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C APÍTULO II: D E T EODORO M ADUREIRA O CARTOGRAFÍA DE LO MOLAR

2.2. L OS TIPOS DE REPRESENTACIÓN

Este apartado tiene el propósito de efectuar un breve recorrido por el contexto histórico brasileño para ubicar los referentes culturales de la novela. Pero antes de abordar los tipos de representación ante los cuales el ser humano se enfrenta en su convivencia con miembros de su especie, habrá que recordar la noción de territorio. Éste es la porción de una superficie que pertenece a un espacio determinado y en cuyo interior están los hombres y las mujeres interactuando, compartiendo códigos, afectándose recíprocamente.

Nuestros autores entienden el discurrir humano como la sucesión de diferentes formas y mecanismos de representación, es decir, como semióticas significantes. Por ello, a fin de explicar los procesos de territorialización, desterritorialización y reterritorialización, así como la emisión de flujos cuya combinatoria da lugar a la historia humana, Deleuze y Guattari elaboraron una filosofía de la historia que analiza tres mecanismos de representación: la máquina territorial primitiva, la máquina despótica bárbara y la máquina capitalista civilizada. Cada máquina social utiliza de forma preferente un tipo concreto de representación.

2.2.1MÁQUINA TERRITORIAL PRIMITIVA

Esta máquina codifica los flujos sobre el cuerpo lleno de la tierra e inscribe en los cuerpos mediante los tatuajes e incisiones las marcas indelebles del poder. En el capítulo III de El Anti-Edipo (Salvajes, Bárbaros y Civilizados), Deleuze y

Guattari afirman que toda sociedad es un socius de inscripción en la que lo esencial es marcar y ser marcado y donde la circulación depende ya sea de la exigencia como del asentimiento de la inscripción.

En este sentido, esta máquina es la primera fuerza de socius, máquina de inscripción primitiva que cubre un campo social y codifica sus flujos: de mujeres y de niños, de rebaños, de semillas y de toda especie de objetos, lo cual implica una serie de operaciones. Al codificar los flujos de deseo, toman a los hombres por piezas, inviste los órganos, marca los cuerpos, que son de la tierra. La esencia del socius que registra, inscribe, se atribuye a sí mismo las fuerzas productivas y distribuye los agentes de producción, consiste en tatuar, recortar, mutilar y cercar, según nuestros autores.

Toda novela elige un territorio donde la trama se desarrollará. Algunos autores como William Faulkner, Jorge Ibargüengoitia, Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti y Juan Rulfo, por ejemplo, han creado sus propias máquinas territoriales primitivas (Yoknapatawpha, Cuevana, Macondo, Santa María y Comala, respectivamente), en tanto que otros utilizan como primera fuerza de socius territorios reales. No entremos en debate sobre las virtudes de unos o los defectos de otros territorios por su construcción.

Jorge Amado se decantó en Doña Flor y sus dos maridos por su ciudad, real, colmada de historia, de inscripciones. En Bahía de todos los Santos. Guía de calles y misterios, el novelista se confiesa con respecto a su terruño: “¡Ah!, si amas a tu ciudad, si tu ciudad es Río, París, Londres o Leningrado, Venecia, la de los canales, o Praga, la de las viejas torres, Pekín o Viena no debes pasar por esta ciudad de Bahía porque un nuevo amor se prenderá en tu corazón”.

Pero antes que el sentimiento, la recreación de la máquina territorial primitiva requiere conocimiento histórico, de cómo se registran las fuerzas, cómo cobra forma Salvador de Bahía. Y Jorge Amado lo sabía. Más allá de la

retórica acerca del nombre de la capital del estado de Bahía, lo cierto es que Salvador domina desde la altura a la Bahía de Todos los Santos en el nordeste brasileño. El puerto natural de la ciudad la convirtió en un punto neurálgico de la región en materia económica, pero es su cultura afroamericana la que le dio el renombre que tiene en todo el planeta.

La composición étnica de la población (cerca de dos millones y medio de personas) incluye a los negros descendientes de esclavos traídos desde Benín, Angola y otras zonas de África; a los portugueses mezclados con criollos y mulatos; a los inmigrantes de diversas latitudes, en muchos casos de Europa. Pero la influencia africana predomina sobre lo demás.

Antes de la llegada de los europeos a las costas atlánticas de lo que hoy es Brasil, los indígenas Tupinambá dominaban casi todo el litoral. Divididos en varias tribus ––aunque poseían una lengua común, la tupí–– guerreaban constantemente entre sí. Una característica de los tupinambáes era la práctica del canibalismo: los prisioneros de guerra era sometidos a estas prácticas antropofágicas. Los indígenas creían que al consumir carne humana podrían adquirir sus cualidades (inteligencia, valor, habilidades bélicas, etcétera).

Inclusive devoraban a los cautivos europeos203 una vez que entraron en

contacto con ellos y lucharon por defender sus tierras. El contacto con Europa la segunda máquina de representación.

2.2.2.MÁQUINA DESPÓTICA BÁRBARA

Esta máquina actúa mediante la subordinación-disyunción que fija al signo y lo convierte en letra, en código, en ley escrita que plasma de forma gráfica la total                                                                                                                

203 Uno de los más célebres fue Francisco Pereira Coutinho, entonces capitán de Bahía, que fue devorado por

los Tupinambá. Cerca de diez años después de que las capitanías fueron creadas, los desórdenes internos, las luchas contra los nativos y la amenazadora presencia de franceses que querían tierras como los portugueses, acabaron provocando el colapso.

sumisión al déspota, emblema del terror en que se basa el imperio. Hay una nueva alianza y filiación directa, nos dicen los autores en El Anti-Edipo. El déspota rechaza las filiaciones laterales y las filiaciones extensas de la antigua comunidad; impone una nueva alianza y se coloca en filiación directa con Dios: el pueblo debe seguirlo. Así, la formación bárbara despótica debe ser pensada en oposición a la máquina territorial primitiva.

El territorio que posteriormente fue nombrado como San Salvador de Bahía de Todos los Santos fue descubierto por sus colonizadores europeos en 1510, cuando un barco francés naufragó en tierras bahianas, quien llevaba a bordo a un importante personaje histórico de la colonización bahiana, Diogo

Alvares, conocido como Caramuru.204 Símbolo del mestizaje, como lo es

Gonzalo Guerrero en Mesoamérica, junto a la india Paraguaçu, a quien hizo su mujer, Caramuru desempeñó un importante papel con respecto a la historia en la colonización de Bahía.

En 1536, el rey de Portugal, João III, dividió las tierras brasileras en Capitales Hereditarias. Los dueños de las Capitales eran llamados becados y Francisco Pereira Coutinho ganó parte de Salvador, fundado en aquella época como “Arraial do Pereira”. Coutinho estuvo al mando de Arraial, la cual luego fue bautizada como “Vila Velha” hasta la llegada de Tomé de Souza, el primer gobernador general de Brasil, en 1549. Junto con el gobernador Tomé, desembarcaron en Salvador seis barcos con una comitiva de aproximadamente 10 mil personas para fundar, bajo las órdenes del rey de Portugal, la ciudad de “São Salvador”. Una vez terminado el mandato del gobierno de Tomé de Souza, el país quedó bajo el mandato de Duarte da Costa y Mem de Sá, quien gobernó el territorio hasta 1572.

                                                                                                               

En las primeras tres décadas de ocupación europea de Brasil, portugueses y franceses se aprovechaban del trueque para obtener los servicios de los nativos. A cambio de chucherías (anzuelos, espejos, hachas), los

indígenas cortaban, devastaban y transportaban trozos de pau-brasil. 205

Posteriormente, al esclavizar en masa a los indígenas, se provocó la insurrección generalizada de las tribus Tupí.

Sin embargo, la revuelta de los indígenas también fue insuflada por los franceses, rivales de los portugueses en la lucha por la posesión de Brasil. Los acuerdos diplomáticos firmados entre las dos coronas, en Europa, nunca fueron capaces de impedir el asedio progresivamente audaz de los traficantes franceses del pau-brasil. Por ello es que João III decidió dividir a Brasil en capitanías.

En este periodo, Bahía era la región que más exportaba azúcar, considerado en esa época como el producto más exportado en el país. La fama y riqueza de la región despertó la atención y codicia de otros países a inicios del siglo XVII. En esta etapa, Portugal se unió a España, lo cual provocó varias restricciones a Brasil, como limitar las relaciones comerciales de éste con Holanda. Este hecho, relacionado con la riqueza por las exportaciones de azúcar, generó que Holanda decida invadir Bahía. Un escuadrón al mando de Jacob Willekens desembarcó en tierras bahianas en 1624 con 26 barcos. Los holandeses invasores ocuparon Salvador y permanecieron cerca de un año hasta que fueron expulsados por la fuerza portuguesa-española.

Deleuze y Guattari añaden que esta máquina muda profundamente con respecto a la anterior: en vez de máquina territorial, existe una megamáquina de

                                                                                                               

205 Nombre genérico que se asigna a diversas especies de árboles del género Caesalpinia que abundan en la

región atlántica brasileña. La planta era muy apreciada por su madera, muy dura y de color rojizo, propia para la ebanistería. La madera de este árbol fue la primera, durante treinta años, y la única fuente de renta que los europeos encontraron en Brasil. Cuando los portugueses comenzaron a plantar sus cañaverales e instalar sus ingenios, el trabajo organizado y regular en las labores se convirtió en una necesidad primordial para ellos.

Estado, pirámide funcional que tiene en el déspota (en este caso, João III) como motor inmóvil, que tiene el aparato burocrático como superficie lateral y órgano de transmisión que tiene en los nativos la base del trabajo.

Los engranajes de la máquina territorial subsisten, pero son apenas piezas trabajadoras de la máquina estatal. Los objetos, los órganos, las personas y los grupos mantienen, por lo menos, una parte de su codificación intrínseca, pero estos flujos codificados del antiguo régimen están codificados por la unidad trascendente que se apropia de la plusvalía. La antigua inscripción permanece, pero revestida por la inscripción del Estado. Los bloques subsisten, pero transformados en ladrillos apilados y ajustados, cuya movilidad es artificial. Así, agregan los franceses, la desterritorialización es igual a la sustitución de los signos de la tierra por signos abstractos; subordinación de toda las filiaciones primitivas a la máquina despótica. En este sentido, la máquina territorial ha sido sustituida por un nuevo cuerpo pleno, desterritorializado; por otro lado, mantiene las antiguas territorialidades, por un nuevo cuerpo desterritorializado. Por otro lado, mantiene las antiguas territorialidades, las integra como piezas u órganos de producción de la nueva máquina, se apropia de todas las fuerzas y agentes de producción. Sin embargo, esta inscripción de Estado deja subsistir a las viejas inscripciones territoriales, con ladrillos sobre la nueva superficie.

A finales de 1536, nos dice Bueno, el número de europeos instalados en Bahía de Todos los Santos subió de nueve a más de doscientos.

Salvador fue la capital y sede de la administración colonial del país hasta 1763, momento en que la capital del imperio fue transferida hacia la ciudad de Río de Janeiro. A pesar de la mudanza de la sede de la Corona, Salvador continuó destacándose como escenario de la colonización del país y años después, en la etapa de la independencia de Brasil, en 1822, la capital bahiana

fue protagonista de una lucha que se extendió por más de un año, incluso después de que Brasil obtuviese la independencia de Portugal. Sólo después del 2 de Julio de 1823 Bahía pudo celebrar la independencia brasileña.

En la novela de Jorge Amado hay una referencia a ese pasado bahiano. Doña Rozilda, madre de Flor, pide consejo a su compadre Luis Henrique Ruy Barbosa sobre el mecánico Antonio Moráis, que a la sazón era pretendiente de su otra hija, Rosalía. No era el yerno de sus sueños, nos dice el narrador, pero terminó cediendo la mujer por el temperamento de su hija, empeñada en casarse: “Moráis sólo tenía sangre noble por parte de un lejano pariente ancestral, Obitikó, príncipe de una tribu africana traído a Bahía como esclavo; sangre azul que había de mezclarse más tarde con la sangre plebeya de villanos portugueses y holandeses mercenarios. De la mezcla resultó un pardo claro, de espontánea sonrisa, un simpático moreno” (1993: 41).

También en otra parte nos habla el narrador del encuentro de dos culturas:

Como la muchacha pasaba más tiempo en casa de la profesora que en la suya propia, el fulano habría imaginado que era una hermana o una sobrina de doña Flor: las dos tenían el mismo pelo suave, de un negro incomparable, y un color rosa té, un tono de piel mate, delicado, resultado de la mezcla de sangre indígena con negra y blanca, que había creado ese primor de mestizaje. (152).206

En síntesis, Bahía es una variopinta de culturas. Jorge Amado presenta una ciudad en la que se percibe el olor a frito, el humo de las ollas, las voces en alto, el sabor a cachaça, las caderas que se mecen, los volados blancos, el aire marino, la piedra y la magnífica arquitectura colonial poblada de iglesias y santuarios, que conforman un sincretismo extenso y abierto de varios mundos

                                                                                                               

que escriben historias diferentes sobre el mismo tiempo, sin que ninguna de ellas sepa a ciencia cierta cuál es la que habrá prevalecer.

Los diversos colores de las pieles van y vienen en el entorno colonial de Salvador en el que se enlazan Portugal y España y aun el África previsible, pero visible sólo hasta que Vadinho regresa al mundo de los vivos para martirizar a doña Flor.

En el cuarto capítulo abordaré lo africano, con Vadinho como protagonista. Pero en este capítulo, en el Salvador republicano, democrático, capitalista, molar, mestizo y blanco, hay que alejar a Exú, el dios negro enemigo de los hombres, del futuro inmediato. Para ello habrá de morir el gallo, sacrificado a golpe de machete para que su sangre corra sobre el pequeño pedestal y se mezcle con aceite de dendé. Eso iniciará el rito que se lleve al malvado diablo, Exú. No es fácil describir nuevamente a Salvador cuando ya fue hecho de esa manera por Jorge Amado.

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