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Formas de pensar

In document Historia Verde Del Mundo (página 198-200)

Las acciones humanas han conformado el medio ambiente en el que han vivido sucesivas generaciones y diferentes sociedades. La fuerza motriz que ha impulsado muchas de estas acciones ha sido simple: la necesidad, ante el constante aumento de las cifras demográficas, de alimentar, vestir y dar hogar a la población. Pero la forma de pensar de los seres humanos sobre el mundo que los rodea ha sido importante para legitimizar el tratamien­ to que se le ha dado y para dar una explicación de su papel den­ tro de la estructura global. La forma de pensar sobre el mundo que se ha convertido en dominante en los últimos siglos tuvo su origen en Europa. Otras tradiciones, particularmente las de las re­ ligiones orientales, han dado interpretaciones radicalmente dis­ tintas, pero su influencia ha sido menor.

Uno de los temas fundamentales abordados por todas las tra­ diciones es la relación entre los seres humanos y el resto de la naturaleza. ¿Son los seres humanos parte integrante de la natura­ leza o son independientes de ella y de alguna manera superio­

res a ella? La respuesta a esta cuestión es crucial para determinar cómo diferentes pensadores y religiones deciden qué acciones humanas se pueden considerar legítimas o moralmente justifica­ bles. De aquí surgen otras preguntas relacionadas con la anterior sobre si todas las plantas y animales del mundo existen sólo para beneficio de los seres humanos; sobre si los seres humanos tie­ nen la responsabilidad de conservar y cuidar al resto de la natu­ raleza (o creación de Dios). Desde hace unos doscientos años es­ tas preguntas religiosas y filosóficas se han visto desplazadas en gran medida por cuestiones de carácter económico: cómo hay que organizar la vida y cómo se han de utilizar y distribuir los escasos recursos. Aunque a primera vista éstas no parecen ser cuestiones filosóficas, han ejercido una influencia que sobrepasa la esfera de economistas y académicos. Han tenido, también, un impacto fundamental sobre cómo ven el mundo los seres huma­ nos y sobre cómo justifican sus acciones.

Los orígenes del pensamiento europeo sobre la relación en­ tre los seres humanos y la naturaleza se pueden remontar, como en tantas otras áreas, a la influencia de los filósofos de la Grecia y Roma antiguas y a las ideas que la iglesia cristiana heredó de sus orígenes judíos. La fuerte convicción que recorre las tradi­ ciones clásica y cristiana ha sido que los seres humanos han sido puestos en una posición de dominio sobre el resto de una natu­ raleza subordinada. Aunque la idea de que los seres humanos tienen la responsabilidad de preservar un mundo natural del que son meros guardianes se puede encontrar en muy diversos pen­ sadores, siempre ha sido una tradición minoritaria.

Muchos pensadores han contemplado el mundo que tenían a su alrededor y han visto que lo que los ecologistas ven ahora como rivalidad y cooperación entre plantas y animales agrupa­ dos en ecosistemas, ha producido un mundo ordenado en el que cada parte parece tener una función y un propósito dentro de un plan global. Esto los ha llevado a proponer que tal plan sólo lo puede haber concebido Dios, o los dioses, y han pasado a es­ pecular sobre la posición que ocupan los seres humanos dentro de este plan. Uno de los primeros que lo hizo fue Jenofonte en su Memorabilia. Él atribuye a Sócrates el argumento de que todo lo relacionado con los seres humanos (como los ojos y las ma­ nos) tiene un propósito, y que los dioses lo han dispuesto todo minuciosamente en beneficio del hombre. Eutidemo, uno de los

participantes en el debate ficticio, responde diciendo que: «Em­ piezo a dudar si después de todo los dioses no están ocupados en alguna obra distinta al servicio del hombre». Pero le preocu­ pa que, «los animales inferiores también disfrutan de estas ben­ diciones», hasta que Sócrates lo tranquiliza asegurándole que dentro del plan global es evidente que estos animales sólo exis­ ten o son alimentados en beneficio de los seres humanos. Este argumento, basado en un proyecto y un diseño que se perciben dentro de la naturaleza, reaparece frecuentemente en el pensa­ miento occidental hasta que en el siglo xix los avances del pen­ samiento científico, especialmente las ideas de Darwin sobre el origen de las especies, que funcionan a través de la selección na­ tural y la adaptación, contribuyeron a derrumbarlo. A lo largo de los siglos, el debate evolucionó principalmente en el sentido de que nuevos pensadores propusieron nuevas evidencias de dentro de la naturaleza para ilustrar la perfecta adaptación de plantas y animales a sus funciones concretas. Esto tendía a re­ forzar la idea de que, como todo ha sido tan bien dispuesto para los seres humanos, ciertamente deben ser las criaturas más im­ portantes de la Tierra y por tanto tienen derecho a usar a las de­ más como mejor les parezca. Otra expresión temprana de esta vi­ sión básicamente antropocéntrica del mundo la podemos encon­ trar en Aristóteles. En la Política sostiene que las plantas están hechas para los animales, y concluye afirmando que: «Luego si la Naturaleza no hace nada incompleto, y nada en vano, debemos inferir que ha hecho a todos los animales para el hombre».

Con los estoicos (especialmente Panecio, que vivió en Rodas en el siglo n antes de J. C), y también con Cicerón, se añadie­ ron algunos argumentos más sutiles a este enfoque general, acentuando los aspectos estéticos y utilitarios. Para ellos el mun­ do es bello y útil. La belleza es agradable de contemplar y por tanto hay que conservarla, pero los seres humanos, al satisfacer sus necesidades de comida, recursos y bienes, mejoran la natu­ raleza. Cicerón, por ejemplo, hace poca distinción entre el mun­ do natural intacto y el modificado por la acción humana; se asu­ me que los dos son auténticos. Aunque los pensadores epicú­ reos hicieron hincapié sobre los aspectos más duros de la natu­ raleza —las bestias salvajes, los desastres naturales, la pérdida de las cosechas— que acompañaban a la belleza, el pensamiento clásico se caracterizó por lo general por una idea de los seres hu­

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