LAS TURBERAS NACIONALES
3.3 FORMACIÓN DE TURBERAS EN CHILE
Las turberas naturales, se encuentran asociadas a depósitos cuaternarios de origen glacial. En el caso de las turberas de la Décima Región, durante el Pleistoceno, gran parte de esta zona se encontraba bajo la influencia de una intensa actividad glacial, lo que produjo un importante avance de los hielos hacia el oeste que cubrieron la mayor parte de la actual Isla de Chiloé. Estos glaciares formaron un paisaje caracterizado por numerosas depresiones, que fueron rellenadas por el hielo y/o material sedimentario. Con el descenso de la actividad glacial, debido al progresivo calentamiento y posterior cambio climático, hace unos 13.000 años, el retiro de los glaciares dejó grandes masas de agua producto de la fusión del hielo, generando numerosas lagunas. Estas resultaron favorables para el desarrollo de abundantes comunidades vegetacionales con predominio de musgos del género Sphagnum. Ya en el Holoceno, estas lagunas fueron progresivamente reemplazadas por ciénagas y pantanos que, finalmente, dieron origen a los depósitos de turba (turberas) que se conocen en la actualidad, muchos de los cuales son ecosistemas activos (Crignola y Ordoñez 2002).
Los pomponales, son turberas generadas por el ser humano, originados por quemas o tala rasa de bosques en sitios con drenaje pobre. Frecuentemente se forman pomponales después de la quema de tepuales, cipresales o alerzales. Luego de la desaparición del bosque, estos sitios anegados son colonizados por el musgo Sphagnum debido a su gran capacidad para tolerar condiciones de anegamiento, y su presencia retarda considerablemente la recolonización arbórea (Díaz et al. 2005 a).
En el caso de las turberas de la Región de Magallanes, Bonarelli (1917), citado por Ruiz y Doberti (2005), indica que las turberas de Tierra del Fuego representan un fenómeno geológico reciente, que muchas están en vías de formación y que con seguridad las primeras capas de turba no tienen una edad más antigua del postglacial. En Magallanes, a diferencia de otros territorios a latitudes equivalentes del hemisferio norte o más septentrionales y más cálidos del sur, se presentaron a lo menos cuatro reavances glaciales, los últimos de los cuales llegaron incluso al Holoceno (iniciado hace unos 10 mil años antes del presente). Estos fenómenos afectaron directamente por englaciamiento o indirectamente, por depositación de sedimentos, a los territorios en los cuales se encuentran los turbales actuales. En consecuencia, se estima que ellos son más jóvenes que aquellos encontrados en ubicaciones no afectadas por estos últimos re-avances glaciales y varios de los cuales comenzaron su desarrollo en edades superiores a los 15 mil años antes del presente. Según Kilian (2003) el monte Burney, ubicado en la península Muñoz Gamero, tuvo cuatro pequeñas y dos grandes erupciones durante el Holoceno que, según los análisis de radiocarbono practicados, originaron estratos de tefra en turberas que en algunos casos superan los 9 mil años. Auer (1933, 1950, 1958, 1974), citado por (Heusser et al., 1989), identificó cuatro estratos de tefra, las cuales designó, comenzando con la más antigua, Tefras O, I, II y III.
Algunas de estas depresiones o concavidades del sustrato carecían de efluentes que permitieran la evacuación de las aguas recibidas, por lo que fueron retenidas, formando lagunas, corrientemente de escasa profundidad. Otras, en cambio, se desaguaban parcialmente por escurrimiento. Estas diferencias se manifestaron en una diversificación básica en el proceso de origen y desarrollo de la vegetación, lo que se puede reconocer al presente por medio del análisis de los estratos más profundos de las turberas.
En las cuencas cerradas, donde se formaron lagunas, el proceso de colonización vegetal se inició por medio de plantas terrestres arraigadas en las orillas y por plantas acuáticas flotantes o arraigadas en las partes bajas. A medida que estas plantas o algunas de sus partes iban muriendo, sus restos predominantes, acumulándose más rápidamente que lo que podían ser biológicamente descompuestos, como consecuencia de las bajas temperaturas, escasa actividad bacteriana, etc., se depositaban en el fondo de la laguna disminuyendo su profundidad con el transcurso del tiempo, hasta alcanzar una etapa en que todo el volumen de la laguna se rellenaba de restos vegetales impregnados en agua. Sobre esta nueva superficie, de material casi exclusivamente orgánico, ya que los minerales estaban representados sólo por partículas arrastradas por las aguas y por el viento o provenientes de erupciones volcánicas, se establecían nuevas especies vegetales, que encontraban ahí condiciones ecológicas favorables y cuyo peso y depósito de restos comprimían la masa no consolidada en la cual se habían establecido (Ruiz y Doberti, 2005).
Algunas de estas depresiones abiertas, en las cuales parte del agua recibida podía escurrirse, permitieron también la formación de turba, pero por medio de un proceso diferente al desarrollado en cuencas cerradas. Aquí, cuando la cantidad de agua perdida por escurrimiento y evapotranspiración era inferior al volumen recibido, se estableció una cubierta herbácea de plantas higrófilas, formada principalmente por ciperáceas, juncáceas y otras de pantanos ácidos. Cuando la intensidad de acumulación de restos vegetales superó a la de la actividad de los procesos de descomposición biológica, comenzó a formarse un tipo de turba especial, conocida como ciperoídea, la que también produjo una elevación del sustrato sobre la napa freática mineralizada por contacto con el sustrato mineral.
Hasta que los turbales alcanzaron este estado de desarrollo, la descomposición de los restos vegetales se efectuaba bajo la superficie del agua, por lo tanto en un medio pobre en oxígeno, aunque con cierta cantidad de elementos minerales en disolución.
Los productos ácidos resultantes del metabolismo de bacterias y hongos que descomponían la materia orgánica, como ácidos húmicos y carbónicos, eran generados a una mayor velocidad que la necesaria para que pudieran combinarse totalmente con las bases contenidas en los materiales minerales, formando sales de reacción neutra, por lo que se disolvían como tales en el agua. De esta manera, a medida que se iba acumulando materia orgánica, aumentaba en forma paralela la acidez del agua de impregnación hasta concentraciones que sumadas a la pobreza en oxígeno, detenían primero la actividad bacteriana y más tarde todo el proceso de putrefacción y descomposición biológica, solo se producían cambios de naturaleza química que afectaban a los componentes contenidos hasta ese momento en los restos vegetales. Varios de estos, como ciertos tipos de hidratos de carbono (incluyendo la celulosa), ligninas, exinas, cutinas y otros, no son químicamente afectados en estas condiciones, por lo que las estructuras formadas por ellos se mantienen permanentemente inalteradas, pudiendo ser reconocidas hasta el presente (Ruiz y Doberti, 2005).
Al aumentar la profundidad de la acumulación turbosa en ambos tipos de turberas, el sustrato sobre el cual se establecían las plantas que llegaron en esta etapa a remplazar a las que primero se desarrollaron, continuó elevándose, gracias a la continuada acumulación de restos vegetales, hasta que la superficie se elevó lo
suficiente sobre la napa freática general de agua mineralizada, como para que esta nueva vegetación no pudiera alcanzarla a través de sus raíces. Estas plantas eran principalmente ciperáceas, otras herbáceas y algunos arbustos, entremezclándose con las hierbas, todos acidófitos adaptados a las condiciones climáticas de luminosidad predominantes en esos territorios.
Se originaron de esta manera turbales oligotróficos, que mantenían plantas cuya principal fuente de abastecimiento hídrico era el agua aportada por las precipitaciones y prácticamente libre de iones minerales (condición conocida como ombrotrofia). Estas condiciones favorecieron el establecimiento de musgos no esfagnosos (Bryales) y hepáticas, ambos tolerantes a cierto grado de sombreamiento producido por los estratos superiores de la vegetación, plantas que por su alta capacidad de retención de agua, podían mantener la superficie del turbal empapada de agua de lluvia, perpetuando condiciones favorables para la formación de turba .
En varios casos la composición botánica de estos turbales se estabilizó, principalmente como respuesta a cambios climáticos que se tradujeron en variaciones en la suma de precipitaciones u otros fenómenos que afectaron la profundidad de la napa freática. En otros, como en las turberas de lugares que reciben una precipitación anual comprendida entre aproximadamente 600 a 1200 mm (caso de Magallanes) los musgos no esfagnosos y las hepáticas terminaron eliminando, por competencia interespecífica, a las plantas vasculares o superiores creando en la superficie de la turbera condiciones de alta iluminación perjudicando su desarrollo y posibilitando el establecimiento de musgos esfagnosos heliófitos. En Magallanes la especie que se estableció fue Sphagnum magellanicum Brid., que también forma muchos turberas en el hemisferio norte, Australia oriental y sur de África (Matteri, 1981).
Fotografía N°3.1. Ramitas (filidios y caulidios) de Sphagnum sp
Fuente: Ruiz y Doberti, 2005.
En las zonas de la Región de Magallanes visitadas por Caspers & Hauser (2000), aquellas con precipitaciones anuales de 500-900 mm, distinguieron que primero se formaron turberas llanas, principalmente en valles más o menos anchos o en superficies llanas del pleistoceno, con morrenas de fondo y depósitos lacustres y, con menos frecuencia, sobre depósitos lacustres formados por aguas de deshielo
glaciar. En el momento en que la acumulación de turba, en las turberas llanas, alcanzó el nivel freático o disminuyó el aporte de aguas ricas en minerales, fue aumentando crecientemente el efecto de aguas lluvias pobres en nutrientes sobre la vegetación, iniciándose el desarrollo del musgo Sphagnum, generando una turbera alta. Este proceso continúa desarrollándose hasta hoy. Las zonas que registran una precipitación anual por sobre 900 mm (tal vez incluso con 800 mm de precipitación anual), se caracterizan por otro tipo de turberas altas: la turbera del tipo cojín,
“pomponal”. En áreas que registran aun mayores precipitaciones, esta la posibilidad
que se formen turberas altas de Sphagnum, también en laderas con una leve pendiente. No obstante, en la Patagonia y en Tierra del Fuego, la evolución geológica no favoreció la formación de turberas en manto de Sphagnum (blanket bogs).
3.4 EL GÉNERO Sphagnum EN CHILE
Las plantas del género Sphagnum se caracterizan por poseer tallos con ramas dispuestas en fascículos, y por las células de las hojas que son de dos tipos: unas pequeñas y verdes que hacen fotosíntesis, y otras grandes y transparentes que acumulan agua. Viven en terrenos pantanosos o inundados, y son los principales formadores de turba en el sur del país. Es el único género de musgos chilenos con valor comercial. Desde hace varios años que se exporta a países europeos, asiáticos y a Norteamérica, sin ningún tipo de regulación en su manejo (Larraín, 2008).
Corresponde a un género cosmopolita de alrededor de 200 a 300 especies, las que se distribuyen por todos los continentes, excepto en Antártica; representado en Chile por 16 especies de difícil determinación. En Chile se distribuye desde la Cordillera de Nahuelbuta hasta el cabo de Hornos, siendo muy abundante y diverso en las tierras bajas de las Provincias de Chiloé, Palena y Llanquihue (Díaz et al, 2005; Larraín, 2008).
Estas especies son macromorfológicamente muy semejantes entre sí, lo que dificulta su identificación a nivel específico, por ello, se hacen necesarios detallados estudios microscópicos (Ramírez 1997).
La especie más común en Chile es Sphagnum magellanicum Brid., que se caracteriza por su aspecto robusto, su típica coloración rojiza y por formar montículos en extensas turberas. Esta combinación de caracteres la hace ser única entre las especies chilenas. Sphagnum magellanicum es una especie cosmopolita; en Chile, se distribuye desde Malleco, IX Región hasta Magallanes, XII Región La especie que lo sigue en términos de abundancia es Sphagnum fimbriatum Wilson, que suele vivir en la periferia de los turbales formados por S. magellanicum (Larraín, 2009). Esta especie es la más comúnmente encontrada en las turberas a nivel nacional.
A continuación se nombran las especies de Sphagnum presentes en Chile (He, 1998; Larraín, 2009):
x Sphagnum austroamericanum
x Sphagnum capillifolium
x Sphagnum dissimile x Sphagnum dusenioides x Sphagnum falcatulum x Sphagnum fimbriatum x Sphagnum magellanicum x Sphagnum personatum x Sphagnum recurvum x Sphagnum schwabeanum x Sphagnum subfalcatulum x Sphagnum subnitens x Sphagnum sebsecundum x Sphagnum subserratum x Sphagnum trinitense
En la Isla de Chiloé han sido descritas 5 especies (Villagrán y Barrera, 2002):
x Sphagnum acutifolium Ehrh. Ex Schrad.
x Sphagnum cuspidatum (Ehrh.) Russ. y Warnst.
x Sphagnum falcatulum Besch.
x Sphagnum fimbriatum Wilst.
x Sphagnum magellanicum Brid.
Las especies anteriormente mencionadas, son muy comunes en la Isla de Chiloé, especialmente en las turberas o ñadis, donde cubren uniformemente el piso. Algunas de ellas semi-sumergidas en pozones de agua, como S. falcatulum y S.fimbriatum y otras formando enormes cojines hemisféricos, substrato de una diversa gama de diminutas plantas subantárticas, como S. magellanicum y S. acutifolium (Villagrán y Barrera, 2002). S. falcatulum crece semisumergida, formando colonias pequeñas. S. fimbriatum crece en los márgenes de las extensas turberas de S.
magellanicum y en zonas inundadas en márgenes del bosque (Villagrán y Barrera,
2002).