26. P. L.. Partridge. “ Politics. Philosophy, Ideology” , Political Studies, n.° 9 ( 1901), pp. 217-235. p, 230, Aunque esta precisa formulación verbal no aparece en la obla de Schumpeter - la que más se le aproxim a es “ la democracia es el gobierno del político" (p. 285)— se trata sin discusión de
No sucedía así en Atenas. Ni siquiera Perides de tentaba ese poder. Cuando su influencia alcanzó su zenit, todo lo que podía esperar era que se continuara aprobando su línea política, expresada en el voto popular en la Asamblea; Mas sus propuestas se som e tían a ésta una semana sí y otra no, a la vez que se ex ponían opiniones alternativas ante sus miembros, y éstos siempre podían —y en ocasiones asi lo hicieron— retirarle su conlianza y abandonar su línea política. La decisión, por tanto, era suya, y no de él o de nin gún otro dirigente político; el reconocimiento de la necesidad de una dirección no iba em parejado a la rendición del poder de decidir. Y él lo sabia. No se trataba de una mera manifestación de táctica cortesía la que le llevó a emplear las siguientes palabras —se gún encontramos en Tucidides (1.140.1)—* cuando propuso rechazar el uldmatum lacedemonio y, por tanto, votar la declaración de guerra: “ Veo que en la presente ocasión he de daros exactamente los mismos consejos que en el pasado, y apelo a quienes de entre vosotros están persuadidos para ofrecer su apoyo a estas resoluciones a las que todos juntos estamos lle gando” .
Para expresarlo en términos más convencionales de política constitucional, diremos que el pueblo de tentaba no sólo la elegibilidad para desempeñar car gos públicos y el derecho a escoger a los funcionarios,
un resumen correcto. Un poco antes (p. 267) Schumpeter concede <|iie “ existen modelos sociales en los que la doctrina clásica realmente corres ponde a los hechos” , pero entonces, como en el caso de Sui*a, esto es asi 'únicamente porque no existen grandes decisiones que tomar” . No pre ciso comentar ese veredicto por lo que loca a Suiza, tlnii ameme cabría re petir lo que digo en la siguiente frase de mi texto. Ése no era el caso en Atenas.
sino también el de decidir sobre todos los asuntos de la gestión pública y el de juzgar, en cuanto jurado, to dos los casos importantes, fueran del cariz que fue ran: civiles, criminales, públicos o privados. La con centración de la autoridad en la Asamblea, la frag mentación y la rotación de los puestos administrati vos, la selección abandonada al azar, la ausencia de una burocracia a sueldo, los tribunales populares, todo ello servía para impedir la creación de una m a quinaria de partido y, por lo tanto, de una minoría política institucionalizada. La dirección era directa y personal ; no había lugar para mediocres marionetas manipuladas por los “ verdaderos” dirigentes políti cos entre bastidores.*7 Hombres com o Pericles cons tituían una “ élite” política, no hay duda; mas tal “ élite” no podía perpetuarse a sí m ism a; pertenecer a ella era algo que se lograba mediante la actuación pú blica, ante todo en ia Asamblea. El acceso estaba siempre abierto, y la permanencia continuada reque ría continuada actuación.
Algunas de las herramientas institucionales en cuya invención se m ostraron tan imaginativos los ate nienses pierden su aparente peculiaridad a la luz de esta realidad política. El ostracism o es la que mejor conocemos, o sea, un m odo de exiliar, hasta un máximo de diez años, a quien se juzgara que ejercía una influencia peligrosamente excesiva, aunque ello no com portara —lo cual es significativo— ni pérdida de propiedad ni de status ciudadano. La raíz histórica del ostracismo la encontramos en la tiranía y en el te mor a que ésta se reprodujera; mas la práctica debe su supervivencia a la casi intolerable inseguridad de
27. Revcrdin, "V ie Politique” , p. 211.
tos dirigentes políticos, cjuienes, en virtud de la lógica del sistema, se veían competidos a buscar la propia protección eliminando físicamente del escenario po lítico a los principales abogados de una línea política alternativa. En ta ausencia de elecciones periódicas entre los partidos, ¿qu é otro recurso quedaba? Y es revelador cjue, cuando a finales del siglo v a. C., el os tracismo degenera ya en una medida sin efectividad, su misma práctica fuera silenciosamente abandonada.
Otra herramienta legal, más curiosa si cabe, era la que conocemos con el apelativo de la graphe paratio
num, en virtud de la cual un hombre podía ser acu
sado y juzgado por presentar “ proposiciones ilega les” a la Asamblea.*8 Es im posible encajar este proce dimiento en una categoría constitucional que conoz camos. La soberanía de la Asamblea era ilimitada: in cluso existieron maniobras, durante un breve tiempo al final de la Guerra del Peloponeso, para cjue se vo tara la misma abolición de la democracia. No obs tante, quienquiera que ejerciese su derecho básico de
isegoria corría el riesgo de sufrir un severo castigo por
presentar una propuesta a cuya expresión tenía dere cho, incluso si tal propuesta había sido ya aprobada por la
Asamblea.
No podem os datar la introducción de la graphe pa-
ranomon con mayor exactitud que en algún período
del siglo v a. C., y en consecuencia no conocemos los acontecimientos que la provocaron. Su función, con todo, está suficientemente clara en un doble sentido, el de complementar la isegoria con cierta disciplina y el de ofrecer al pueblo, al demos, la oportunidad de re·
28. El « lu d io fundamental al respecto es hoy el de H. J . Woll, “ ‘ Normenkontrolle’ und GescuesbegrifF in der attischen Demokratie".
considerar una decisión que ya había tomado y hecho suya él mismo. Un proceso por graphe paranomon, si lo coronaba el éxito, tenía el efecto de anular un voto favorable de la Asamblea mediante el veredicto no de un grupo minoritario com o la American Supreme Court, sino de todo el pueblo mediante la anuencia de un numeroso jurado popular echado a suertes. Nuestro sistema protege la libertad de los representantes me diante la inmunidad parlamentaria que, paradójica mente, también protege su irresponsabilidad. La pa radoja entre los atenienses consistía en que operaba en dirección contraría, protegiendo la libertad de tanto la Asamblea com o un todo y de sus miembros individuales al negar su inmunidad.
Me he detenido en estos detalles acerca de la me cánica de la dem ocracia ateniense no en razón de una curiosidad arqueológica, sino con el Πη de sugerir que, a pesar del gran abism o que la separa de la de mocracia contemporánea, la experiencia antigua acaso no es tan totalmente insignificante com o pien san algunos modernos politólogos, específicamente con respecto a ese controvertido punto de dirigentes y dirigidos. La mecánica del sistema y sus herramientas no proporcionan, ciertamente, una explicación sufi ciente; pueden volverse en contra de él tanto como cumplir la función para la que fueron designados. Los mismos helenos no desarrollaron una teoría de la democracia. Existían conceptos, máximas, generali dades; mas todo eso no constituye una teoría siste mática. Los filósofos atacaron la dem ocracia; los de mócratas profesos les replicaban ignorándolos, o sea, prosiguiendo su trabajo del gobierno y la política de una manera democrática, pero sin escribir tratados sobre ese tema.
Una excepción, posiblemente la única, nos la ofrece el sofista Protágoras, de finales del siglo v a. C., cuyas ideas conocemos por el ataque que Platón le dirigió en uno de sus diálogos de juventud, el ho mónimo Protágoras, en el cual Sócrates se entrega a burlas, parodias e incluso trampas que, en tal grado, son infrecuentes en el corpus platónico.29 la pregunta que cabe formularse es si Platón escogió precisa mente ese tono porque Protágoras no solamente sos tenía doctrinas morales características de la sofística, sino porque también había desarrollado una teoría política democrática. La esencia de tal teoría, en la medida en que podem os juzgar por la evidencia pla tónica, es que todos los hombres poseen politike techne, o sea, el arte del juicio político, sin la cual no puede existir una comunidad civilizada. T odos los hombres, o, por lo menos, todos los hombres libres, son iguales a ese respecto, aunque no necesariamente parejos en su habilidad a la hora de manejar su politike techne —una concepción ésta reminiscente de la Declaración de
Independenáa de los Estados Unidos—, de la cual se si
gue la conclusión de que los atenienses obraron con razón al extender la isegoria a todos los ciudadanos.
Los términos politike techne no definen por sí solos la condición humana. Contrariamente al m undo de los brutos, que viven en competición y agresión, los hombres son por naturaleza cooperativos, al poseer las cualidades de la ptália (convencional aunque páli damente traducida por “ am istad” ) y de la dike, o sea, la justicia. Sin em bargo, para Protágoras, la amistad y la justicia serían insuficientes para una auténtica co-
29. La ulterior rririca de Protágoras que aparece en el Teettín hace