específicamente en la poesía amorosa del poeta chileno Pablo Neruda, que debe quedar correctamente delimitada y situada cronológicamente dentro sus diferentes ciclos poéticos y de su vasta producción.
3.1.2. Feminismo, mujer y situación social en Chile: 1900‐1950
La historia del feminismo no es solo una historia social de las mujeres, sino también un concepto intelectual que forma parte de la historia de la humanidad y que ha ido creciendo sin pausa, especialmente a lo largo de todo el siglo XX.
No existe un concepto de feminismo único, sino una diversidad de respuestas y orientaciones femeninas ante los problemas que aquejaban a la mujer en los distintos estratos sociales150 y en los distintos lugares geográficos del planeta durante el pasado siglo.
En todos los países latinoamericanos, a lo largo del siglo XX, especialmente en su primera mitad, fueron ocurriendo cambios significativos en la condición social de la mujer, tanto en el terreno personal como en el terreno político y social. En todas las sociedades se asistió a grandes transformaciones respecto a los roles que desempeñaban las mujeres, acentuadas en algunos de los grupos étnicos o sociales que estas
150
ASUNCIÓN LAVRIN, Mujeres, Feminismo y cambio social en Argentina, Chile y
Uruguay 1890‐1940, Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile, 2005, pág., 15.
constituían151. La participación de las mujeres en la vida pública coexistió con su participación en la esfera doméstica y su labor de madre, situación que permanece todavía en la gran mayoría de las mujeres chilenas. La mayor conquista de las mujeres durante el siglo XX fue la conquista del voto femenino, que permitió el acceso de la mujer a la vida civil. Así, en todas las regiones, se alteraron o modificaron los códigos que habían convertido a las mujeres en auténticas esclavas domésticas, de la misma manera que no hubo nación que no reconociera algo tan básico como era el derecho al sufragio femenino.
Junto a la conquista de este derecho, aparece la conquista de otro derecho fundamental: el derecho a la educación de las mujeres, negado durante los siglos anteriores. En este tema hubo una silenciosa revolución a partir de la década de 1960 y 1970, cuando se inició un proceso de feminización de la matrícula entre los estudiantes de clase alta.
La educación de las mujeres en Chile comenzó a establecerse de manera firme en la segunda mitad del siglo XIX, con la fundación de un sistema de educación pública y de escuelas privadas que sirvieran a los intereses de las jóvenes urbanas y las prepararan para la educación secundaria en liceos fiscales y privados. Esa preparación intelectual exigía una continuación universitaria que fue posible en 1877 gracias a una ley que llevó el nombre del ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, Miguel Luis Amunátegui. De esta manera, en 1926 Chile contaba con 51 liceos fiscales y un cuerpo de mujeres profesionales acostumbradas a expresar
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DORA BARRANCOS y GABRIELA CANO, “Transformaciones en las vidas de las
mujeres en América Latina”, Historia de las mujeres en España y América Latina, del
sus opiniones públicamente152, mujeres entre las que se encontraba ejerciendo su labor educativa la premio Nobel de las letras Gabriela Mistral.
De modo pragmático, la educación también abrió el camino para la participación económica de la mujer en el proceso de desarrollo del país, aunque las tasas de participación en la región fueron relativamente módicas, ya que en su conjunto no superaron el 30% de la población económicamente activa durante la primera mitad del siglo XX. Como vehículo de expresión de la conciencia política femenina del movimiento obrero chileno de principios del siglo, existieron periódicos organizados por mujeres trabajadoras: La alborada (1905‐07), La Aurora feminista (1904) y La Palanca (1908), efímeras publicaciones que reconocían el papel de la mujer en la lucha de clases.
La clase media urbana y algunos miembros de la élite social se organizaron alrededor de dos instituciones clave: el Círculo de Lectura y el Club de señoras (1915), que, mediante funciones de índole intelectual, contribuyeron al desarrollo de la personalidad jurídica, política y cultural de las mujeres.
En 1917, Luis A. Undurraga, miembro del Partido Conservador, presentó un proyecto de ley para el sufragio femenino en el Congreso de la Nación. En 1920, con el triunfo de Alessandri, la realidad chilena muestra cierta indecisión respecto a la aceptación de la ciudadanía femenina. Las opiniones tanto femeninas como masculinas estaban divididas acerca de la
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ASUNCIÓN LAVRIN, “Ciudadanía y acción política en Chile y Perú hasta mediados
del siglo XX” en Historia de las mujeres, en España y América Latina, del Siglo XX a
preparación de las mujeres para la vida ciudadana, y la oposición a un feminismo activista mantuvo a muchas mujeres indecisas y hasta opuestas a la participación política. Hubo en Chile un sector importante de mujeres que apoyaron los procesos dictatoriales y se opusieron a los ideales feministas.
La asociación de la idea de feminismo con la imagen de una masculinización de la mujer fue un obstáculo para su aceptación generalizada. En este sentido, cabe aclarar que la feminidad era entendida como “el conjunto de cualidades que constituían la esencia de ser mujer”. Estas cualidades tenían una definición social, aunque también se enlazaban con las funciones biológicas de la condición de mujer y de madre: una mujer femenina era encantadora, fina, delicada y abnegada. Estas virtudes podían adquirirse y, durante toda la segunda mitad del s. XIX, la educación femenina se encargó de inculcarlas con mucha insistencia153. Las mujeres debían reconocer su destino biológico, constituyendo su efectiva definición el matrimonio y la maternidad, ecuación que no era novedosa en la cultura latinoamericana, sino que formaba parte de un legado ibérico y mediterráneo reforzado por el catolicismo. La religión acentuaba el culto a María, madre de Cristo, y ser mujer era sinónimo de ser madre.
153Sobre la función social de la mujer, véase ALFREDO LOMBARDA, “La mujer y su
función social”, págs. 544‐550. Allí dice: “No se obstruya a la mujer el camino de la ciencia y del progreso... pero por el bien supremo de todos, no olvidemos cuál es el
puesto que cada uno de nosotros debe ocupar en la sociedad. La mujer en la
familia y por la familia, y con la familia en la sociedad y por la humanidad”, citado
en A. LAVRIN, Mujeres, Feminismo y cambio social en Argentina, Chile y Uruguay
Elvira López, primera mujer que escribió una tesis doctoral sobre el feminismo (1901), describió el feminismo en Europa y en los Estados Unidos como una lucha por obtener la igualdad económica y legal de la mujer sin conflicto entre los sexos154.
La Constitución de 1925, bajo el gobierno de Alessandri, decretó la ampliación de los derechos de las mujeres casadas a gobernar su propiedad, pero no hizo cambio alguno respecto a la ciudadanía femenina. En diciembre de 1934, durante el segundo mandato de Arturo Alessandri, un nuevo código amplió la personalidad jurídica de la mujer, pero mantuvo restricciones tan destacadas como la necesidad del permiso del marido para la negociación de una deuda. La administración de los bienes conyugales permanecía bajo la autoridad del hombre y aunque la patria potestad era compartida por la mujer, el marido tenía precedencia en el nombramiento de un tutor o administrador de bienes. Por otra parte, el código del trabajo aprobado en 1931 establecía que la mujer recibiría su sueldo sin la intervención del marido155.
En los años veinte, el diálogo nacional quedó fortalecido con varias voces que apoyaban el voto municipal y el sufragio nacional. Se fundaron dos “partidos femeninos” en Santiago, el Partido Femenino Progresista (1921) y el Partido Cívico Femenino (1922). Ambos tuvieron sus periódicos156, en los cuales se debatieron sus distintos puntos de vista sobre la situación femenina. Ambos apoyaron una causa feminista amplia, pero no radical157.
154A. LAVRIN, op. cit. pág. 54.
155
Ibid., págs., 582‐583.
156
El periódico Acción femenina fue la voz del Partido cívico femenino.
La democracia chilena dio un paso atrás con la intervención militar de 1924 y el ascenso al poder del general Carlos Ibáñez del Campo. Entre 1924 y 1932 el país se debatió entre la derecha militarista o conservadora y el auge de las izquierdas. Chile retomó la estabilidad política en 1932 con la segunda elección de Arturo Alessandri. El 9 de marzo de 1934 se aprobó una ley de sufragio femenino municipal concedido a las mujeres alfabetas mayores de 20 años. El 7 de abril se llevaron a cabo las primeras elecciones municipales y más de 66 000 mujeres ejercieron el sufragio. Hubo 98 candidatas, de las que 25 fueron elegidas. El Partido Conservador eligió 16 mujeres, de ellas nueve en Santiago de Chile.
En medio de un ambiente de proliferación de organizaciones, surgió una de carácter izquierdista pero con aspiraciones a servir como medio acogedor de cualquier grupo interesado en la renovación social del país. Se trataba del movimiento Pro Emancipación de las Mujeres de Chile (MEMCH), que celebró su primera reunión en diciembre de 1935 y tuvo como voz representativa una revista, La Mujer Nueva (1935‐1941).
El MEMCH no fue un partido político, sino una organización cuyo liderazgo estaba formado en su mayoría por mujeres educadas de clase media con una conciencia política claramente definida hacia la reorganización social de Chile bajo una agenda de justicia social de izquierda. Se trataba de intensificar el feminismo con objetivos de justicia social.
En las elecciones nacionales de 1938 se presentaron 40 candidatas a los puestos municipales y más de 75.000 mujeres votaron. En 1941, dos tercios de las mujeres registradas para ejercer el voto eran de ideología conservadora. La Segunda Guerra Mundial y la muerte del presidente
electo por el frente popular, Pedro Aguirre Cerda, en 1941, retardaron el movimiento a favor del sufragio nacional. Finalmente, el 15 de diciembre de 1948 el sufragio nacional fue aprobado. Las mujeres votaron por primera vez en 1952. En el Chile de aquel año, el único partido femenino existente era el Partido Femenino Chileno, fundado por la senadora, María de la Cruz.
En el transcurso de los años posteriores, entre 1949 y 1973, la participación de las mujeres conservadoras en la política municipal decayó, y el activismo político de la mujer tomó una inclinación decididamente de centro‐izquierda. El periodo de organizaciones políticas exclusivamente femeninas había fenecido. Sin embargo, la actividad electoral femenina creció entre 1965‐1977. La elección de Eduardo Frei en 1964 obtuvo un fuerte respaldo femenino. Durante este periodo, la caracterización de la mujer dentro de la política preservó la imagen de la madre y esposa como representativas de su verdadero papel social, y ningún partido político hizo esfuerzo alguno por alterar esta circunstancia158.
Si el siglo XX conoció el ingreso de las mujeres en muy diversas actividades, además de la desigualdad de las retribuciones, quedaron las huellas de la falta de legitimidad en la mayoría de las tareas que realizaba, con excepción del magisterio y la segmentación de actividades, según el sexo (enfermeras, costureras, etc. ) La mayoría de los discursos, incluso los progresistas, no apoyaban el trabajo de las mujeres fuera del hogar, ni les destinaban los trabajos cualificados. El gran cambio se registró en el último
cuarto de siglo, pero la diferenciación de actividades según el sexo todavía permanece vigente en América Latina159.
La conquista de los nuevos espacios de la mujer latinoamericana y europea durante el siglo XX debía ocurrir en tres niveles básicos: político, social y cultural. La incorporación de la mujer a la vida política ocurrió en 1948, y la demanda de la participación activa de las mujeres en la vida social significó uno de los signos más expresivos del feminismo y una de las conquistas más importantes en comparación con el siglo anterior. Las mujeres latinoamericanas en general, y las chilenas, en su mayoría, no solo exigían justicia social, sino la igualdad entre los sexos. Fueron la histórica consigna anglosajona “lo personal es político”, y esa situación de desigualdad en los países de América latina y en Europa prolongada durante siglos, las que impulsaron al unísono, aunque con sus particularidades, un clima generalizado de reformas.
3.1.3. La conquista cultural: mujer moderna y literatura
En relación a la conquista cultural de la mujer, no hay duda de que en los primeros años del siglo XX existía un rico, aunque poco conocido entonces, panorama con respecto a la creación literaria latinoamericana, especialmente en las mujeres de Chile, Uruguay y Argentina.
Aprender o enseñar formaba parte de los deseos de autonomía y emancipación de las mujeres en Latinoamérica, y se forjaron modelos