No hace mucho que J. Woodburn (1998) ha publicado un artículo titu- lado «El compartir no es una forma de intercambio: un análisis del com- partir los bienes en las sociedades de cazadores-recolectores con utilización inmediata de los recursos».
Vamos a resumir algunos aspectos de este texto porque presenta nove- dades importantes.
En gran medida, Woodburn intenta probar una intuición de Price (1975: 3) según la cual el compartir es «la forma más universal de compor- tamiento económico humano, distinto, y más fundamental que la recipro- cidad». Esta observación, con la que estamos de acuerdo, tiene una carga auténticamente revolucionaria en Antropología Económica, pero no ha sido tenida en cuenta porque va contra corriente con respecto a los prejui- cios perfectamente establecidos en esta rama de la antropología, en donde, se piensa que el fenómeno central es el intercambio y nunca se han llegado a deducir las consecuencias (ni siquiera por el propio Polanyi) de lo que sig- nifica la economía como el fenómeno del aprovisionamiento por parte de los individuos y la sociedad de los medios materiales para la subsistencia.
En la observación que acabamos de hacer hay dos elementos implicados que tienen importancia. En primer lugar, es central tener en cuenta que la importancia del compartir se comprende mejor si se interpreta la economía como el estudio de los medios por los cuales los individuos y la sociedad adquieren y distribuyen los medios materiales para la subsistencia. Con ello estamos defendiendo una noción «materialista» de la economía que de
alguna manera habría que definirla como aquello que «está relacionado con las causas del bienestar material. Este elemento es común a las defini- ciones de Cannan, Marshall e incluso Pareto»... (Robbins, 1969 (1932): 4). Como se puede observar, no es necesario recurrir a Marx para admitir esta noción de economía. Incluso podía bastar con pensar que algunos aspectos centrales de la economía se refieren a este orden de cosas que aquí hemos designado con los términos de «bienestar material» o «medios de subsis- tencia» para que se comprenda la importancia del fenómeno del compartir. Sin embargo, en el Ensayo sobre la Naturaleza y Significación de la Ciencia Económica de Lord Robbins, quizás la obra más influyente en la creación de un consenso acerca de lo que es la economía, esta definición materialis- ta es criticada con dureza (Robbins, 1969: 4-12) con argumentos absoluta- mente no convincentes. Entre ellos bástenos traer a colación un ejemplo. Según Robbins (ibíd. 5-6) este concepto «materialista» de la economía no se puede aplicar a los salarios porque,
«… es perfectamente claro que algunos salarios son precios de trabajo que se puede describir como que conducen al bienestar material, por ejemplo los salarios del recogedor de basuras. Pero también es verdad que algunos salarios, los salarios de los miembros de una orquesta por ejemplo, son pagados por un trabajo que no tiene ni remota influencia en el bienestar material (!)».
Como se ve, el concepto de materialidad de Robbins es bastante pobre y limitado, lo cual invalida de raíz toda su crítica a esta interpretación materialista de la economía.
En segundo lugar, para comprender la importancia del compartir, no se puede pensar que los fenómenos económicos sean únicamente fenómenos de intercambio de «do ut des» de movimientos «viceversa» entre personas como decía Sahlins. Hay que pensar que hay fenómenos económicos en los cuales el intercambio no está presente. Como somos conscientes de que intuitivamente esta observación no es fácil de aceptar, trataremos de expli- carla enseguida, cuando planteemos los problemas concretos.
En la descripción del fenómeno del compartir vamos a tratar de tomar, en primer lugar, los elementos en estado más o menos puro. Esto implica la construcción de lo que podíamos designar como un tipo ideal. Sin embargo, y en la medida en que esto es posible, queremos llegar a un cons-
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tructo realista, en donde se introduzcan la mayor cantidad posible de datos observacionales. Para ello vamos a partir de una observación pormenoriza- da de lo que ocurre entre los Hadza de Tanzania tal y como han sido des- critos por Woodburn (1968: 54, 1972, 1980, 1982 y 1988: 12).
Se han dado muchas descripciones del fenómeno del compartir en las sociedades de cazadores/recolectores, pero hay dos prejuicios contra los que queremos enfrentarnos antes de hablar de lo que ocurre en estas socie- dades con utilización inmediata de los recursos tales como los Hadza. Normalmente, se piensa que dado que lo que, con más frecuencia y elabo- ración ritual, se reparte entre los cazadores recolectores son los animales grandes, esto se debe a que es imposible que una sola persona o un grupo doméstico sean capaces de comerlo y, por lo tanto, antes de que se pudra, lo reparten entre los miembros del grupo. De esta manera, se aseguran de que, cuando otro miembro del grupo cace un animal, tenga que compartir- lo. Un segundo presupuesto, que está presente, es que cuando un cazador recolector reparte la carne de un animal que ha cazado, obtiene por ello honor, prestigio o un gran reconocimiento por parte del resto de los miem- bros de la sociedad. La descripción que vamos a hacer no tiene nada que ver con estos dos presupuestos que interpretan el compartir como un inter- cambio. En el primer caso se trata de compartir porque en el futuro lo que se ha dado se va a devolver. La segunda observación se basa en el inter- cambio de carne por el prestigio honor o reconocimiento. Nada de esto está presente en lo que vamos a decir.
En primer lugar como muy bien subrayaba Peterson (1993; Altman y Peterson, 1988: 12), el compartir se basa en la obligación del que reparte y en la exigencia de aquel a quien se reparte. El compartir los recursos no brota de la generosidad de aquel que los comparte y por esto es exigido por parte de aquellos que lo reciben (demand sharing). Por esta razón, y en segundo lugar, el recibir no implica la obligación de la reciprocidad por parte del que lo recibe. Los malos cazadores o los que no tienen éxito no devuelven la carne recibida, ni tampoco las mujeres. «Los donadores tien- den a permanecer como donadores durante mucho tiempo. Los que reciben tienden a permanecer como recipientes durante largos periodos, sin que se busque ningún tipo de balance».
En tercer lugar, el cazador frecuentemente no controla ni el reparto ni quien efectivamente recibe la carne, que se reparte. Si el cazador no con-
trola el primer reparto de la carne, mucho menos será capaz de controlar su reparto una vez que ha sido cocinada. Por esta razón, es prácticamente imposible canalizar la carne a aquellos que la han repartido antes con él o a los que se quiere convertir en donadores de algo. En conjunto, al final se da a todos los que están en el mismo sitio sin tener en cuenta si se trata de buenos cazadores que son capaces de dar algo en el futuro. Puede parecer extraño lo que se ha dicho de que el cazador no tiene control sobre lo caza- do. Sin embargo, se trata de algo que ocurre frecuentemente. En el caso de los Hadza al matar un animal «se le quita la piel y la carne es dividida por dos o tres personas entre los hombres más viejos. El cazador puede cola- borar en esto pero en línea de máxima no debería hacerlo» (Woodburn, 1998: 51). Entre los !Kung el reconocimiento por haber cazado algo va para aquel que es el dueño de la flecha (Lee, 1979: 247). Dado que los !Kung intercambian las flechas frecuentemente, este es un sistema de convertir en algo aleatorio quien es el autor de la caza. En Australia es frecuente que los jóvenes, cuando cazan, den sus piezas a los mayores que distribuyen la carne (Altman, 1987: 142). En América del Norte, entre los Chipweyan, los hombres cazan, pero la carne es distribuida por las mujeres. Cuando se trata de pedir la carne que otro cazador ha cazado, son las mujeres las que la piden de la mujer del cazador (Sharp, 1981).
En cuarto lugar, en contra de lo que se suele pensar, el compartir no brota de la necesidad práctica de consumir la carne antes de que se pudra. Como muy bien dice Woodburn (1998: 48-49).
«Tanto los Hadza como los !Kung, Mbuti y otros cazadores-recolectores africanos saben perfectamente como cortar la carne en tiras y secarla. Una vez que se ha secado, dura meses. El hecho de que no secan mucha carne se debe a que están obligados a compartirla, de la misma manera que tie- nen que compartir la mayoría de las cosas que no necesitan inmediata- mente».
En quinto lugar, hay que tener en cuenta que el éxito en la caza no da ninguna seguridad para el futuro. Con esto, lo que se quiere decir es que el hecho de dar o repartir carne en un momento dado, no da más derecho a obtenerla en el futuro que el no haberla dado nunca. Esta es una de las razones por las cuales el compartir es algo que se está solicitando siempre porque de ello se obtienen pocas ventajas personales.
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En sexto lugar, hay que tener en cuenta que el éxito en la caza y la capa- cidad para repartir sus resultados no es recompensada con honores y reco- nocimientos que puedan ser capitalizados en el presente o en el futuro. Entre los !Kung es muy conocido el fenómeno que Lee (1979: 48-50) descri- be con el término de «insultar la carne». Cuando un cazador vuelve al pobla- do y ha tenido éxito en la caza, lejos de ser recibido con honores o aplausos, es más bien todo lo contrario lo que ocurre. Normalmente el cazador se sien- ta en silencio y cuando alguien le pregunta por lo que ha cazado se suele res- ponder: «Yo no soy buen cazador, no he visto gran cosa... solo algo muy pequeño». Posteriormente cuando algunos hombres van a cortar la carne y traerla al poblado, aunque se trate de un animal grande, dirán que es muy pequeño, que no merecía la pena haber venido tan lejos para llevar un saco de huesos etc. La acción de minusvalorar la caza se produce con el fin de obviar la posibilidad de que el cazador acumule honores, renombre o éxitos en base a lo cazado. De tal manera es importante que no se produzca esta situación que los !Kung tratan por todos los medios de educar a los jóvenes en lo que podíamos designar como la humildad. Lee (1979: 246) trae a cola- ción las afirmaciones de Tomazho un curandero famoso que dice:
«Cuando un joven ha cazado mucho, llega a considerarse un jefe o un gran hombre y piensa que los demás somos sus criados o inferiores. Nosotros no podemos aceptar esto. Rechazamos al orgulloso porque algún día el orgullo le hará matar a alguien. Por ello, siempre decimos que su carne no tiene ningún valor. De esta manera, enfriamos su corazón y lo hacemos una persona amable».
Todos los datos hacen decir a Lee que «insultar la carne es una de las prácticas centrales de los !Kung para mantener el igualitarismo». Aunque algunos hombres son mucho mejores cazadores que otros, su comporta- miento está moldeado por el grupo, para minimizar la tendencia a la auto- complacencia y así canalizar las energías hacia actividades socialmente beneficiosas. Como resultado,
«… la existencia de diferencias en la habilidad cazadora no lleva a un siste- ma de «grandes hombres» en el cual algunos individuos con habilidad sobresalen sobre los demás en términos de prestigio... Insultar la carne es uno de tantos elementos del conjunto de prácticas toscas que permiten mantener un sistema de vida donde el compartir juega un papel funda- mental» (Lee 1984: 49-50).
Con estos sistemas, lo que se consigue es que el compartir sea la prácti- ca fundamental con respecto a la distribución de lo cazado, y el compartir implica que la gente no acumula recursos pero, quizás es tan importante o más comprender que no se acumulan ni honores ni deudas ni pretensiones de cara al futuro. Si fuera posible la acumulación de bienes, de obligacio- nes o de prestigio, ya no se trataría de compartir, que es una acción unili- neal y no un camino de ida y vuelta, sino de alguna forma de reciprocidad, dar algo con la esperanza de que sea devuelto.
Nadie describe mejor esto que Woodburn (1998: 54).
«El problema central para los Hadza parece ser que la reciprocidad es algo muy cuestionable. En su trato con otros Hadza, la gente tiene que pedir y lo que piden hay que dárselo. La gente tiene que dar libremente sin espe- ranza de devolución. La gente tiene que compartir, no intercambiar».
Para no acumular testimonio tras testimonio, vamos a tomar tres nada más que se refieren a tres grupos de cazadores/recolectores diferentes. Entre los Batek, un grupo distinto dentro de los Semang de Malasia, «hay una obligación absoluta de compartir el alimento, y el que lo comparte no puede hacer nada diferente. Como decía un cazador
«… si yo no llevo la carne al poblado, todos estarían enfadados. Una perso- na con exceso de alimento se espera que lo comparta y si no lo hace, otros no dudan en exigirlo. Sería imposible que alguien acumulase alimento en los lugares abiertos del campamento Batek sin que la gente lo supiera. Los que reciben alimento lo tratan como un derecho, y no se espera ninguna expresión de agradecimiento, posiblemente porque esto implicaría que el que comparte tiene derecho a quedarse con ello. Si alguno guardase o escondiese alimento no se consideraría «robo» que otras personas lo cogie- sen» (Endicott, 1988: 117).
Con esta descripción, pensamos que es posible comprender lo que es el compartir y lo que representa.
Otra descripción se refiere a los esquimales del noroeste de Alaska que ya no son cazadores recolectores con utilización inmediata de los recursos. Entre los diversos términos para designar transacciones de propiedad tie- nen uno específico (Pigziaq) que significa «compartir sin restricciones». El que lo recibe usa o consume el bien sin ninguna expectativa de devolver
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nada. Este era el compartir que figuraba de un modo muy prominente en la ideología esquimal. En la práctica esto tenía lugar únicamente entre parientes cercanos —casi siempre a nivel familiar o doméstico—. Se dife- renciaba del «aiccuq»... en que la propiedad del bien continuaba estando en las manos del primero que lo comparte (Burch, 1988: 104-105). Es intere- sante constatar que en el segundo tipo de transacción, el «aiccuq», se trata del «don» tal y como lo concebía Mauss, que se distingue con toda claridad del compartir en cuanto tal (del Pigziaq).
El último testimonio que queremos traer a colación se mueve más o menos en los mismos parámetros que estamos tratando ahora, pero lo ana- lizamos para hacer una pequeña crítica. Refiriéndose a los Buid de Filipinas, Thomas Gibson (1988: 172-175) afirma que «el compartir signifi- ca una forma de transacción en la cual tanto el endeudamiento diádico como la diferenciación jerárquica están ausentes». Hasta aquí, el plantea- miento es lo suficientemente amplio y confuso como para poder estar de acuerdo, pero más adelante trata de explicar más concretamente lo que quiere decir y afirma que
«… en el compartir, la regla consiste en que una subunidad se comprome- te únicamente en un intercambio con una unidad más grande que la inclu- ye. Es decir, cada unidad está obligada a dar únicamente al todo del cual es parte, y tiene derecho a recibir únicamente de ese todo, o como parte indi- ferenciada de él. Los que reciben no se hacen deudores del que reparte en cada momento, su obligación es solamente con respecto al grupo como todo. Los derechos y obligaciones se formulan solo entre los individuos y el grupo más grande, no entre los individuos particulares. Es un error ver a los que patrocinarían los acontecimientos en los que se comparte algo, como si invirtieran un excedente para endeudar a otras personas que estarán obli- gadas a pagar en el futuro. Uno invierte únicamente en el sentido de que, siguiendo la regla de dar al grupo, se conserva su pertenencia a él y el dere- cho a la distribución de otros» (Gibson, 1988: 175).
No podemos por menos de estar de acuerdo con la primera parte de las observaciones de Gibson. Es evidente que en el compartir el endeudamien- to diádico, es decir la reciprocidad, tanto compensada como generalizada está ausente. También es evidente que no se da una diferenciación jerár- quica. Sin embargo, la segunda parte de las observaciones no se puede admitir en absoluto porque plantea los problemas de una manera absolu-
tamente ambigua. Lo que Gibson afirma es que en el compartir se estable- ce una relación, realmente diádica, entre los miembros individuales del grupo y el todo o grupo en su conjunto. Hasta aquí no habría gran dificul- tad, pero el problema empieza cuando se afirma que cada miembro del grupo está obligado a dar o compartir dentro del grupo y que esto le da derecho a recibir únicamente de este todo. Si esto fuera así, de lo que se tra- taría es de un sistema de reciprocidad en el cual uno de los polos no es un individuo sino el grupo. Sin embargo, esta interpretación del compartir es errónea porque hay miembros del grupo que no dan nada. Incluso hay cazadores que durante largos periodos de tiempo no cazan nada y por lo tanto no reparten y sin embargo, cuando se comparte la carne cazada, ellos reciben parte de ella. El hecho del compartir no se basa en un cálculo que podíamos definir como el «do ut des» (yo doy en este momento lo que he obtenido de la caza con el objeto de que esto me sea recompensado en el futuro). No hay ningún cálculo sobre el compartir, porque esto es siempre un acto que va en una única dirección, desde el individuo al conjunto del grupo, sin que posteriormente se dé un retorno del grupo al individuo. La segunda vez que se comparte es otro acto de otro individuo hacia el grupo y no una devolución o compensación al que compartió la primera vez. Hay que comprender que analizar el fenómeno
«… del compartir como cualquier tipo de intercambio o reciprocidad es inadecuado porque la donación es obligatoria y está desconectada del dere- cho a recibir. Describir este compartir como intercambio o reciprocidad no está de acuerdo con la ideología o prácticas locales entre los Hadza y la mayoría de los cazadores recolectores con utilización inmediata de los recursos» (Woodburn, 1998: 50).
Con esta descripción creemos que ha quedado claro lo que representa el