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F E Adcock, en el vol V de la Cambridge Anaenl History (1927) p 478.

SÓCRATES Y LA ATENAS POSTSOCRÁTICA

12. F E Adcock, en el vol V de la Cambridge Anaenl History (1927) p 478.

sen en la ordenada gestion de los asuntos religiosos. Los pocos hombres que, de acuerdo con una no muy fidedigna tradición posterior, es fama fueron víctimas de tal ley eran, sin excepción, distinguidos intelectua­ les. Puede tratarse de un azar —esto es, que sólo se re­ cuerden los nombres de los más fam osos—; mas a mi juicio no se trata de eso. La historia posee en su tota­

lidad la apariencia de un ataque dirigido al sector de los intelectuales, en un tiempo en que una parte de ellos estaba cuestionando y, con frecuencia, desa­ fiando creencias profundamente enraizadas, en los campos de la religión, la ética y la política —y, por añadidura, en tiempos de guerra. Aristófanes se sumó a este ataque con una obra Las Nubes ; y el dramaturgo que contribuyó a ensanchar los limites de la libertad de expresión en un campo, ayudó de consuno a res­ tringir tal libertad en otras esferas.

Fue entonces cuando en aquella mañana del año 415 a. C., o sea, poco después de que la gran arm ada se hubiera hecho a la mar en dirección a Sicilia, cuando los atenienses se despertaron para saber que durante la noche los sagrados hermes habían sido mutilados en muchos de los barrios de la ciudad.15 Un hermes era un pilar pétreo, por lo general puli­ mentado excepto en la parte que representaba una cabeza esculpida y un falo erecto, dotado de una fun­ ción apotropaica, esto es, de defensor del mal. Los hermes eran numerosos, en las puertas de la ciudad, en las esquinas de las calles, enfrente de los edificios públicos y de las mansiones privadas. Qué sucedió

13. En cuanto sigue dejo a un lado el coetáneo escándalo que acom­ pañó la "profanación" de los cultos mistéricos de Dcmétcr, celebrados en Eleusis, que intensificó la reacción consiguiente a la mutilación de los her­ mes, pero sin añadirte ninguna otra dimensión.

exactamente en aquella noche del año 415 es algo que ahora permanece sepulto bajo el huracán de histeria colectiva y de persecuciones que desencadenaron aquellos hechos. Los actos habían sido planeados con excesivo cuidado y eran dem asiado parecidos a una conspiración com o para que se tratara de una simple brom a o de una común manifestación de vandalismo. Un grupo num eroso de gentes estaba creando delibe­ radamente un escándalo que había de servir a ulterio­ res finalidades y, en mi interpretación de la evidencia que ha llegado a nosotros, los organizadores proce­ dían de las tertulias comensales de las clases altas de Atenas, ayudados por sus parásitos y sus esclavos: cu­ rioso ejemplo del “ extremismo” del ciudadano adi­ nerado y culto sobre el que versamos en nuestro pri­ mer capítulo.

También puede inferirse, aunque no demostrarse, que su objetivo era el de impedir, o cuando menos dañar, la inmediata expedición a Sicilia. En cualquier caso, la víctima más prominente fue Alcibiades, a la sazón uno de los tres generales al m ando de la expe­ dición y uno de sus más fervorosos abogados, quien apenas había alcanzado la isla cuando se le conminó a regresar para comparecer ante el tribunal acusado de impiedad. Entre el pueblo el encono era, com o es comprensible, muy elevado: un sacrilegio de ese cali­ bre era extraño y sobrem anera peligroso. En tiempos de guerra las consecuencias para la ciudad podían traducirse en un desastre total, si a los dioses placía el vengarse con aquella crueldad de la que reconocida­ mente eran capaces. Así las cosas, se procedió a accio­ nes inmediatas: se llevaron a cabo pesquisas y se cele­ braron juicios en un ambiente de temor religioso teñido por el fervor patriótico. Muchos huyeron o

fueron condenados a muerte, confiscándoseles sus propiedades.14 Algunos de éstos eran, sin duda, las víctimas de privados actos de venganza en una situa­ ción que no favorecía sobrios procedimientos juríd i­ cos; y las repercusiones de todo ello se harían sentir incluso dos décadas más tarde.

Los conspiradores, evidentemente, habían tenido éxito creando un considerable tumulto; mas no, si eso era su intención, a la hora de sabotear la expedi­ ción (a menos que pueda demostrarse que la ausencia de Alcibiades del campo de batalla fue el factor deci­ sivo que trocó la victoria en desastre). Com o es fácil imaginar, Alcibiades no volvió a Atenas para com pa­ recer ante un tribunal. Lo que no se comprende con tanta facilidad es que precisamente escogiera Esparta como meta de su huida, en donde le recibieron con sospechas hasta que logró persuadir a los lacedemo- nios de que no era un agente secreto de los atenien­ ses, sino un patriota a quien su país había traicio­ nado. Parece que sirvió entonces a Esparta como con­ sejero por un período de uno o dos años, hasta que tuvo que huir de nuevo, esta vez por ninguna razón más seria que un presunto am or adulterino con la mujer de uno de los dos reyes espartanos. Su consi­ guiente refugio fue el país de los persas —el persa, ha de recordarse, no era por entonces un enemigo—, de donde fue llamado en el 411 para hacerse cargo del program a militar ateniense una vez más. Ni su con­ dena in absentia por sacrilego ni sus relaciones traido­

14. La participación de ciudadanos adinerados está confirmada por

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