

84 CHCH, tomo XIV, p. 17, Introducción de José Toribio Medina.

85 Furlong, Los jesuitas y la cultura rioplatense, citado por Batllori, El abate

Viscardo, p. 84.

Serias dudas nos merece la afirmación del padre Furlong, pues es casi imposi- ble que las autoridades españolas hubiesen dejado pasar a Chile y luego per- manecer en él a un personaje sospechoso.

fuerza ante la Audiencia, prosiguiendo el litigio durante mucho tiem- po87. No tenemos huellas posteriores de Caldera.

Los otros dos jesuitas que entraron al país fueron Juan José Gon- zález, que se estableció en Valparaíso, su pueblo natal, y uno de ape- llido Valdés, cuyas actuaciones desconocemos88.

Con los escasos datos que tenemos de los cuatro ex jesuitas, no es posible avanzar suposiciones. Hay que recordar solamente que eran hombres de cierta edad y no estarían muy dispuestos a ser lanzados nuevamente fuera del país por algún paso en falso.

Entre los motivos que el rey había tenido para extrañar a la orden, figuraba el planteamiento que antiguos tratadistas de ella habían for- mulado sobre el origen del poder, que sus miembros sostenían en el púlpito, el libro y la cátedra universitaria. El teólogo de la Compañía, Francisco Suárez, y otros, habían reactualizado en el siglo XVI la teo- ría escolástica de que la potestad soberana es transmitida por Dios al pueblo y este la otorga voluntariamente al rey, que debe gobernar de acuerdo con las leyes. Si el monarca transgredía esas leyes, se conver- tía en tirano y, según llegó a sostener en el siglo XVII el jesuita Juan de Mariana, la comunidad en defensa de sus derechos podía dar muerte al rey. Esta vieja concepción política fue combatida abiertamente por los Borbones y sus ministros, que en sus afanes absolutistas preten- dían que la potestad soberana la otorgaba Dios directamente al mo- narca, prescindiendo del pueblo.

El choque de ambas doctrinas se sostuvo a lo largo de todo el siglo

XVIII, defendida una por los jesuitas y sus discípulos y la otra por las autoridades reales y los adeptos del absolutismo borbónico.

En Santiago también hubo algunas escaramuzas de esa lucha, en un campo estrictamente intelectual y que tuvieron por escenario la casona de la Universidad de San Felipe.

El ambiente universitario, con su séquito de teólogos, juristas, doc- tores, licenciados, bachilleres, estudiantes, arguyentes y replicantes, todos inclinados por los estudios a la diatriba pedantesca, en que se barajaban textos, citas, teorías, réplicas y todo cuanto constituía la

87 Representación elevada por algunos canónigos del Cabildo Eclesiástico, San- tiago, 20 de enero de 1810. Biblioteca Nacional, Sala Medina, M. S., vol. 223, p. 10.

88 CHCH, tomo XIV, p. 19. Sobre el jesuita Valdés, ver Tocornal, Memoria sobre el

sabiduría de entonces, era el más a propósito para el estallido de ale- gatos doctrinarios. Obligados los alumnos, en la demostración de sus «conclusiones», a apurar el razonamiento y darle vuelta a las teorías, mientras los doctores echaban mano de todos sus conocimientos para objetar los planteamientos, era natural que inesperadamente salieran a relucir algunas doctrinas peligrosas que causaban asombro y que nadie hubiese deseado ver aparecer89.

Fuera de los tratados escritos por los jesuitas, se había creado en 1760 en la Universidad una cátedra «de la doctrina del eximio doctor don Francisco Suárez», que se dictó durante siete años, hasta la expul- sión de la orden en 1767. Al año siguiente llegó, además, la real cédula que dispuso que en todos los reinos se extinguiesen las cátedras de la «escuela llamada jesuítica» y que no se usasen sus autores para la ense- ñanza90. A mayor abundamiento, se recibió otra real cédula que reco- mendaba la circulación de «la obra que imprimió fray Luis Vicente Mas de Casavalls, intitulada Incómoda probabilísima impugnando, entre otras, la doctrina del regicidio y tiranicidio. Y asimismo que los gradua- dos, catedráticos y maestros de las universidades hagan juramento al ingreso en sus oficios de hacer observar y enseñar la doctrina contenida en la sesión quince del Concilio General de Constanza, celebrado en el año de mil cuatrocientos y quince; y que, en consecuencia, no dirán ni enseñarán, ni aun con título de probabilidad, la del regicidio y tiranici- dio, contra las legítimas potestades91.

A pesar de las precauciones tomadas, posteriormente se suscitaron dos incidentes relativos a la autoridad monárquica, ambos bajo el gobierno del más celoso de los presidentes de Chile, don Ambrosio O’Higgins. El primero de ellos se produjo en 1780, en unas conclusio- nes, o sea, en ciertas discusiones públicas acerca de una tesis para optar a un grado universitario. El tema que se discutía era, precisa- mente, el del origen divino de los reyes.

Realizábase el acto universitario dentro de la rutina escolar; pero resultó que el arguyente, que rechazaba el origen divino, puso dema- siado calor en su demostración y fue muy difícil contraatacar sus pun- tos, despertándose entre los asistentes el más vivo interés, que agitó al

89 Sobre esto ha escrito, refiriéndose a Chuquisaca, Gabriel René Moreno, en sus Últimos días coloniales en el Alto Perú.

90 ]. T. Medina, Historia de la Real Universidad de San Felipe, tomo II, p. 123. 91 Obra citada, tomo I, p. 122.

somnolente claustro y luego salió a la calle para ir a repercutir en los corrillos de los salones.

La noticia tenía que penetrar al palacio del gobernador y provocar la reacción de don Ambrosio, que dirigió al rector una nota escrita en estilo terminante: «He advertido que en el público se habla de unas conclusiones defendidas en esa Universidad y que se ha hecho notable esta función por haberse disputado en ella la autoridad divina de los reyes, u ofendídose esta en alguna manera, o por demasiado ardor en los argumentos con que se impugnó su celestial origen, o por otras especies e incidentes que no se han animado hasta ahora a explicarme bien. Y debiendo yo tener un conocimiento exacto de lo acaecido para tomar sobre esta materia delicada las providencias que convengan ordeno a Ud. que sin dilación alguna me informe en el día qué indivi- duo ha sostenido la tesis de que se habla, con qué motivo y ocasión, quién la presidió, quiénes fueron los arguyentes, y qué especies han intervenido en su discusión capaces de causar el escándalo que se dice»92.

Las diligencias que pondría en práctica el rector y el resultado final del incidente no lo conocemos. Fuera de la nota del gobernador no existe al respecto ningún otro documento; aunque es de suponer que el arguyente sería obligado a desdecirse ante el claustro y las cosas no adquirirían mayor importancia. Al año siguiente, 1791, se produjo el segundo incidente que inquietó a O’Higgins, aun cuando no fue tan grave como el anterior, y se relacionó más bien con el derecho de patronato de los reyes.

Un sacerdote de la Merced al pronunciar en su iglesia el sermón de rutina, se salió de los cánones aceptados por la monarquía española «dando una extensión ilegal y abusiva a la autoridad de los Papas en perjuicio de la soberana e independiente de los reyes»93. La prédica del fraile motivó instantáneamente un decreto gubernativo para reco- ger el escrito de la tesis y un oficio al provincial de la Merced para que ordenase desautorizar en forma pública a su hermano de religión, lo que se efectuó escrupulosamente.

A los pocos días el gobernador recibió una noticia que debió ale- grar su corazón de buen súbdito. En la Universidad de San Felipe, un

92 Amunátegui, Los precursores, tomo I, p. 231.

93 Este hecho lo ha consignado Medina en su obra relativa a la Universidad de San Felipe, ya citada.

estudiante, Gabino Sierralta, se había hecho cargo de las afirmaciones del mercedario y en un acto público las había rebatido con gran aco- pio de citas y autores sagrados. Un nuevo decreto salió del palacio del gobernador, dirigido esta vez al rector de la Universidad; debía con- vocarse al claustro mayor para que llamado a su seno el estudiante Sierralta le fuesen dadas las más rendidas gracias por su celo en con- tradecir la tesis del fraile mercedario.

Tal como lo ordenaba el gobernador, se efectuó; citado especial- mente el claustro, se leyó el decreto de O’Higgins, y con satisfacción de todos los asistentes, el rector felicitó y dio las gracias al estudiante. En esta forma, creían las autoridades defender las prerrogativas de la corona; aunque quizás ni tenían para qué hacerlo, pues aquellos eran casos aislados y, como afirmaba Depons, a fines del período co- lonial: «Si por un evento extraordinario surgiera uno de esos raros genios que la naturaleza produce en época de combustiones políticas, que al espíritu de empresa uniera el talento, y la ambición al espíritu de empresa, sus esfuerzos desorganizadores abortarían a causa de la indiferencia del pueblo, del respeto religioso que mantiene para con sus leyes y magistrados, y especialmente del interés que liga a la auto- ridad real todos los colonos españoles, ya sea a causa de los cargos que disfrutan, o de las distinciones que esperan»94.