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3 UNGIDO CONTRA UNGIDO 7

3.5. f Rivalidades entre los Apóstoles

El colegio apostólico, la comunidad de los doce que Jesús había elegido en oración (Lucas 6,12-13), estaba interiormente trabajada por la tentación de los celos y por las rivalidades entre los elegidos.

Los relatos de vocación que nos conservan los evangelios no son ajenos a la intención de documentar el orden de antigüedad en que fueron llamados. Primero Pedro y Andrés,

después Santiago y Juan (marcos 1,16-19; Mateo 4,18-22; Lucas 5,1-11). O bien, siguiendo el

orden del evangelio según San Juan: Andrés, Simón Pedro, Felipe, Nataniel. También las listas de nombres de los doce tienen que ver con la jerarquía o jerarquización (Marcos 3,13- 19; Mateo 10,1-14, Lucas 6,12-16).

Mientras Jesús se encamina a padecer en Jerusalén, los discípulos discuten entre sí quién es el mayor (Marcos 9,33-34). Santiago y Juan aspiran a estar a la izquierda y la derecha de Jesús en su Reino, o sea en los puestos de honor /Marcos 10,35). Y ya sea movida por su ambición materna, ya sea accediendo a una maniobra política de sus hijos, la madre de los zebedeos se mezcla en esta trama de ambiciones (Mateo 20,20-23). Los demás discípulos tomaron muy a mal esta pretensión y estos reclamos y "empezaron a indignarse

contra Santiago y Juan" (Marcos 10,33.45). Jesús reconoce y señala, en esta contienda por el

poder, modos humanos y carnales de proceder, que El considera impropios de sus discípulos: "no ha de ser así entre vosotros" (Marcos 10,43).

Juan no renunciará jamás al título de "discípulo a quien Jesús amaba" (Juan 13,23; 19,26; 20,2; 21,7.20). Pero Pedro no parece querer ser menos. Y es Juan, quien con grandeza nos refiere la triple confesión de amor de Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que

éstos? (Juan 21,15). Este hecho parece expresar el surgimiento de una cultura cristiana de la

superación de la rivalidad y de los celos. Es interesante observar de qué manera intenta remediar Jesús esos gérmenes de rivalidad carnal entre elegidos dentro de la comunidad de sus discípulos. Por un lado, Jesús remite a sus discípulos al rol del Servidor sufriente del Hijo del Hombre. Es decir, los remite a su pasión a la luz de Isaías (53,4.5.11.12): "El Hijo del

Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos"

(Marcos 10,45). Por otro lado: en el antes citado capítulo 21 del evangelio según San Juan, Jesús resuelve la rivalidad entre el discípulo más amado por Jesús y el discípulo que más ama

Horacio Bojorge – Mujer ¿Por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia

a Jesús, confiándole al que más ama el cuidado del más amado: confía a Juan al cuidado de

Pedro.

La tentación de rivalidad entre los discípulos de Cristo es perenne y amenaza siempre la ruptura de la koinonía ( = comunión). La teología de Juan, atenta a la comunión y sus rupturas, enfatiza los aspectos de la enseñanza de Jesús que apuntan a conjurar este peligro. Pone los orígenes de la actitud espiritual cristiana (que sabe renunciar al propio interés en aras de un interés mejor, que es el de Cristo) ya en los comienzos del evangelio: en el corazón de Juan el Bautista. Es preciso que él -Jesucristo - crezca y que yo disminuya" (Juan 3,30).

Pablo lamenta la situación de una Iglesia donde todos buscan sus propios intereses y

no los de Cristo (Filipenses 2,21) y son pocos los que, como Pablo y Timoteo, se preocupan

del rebaño y velan por él aún a costa de sí mismos. 3.6 Unción para servir

A la ruptura de la comunión por envidia y rivalidad entre sus elegidos, el Señor resucitado quiere sustituirle una circulación de amor y de gracia que una a todos con todos. La Caridad es la virtud contraria de la envidia: no busca su propio interés (1 Corintios 13,5). Puestos a servir y a promover el bien de los demás, se inclinarán a alegrarse de ese bien. La circulación del amor y la gracia sólo es posible por el camino del Siervo. Y no aceptar ese camino es -otra vez más- equivalente al rechazo del Ungido por excelencia: Cristo y su camino del amor sufriente.

Pedro merece el nombre de piedra de escándalo y Jesús lo llama duramente Satanás cuando se opone - ungido contra Ungido - al anuncio de la Cruz (Mateo 16,23). Pablo llorará a causa de los enemigos de la Cruz de Cristo, cuyo final es la perdición, su Dios el vientre, su

gloria su vergüenza y no piensan más que en las cosas de la tierra (Filipenses 3,18-19). En

otras palabras, confunden el bien con el mal y el mal con el bien (Isaías 5,20-23).

Para quien, como los de Emaús, no comprende el misterio de la envidia de un ungido por otro, o no advierte que está en situación de prueba bienaventurada, la acción

consoladora de Cristo (en griego: paraklesis) se hace reconvención por la dureza del corazón. Así reconviene a los de Emaús (Lucas 24,25) y al Tomás incrédulo (Juan 20,27). Imitando al Resucitado, también Pablo confortará a sus comunidades con frecuentes reconvenciones de las que son claros ejemplos Romanos 14 y 15 y casi toda la 2ª a los Corintios y la 2ª a

Timoteo.

3.6.a "No serviré"

La rebeldía originaria de Luzbel, el Ángel rebelde, consiste en su negativa de servir a Dios, sirviendo al Hombre, creatura suya.

Dice San Juan: "Quien comete pecado es del Diablo, pues el Diablo peca desde el

principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del Diablo" (1ª Juan 3,8). Esto

es: para remediar la rebeldía del que se negaba a servir, el Hijo de Dios viene hecho servidor. Para restañar la rebeldía, viene a obedecer.

San Juan se remonta al arquetipo primitivo y capital del rechazo de un elegido por otro, de un amado por otro. El pecado del Diablo es precisamente ese: "Por envidia del

Diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan los que le pertenecen" (Sabiduría 2,24)

¿Envidia contra qué y por qué?: "Porque Dios creó al hombre incorruptible y le hizo imagen

Horacio Bojorge – Mujer ¿Por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia llama malo al Sumo Bien. No puede destruirlo. Pero sí puede y quiere destruir su imagen y semejanza creada: el hombre.

El ataque de la serpiente a la primera pareja es un ataque a la imagen de Dios según la cual fueron creados; imagen de Dios creada que entristece al espíritu enemigo de Dios.

La Obra del Hijo es la contraria. Él, sabiduría eterna del Padre, tiene sus delicias en estar con los Hijos de los Hombres (Proverbios 8,31); es un Espíritu: bienhechor y amigo del

hombre (Sabiduría 7,32). El Hijo de Dios se hace Servidor, obediente, para restaurar la

imagen de Dios perdida por obra de Satanás y por el pecado: "Este es el mensaje que habéis

oído desde el principio: que nos amemos los unos a los otros. No como Caín, que siendo del Maligno, mató a su hermano ..." (1 Juan 3,12). De nuevo encontramos aquí, subyacente, la

dramática oposición de Ungido contra ungido: Diablo contra Hijo(s) de Dios; Caín contra Abel; mundo contra discípulos; hermano contra hermano... Todo este capítulo de la Primera carta de Juan se construye sobre esa paridad de gracia que puede ser disparidad según el arquetipo del malvado. La obra del Diablo es odiar al Hombre, que merece entre todas las criaturas el nombre de Elegido. En efecto, fue elegido para ser imagen y semejanza de Dios y por eso para ser Señor de la Creación. Fue plasmado con las mismas manos del Creador mediante un contacto semejante al de la unción (Génesis 2,7). Recibió la inspiración del soplo divino.

Si odiar al hombre es la obra del Diablo, amar al Hombre es la obra del Hijo que viene a deshacerla. Y en amar al Hombre como imagen de Dios y en afirmar de la bondad divina, hecha visible en su fiel reflejo, ha de consistir la caridad, o sea el modo específico de amar que debe caracterizar y diferenciar a los discípulos del Verbo de Dios hecho hombre. Una forma muy específica de Amor al Hombre, que no se ha de reducir ni confundir con ninguna afabilidad, gentileza, trato educado, buenas costumbres, human relations ni filantropía, que pueden también ser patrimonio de otras culturas no cristianas.

Si la obra del Diablo -por fin- es odiar al elegido, la del Hijo es amar hasta al que lo odia y lo rechaza.

3.6.b La caridad es servicial

Así queda descrito el modo específicamente cristiano de amar y por lo tanto el modo específicamente anticristiano de envidiar, o sea de entristecerse por el bien de los creyentes.

La definición de agapé (el amor cristiano, que también se conoce por el nombre específico de caridad) es: amar a Dios y a al prójimo por amor a Dios. Pero donde el amor se manifiesta y en lo que propiamente consiste, es en la obediencia, el servicio y la entrega total. Contra lo que los extravíos románticos del lenguaje han divulgado, hay que recuperar el sentido bíblico primero y después cristiano de la palabra amor, es decir, retornar al uso de la palabra caridad. El romanticismo ha hecho del amor una cuestión de pasión y sentimiento. Y algunos desvíos indiscretos de la religión y de la fe, han podido convencer a muchos de que creer es sentir; que en lo religioso sólo es sincero y auténtico lo que se siente: hay que ir a Misa cuando lo siento, se ha dicho y enseñado, confundiendo el sentimiento con la fe.

Paralelamente otros han vivido un divorcio entre obligación y devoción, o más bien, entre obligaciones y devociones. Para remediar estas indiscreciones es que se acuñó el conocido proverbio que nos trasmitieron nuestras abuelas: primero la obligación y después

la devoción. Pero aunque este refrán sea prudente, a esta prudencia le falta algo para

hacernos del todo sabios. El amor de Dios, en la escuela de Cristo invita a encontrar la

devoción en la obediencia: "mi comida es hacer la voluntad de mi Padre" (Juan 4,34). El

Horacio Bojorge – Mujer ¿Por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia del Diablo, y que nos propone, es éste: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a

otros. Que como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos, si os tenéis amor los unos a los otros" (Juan 13,34-

35).

Este servicio del amor, lo expresa Jesús en el gesto del Siervo que lava los pies de los elegidos (Juan 13,1-20). Reluce aquí la sabiduría de la receta divina contra la envidia que opone a Ungido contra Ungido: la caridad como servicio al bien del otro; la caridad como ministerio y servicio.

El Señor exorciza las rivalidades entre elegidos haciendo de los potenciales

dominadores y rivales, buenos servidores. La rivalidad se canaliza en forma de servicio. La inclinación a negar el ser del otro, se cambia por la de afirmar su ser y la de servirlo hasta con el sacrificio de sí mismo: “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos" (Juan 15,13). Si alguien quiere aplicarse la entrega de Jesús, debe cumplir con la condición que Jesús pone para admitir al círculo de su amistad, y esa condición es el amar y servir, en primer lugar, a los hermanos en la fe: "vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os

mando" (juan 15,14).