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Fracaso de la conducta (generalizado en su estilo de existir: torpe, inhá bil, falsa y malévola, que no acierta a ser constructiva, sino que conta-

In document Alemany Carlos - 14 Aprendizajes Vitales (página 48-52)

Luis Cencillo

3. Fracaso de la conducta (generalizado en su estilo de existir: torpe, inhá bil, falsa y malévola, que no acierta a ser constructiva, sino que conta-

mina y corroe su entorno2.

En estos tres casos de fracaso cierto y a veces irreparable juega inequívoca- mente la motivación, que también presenta sus riesgos:

A. El ser humano suele engañarse a sí mismo al motivarse, B. Le sugestionan o se sugestiona,

C. Por una ley del menor esfuerzo, prefiere dar un paso irreparable y com-

prometerse con algo o alguien, aunque en el fondo lo viviencie como

rechazable para él, a afrontar la situación mal planteada y anularla, tras- formarla o superarla (caso muy frecuente en los compromisos y enlaces matrimoniales: se ve que no convence nada, pero han ido ya tan ade- lante los preparativos que el sujeto no es capaz de plantear las cosas cla- ramente y cede y cede hasta que se ve definitivamente atrapado). No se puede negar que hay situaciones de fracaso necesarias –el mismo existir implica ir fracasando en algunas circunstancias y líneas de actuación–, y aun forzosas (aunque remediables siempre que no se dejen correr las cosas demasiado lejos): son las situaciones ya mencionadas, que siempre se han debido por una parte a presiones ajenas, permitidas y toleradas por caracteres menos fuertes al entrar a convivir– por lo general mediante el matrimonio–

1. Un humorista sí depende de su público, pues el humor implica esencialmente “hacer gracia a alguien”, pero un pensador no puede depender de su público, pues si todos le enten- diesen fácilmente podría asegurarse que ya no era pionero ni creativo. Las ideas han de darse digeridas y regurgitadas para que el gran público las admita como ilustrativas y geniales.

2. Los desastres puramente orgánicos, como las enfermedades o las malformaciones, propias o de hijos y allegados no pueden calificarse de “fracaso”, pertenecen a otra área, accidental y objetiva. La noción de “fracaso” (término metafórico que viene de la marina, tanto en romance como en alemán y en griego: quassare: “reventar” un recipiente, <ital. pref peyorat. fra-: fracassa-

re, frastagliare; alem. scheitern (en 1450: “partirse un vehículo”< skît: “astilla” < gr skhidso: “escin-

dir”); gr. naugô (“naufragar”) y en el mismo castellano del s.XVI-XVII significa igualmente “nau- fragar”, “hacerse pedazos” o “destrozar”) implica por lo tanto una acción violenta, no un puro producirse casual. En francés procede de otra raíz, la de échouer (scaturire), mientras que fracas significa estrépito aparatoso que acompaña a un derrumbamiento o caída de algo.

con personalidades dominantes, o hallarse desde siempre sometido a la presión de aquellos con quienes se convive (alguno de los progenitores por lo gene- ral, o sus sustitutos); y por otra, a una desorientación motivacional palmaria, en materia de profesión o de ideal de pareja.

Quien no acaba de saber claramente lo que quiere en y para su vida no es posible que elija con acierto (ni profesión, ni pareja, ni hasta lugar de resi- dencia; se trata de aquellos que viven a disgusto en una casa en males condi- ciones y tal vez más cara, por razones subjetivas de fidelidad al pasado o de tradición familiar, o simplemente por no buscarse otra ni cambiar).

Lugar, hábitat, tipo de vivienda y hasta dieta suelen ser muy importantes para el bienestar de sentirse realizado, y no hace falta que se trate de algo lujo- so, basta con que le diga algo (positivo y entrañable) el sujeto. A veces la pare- ja se gana a pulso el aborrecimiento del otro presentándole irremisiblemente cada día una dieta que aborrece: sexo, mesa y diversión compartida son los frágiles factores de logro en una pareja, básicamente y en principio, bien esta- blecida, y a veces decoración y casa.

Pero hay un tipo de “actos fallidos” completamente inconscientes y con- sisten en crear a la pareja situaciones continuamente desagradables, en lo más íntimo y doméstico de su existir; es un sadismo que se torna a medio plazo masoquista. Se acaba lamentando que “la pareja ha fracasado” (como un motor que “sale” deficiente), o que el otro(a) se encuentra siempre irritado y de mal humor (haciéndose todo lo posible para que se irrite).

En todos estos casos es la personalidad del sujeto que se siente fracasado, con su falta de iniciativa, su debilidad ante parientes próximos autoritarios, su capacidad de dejarse sugestionar, o de autosugestionarse, o su idealismo narcisista desorientado, con episodios sadomasoquistas de detalle, lo que le ha llevado a fracasar.

Hay otro modo imperceptible y sutil de causarse el fracaso, sumamente dañino a la larga, cuando a pesar de ver con relativa claridad a lo se expone, deja el sujeto sin resolver la cuestión de las “ventajas secundarias”, a las que irracionalmente se apega y que tanto atan e impiden también el avance en las terapias dinámicas y el abandono de las actitudes neuróticas por parte del paciente.

Llamamos ventajas secundarias a gratificaciones ínfimas, pero cotidianas y habituales, que el paciente perdería al madurar, o con sólo decidirse a hacerse

más el mismo y empuñar las riendas de su vida:

Cariños inoportunos y anacrónicos por mujeres/hombres sentidas(os)

como madres/padres (o de la misma madre convertida en obstáculo de cual- quier vida de pareja o matrimonio).

Irresponsabilidades apenas apreciables, pero que llevan a la vida de un adulto a hacer agua por todas partes.

Comodidades y despreocupaciones (de lo urgente y decisivo para su vida o para sus hijos) que dan a su vida un carácter “guatado” y lleno de amorti- guadores que le separan de sus verdaderas tareas importantes y creativas.

Y sobre todo, es el dejarse manejar por otras personas (pareja parental o hermanos y tías mayores por lo general), que hasta le resuelven problemas económicos, pero no le dejan territorio adulto para respirar, crear y compor- tarse como corresponde a su edad y a su estado. En tal ceder a las presiones ajenas, que acaban hasta con la vida de pareja y de matrimonio, siempre ha actuado un factor “complicidad” con la parte fuerte y en contra de la propia vida, pareja o libertad. Actitudes así ya son antesala de los fracasos ciertos e irremediables de que luego se lamentan todos. Y el sujeto sometido se cree obligado por un sagrado deber filial...

La dejación del propio camino en aras de lo cómodo, la expectativa mági- ca de que “todo se lo va a arreglar otro” y que lleva a no tomar en considera- ción las oportunidades laborales que oposiciones y concursos ofrecen, dán- dolas ya por perdidas “por la mucha gente que se presenta”, o provoca a dejar la carrera sin terminar, por que “aburre”, es otra forma de fracaso, más acen- tuada todavía, es ya el fracaso en sí mismo: la dejación, la renuncia de ante mano al avance, la inapetencia social y cultural acerca de nada.

En este otro tipo de casos es el factor “indolencia” lo que actúa, que puede tener sus raíces en aquel otro “factor complicidad” edípico. Desde luego actualmente parece que mucha gente joven se dedica a labrarse masivamen- te tal tipo de fracasos, y paradójicamente pensando que se realizan y triunfan. Y no puede decirse que sean “involuntarios”, aunque tampoco son queridos ni deseados; son simplemente fracasos imprevistos, mas con una miopía injustificable.

MOTIVACIONES

En materia de desorientación profesional (casi vocacional), entre los que por el contrario no se despreocupan, sino que pretenden luchar por un futuro, hay gente joven, y no tan joven, que ha de morder cruelmente el polvo del fraca- so (y aquí el fracasar es sumamente sano) para volverse sensata y mínima- mente realista: sueñan narcisistamente con ser modelos, deportistas famosos, acto-

res, cantores, artistas o simplemente play boys y mujeres matrimonialmente inesta- bles, que den mucho que hablar, y vendan su imagen y sus confidencias a alto

precio. O acceder a esos ambientes, o llegar a tener por pareja a alguna per- sona de este tipo.

Y hay algo más vano todavía: considerar que lo importante es que “se hable” de ellos, por ser éste el modelo que los massmedia actualmente ofre- cen, y ni por asomo se les ocurre que la vida ha de servir para algo más y para metas más serias que todo eso (simplemente no comprenden que pueda haber

metas más serias). Nada digamos de esa motivación, tan extendida hoy entre

estudiantes, y precisamente los más activos y trabajadores, de lucrarse por

lucrarse, como sea, y en lo que sea: “ganar pasta”, “forrarse”...

Lo peor no es que resulte poco seria su visión de la existencia, lo realmen- te negativo e irremediable es la orientación subjetiva y narcisista que la motiva- ción generalizada entre la gente joven y de edad mediana se adopta. Naturalmente en todos estos casos, que además suponen ser la existencia una

competición agonal en la que sólo el mejor triunfa (enfoque sumamente irreal de

lo que es lograrse en la vida), muy pocos pueden sentirse logrados o al menos dejar de sentir que han fracasado. Por eso la sociedad se llena de cuarentones presos de la vivencia de ser “unos fracasados”.

Nadie, ni por asomo, ha hecho ni se la ocurre realizar el aprendizaje opor- tuno para no fracasar, para no sentirse fracasado, o para elevar el fracaso –no con negación maníaca de la realidad, como hacen los conductuales– a identi-

dad y vivencia de realización.

Hay que añadir a todo ello la “mala conciencia” inducida por la publici- dad, la imagen de fracaso que se hace destilar sobre ciertas profesiones o esta- dos, el de ama de casa, el de madre, el de empleado, el de sirviente(a), el de campesino, albañil o trabajador industrial (hasta en el lenguaje de los empre- sarios, y aun empresarios de filiación socialista, se acostumbra referirse a sus obreros como a “los curritos”).

Los juicios de valor se hallan estrictamente tabuizados entre la gente que se dice progresista, y únicamente se permiten cargar las tintas en verdaderos jui- cios de valor negativos, y se hace sistemática alusión, con la mayor difusión publicitaria posible (y el constante machaconeo de la propaganda, tanto en eslóganes publicitarios, como en telefilmes, situaciones teatrales o alusiones en entrevistas), a la no conformidad con, ni tolerancia de esas condiciones de ama a de casa, de trabajador o de oficinista oscuros.

Se ha producido un sutil deslizamiento de la “lucha de clases” –que era justa– al contraste competitivo entre situaciones de diferente “brillo social”, que es vano e injusto, con quienes, para ser precisamente útiles a la sociedad, no han podido alcanzar aquel brillo. Entre otras cosas, porque el brillo social no depende del sujeto ni de la utilidad de su función o su trabajo y además,

y es lo más paradójico y triste del caso, el brillo se halla, por lo general, en pro-

porción inversa a la utilidad de quien “brilla”... ¡Cuántos aparentes y brillantes

logros son reales fracasos y cuántos aparentes fracasos son logros efectivos a

largo plazo, de la personalidad! Esto ya prueba que las categorías de

“logro”/”fracaso” son relativas y discutibles.

Actualmente, si se repara en ello, no se enfrentan en la frivolidad de los massmedia los indigentes y los potentados (los indigentes se dejan para un “tercer mundo” utópico e irreal en el horizonte romántico y cuasi legendario de nuestra vida cotidiana), sino los “famosos”, los “conocidos” y los anóni-

mos, cuyo anonimato tácitamente se devalúa, les devalúa, y aun se penaliza

con el desprecio o con la descalificación personal, por parte de quienes son, se creen o desean ser “famosos” (desde luego con el marchamo de “los per- dedores”, según la infeliz e inoportunísima expresión de Bender).

DICOTOMIZACIÓN DEL HORIZONTE Y TRAMPAS DEL DESEO

Lo peor que puede sucederle a una sociedad es vivir en un mundo dicoto- mizado, en el que cada uno ha de alinearse, o se ve alineado en y relegado a una de dos alternativas, una positiva y otra, más que negativa, “maldita”. Y nuestra sociedad se halla muy dicotomizada, sobre todo en cuestiones de prestigio (el clasismo axial de la “nobleza” del Antiguo Régimen se ha tras- mutado sin advertirlo nadie en lo actual: no se habla de “sangre azul”, pero sí de ser un “ganador” o un “perdedor” nato, como si ello fuera en los genes)3.

Y hay un intenso desprecio clasista de los triunfadores, de los que se sienten famosos y aventajados, de los iniciados en la informática hacia los que no tie- nen nada de esto ni se hallan iniciados en las nuevas tecnologías.

Junto con la dicotomización se da otro fenómeno interferente: la configu- ración del deseo. El deseo es el movilizador de los estados afectivos, los impulsos y los comportamientos tendenciales hacia objetos de mayor o

3. Para reforzarlo tienden los neurólogos y psiquiatras actuales (y bastantes comparsas de psicólogos, carentes de identidad como tales) a atribuir cualquier rasgo de carácter y aun cual- quier tendencia comportamental a algún “gen”, como lo cual se hace todavía más fatal e irre- mediable el rasgo de “perdedor” y de “fracasado” que cualquiera pueda advertir en su per- sonalidad y biografía.

A este respecto nuestra posición es:

1.que efectivamente todo cuanto sucede en la unidad de un organismo humano, sean

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