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Fernando Vizcaíno Casas rememora a Alfonso Paso.

En 1984, en plena nostalgia franquista, el escritor Fernando Vizcaíno Casas — que ya había conocido el éxito editorial con títulos que jalonaron la Transición, como

De “camisa vieja” a chaqueta nueva, …Y al tercer año, resucitó o Las autonosuyas—

publicó el volumen Personajes de entonces… (Editorial Planeta). Está formado por la semblanza de 56 personajes o personalidades de la postguerra española encabezadas por el general Francisco Franco y donde hallábamos políticos como Perón; cantantes, actores y actrices como Rafael Rivelles, Antonio Machín, Pastora Imperio o Ricardo Calvo. También encontramos un grupo importante de autores teatrales como Enrique Jardiel Poncela, Miguel Mihura, Tono, Enrique Rambal, Víctor Ruiz Iriarte, José María Pemán, Juan Ignacio Luca de Tena, Edgar Neville, Jacinto Benavente y, por supuesto, Alfonso Paso (pp. 154-8).

Ya está: para escribir sobre Alfonso Paso, mi buen amigo Alfonso, que en gloria esté, he tenido que encender un puro. Él fumaba muchos; en esto teníamos un punto de coincidencia. También en lo cronológico; pues ambos nacimos en 1926. Paso, a finales de año y yo, en sus comienzos, exactamente el 23-F, y ustedes dispensen. Por cierto que merece la pena resaltar la importancia de ese 1926, durante el cual y además de nosotros, también vinieron al mundo Alfredo Di Stéfano, el multicampeón ciclista Guillermo Timoner, Paco Rabal y otro Alfonso, asimismo autor dramático: Sastre. Buena cosecha, pues o, dicho en términos vitivinícolas, buena añada.

166 Fue Alfonso uno de los últimos hijos (no sé si justamente el último, porque la cuenta resulta difícil) de un excelente comediógrafo, don Antonio Paso, autor de más de trescientas obras, entre ellas, muchas de enorme éxito popular. Era un sainetero muy gracioso, que construía a la perfección eso que llaman la «carpintería teatral». Falleció a los 88 años. Su fecundidad no se limitaba al quehacer literario; pues tuvo también muchos hijos, naturalmente, de distintas compañeras. El pequeño heredó ambas virtudes: fue prolífico como autor y prolífico como padre, asimismo con distintas mujeres. Aunque se especializara en niñas exclusivamente.

Estrenó su primera comedia con profesionales en 1953, en el teatro Infanta Beatriz de Madrid y, curiosamente, no fue una compañía española la que le dio la oportunidad, sino la argentina de Zoe Ducós. Se titulaba No se dice adiós, sino hasta

luego, y la crítica saludó con esperanza la aparición de aquel novel autor, de tan ilustre

familia teatral. (Su hermanastro Manolo es también comediógrafo; actualmente preside el Montepío de Autores.) Claro que los críticos suelen ser siempre generosos con los debutantes, a poco que valgan. Y Alfonso, ocioso parece decirlo, valía mucho. Tanto que, desde aquella primera aparición suya en las carteleras, hasta su muerte, veinticinco años después, dejó estrenadas ciento cuarenta y tantas obras. Una media de algo más de cinco por temporada, que ya está bien.

Por si faltase algo, además de tan sorprendente producción dramática, mantenía una sección diaria en el periódico El Alcázar de Madrid, colaboraba en cuatro o cinco semanarios, de cuando en cuando interpretaba sus propias comedias, escribía guiones cinematográficos, un año le dio por cantar y lo hizo, con discretos resultados, y hasta dirigió varias películas. Pocas veces la Medalla del Trabajo ha estado más justificada que en este caso. Porque lo formidable de este hombre, que encaneció muy joven y tenía

167 que luchar de continuo contra su propensión a la obesidad, era su férrea voluntad. Escribía todos los días, sin faltar uno, y siempre a las mismas horas: de 3 a 7 y media de la madrugada. Estuviera donde estuviese (y viajó mucho), nunca fallaba en su cita con las cuartillas. Viajaba en coche cama y escribía durante el trayecto, a su hora habitual. Lo hacía también en los hoteles, lo mismo aquí que en Hispanoamérica, a donde fue varias veces, porque también allí su teatro alcanzaba un éxito colosal. Semejante disciplina explica su fecundidad. Y retrata su carácter.

Naturalmente, las mañanas no existían para Alfonso, más que en excepcionales circunstancias. Almorzaba tarde, pasaba por los teatros, no faltaba casi nunca a la vieja tertulia del Gijón, de la que se había convertido ya en principal figura. Allí acudían en masa artistas y empresarios, a pedirle comedias, en aquellos años gloriosos suyos, los 50, los 60, cuando llegó a tener simultáneamente cinco comedias en cartel en Madrid. El genial Mingote publicó uno de sus estupendos chistes al respecto; el marido le preguntaba a su mujer:

—¿Dónde quieres ir esta tarde, al cine o a Alfonso Paso?

Muy joven, se casó con Evangelina, la hija mayor de Jardiel Poncela. Tuvo dos hijas; pero el matrimonio acabó yéndose al garete, con cierto escándalo en los corrillos de la profesión. Los envidiosos, fauna abundante en este país propicio a las enfermedades del hígado, lanzaron la mendaz especie de que Alfonso había utilizado, en alguna de sus comedias, material dejado por su suegro. Enorme estupidez: nada tenía que ver su teatro con el de Enrique, como advierte cualquier mediano aficionado. Las influencias de Paso venían, si acaso, de su padre y de los grandes autores cómicos del XIX: Muñoz Seca, Pérez Fernández, Abati, Arniches. Pues, en sus primeras obras, fue

168 un singular sainetero; quizá el género donde mayores aciertos logró. Personalmente, Los

pobrecitos me sigue pareciendo uno de sus títulos más logrados.

Claro que la constante demanda que parecía le hizo diversificarse y acabó haciendo de todo: dramas sociales, comedias de intriga, reconstrucciones históricas, vodeviles, obras de las llamadas de denuncia. En la extensísima lista de sus estrenos puede encontrarse una asombrosa variedad de géneros y aún de estilos: Las que tienen

que servir, Cena de matrimonios, La boda de la chica, Dos sin tres (que era su

preferida), Juicio contra un sinvergüenza, Nerón-Paso (con la que quiso hacer una especie de Marat-Sade y lo pasó colosal interpretando el personaje protagonista, muy bien, por cierto), Querido profesor, Una tal Dulcinea, El canto de la cigarra, Cosas de

papá y mamá, Enseñar a un sinvergüenza, que aún sigue haciéndose todos los días, al

cabo de quince años de su estreno y, por consiguiente, con varios millares de representaciones a cuestas…

¿Dije que era, además, licenciado en Filosofía y Letras y que estudió egiptología y que hizo unos cursos de psiquiatría, dirigido por el profesor Ángel Suils? No, no lo dije: ¡es que con Alfonso siempre se queda algo en el tintero! Y es natural: tenía veinte años cuando estrenó Un tic tac de reloj, obra en un acto, con un grupo experimental. Veintisiete, en su debut como autor profesional. Aún no había cumplido los 52, cuando murió el 11 de julio de 1978. Se había puesto malo de repente; una de esas enfermedades irreversibles, contra las que nada puede todavía la ciencia. Incluso lo llevaron a Londres; pero fue inútil. En unas pocas semanas se acabó; le velamos en la Sociedad de Autores y era emocionante contemplar el dolor de Adela, su compañera más fiel y constante, con la que vivió muchos años, los últimos años y que mantiene intacta su devoción por él. En su testamento, imponía a sus legatarios la obligación de

169 recoger todos los gatos abandonados que encontrasen. Tenía, puede suponerse, un especial cariño por los felinos: por eso su ex libris representa a un gato, sobre un tejado típicamente madrileño.

Sigue siendo el autor español que más dinero ganó en la historia de nuestro teatro y no solamente en cifras relativas. También lo gastaba en abundancia. Millonario, famoso, triunfante e incluso, afortunado con las mujeres, ¿qué extrañar que padeciese los feroces alfilerazos de la envidia ajena? Me contaba un día, con cierta condescendiente amargura, que hubo un empresario de compañía que prefirió prorrogar su temporada en un teatro, antes que dejarlo para que él estrenase una comedia. Tan estúpida soberbia le costó al menguado casi medio millón de pesetas de pérdidas.

La crítica, tan fervorosa con él en sus comienzos, se le volvió pronto intransigente y hostil. Pasa también siempre. Marqueríe le atacaba muy duramente en sus últimos tiempos; y sin embargo, guardaba Alfonso una carta autógrafa de Alfredo en la que le decía «por si algún día nos enfadamos» que era el mejor autor español y el más sabio. Hacía como que ya no le importaban los juicios adversos; pero tengo para mí que le afectaban cuando eran descaradamente injustos. Y muchas veces lo fueron. Sin embargo, a pesar de que tenía abiertas las puertas de los teatros de América, jamás se planteó siquiera la posibilidad de cambiar de aires; era español por encima de todo y muchas veces había repetido su profesión de patriotismo:

—Prefiero estrenar en Cáceres a hacerlo en Nueva York…

Ni que decir tiene que escribía muy deprisa. Aunque el proceso de elaboración mental de sus comedias era pausado, su tremenda facilidad para el diálogo («diálogo como si dictase una carta», decía siempre) le permitía terminar las obras en plazos increíbles. Dos sin tres la escribió en seis días; los críticos opinaron que era un ejemplo

170 de construcción teatral. Se consideraba un rebelde (así tituló una de sus comedias), en parte por su ingrata experiencia infantil de hijo natural, en parte por tantas ingratitudes como había recibido y por la evolución social del país, que no le satisfacía. Muy a última hora, los amigos de los primeros tiempos le encontrábamos un tanto amargado, un tanto entristecido; ciertamente, tenía motivos para estarlo, porque se había desatado contra él una feroz persecución. Coincidió esta época con su radicalización política y su descubrimiento entusiasta de la doctrina de José Antonio, a la que se entregó con sorprendente fervor.

El progresivo viraje en su temática teatral fue también claro; aunque prefería la anécdota menuda, el pedazo de vida cotidiana que sirve de base al sainete, se impuso la obligación de acercarse a temas más trascendentales. Fue también dando de lado la comedia de humor, que había sido base de sus éxitos iniciales. Quizá semejante evolución fuera debida a los palmetazos de la crítica, que hizo lugar común la de acusarle de intrascendente, fácil y banal. Y él quiso probar que era capaz también de invadir géneros de mayor enjundia. A lo mejor, se equivocó; pero fue una muestra de su gran sentido de la responsabilidad, de su dignidad profesional.

Mantenía que los orígenes del teatro español no eran intelectuales, sino populares; por eso escribía pensando en el público, que es el pueblo, y desdeñaba las modas y las influencias de importación. Aunque en su producción hay alguna obra de época (porque en su producción, lógicamente, hay de todo) tenía presente la frase de González Ruano, por quien guardaba profunda admiración: «para ser eterno hay que ser rigurosamente contemporáneo». Fiel a semejante principio, procuraba buscar en la actualidad más cercana la base de sus comedias. Y escribía por impulsos; a los muchos

171 que le aconsejaban que moderase su ritmo, que limitara su producción, les contestaba siempre lo mismo:

—Cada cual escribe de acuerdo con su temperamento. Hubiera sido absurdo recortar la capacidad productiva de Lope de Vega, de Galdós o de mi propio padre. Ellos, como yo, escribieron mucho, porque les salía, porque eran así. Por la misma razón, por una razón visceral, no se les puede exigir una producción abundante a otros autores, como Baudelaire o, ahora mismo, Buero Vallejo.

A veces, le deba por la heráldica y nos quería convencer a todos de su ascendencia noble, a través de la rama de los Afán de Ribera, que enlazaba con el santo, con san Juan de Ribera. Igual tenía razón. Era la suya una cabeza ordenada en cuanto al trabajo, pero absolutamente torrencial, múltiple y por ello, forzosamente confusa, en lo ideológico-cultural. Permaneció muy al margen de las reuniones llamadas de sociedad, entregado a sus escritos y a una vida íntima probablemente complicada, sobre la que circularon leyendas diversas y hasta sorprendentes. Lo cierto es que pocos (quizá nadie) llegó a entrar del todo en ella.

Con sus defectos, con sus errores, superados siempre por su indiscutible talento dramático, fue Alfonso una persona que dejó huella. Nadie puede negarle un capítulo importante en la historia del teatro español contemporáneo; ni su obsesión, agudizada en sus últimos años, por servir con la pluma los principios que consideraba más válidos. Lo tuvo todo en su profesión; y sin embargo, muchas veces me he preguntado si llegó a ser, de verdad, feliz.

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9.11. APÉNDICE XI.