3. La acedia en la vocación religiosa docente
3.5 Tentaciones de fuga con apariencia de bien
Si nuestro lector está familiarizado con el ambiente de un colegio gestionado por una comunidad religiosa docente, estos hechos no le serán desconocidos y podrá sin duda completar el elenco. Los he enumerado, hasta la saciedad, para señalar que la sumatoria de todos ellos, hace hoy de la vocación docente una situación tanto o más propicia a la acedia que la de un monje estilita en la peor canícula del peor desierto.
Y así como entre los monjes la acedia producía la tentación de fuga, las tentaciones de fuga individuales o colectivas son numerosas y diversas en la vida docente. Para
reconocerlas como tentaciones, puesto que son todas nobles y buenas, racionalmente inobjetables, basta con fijarse en un solo signo: no van ni llevan hacia el colegio, sino que
sacan y "salvan" de él.
Una forma de la tentación de fuga que llega a caballo de la acedia podrá ser la vida contemplativa. Otra podrá ser la reorientación hacia un concepto más amplio de educación. Otra, todavía, la opción por los más pobres y el dejar los colegios para ir a insertarse en las Villas o en parroquias suburbanas, para atender un dispensario o tomar algunas horas de catequesis. Estos son los casos más nobles y los más peligrosos, porque como tentaciones bajo especie de bien, llegan fácilmente a insitucionalizarse.
Horacio Bojorge – Mujer ¿Por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia En los demás casos, se asiste al repliegue liso y llano sobre los propios intereses. Se obtiene algún título que permita salir e insertarse en el mundo laboral. Algunas veces, ¡oh ironía del destino! en algún colegio de la congregación que se abandonó.
3.6 Un ejemplo
He aquí el testimonio de una religiosa: “Mi breve relato pudo ser una grave historia, si no hubiese mediado el amor que el Padre me tiene, que me alcanzó con el Hijo y me iluminó con el Espíritu. He padecido una grave tentación, que ahora veo como una seducción del maligno, por el lado más hermoso: conocer a Dios y gustarlo en la vida monástica-
ermitaña, en silencio, soledad y fraternidad. La consolación que me producía esta idea era muy grande.
“Mi trato regular con personas de un instituto contemplativo me hacía muy feliz. Pero yo olvidaba el primer amor, mi ser consagrado con ya cuarenta años de hábito, en una congregación apostólica de vida activa y carisma docente. Inicialmente este deseo parecía un más loable, pero, a pesar de mis esfuerzos no lo alcanzaba. Busqué de todos modos alcanzarlo. Desoí consejos y enseñanzas. ¡Yo estaba como enamorada de ese sueño tan consolador! Sin descuidar mis obligaciones religiosas y pastorales, éstas se me iban haciendo cada vez más pesadas. Fui tiñendo mis obligaciones religiosas de aires monásticos.
“Progresivamente comencé a caer en omisiones. O no hacía lo bueno (sin hacer nada malo) o lo bueno lo hacía a medias, incompleto, sin entusiasmos. Como otras hermanas mías, a las que me unía una fraterna comunión, habían pasado a la vida contemplativa, comencé a codiciar su bien. Crecieron en mí celos y envidias, tensiones, enojos que afectaban la caridad en mi vida fraterna. Insistía en dar crédito a esta falsa consolación y porfiaba por alcanzar esa plenitud. Cuando me advertían: ‘¡estás soñando!’ yo reaccionaba irritada y con orgullo.
“Entre tanto, había perdido la alegría de mi vocación y la felicidad real se alejaba cada vez más. Subsistía en mí, por pura gracia de Dios y protección de mi Madre, María Santísima, un profundo amor a mi Congregación, que me impedía poner el pie afuera. Dios me regaló la
gracia de no querer hacer nada que no tuviese el visto bueno de su voluntad. Y era esto lo
que no llegaba. Hacía débiles y esporádicos intentos por cortar la ilusión, los sueños. Ahora sé que todo era tentación del maligno. Finalmente, en el retiro anual, ‘intuí desde adentro’, como si me quitaran una venda de los ojos que todo eso había sido un engaño y una ilusión. Intuí que el predicador del retiro me podría ayudar y se me daba una disposición confiada para abrir mi alma y dócil para aceptar lo que tantas veces había rechazado. Sabía que sufriría y el ánimo se me encogía, pero se me daba una firmeza que apoyaba mi decisión para el bien. No fue fácil renunciar de golpe a la dulzura engañosa y dañina de mis ilusiones. Hablé, pedí luz, recé, medité, instando mucho en pedir, me confesé pidiendo la gracia del sacramento. El Señor me sostenía y me confirmaba. El embrujo de la tentación se disipaba rápidamente como una bruma que se lleva el viento. Sentía la obra liberadora de mi Esposo, Cristo Redentor.
“Estoy en paz. Sé que podrán volver luchas. Pero ahora conozco al enemigo y sé dónde está mi debilidad y mi fortaleza. Por cierto que descubrirse no ha sido fácil ni bonito, pero es una gracia de salvación. Lo comparto con afecto para con todos aquellos que, como yo, puedan estar corriendo tras un sueño maligno, teñido de ‘falsa perfección’”
Horacio Bojorge – Mujer ¿Por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia 3.7 Acedia escolar congregacional
En la obra anterior llamábamos la atención sobre las formas sociales y culturales de la acedia. Particularmente grave es la situación cuando la tentación de acedia escolar, deja de ser asunto privado, de un religioso en particular, y se congregacionaliza. Es decir, cuando ya no es un individuo sino una comunidad y hasta toda una congregación, la que está afectada, sin advertirlo, por una forma socializada e institucionalizada de acedia escolar. Entonces, la institución, no sólo ya no ayudará a los individuos a discernir y vencer la
tentación, sino que la sembrará activamente en sus miembros, desalentará a los fervorosos, culpabilizará a los que aún quieran cultivar la mística de su carisma y llegará incluso a convertir su tentación en doctrina; racionalizará sus deserciones y terminará dejando los colegios, convencida de que está prestando un servicio a su congregación y a la Iglesia. Nada significará para ellas que, desde el obispo hasta el último fiel, todos manifiesten su dolor por el cierre del colegio. ¿No es bien posible que en muchos casos de abandono de instituciones escolares y de crisis de congregaciones educativas ocurridos en las últimas décadas, haya intervenido la tentación que tratamos de señalar aquí?
Está muy amenazada hoy la alegría de la vocación docente en un colegio de una congregación religiosa. Las religiosas del colegio tienen que presenciar a menudo que, habiendo alcanzado la acedia a superioras y formadoras, éstas no quieren que sus jóvenes "sufran lo que yo sufrí en aquél colegio"; por lo que las envían a alguna pequeña comunidad inserta en medios populares; tratan de reorientar desde la formación el futuro de la
congregación hacia otros rumbos y se desentienden de los reclamos de las que aún creen en los colegios que quiso el fundador.
En algunas congregaciones, donde la acedia docente institucionalizada ha ganado a superioras mayores y formadoras, las hermanas que llevan el peso de los colegios tienen que mirar con hambre y desde lejos a un puñadito de hermanas jóvenes que están en
formación... para otra cosa. El metamensaje es claro e hiriente.
La acedia institucionalizada formula profecías contra los colegios y su futuro, o mejor dicho, profetiza que no tienen futuro. Y pone todos los medios para realizar esas profecías, aplastando toda resistencia que pudiera demostrarlas falsas. Los que en medio de todo esto aún encuentran el gozo de la caridad en su vocación docente, están hoy en un huerto de los olivos.
3.8 Conclusión
He tratado de describir los motivos y formas del tipo de acedia que ataca a la vocación docente de religiosos y congregaciones religiosas. He mostrado cómo los motivos de acedia se agigantan debido a la lucha contracultural moderna y postmoderna y cómo logran su objetivo desanimando y entristeciendo a educadores y congregaciones educativas católicas. La sumatoria de esos motivos constituye una presión muy fuerte que ha empujado y de hecho amenaza con seguir empujando a la acedia escolar a muchos religiosos docentes. Conforma una cierta atmósfera de acedia escolar que puede contagiar a enteras
congregaciones enseñantes y puede escalar hasta sus gobiernos congregacionales.
Sobre esa tentación de acedia llegan cabalgando diversas tentaciones, individuales o colectivas, que cohonestan la fuga y la deserción del frente de lucha docente: la vida
contemplativa, el concepto amplio (el otro es tácitamente calificado de estrecho) de educación, la opción por los pobres y la inserción en los medios populares, etc. etc.
Horacio Bojorge – Mujer ¿Por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia Es necesario advertir el fenómeno espiritual y combatirlo con medios espirituales. En lugar de desertar el frente de lucha, hay que concentrar las fuerzas y hacer un esfuerzo
doblemente lúcido y creativo para poner sobre nuevas bases las obras docentes y asegurar su libertad docente frente a los intentos de sojuzgamiento o liquidación que provienen de la cultura dominante.
Horacio Bojorge – Mujer ¿Por qué lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilización de la acedia