CAPITULO IV: ¿QUÉ CELEBRAR?
1. Conmemorar un pasado Saldar viejos dilemas
1.1. La fecha Un relato sobre el pasado
En primer lugar el Centenario recordaba una determinada fecha del proceso emancipador: el 18 de septiembre de 1810. Como se vio en segundo capítulo, la instauración de “dieciocho” como la fecha que encarnaba la independencia fue el resultado de un complejo proceso de negociaciones histórico-políticas sobre la memoria460. De esta manera, a lo largo del siglo XIX, la fecha de la primera Junta Nacional se fue consolidando como la fiesta nacional más importante dentro del calendario cívico al representar el
456 Sáez-Arance, op. cit., 375.
457Sesión de la Cámara de Diputados, 20 de junio de 1910. 458Sesión del Senado, 18 de julio de 1910.
459Sesión del Senado, 3 de noviembre de 1908.
460 Esto ocurrió en todos los países latinoamericanos que celebraron su Centenario en torno a 1810. Pérez
nacimiento de Chile como República Independiente. Esto implicó sacrificar otros hitos igualmente relevantes, como la proclamación de la Independencia en 1818. Al cumplirse cien años desde ese hito fundacional, ¿había lugar a cuestionamientos o a nuevas interpretaciones sobre esta fecha? ¿porqué se celebraba el Centenario de 1810 y no de 1808, fecha en que efectivamente se inició la crisis dinástica en la península ibérica que condujo a las revoluciones de independencia? ¿o 1818, año en que se firmó la Declaración de la Independencia? Aunque desde un comienzo la clase dirigente consideró celebrar el Centenario del 18 de septiembre de 1910, esto no significó que no se quisieran rememorar otras fechas significativas del proceso de independencia o que, inclusive, se propusiera cambiar la fecha de celebración de 1810 a otras fechas significativas del proceso emancipador.
El primer gesto referente a incluir en los festejos centenarios de 1910 la evocación de otra fecha significativa del proceso de Independencia se presentó en el proyecto de ley elaborado por la Comisión de Industria y Obras Públicas del Senado en 1904. En él, junto con la inauguración de una serie de obras públicas, se indicaba que para conmemorar el Centenario se procedería a la apertura “de un monumento a la proclamación de la Independencia, que se erigirá en la plaza principal de la ciudad de Santiago”461. La razón de esto radica en que, durante el proceso emancipador existieron una serie de hitos, tanto cívicos como militares, que formaron parte del proceso único que condujo a la Independencia de Chile. Entre ellos destacaba la ceremonia de jura del Acta de la Independencia, realizada el 12 de febrero de 1818 en la Plaza de Armas de Santiago, fecha que además coincidía con el primer aniversario de la batalla de Chacabuco. A través de este documento, que fue redactado en enero de 1810 y aprobado el 2 de febrero por el director supremo Bernardo O’Higgins en la ciudad de Talca, Chile declaró por primera vez, de manera oficial y solemne, su independencia. Lo interesante de esta fecha es que, junto con encarnar el acto civil quizás más relevante del proceso de Independencia, ya que establece la voluntad de autogobierno del pueblo de Chile, también recuerda una importante victoria militar como fue la batalla de Chacabuco de 1817, contienda decisiva que puso fin al período de la Reconquista. Este doble sentido, cívico y militar, otorgaba al 12 de febrero una significación especial en el contexto del Centenario, de ahí que se propusiera levantar
un monumento en memoria de ese hito, aunque privilegiando su carácter civil. Si bien este proyecto de ley nunca llegó a debatirse en el Congreso Nacional, la idea de hacer memoria sobre el evento de la proclamación de la Independencia fue retomada en varias oportunidades, incluso a pocos días de iniciarse los festejos de 1910.
En este sentido, durante el debate de la ley que autorizaba los fondos para las fiestas del Centenario en julio de 1910, surgió una polémica sobre el monto que consultaba la ley, el cual, en opinión de algunos parlamentarios, resultaba excesivo en consideración del estado de la economía nacional. Pero no solo eso, sino que la poca anticipación con que se estaba procediendo en la materia obligaba a aprobar dineros sin contar con el tiempo suficiente para estudiar responsablemente a qué se destinaría el dinero, situación que fue rechazada por algunos parlamentarios. Al respecto el senador Walker Martínez manifestó:
“Si estamos a dos meses del aniversario que se trata de celebrar y si no podemos comprar tiempo ¿con qué objeto continuar en la idea de estas fiestas universales cuando no podemos hacer los preparativos, cuando todas nuestras ciudades están en las condiciones de Santiago, con aspecto de ruina, con sus calles punto menos que intransitables? (…) ¿por qué no celebramos el aniversario real de nuestra Independencia? ¿Se dio siquiera el gripo de la Independencia en 1810? No, señor; la verdad histórica respetaría mejor celebrando el año 18”462.
Faltando tan solo dos meses para los festejos de septiembre era la primera vez que se ponía en duda la fecha que debía solemnizarse. El argumento del senador Walker Martínez encontró acogida entre algunos senadores, entre ellos Fernando Lazcano, quien se declaró a favor de postergar las fiestas dada la situación de la capital, denunciando que, si bien el gobierno perseguía el buen propósito de dar mayor esplendor a las fiestas del Centenario, no era prudente pretender darles un gran desarrollo a último minuto, cuando no había tiempo para preparar el programa. Por lo mismo expresó la conveniencia de postergar las fiestas,
“sin que ello importe desmedro para Chile (…). Sería, pues, de desear que los hombres del actual Gobierno tomaran en cuenta esta idea, de si sería posible
postergar para alguna fecha gloriosa, de aquellas que Chile celebra anualmente, la celebración del Centenario”463.
Y la fecha que el senador Lazcano propuso fue el aniversario de la Batalla de Maipú, “que fue la que en realidad puso el sello definitivo a la Independencia de Chile, puesto que antes de ese triunfo solo había entre los chilenos el buen deseo de ser independientes”464.
Aunque se estaba sugiriendo cambiar los festejos centenarios, esto no respondía a un verdadero cuestionamiento de la legitimidad del 18 de septiembre de 1810 como la fecha que encarnaba la Independencia Nacional. La posibilidad de celebrar el Centenario de 1818 se expuso más bien por un tema práctico –el retraso de los preparativos y el crítico estado de la economía nacional– que por un tema de fondo–determinar el hito que encarnaba la emancipación–. La legitimidad atribuida a la primera Junta de Gobierno, y su consolidación durante todo el siglo XIX como el hito fundacional de la nación, no dejaba espacio a nuevas interpretaciones en el Chile de 1910.
Lo mismo ocurrió con la respuesta que los parlamentarios obtuvieron del representante del Gobierno, el Ministro de Relaciones Exteriores Luis Izquierdo, el cual manifestó lo siguiente:
“La postergación de la celebración del Centenario que a Su Señoría [senador Lazcano] le parece tan fácil, a mi modo de ver es casi imposible, por esta razón: porque las fechas históricas no las adelantamos ni las postergamos a nuestra voluntad: ellas llegan fatalmente y no está, repito, en nuestras manos ni adelantarlas ni postergarlas (…) La patria chilena, señor Presidente, existía antes de 1818; la patria chilena viene desde el mismo día en que los hombres que figuran en el cuadro que aparece en la testera de esta sala, se reunieron para formar un Gobierno Nacional”465.
A pesar que la respuesta del Ministro señala como principal razón para no retrasar el Centenario el que no se deben cambiar arbitrariamente las fechas históricas, la negativa a modificar la celebración responde, en realidad, a un tema también práctico: al momento de
463 Idem. 464 Idem. 465 Idem.
ese debate, en julio de 1910, la mayoría de los países invitados a participar del Centenario ya habían confirmado su asistencia, entre ellos Argentina que era el invitado de honor, de manera que la cancelación de los festejos habría provocado una humillación internacional.
Finalmente los festejos del Centenario tuvieron lugar en 1910, como siempre se proyectó. Pero ¿cuánto se rememoró realmente de lo ocurrido en septiembre de 1810? Poco y nada. La primera Junta de Gobierno era sin duda el evento fundacional, pero competía con las victorias conseguidas en las batallas de Chacabuco y de Maipú y con la jura del Acta de la Independencia. Esta dispersión de fechas que se querían conmemorar durante el Centenario significó un desafío para los organizadores. ¿Cómo hacer una conmemoración que diera cuenta de esta compleja trayectoria, que incluía hitos bélicos con otros de carácter civil? La solución fue diseñar una conmemoración transversal, que no solo se centrara en los eventos de 1810, sino en la trayectoria histórica del país desde 1810, e incluso antes, pero sin seguir necesariamente un orden cronológico. Así, los eventos conmemorativos durante el Centenario comenzaron el 13 de septiembre con la inauguración de una columna conmemorativa de la victoria obtenida en la batalla de Maipú el 5 de abril de 1818. El ambiente fue descrito por Carlos Morla Lynch de la siguiente manera:
“El día está hermosísimo, vibrante de luz, y en el tren especial que conduce a la comitiva al sitio de la fiesta, reina una inusitada alegría y contento. El aspecto es realmente hermoso y un hálito de patriótico entusiasmo flamea en el ámbito, dominante e invencible. (…) Y diríase que flotara por doquier, en una ingente sensación de gloria, como si revivieran en estos campos, sagrados por la sangre de los que murieron en ellos, al son de los clarines, los héroes de hace un siglo. Desde la entrada hasta el pie del pedestal (…) se alzan los estandartes desplegados por todas las unidades del Ejército, mientras en un altar improvisado en la base del monumento, lleno de flores campesinas, celebra una misa de campaña, el capellán mayor castrense. (…) Las banderas flamean, los uniformes brillan al sol y las almas vibran henchidas por el noble e imperecedero recuerdo de esos días de gloria”466. Durante la ceremonia se pronunciaron discursos e incluso se dio una conferencia gráfica sobre la batalla, dándose por finalizado el acto con honores militares467.
466 Morla (vol. 1), op. cit., 275-276. 467Programa de las festividades..., op. cit.
El 18 de septiembre, día principal de los festejos, se realizó el desfile histórico de las tropas que representaban al Ejercito Patriota entrando victorioso luego de la batalla de Maipú con indumentaria de la época468. Nuevamente Morla Lynch escribe sobre este acontecimiento:
“Los regimientos aparecen por la calle Bascuñán Guerrero y el primer impulso es sacarse el sombrero e inclinar la frente ante esta evocación sugestiva de la historia patria. (…) Brillan los rostros juveniles de esa muchachada en que corre sangre patriota y que lleva el uniforme de los viejos tercios de la época. (…) En vez de aplausos la multitud, sobre todo el pueblo, se siente arrobado y un silencio plana en la atmósfera en tanto que siguen desfilando”469.
El desfile siguió por la Alameda y, al pasar frente a la estatua del General San Martín, el Colegio Militar argentino le presentó armas. Continuó la procesión por la calle Ejército y Avenida Matta, hasta llegar a la entrada principal del Parque Cousiño470. En ese lugar se realizó la ceremonia de colocación de la primera piedra al monumento a la Independencia, ante la presencia de ambos presidentes, todos los ministros y delegaciones extranjeras, “lo que da al acto una importancia y solemnidad grandiosa, extraordinaria. Aplausos, himnos nacionales, aclamaciones, etc.”471. En el acto se firmó el acta de la celebración, cuyo pergamino insertado en un tubo de bronce fue depositado en un hueco de la piedra fundamental. Con una pala de plata, el Vicepresidente procedió a cubrirla, seguido por el presidente argentino, los ministros de Estado y algunos delegados extranjeros472.
Mediante estos rituales públicos se exteriorizó el relato centenario del proceso emancipador: narrativa que comenzó con la rememoración de la batalla de Maipú, continuó con el desfile de las tropas victoriosas del 5 de abril de 1818 y culminó con un monumento a la Independencia. Esta versión simplificada de las guerras de independencia le otorgó coherencia a los eventos ocurridos entre 1810 y 1818473. Y ¿qué pasó con 1810? No hubo
468 Arriagada, op. cit., 73. 469 Morla (vol. 2), op. cit., 57-58. 470 Actual Parque O’Higgins. 471 Morla (vol. 2), op. cit., 58. 472 Arriagada, op. cit., 74.
473 En realidad los hechos se sucedieron de la siguiente manera: el 18 de septiembre se realizó el Cabildo
Abierto, a lo cual le siguieron una serie de batallas entre las cuales está la de Chacabuco el 12 de febrero de 1817. El 12 de febrero de 1818 se proclama la Independencia, la cual quedó sellada definitivamente el 5 de abril con la batalla de Maipú.
un solo acto especialmente dedicado a recordar la primera Junta de Gobierno. Quizás el solo hecho de estar celebrando en septiembre de 1910 le daba relevancia a ese acontecimiento, o quizás, dado que Argentina era el invitado de honor, se privilegiaron actos que hicieran memoria sobre la gesta conjunta de los ejércitos de Chile y Argentina en pos de la Independencia. Ya fuese por lo uno o lo otro, lo cierto es que el relato sobre el pasado se construyó a partir de las motivaciones de septiembre de 1910.
Y, por lo mismo, para la clase dirigente el Centenario asomó como una posibilidad para recordar también otros acontecimientos que, de alguna manera, reafirmaban el orden político de comienzos del siglo XX ¿Cómo se podía hacer memoria sobre los eventos anteriores y posteriores a la Independencia? La organización de la Exposición Histórica del Centenario sirvió como escenario para exhibir objetos que hubiesen servido “a nuestros antepasados durante la época prehistórica, descubrimiento y conquista de Chile; y los que se usaron durante la Colonia, Independencia, etc.”474 La muestra se organizó en torno a quince secciones: objetos indígenas; tejidos, trajes y joyas; muebles y vajilla; instrumentos de música; cuadros y retratos; culto; manuscritos e impresos; monedas y medallas; filatélica; armas e insignias militares; medicina y ciencias aliadas; uniformes militares; instrucción pública; útiles de artes manuales; mapas y planos475. La diversidad de objetos era notable, dando cuenta de una interpretación amplia de lo que podía representar la herencia nacional. Pero la Exposición no solo permitiría al público conocer y aprender sobre el pasado, sino que posibilitaba la reapropiación de la memoria histórica nacional a través de una colección de objetos seleccionados y clasificados como genuinos representantes de la esencia nacional, en definitiva, como monumentos a los “padres fundadores”476, quienes en definitiva eran los antepasados de la clase dirigente del 1900. Así, el relato histórico articulado en la muestra identificaba los logros de la joven nación con los de sus familias y la gesta emancipadora con el heroísmo de sus antecesores477. De esta manera, la elite dirigente se celebraba a sí misma, ya que lo memorable con motivo del Centenario eran básicamente los actos llevados a cabo por sus propios antepasados. Muestra de esto es que el comité encargado de organizar la Exposición Histórica hizo un
474Circular de la Exposición Histórica del Centenario a sus delegados, 1910, citado por Alegría y Núñez, op.
cit., 71.
475Ibid., 73. 476Ibid., 72.
llamado pidiendo a quienes tuviesen objetos valiosos para que los prestaran, convirtiéndose ésta en la manifestación viva de la elite y su pasado478.