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F LORÍPEDES P AIVA , ENTRE M ADUREIRA Y G UIMARÃES

C APÍTULO III: D E F LORÍPEDES P AIVA O CARTOGRAFÍA DE LO MOLECULAR

3.1. F LORÍPEDES P AIVA , ENTRE M ADUREIRA Y G UIMARÃES

Para Deleuze y Guattari ―así nos lo dejan ver en Mil mesetas― el inconsciente es el arte de las multiplicidades moleculares. Freud estuvo a punto de descubrirlo, pero regresó a las fórmulas molares para relacionar los síntomas con representaciones específicas, como la familia, el pene, la vagina, etcétera. Hay que hacer lo múltiple, nos aseguran los autores, lo cual significa que del tallo central surjan incesantemente raicillas que conformarán lo rizomático del individuo. Por lo tanto, lo molecular es la acción. Pero, ¿qué más es?

El segundo tipo de línea, de segmentación flexible o molecular, son líneas que describen siempre pequeñas modificaciones en el plano, desequilibrios que producen desvíos, describen caídas o impulsos; incluso dirigen procesos irreversibles. Esas líneas son trazadas por flujos moleculares cuya lógica de funcionamiento no puede ser extraída de las líneas de segmentación dura, aunque mantengan con ellas estrictos lazos de cooperación. Ellas describen la dinámica subterránea de las líneas de segmentación dura, definiendo incluso sus engranajes concretos. Deleuze nos dice que una profesión es un segmento duro, pero lo que sucede allá debajo, qué conexiones, qué transacciones y repulsiones que no coinciden con los segmentos, qué

locuras secretas y, sin embargo, en relación con los poderes públicos, son las líneas moleculares.

Para entender mejor lo que sostiene Deleuze pensemos en la cocina. El oficio de cocinero, per se, constituye lo molar, pues los alimentos deben ser preparados bajo ciertas reglas de carácter inmutable, organizado. Por ejemplo, el fuego, el agua, la leche, el aceite y los condimentos son no sólo útiles sino indispensables en ciertos guisados. De ello no puede sustraerse quien se dedica a cocinar. Imaginemos que Flor está frente a un fogón o estufa y debe realizar actos repetitivos, dictatoriales, para preparar platillos, digamos, molares, como el arroz. Siempre deberá echar mano, además del grano, de agua, sal y aceite. Sin embargo, al añadirle mariscos, especias u otros ingredientes inéditos el rizoma culinario crece, se vuelve rizomático. Esa inventiva es el flujo molecular, el deseo de agenciarse un platillo artístico. En la noción de arte podemos comprender un poco más lo molecular.

Digamos que el cocinero es lo molar y el gastrónomo es lo molecular. Ya de entrada el nombre de la escuela de doña Flor es testimonio de ese deseo molecular: Sabor y arte. En la carta que Flor escribe a Jorge Amado al inicio de la novela percibimos las conexiones: en la preparación de la tarta de mandioca lo molar está en lo fundamental del platillo: azúcar, sal, queso rallado, manteca, leche de coco, de la fina y de la gruesa, que las dos son necesarias, dice. Ya lo molecular reside en el sazón de cada quien: “Las cantidades al gusto de la persona, pues cada uno tiene su paladar y a algunos les gusta más salado, ¿no es así?”. Aprender a cocinar es como aprender a vivir: haciéndolo. Toda vez que doña Flor prepara un platillo no interrumpe el ciclo de la vida (al cocinar, por ejemplo, un animal que minutos antes estaba vivo) sino que le da vida a otra cosa. Es como la alquimia de la vaca que transforma la hierba que mordisquea en leche. Para esta receta doña Flor la aprendió justamente haciéndola,

rompiéndose la cabeza hasta encontrar el punto: “(¿No fue amando como aprendí a amar? ¿No fue viviendo como aprendí a vivir?)”. Y así como la cocina necesita sal y azúcar, doña Flor necesita dos amores. ¿Por qué?, le pregunta al novelista.

Así, podemos ver que en la novela del escritor brasileño nuestra protagonista, Florípedes Paiva, constituye la línea molecular por antonomasia. Está entre la línea dura de Florípedes Paiva Madureira y la de fuga de doña Flor dos Guimarães. Su vida siempre será un “entre” inmanente. Lo molecular es la búsqueda de un ser en la inmanencia, que brota de lo molar y provoca las líneas de fuga. Ya Jorge Amado nos hace un guiño en las primeras líneas que definen el asunto de la novela: la extraordinaria batalla librada entre el espíritu y la materia. Flor dos Guimarães es materia al yogar con Vadinho vivo y espíritu al hacer el amor con Vadinho desencarnado; Flor Madureira es espíritu al hacer el amor con Teodoro y es materia al desear a su esposo muerto. Vadinho es materia y espíritu en tiempos distintos, aunque ya nos ocuparemos de él en el siguiente capítulo. Pero, ¿quién es Florípedes Paiva, nuestra doña Flor que

produce deseo para encontrarse a sí misma?216

Comencemos por lo más evidente a los ojos. Su fisiología corresponde a cierta ambigüedad de apreciación: entre lo aceptado y lo rechazado, porque su cuerpo no era de bahiana de carnaval: “Era bonita, de agradable presencia: pequeña y rechoncha, gorda pero sin grasa, la piel bronceada con tono de caboverde, lisos los cabellos, y tan negros que parecían azulados, ojos para un requiebro y labios gruesos, entreabiertos sobre los dientes blancos” (Amado, 1993: 13).

                                                                                                               

216 Es un anhelo saludable, pero nuestros autores nos advierten en “Cómo hacerse de un Cuerpo Sin Órganos”:

“El placer es la afección de una persona o de un sujeto, el único medio que tiene una persona para ‘volver a encontrarse a sí misma’ en el proceso del deseo que la desborda; los placeres, incluso los más artificiales, son reterritorializaciones. Pero, ¿acaso es necesario volver a encontrarse a sí mismo?”.

La dicotomía en Flor estará presente a lo largo de toda la obra literaria. Además de su fisonomía, el carácter de nuestra protagonista transitará por flujos opuestos: “cierto encanto sensual y hogareño que poseía doña Flor,

escondido tras una apariencia tranquila y dócil”.217

Doña Rozilda, la madre de doña Flor, explica para sí y para los demás el carácter un tanto reservado de su hija: “Es una pasmosa, una tonta. Siempre lo fue, no parece hija mía. Salió a su padre, señora mía, usted no conoció al finado Gil. No lo digo por alabarme, no, pero el hombre de la casa era yo. Él no decía ni pío, quien resolvía todo era esta servidora de usted. Flor tiró a él, salió floja,

sin voluntad”.218

El distanciamiento entre las personalidades de madre e hija provocará la primera fisura molecular. Al principio acata las órdenes de su madre como buena hija; sin embargo, el empecinamiento de Rozilda para casarla bien (con un pretendiente que le llene el ojo) es el corte mediante el cual Flor se agenciará a Vadinho:

Flor no sólo era mucho más obediente y juiciosa, sino que no temía quedar solterona; no hablaba de casamiento, no se alzaba contra la madre cuando ésta le prohibía congraciarse con empleaditos de escritorio, dependientes de boliche, o algún gallego despachante de panadería. Obedecía sin rezongos, no se revolvía contra su madre a los gritos, no se trancaba en el cuarto amenazando con suicidarse […].219

Pero Flor tiene en el fondo, en lo subterráneo de la molaridad con que fue criada, un espíritu nómada. Fue educada para abocarse a la cocina, que de por sí le gustaba, pero se aventura en la experimentación, en crear nuevos flujos gastronómicos: “Había nacido con el don de los condimentos y desde la niñez

                                                                                                               

217 Ídem. 218 Ibídem, p. 45. 219 Ibídem, p. 61.

se la pasaba dando vueltas a recetas y salsas, aprendiendo a hacer manjares,

gastando sal y azúcar”.220

El rompimiento total de Flor con la autoridad materna se produce cuando Rozilda descubre que Vadinho no es quien dice ser. Antes de ello, el noviazgo había sido convencional, plácido y risueño. Pero una vez opuesta la madre a la relación, se rompieron los “procedimientos habituales, consagrados por todas

las familias que se precian de tales”.221

Entregó su virginidad a Vadinho, cuya impetuosidad era cada vez más evidente. En cada encuentro avanzaba en su cuerpo para doblegar su frágil voluntad, a pesar de que Flor sabía que no estaba haciendo lo correcto: “¿Cómo no lo rechazó de inmediato? Flor no era una de esas descocadas ventaneras, de amoríos escandalosos en la esquina, al pie de las escaleras o en la

oscuridad de los portales”.222

No hubo, pues, marcha atrás en el rompimiento con su madre ni en la entrega a Vadinho: “Él era como una avalancha incontenible que la arrasaba, dominándola y decidiendo su destino. Al finalizar aquellos perfectos y vertiginosos días de Río Vermelho, Flor comprendió que ya no le sería posible

vivir sin la gracia, la alegría, la loca presencia del muchacho”.223

Es verdad que Flor continuaba manteniendo un estrecho lazo de cooperación con la segmentación dura, puesto que como había dejado de ser una joven virgen “ahora sólo el matrimonio podría restituirle la honra que él le había robado”.

En la sociedad bahiana de la época (década de los sesenta del siglo XX) como en muchas otras del mundo latinoamericano, es mal visto entregar la virginidad antes del casamiento, y Flor padecía por ello: “Flor sufría al pensar                                                                                                                

220 Ibídem, p. 61. 221 Ibídem, p. 80. 222 Ibídem, p. 86. 223 Ibídem, p. 89.

que todo el mundo se había enterado de su mal paso (“mal paso” era la expresión usada por la tía Lita, delicadamente), como si llevara el estigma de la mentira estampado en el rostro: una mujer sin vergüenza, que ya sabía cómo era un hombre y se fingía doncella soltera”.

No obstante, Norma, amiga de Flor, intenta apaciguar la culpa: “Eso de dar algo antes de casarse sucede a cada dos por tres y entre las mejores familias,

querida mía”.224 Este axioma tiene su sustrato en la racionalidad e irracionalidad

de las sociedades capitalistas. Al respecto, Deleuze nos dice que todas las sociedades son racionales e irracionales al mismo tiempo: son racionales en sus mecanismos, en sus engranajes, en sus sistemas de conexión, e incluso por el lugar que asignan a lo irracional. Sin embargo, todo ello presupone códigos o axiomas que no son fruto del azar pero que carecen, por su parte, de una racionalidad intrínseca. “Ocurre como en la teología: si se admiten el pecado, la inmaculada concepción y la encarnación, todo es completamente racional. La razón es siempre una región aislada de lo irracional. No al abrigo de lo irracional, sino atravesada por ello y definida únicamente por un determinado tipo de relaciones entre los factores irracionales. En el fondo de toda razón está

el delirio, la deriva”.225

En todo caso, ya sea por amor o por vergüenza, la “única culpable verdadera era doña Rozilda, con sus trapisondas y su intransigencia” (Amado, 1993: 102). Esta actitud hará que Flor navegue a la deriva en su delirio, desterritorializada.

Oponiéndose a la autoridad, Flor decide casarse con Vadinho. No pudo, sin embargo, sustraerse a la tradición cuando contrajo nupcias. Al celebrarse la ceremonia religiosa, ella “estaba toda de azul, sonriente, los ojos bajos. Doña

                                                                                                               

224 Ibídem, p. 109.

Norma no consiguió convencerla para que fuese de blanco, con velo y

guirnalda”.226

La vida de casada de Flor fue también una dicotomía: se encontraba entre la satisfacción que le provocaba el sexo con su marido y la rabia que le producían los abandonos constantes de Vadinho que dedicaba la noche a la juerga: “El deseo de tenerlo a su lado era como una herida abierta. Estremecida, entre escalofríos, sumida en la tristeza y el desconsuelo, pasaba las

noches en vela, en aquella cama en la que sólo había ansiedad y abandono”.227

Pero cuando se trataba de yogar228, Flor se olvidaba de todo. Aunque

oponía cierta resistencia, ya que el pudor la inhibía a hacer el amor con las luces encendidas y sin sábanas que cubrieran los cuerpos, siempre cedía y se volcaba en torno al deseo que sabía encender su marido.

El comportamiento de las mujeres estaba claramente estipulado: “Las mujeres carecían de derechos y eran siervas dependientes de la voluntad del

marido, su señor, y su vida estaba limitada por las fronteras del hogar”.229

La línea dura se hace presente en los actos sociales: “Ni siquiera le pasaba por la cabeza la subversiva idea de bailar con otro caballero, cosa que una mujer casada sólo puede hacer con el expreso consentimiento de su señor esposo y en

su presencia”.230

Era, consecuentemente, racional preguntarse el rumbo que estaba cobrando su matrimonio: “¿Por qué no era Vadinho como los otros? ¿Por qué no llevaban una vida sistemática y en orden, sin sobresaltos, ni chismes, sin

enredos, sin la infinita espera? ¿Por qué?”.231

                                                                                                               

226 Ibídem, p. 111. 227  Ibídem, p. 113.  

228 Término utilizado siempre por Vadinho para tener relaciones sexuales. 229 Ibídem, p. 239.

230 Ibídem, p. 178. 231 Ibídem, p. 121.

La pasión y el abandono, así, constituyeron la pulpa del primer matrimonio de Flor. Las caricias y la villanía, el sexo y la ausencia, conformaron un cóctel de emociones encontradas y doña Flor “nunca llegó a acostumbrarse

por entero y habría de morir sin llegar a conseguirlo”.232

Tras la muerte de Vadinho, Flor se reterritorializa. Olvida en apariencia las satisfacciones que le producen los placeres carnales. Se dedica exclusivamente a su labor como cocinera y maestra gastronómica. Sin embargo, en su fuero interno quedó sembrada la semilla del deseo, que más adelante abordaremos. Lo cierto es que doña Flor hace recorre los diversos agujeros de las distintas líneas de segmentación.

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