Don Benjamín Vicuña Mackenna en su Ostracismo del general D.
Bernardo O’Higgins ha trazado un verdadero cuadro interpretativo,
lleno de sabor chileno, sobre la vida colonial en vísperas de la inde- pendencia. El cuadro es extenso, pero aquí nos limitaremos a copiar algunos párrafos para dar una idea del concepto del autor:
«En una cama de pellones, con un burdo rebozo de bayeta echa- do a la cabeza, que le tapaba las sienes y la vista, el alma remojada en agua bendita y los labios húmedos de vaporoso chacolí, dormía Chile, joven y gigante, manso y gordo huaso, semibárbaro y beato, su siesta de colono, echado entre viñas y sandiales, el vientre repleto de trigo, para no sentir el hambre del trabajo, la almohada henchida de novenas y reliquias para no tener miedo al diablo y a los espíritus en su lóbrega noche de reposo. No había por toda la tierra una sola señal de vida, y sí sólo de hartura y pereza.
»Vivían entonces las gentes como en el paraíso musulmán, sólo de baratos deleites, sin codicia de lo ajeno, ni aun del cielo. Los campos estaban empapados de leche, las flores destilaban miel, los árboles llovían sus frutos sazonados al remecer sus troncos suculentos, y las anchas acequias de los riegos tenían por tacos el oloroso residuo de los naranjos y limoneros de las huertas, que soltaban sus pomos de oro y sus racimos de azahares al leve beso del ambiente, sin que hubie- ra manos que bastaran a cogerlos.
»Y así. Chile todo era un campo, un surco, una rústica faena, y el huaso era, en consecuencia, el señor, el tipo, el hijo predilecto de aquella tierra que repugnaba las ciudades, fundadas sólo a fuerza de decretos y pomposos privilegios.
»Tal era el país».
Siguiendo con la descripción de la sociedad colonial, anota el his- toriador: «La Pascua y el Carnaval eran sus solos días de gala y ale- gría, cuando se experimentaba un deleite loco, un frenesí delirante por la chaya y la chacota. ¿Cuál fiesta entonces como un esquinazo
con cuerdas de carnero? ¿Cuál meteoro más digno de la astronomía criolla y colonial que el lampo y la cauda de los voladores en la callada noche? ¿Cuál orquesta como un repique general de todas las campanas, al perpetuo entrar y salir de las imágenes que van en procesión?
»Llamábase a aquellas costumbres patriarcales, y consistían en mudarse camisa de ocho en ocho días, en afeitarse cada mes, oír misa todos los días, asistir a todas las novenas, dormir la siesta y casarse, porque el matrimonio era también una costumbre patriarcal.
»¿Y el pueblo? El pueblo era un individuo que se vestía de jerga y de tocuyo. Llamábanle por esto roto, y a la comunidad del pueblo llamáronla en consecuencia rotería, y como tal vivía el pueblo colo- nial la descansada vida de la inercia, harto de los abundosos bienes de la madre tierra. El tiempo era sólo para la muchedumbre un cielo de vegetación y crecimiento que se abría con el alumbramiento de la madre y concluía en la pala del sepulturero. El hombre moral que vivía bajo el poncho, era la nada; el estómago era todo; y por esto el colono proletario contaba los años y medía la diversidad de las estaciones sin otro barómetro que la mudanza de su fácil alimento. Así, el invierno era sólo el zapallo asado, y el verano los sandiales. No había otro trabajo que la aguja y la tijera de los gremios. La industria no pasaba más allá de las esteras y capachos, y el mayor de los inventos naciona- les era el de los frenos de Peñaflor o los herrajes plateados de Coquim- bo, pues era fuerza que la civilización del hombre de a caballo debiera comenzar por la montura. Su religión eran sus temores de las llamas del infierno, y su virtud la índole de la naturaleza, sin mejora ni extra- vío, porque el roto era, por fortuna, una casta generosa, incapaz de desenfrenarse por los vicios. Una pasión solamente encontraba en su alma raíces hondas y ardientes, como el fuego del averno que temían, y ésta era el fanatismo religioso y las supersticiones de los hábitos caseros, que le hacía vivir en atroz comunidad con las ánimas, los brujos y demonios. Tenían en consecuencia, en la corte celestial sus defensores y patronas y sus hermandades y cofradías en la tierra. El pueblo era entonces tan pechoño como es hoy; y si hubiera visto im- pasible destruirse una nación por un derecho o una conquista, no ha- bría quedado dentro de su vaina un solo cuchillo chileno si fuera en defensa de una espina de la corona del Señor de Mayo, que sujeta los temblores, o para recobrar una perla del rosario de la Virgen de An- dacollo, que sana de los reumas y chavalongos.
»Tal era el pueblo colonial».
Vicuña Mackenna, pero ellas reflejan un ambiente adormecido en comparación con épocas posteriores de mayor turbulencia. El mismo autor que citábamos anteriormente, Madariaga, ha sustentado con- ceptos análogos extensivos a toda América: «Sean cualesquiera los errores del régimen español, nada hay más cierto que la riqueza, la prosperidad y el general contento con que vivían entonces la mayoría de los habitantes de las Indias; y que aquellos reinos, hasta la víspera misma de su emancipación, sostuvieron un nivel de vida que no han conocido desde entonces acá. Pese a lo que con frecuencia se ha dicho, fue esta prosperidad muy extensa, tanto en territorio como en profun- didad social, penetrando hasta las provincias lejanas de las cortes res- pectivas y hasta las clases y castas más modestas»8.
En las citas que hemos hecho, tanto de Vicuña Mackenna como de Madariaga, hay el sabor de una época tranquila y plácida, en contrapo- sición con la idea un tanto sombría que suele tenerse corrientemente.
En Chile, la imagen que se tiene del período colonial, es la de un período oscuro, atormentado por las correrías de los piratas y los frecuentes terremotos y agobiado por la tenacidad de la guerra del sur que habría dado carácter a la época y a la raza. Tales elementos, si bien pueden aplicarse a los siglos XVI y XVII, son menos evidentes para el
XVIII, en el que es notorio el efecto de una lenta evolución que ha lleva- do consigo una disminución de la rudeza de las primeras épocas.
Tanto la guerra de Arauco como las demás calamidades apenas si tienen significación en el siglo XVIII. Son más bien recuerdos que se desvanecen o páginas de crónicas olvidadas. Los nombres de grandes capitanes como Alonso de Sotomayor, Bernal de Mercado, Alonso de Rivera, García Ramón, Álvaro Núñez de Pineda, etc., adalides en las campañas contra los indios, no encuentran parangón en el último si- glo colonial. Las batallas campales, los asaltos y las griterías de los araucanos, pausadamente se han ido extinguiendo. Difícilmente que- da alguien que pueda narrar los desmanes de los piratas, el ensayo de la Guerra Defensiva o la cacería de indígenas para esclavos. Drake, Hawkins, Cordes o Sharpe son pesadillas de otrora. Al pasado perte- necen, igualmente, los escándalos de la Quintrala y los del goberna- dor Meneses, «El Barrabás», como asimismo muchas páginas oscuras de otros gobernadores.
El tiempo se había llevado esas cosas. Existía un nuevo ambiente, se vivía en paz.
La guerra de Arauco había perdido su intensidad y las amenazas de los corsarios ya no quitaban el sueño a nadie. En todo el siglo XVIII
no encontramos más que un alzamiento indígena que apenas puede compararse con los de antes, el de 1723, y sólo unos pocos corsarios que rondaron en la primera mitad de la centuria.
La mejor prueba de que la paz no era quebrantada es el estado de las fuerzas militares y de las defensas: las tropas de línea fluctuaban alrededor de mil hombres, las milicias por su falta de disciplina e ins- trucción sólo servían para solemnizar los actos públicos, el estado de los fuertes era deplorable, etc.
El testimonio que de esas condiciones militares del reino nos han dejado los viajeros, es concluyente. «Lo que se puede decir en general de las fuerzas de los españoles en este país –escribía Frezier hacia 1713– es que su milicia está compuesta por hombres muy dispersa- dos, nada aguerridos y mal armados… los españoles no tienen fortifi- caciones en sus tierras donde puedan estar en seguridad, a no ser que se refugien en las montañas, y contra las fuerzas de mar no tienen más que las de Valdivia y Valparaíso, una llena de gentes de presidio y la otra mal edificada y en mal estado. No tomo en cuenta el fuerte de Chacao en la isla de Chiloé, porque no merece ese nombre por su construcción ni por sus municiones»9.
Los cañones no están en mejor estado, allí se ven nueve de bronce de calibres irregulares, de 23 a 17 libras, es decir, de 24 a 18 de Espa- ña de los cuales cuatro están montados en pésimas cureñas; las piezas más grandes tienen 131/2 pies de largo, 71/2 pies desde la boca del ca- ñón a los muñones, y cinco pies nueve pulgadas de estos al botón; todas estas piezas tienen los oídos de tal modo desfogonados que se han visto obligados a meterles pedacitos de fierro. Son de la fundición de Lima y de los años 1618 y 1621»10. O sea, estaban en funciones desde hacía un siglo.
Esa era la situación en momentos en que el licenciado Juan Corral Calvo de la Torre, designado corregidor de Concepción, trataba de arreglar lo relativo al ramo militar. Él mismo escribiría luego: «ha- biendo hallado en miserable estado todo lo que miraba a la defensa de tal manera que en la planchada sólo se hallaba cabalgada y corriente una pieza de artillería y poco más de cincuenta bocas de fuego, ningu- na bala de arcabuz y mosquetes, y poco más de mil libras de pólvora;
9 Relación del viaje por el Mar del Sur, p. 81. 10 Ibid., p. 14.
a expensas de propios pasos y actividades mías conseguí reparar la sala de armas, que estaba por los suelos sirviendo de gallinero al tene- dor de bastimentos»11.
En Valparaíso, el puerto más cercano a la capital y base del comer- cio del trigo y el sebo, no andaban mejor las cosas. El mismo Frezier anotó que su fuerte «era de poca importancia, sea por estar mal cons- truido, sea porque la rada que defiende está vecina de otras ensenadas que tienen las mismas comodidades que esta»12.
No era más alentador el estado de las fortalezas de Valdivia hacia 1810, año en que don Juan Mackenna presentó a la Junta de Gobier- no un Plan de Defensa. Leamos en dicho documento: «Confesamos que esta fortaleza [la Cordillera de la Costa] no es inexpugnable, pero lo es mucho más que los fuertes construidos para la defensa del puer- to; estos, mirados desde el río, presentan un aspecto verdaderamente formidable, pero por la gola muchos están abiertos, y todos domina- dos con padrastros a tiro de pistola; de modo que si el enemigo desem- barcara 400 o 500 hombres detrás del fuerte de San Carlos o en la Playa del Inglés, que ofrece un fácil y seguro desembarco, y se dirigie- ra al puerto por las alturas, tomaría en detalle todos los fuertes, sin pérdida, por bien defendidos que fuesen». La toma de aquella plaza por Cochrane en 1820, con sólo 300 hombres, confirmó una a una las palabras del irlandés.
Siguiendo más adelante con sus consideraciones, Mackenna llega- ba a la conclusión de que para defender convenientemente a Valdivia se necesitaba doble cantidad de soldados que los que había en todo el reino y que en el estado que estaban las defensas, no podrían resistir a dos fragatas de guerra13.
Eso era lo que podía decirse de las obras de defensa. La pericia mili- tar era igual o peor a la calidad material de las fortalezas, siendo las fuerzas de línea casi inservibles. Fue necesaria la competencia y la acti- vidad incansable de don Ambrosio O’Higgins para lograr una organi- zación sólida de las fuerzas que defendían la frontera con los indígenas. El estado de la disciplina era deplorable. En la ciudad de Concep- ción hacia 1770 era casi imposible reducir a los soldados a la regla-
11 Carta del licenciado Juan Corral Calvo de la Torre, Santiago, 12 de diciembre de 1713. Biblioteca Nacional, Sala Medina, M S., vol. 192, p. 135.
12 Frezier, Relación del viaje, p. 66.
13 Colección de historiadores y documentos relativos a la Independencia de Chi-
mentación del servicio, que les resultaba demasiado duro en compa- ración con la vida que llevaban fuera del cuartel. Por razones de eco- nomía se había permitido a la tropa residir en la ciudad en sus propias casas, lo que había dado lugar a un relajamiento total. La mayoría de los soldados llevaba una vida licenciosa, en que los vicios eran más agradables que la guardia y los ejercicios militares; muchos convivían con mujerzuelas, que parecían abundar en la ciudad, y que los solici- taban con halagos14.
Como una manera de levantar el concepto de disciplina y de dar un ejemplo de preparación a las tropas del reino, se ideó traer de España un batallón para el servicio de la Frontera. Después de una larga nave- gación y una detención accidental en Montevideo, desembarcó en Tal- cahuano el batallón y fue puesto a las órdenes de las autoridades de Chile. No había transcurrido mucho tiempo del arribo de aquellas fuer- zas, cuando se notaron en ellas síntomas de descontento, y una noche inesperadamente, se alzaron en armas dando grandes gritos y exigiendo que se le pagasen los sueldos que se les debían desde su partida de la Península. Formadas tumultuariamente y secundadas por dos compa- ñías de caballería establecidas en la ciudad, con ruido de tambores y a banderas desplegadas se introdujeron en el Convento de San Francisco, dando siempre grandes voces y sembrando el pánico en la población, que quedaba expuesta a cualquier desmán de la soldadesca.
Se habían elegido los claustros franciscanos para exigir desde allí las cantidades que se les adeudaban y tener a la vez la protección del lugar sagrado: temían una represalia.
Fue necesario que el gobernador don Francisco Javier Morales, que se encontraba en la ciudad, se apersonase a los insurrectos y que mediasen los buenos oficios del obispo para que los soldados depusie- sen su actitud y abandonasen al día siguiente el convento, con la segu- ridad de que rápidamente se les cancelarían sus sueldos.
El tumulto no pasó más allá; pero el gobernador comprendió cla- ramente el golpe que había recibido la disciplina como consecuencia del mismo ambiente de relajamiento que existía en el ejército del reino, y al dar cuenta al virrey de Lima y al ministro Arriaga, señaló como causa del motín el atraso en los pagos y el contagio que las tropas recién llegadas habían sufrido al contacto con las del país.
14 Carta del presidente Francisco Javier Morales al ministro Arriagada, Concepción, 13 de junio de 1770. Biblioteca Nacional, Sala Medina, M. S., vol. 177, p. 207.
No le quedó al gobernador más que disimular, ante la imposibili- dad de castigar a los culpables y callar el dolor que le causó el hecho en su orgullo de gobernante y de viejo militar15.
Eso había ocurrido en la principal plaza militar del país y entre fuerzas profesionales.
En materia de ignorancia en el manejo de las armas y de los ejer- cicios doctrinales, se llegó a veces a extremos ridículos, como suce- dió en 1772 al gobernador de Valparaíso don Juan Bautista Tobar, que había llegado allí con ánimo de reformista, según él mismo ha narrado: «Luego que tuve 24 o 30 hombres en el castillo, les entre- gué los fusiles y escopetas con piedras y pólvora y balas y les puse un mozo que vino de España en el navío de Martínez, para que les ense- ñe el ejercicio de las armas a la francesa y no hubo forma de apren- der porque alegaron tenían vergüenza de que los vieran hacer el ejer- cicio y tomé el temperamento de que no entrase forastero ni vecino del pueblo dentro del castillo cerrándole las puertas de él en cuanto los estaban enseñando, ni aun con todo eso se pudo conseguir el que supiesen poner el arma al hombro y esto asistiendo yo y diciéndoles cómo se había de manejar y no se pudo conseguir nada de ellos»16.
Parece que no muchos progresos se habían hecho al finalizar el siglo, pues don Tomás O’Higgins, sobrino del virrey don Ambrosio que debió inspeccionar las fuerzas militares de Chiloé, se sintió hala- gado porque los milicianos de Ancud sabían manejar las armas y ha- bían perdido el miedo de disparar con pólvora; pero en Castro tuvo que recomendar a sus oficiales que hicieran prácticas más a menudo para que los soldados «perdieran enteramente el miedo al fuego» e insi- nuó, de paso, que no estaría de más disparar al blanco «para que apren- dieran a dirigir y asegurar los tiros que hicieran», aunque gastasen munición de guerra, pues hasta entonces lo único que se había hecho allí era disparar a tontas y a locas, vale decir, a producir ruido17.
En las postrimerías de la época colonial, en 1806, la invasión de Buenos Aires por los ingleses hizo temer algún ataque a Chile y todo
15 Existen sobre este motín varias cartas de Morales. Biblioteca Nacional, Sala Medina, M. S., vols. 192 y 193.
16 Carta del gobernador de Valparaíso don Juan Bautista Tobar. Valparaíso, 8 de febrero de 1722. Biblioteca Nacional, Sala Medina, M. S., vol. 177, p. 207. 17 «Diario de viaje del capitán D. Tomás O’Higgins, de orden del virrey de Lima, el marqués de Osorno, 1796-1797», Revista Chilena de Historia y Geografía, número 101, julio-diciembre de 1942, p. 42.
el reino se sintió conmovido, produciéndose un renacer del espíritu militar. Se estimó probable tener que defender con las armas la inte- gridad de estos dominios y todos pensaron en organizar las fuerzas militares.
Los vecinos más encumbrados prometieron su apoyo, los jóvenes acudieron a tomar las armas y las autoridades trazaron sus planes. Entre estos, el más importante fue la formación de un campamento militar en las Lomas, cerca de Santiago, para la instrucción y discipli- na de las tropas veteranas y de las milicias de la capital. Quizás fue aquella la única vez que se hicieron ejercicios doctrinales y tácticos con seriedad, mostrándose la juventud ardorosa y decidida a ofrecer su sangre si llegaba la oportunidad de medirse con el enemigo. Se recordaban con arranques épicos las hazañas de los antiguos conquis- tadores y ya se veían con orgullo demostrando la valentía de los crio- llos chilenos18.
Los vecinos de Santiago y las damas acudían al improvisado cam- po de Marte a gozar del espectáculo y a animar a sus amigos, que como oficiales lucían brillantes uniformes. Aquello tuvo mucho de distracción y de función social; pero tampoco faltó un incidente curio- so que casi se convierte en catástrofe.
Cierto día que se esperaban unas tropas de caballería que debían atacar el campamento desde Santiago, el capitán general del reino,