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FACTORES INMEDIATOS

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CORRIENTES IDEOLOGICAS EN EL MOVIMIENTO DE OCTUBRE DE

FACTORES INMEDIATOS

A las causas permanentes se sumaron durante el régimen de Ubico factores circunstanciales de orden económico, social y político. Entre los factores económicos hay que referirse en primer lugar a las consecuencias

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de la Segunda Guerra Mundial. La intervención de los bienes alemanes y la finura posibilidad de expropiarlos, abrió para la burguesía nacional una perspectiva inmediata de fortalecerse en el terreno de las finanzas, cl comercio y la agricultura, ya fuera llenando el vacío que se creaba o sustituyendo a los antiguos propietarios. Era claro que para lograrlo había que tener el poder estatal. Por otra parte, la economía de guerra había ayudado a los Estados Unidos a salir de la crisis surgida en 1929 y a convenirse en el centro de poder capitalista. Resultaba lógico prever que, al terminar la guerra, vendría para los países que giran en la órbita del imperialismo yanqui una activación del comercio en ambos sentidos y una mejoría de los precios, lo que, por cierto, ya había empezado a producirse. Para mantener quieta y adicta a su retaguardia económica y política, el gobierno de Roosevelt había concedido precios de garantía a los principales productos de exportación de los países latinoamericanos, asumiendo los riesgos de transporte. En comparación con el que había regido en años precedentes, el precio fijado para el café significó un incremento sustancial en los ingresos de los finqueros guatemaltecos. Y como no podían comprar artículo industriales de importación, los empresarios agrícolas acumularon considerables sumas en los bancos. Muchos finqueros querían ampliar sus explotaciones o emprender nuevos cultivos, indispensables para la guerra ola futura reconstrucción, tales como la quina, el hule, el píretro, los aceites esenciales, el azúcar, etc. Pero todos esos propósitos se estrellaban ante las rígidas y absurdas limitaciones impuestas por el régimen.

Puede en consecuencia, afirmarse que las necesidades de expansión de la economía y los intereses de la burguesía agrícola comercial entraron en aguda contradicción con el sistema de restricciones de la dictadura ubiquista. De un modo más general, podría decirse que las fuerzas productivas tendían a romper el marco político y social existente. Para comprender esta situación, conviene recordar que Ubico llegó a la presidencia en un momento de grave crisis económica, con el apoyo casi unánime de las clases dominantes. Estas le asignaron la misión de instituir una férrea dictadura, que permitiera hacer pesar sobre los más pobres los efectos de la crisis, especialmente sobre los trabajadores de las fincas de café, cuyos salarios serían disminuidos, y sobre los pequeños campesinos, a quienes se pagarían precios ínfimos por sus productos. Luego llegarían los recortes al presupuesto nacional, por medio de destituciones en masa y rebajas de sueldo de los empleados del gobierno. La culminación fue el sistema de realizar las obras públicas con trabajo no pagado, como en el caso del “servicio de vialidad”. La reducción tajante en los ingresos de divisas extranjeras y en el circulante interno produjo tina especie de congelamiento de la actividad económica, que si bien redujo el costo de la vida generalizó la pobreza y casi paralizó al país. Los pocos negocios que conservaron

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alguna actividad fueron acaparados por funcionarios del gobierno y sus allegados, como sucedió con la panela, la carne y el aguardiente. Para mantener la situación deflacionaria y los monopolios, se dictaron drásticas limitaciones a la producción y comercio de numerosos artículos. Llegó un momento en que casi todos dependían del gobierno para subsistir, ya fuera con los raquíticos sueldos públicos y las pocas adquisiciones que efectuaba el gobierno, o en virtud de los permisos oficiales para producir y vender determinados bienes. Esta regimentación era utilizada por Ubico como instrumento de represalia política. La dictadura, como es fácil imaginar, llegó a ser total, se ejercía no solo sobre la conducta pública y privada de los ciudadanos sino también sobre sus posibilidades de subsistencia material. El obsesivo afán de mantener un control absoluto sobre el país, a través de la inmovilidad, condujo a cosas tan increíbles como la fijación de salarios máximos, la oposición a que se establecieran nuevas industrias y la limitación del presupuesto nacional a un nivel mínimo, no obstante que habían recursos fiscales para ampliarlo. La burguesía y los terratenientes le estaban agradecidos a Ubico por haberles ayudado a sobrellevar la crisis y reconocían que había sabido “implantar el orden”, pero sentían que ya no lo necesitaban y que sus eficaces servicios habían llegado a revertir contra sus intereses. Por consiguiente, decidieron sacudírselo y participaron con entusiasmo en la “gesta cívica”.

A pesar de la parálisis de la vida nacional, se había producido lo que los demógrafos llamarían un crecimiento vegetativo de la clase media, de modo especial en los estratos inferiores. Se produjo también su concentración en la capital, en busca de oportunidades de trabajo y educación. Surgió, por lo tanto una mayor afluencia a los centros de educación media superior, a la que el gobierno respondía con la limitación arbitraria del número de bachilleres, maestros y profesionistas a los que se permitía recibirse, extremando para ello los requisitos y las exigencias de los exámenes. Hubo año en que solamente salieron ocho bachilleres en todo el país y por esa misma cifra andaba el número de títulos profesionales. Los que lograban obtenerlo encontraban obstruidos casi todos los caminos, si no pertenecían a familias pudientes. Generalmente no tenían más perspectiva que un nombramiento de juez, cirujano militar y otros cargos semejantes, lo cual implicaba muchas veces renunciar a la independencia política o la dignidad profesional. Muchos no podían o no querían recibirse y consumían su juventud en puestos de escribientes o practicantes. El acceso a la vida pública, en la política o en la administración, estaba cerrado, a no ser el precio de la sumisión incondicional. Al cabo de trece años de ubiquismo, varias promociones pugnaban por participar en la vida nacional y ejercer con provecho sus profesiones. Cosa parecida sucedía en el magisterio y en la oficialidad del ejército. Los viejos generales habían perdido autoridad

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moral y profesionalmente, aparecían absoletos a los ojos de los oficiales entrenados en las nuevas armas y en la táctica moderna. Resultaría prolijo mencionar lo que ocurría en los otros segmentos de las clases intermedias, como los artesanos, empleados públicos y privados, pequeños comerciantes e industriales, pequeños agricultores, etc. Basta con decir que en todos ellos había una necesidad urgente de desarrollo y un vivo deseo de mejorar.

Como clase emergente, que aspiraba a introducirse en las capas superiores, la clase media tenía que lograr un cambio que garantizara la movilidad social ascendente, que es la condición básica de su existencia, pues de lo contrario pasa a formar parte del proletariado. Por esa razón y por su mayor grado de conciencia democrática, la parte de la clase media no comprometida con la dictadura se constituyó en clase protagonista del movimiento, encabezada por la pequeña burguesía intelectual joven. Ello respondía, por lo demás, al carácter fundamental del proceso revolucionario que se iniciaba.

Los trabajadores asalariados de la ciudad y del campo eran una fuerza numérica mayor y sufrían en forma directa la explotación y la política represiva. A excepción de algunos casos de vinculación personal o de temor a las represalias, su apoyo al movimiento fue total. Su participación resultó importante. pero no decisiva, y desde luego, como clase los trabajadores no jugaron un papel dirigente. No podían jugarlo, primero porque su estado de organización y preparación política no lo permitían y; por último, porque se lo impedían las clases superiores, que se mostraban deseosas de utilizar su apoyo, pero de ninguna manera estaban dispuestas a que los acontecimientos tomaran un curso que no les convenía.

En cuanto a los campesinos, su dispersión, su aislamiento cultural y su justificada desconfianza los mantuvieron al margen de las primeras luchas. Víctimas del trabajo gratuito, del servicio militar forzado y de toda clase de arbitrariedades y despojos, era natural que ansiaran liberarse y salir de la miseria en que vivían, pero también era lógico que no se sintieran atraídos por acontecimientos cuyo significado ignoraban. Sólo después de algún tiempo, cuando los organizadores y propagandistas recorrieron todo el país explicando las intenciones del nuevo régimen, los campesinos se interesaron en lo que sucedía y empezaron a organizarse. La cuestión que realmente podía desatar su entusiasmo, la cuestión de la tierra, ni siquiera era mencionada por los políticos en los primeros tiempos.

En Guatemala, hablar de campesinos pobres o sin tierra, es tanto como hablar de los indios. No se trata aquí de abordar el complicado problema sociológico que representaban los grupos nacionales indígenas, sino de señalar su situación y su actitud en relación con el movimiento de Octubre. En este aspecto, la actuación de las fuerzas que dirigían

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el movimiento y tomaron el poder a la caída de Ponce fue en realidad condenable. Desde el momento en que Ubico abandonó el poder, salió a flote el espíritu discriminatorio. Se culpaba a los indios de ser responsables de todas las dictaduras del pasado, se les acusaba de ser partidarios de Ponce, se les señalaba no sólo como un lastre para la nación, sino como el mayor obstáculo para la democracia. Esta absurda propaganda caló muy hondo, al grado de que la Junta Revolucionaria de Gobierno inauguró su acción renovadora con una masacre de indios en Patzicía y el Congreso Constituyente que debía organizar el nuevo Estado democrático le negó inicialmente cl Derecho al voto a los indios, es decir, a la mayoría de los ciudadanos. Tendrían que pasar varios años para que, gracias a la influencia creciente de la izquierda, comenzaran a cambiar las ideas y actitudes sobre el problema indígena.

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