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Iosu Cabodevilla

In document Alemany Carlos - 14 Aprendizajes Vitales (página 148-170)

“Yo de mi canto me espanto porque es “canto de gemido”. “Voz de dolor” que ha perdido el encanto de su canto por no llorar... “Pues, ¿a quién suena la música bien, pudiendo escuchar el llanto?”

José Bergamín.

INTRODUCCIÓN

A mi entender, el llorar está, culturalmente, muy unido al tema del sufri- miento y la infelicidad, aspectos que me propongo profundizar, sin embargo también existen otras acepciones que voy a intentar desarrollar a lo largo de estas lineas. No en vano elegí para comenzar un verso de José Bergamín, que parafraseando a Calderón no encuentra música que suene mejor que el llanto. Escribo sólo a partir de mi propia experiencia. He llorado y he visto llorar demasiadas veces como para obviar las lágrimas.

Hace ya demasiado tiempo que mis noches de verano dejaron de ser un sueño de luciérnagas (ipurtargi), canto de grillos y visitas del Gran Duque (Búho real). Todo aquello está ya próximo al olvido.

He sido testigo en mi trabajo, tanto como acompañante de enfermos ter- minales como de psicoterapeuta, de lágrimas densas sobre el sentido de la existencia. Lágrimas que mostraban la grandeza humana y también su mise- ria. Algunas de sabor amargo, cargadas de rabia y desesperación,y otras, en cambio, dulces y reconfortantes cargadas de paz y de consuelo.

Cada lágrima se funde con la biografía y el pensamiento de quien la derra- ma y, se impregna con el calor de las emociones del momento.

Como suele ocurrir siempre que nos sumergimos en el arduo camino de la comprensión humana y de sus manifestaciones, no se trata tanto de dar res- puestas cerradas y definitivas, como, más bien, de plantear en profundidad el tema del llorar, y de sugerir algunas ideas a modo de aperturas.

De la misma manera que las piernas se debilitan al no caminar nunca, el hombre se atrofia si no desarrolla sus potencialidades. Por ello hay que dejar fluir lo que se lleva dentro, a fin de poder amar, proyectar y crear. Ello signi- fica encontrarse con uno mismo y con el camino de la felicidad.

Te propongo introducirte conmigo en el complicado, misterioso y extraor- dinario mundo de las lágrimas. Salir del campo de lo intelectual, de la locu- ción racional y entrar en los dominios de las sensaciones, de los sentimientos, de la intuición, para encontrar el sosiego y la paz a través de las lágrimas. Se trata de la aventura de comprendernos a nosotros mismos y a nuestros con- géneres a través del maravilloso mundo de las lágrimas. No podemos olvidar que a lo largo de los cruces de tu camino te encuentras con otras vidas: cono- cerlas o no conocerlas, vivirlas a fondo o dejarlas correr es asunto que sólo depende de la elección que efectúas en un instante. Aunque no lo sepas, en pasar de largo o desviarte a menudo está en juego tu existencia, y la de quien está a tu lado. Tal vez esta aventura que te propongo nos ayude a evaluar nuestro propio estilo de vida y nos enseñe el sabor profundo y sutil de cada lágrima y podamos darle la bienvenida cuando así suceda.

La vida no siempre es justa o sana, buena o mala, o cualquier otra cosa, la vida es. Cada uno colorea el mundo con su propia vida interna.

Todavía como nota introductoria señalar que traeré aquí algunas de las muchas personas que he visto llorar tanto en mi vida profesional como per- sonal. Sé que no soy objetivo. Me interesan las personas concretas, con nom- bre y apellidos, con una historia biográfica única e irrepetible sumergidas muchas veces, tal vez demasiadas, en la angustia de sus situaciones humanas particulares y sus problemas específicos. Yo soy lo que en este momento expe- rimento ser. Me interesa el estudio directo, no sujeto a interpretaciones, de la experiencia humana. Estoy con el Dr. Laing cuando señalaba que “ser quien lee la mente de otra persona es no estar con esa persona”.

No me interesa esa tendencia excesivamente objetivista que considera al ser humano desde fuera, como un simple elemento del mundo, y no ve en él más que una cosa entre las cosas, desprovista de intimidad, singularidad y particularidad.

En mi trabajo siempre comienzo con lo que existe para la otra persona, trato de comprender y de sentir el modo que el otro tiene de ser en el mundo.

El objetivo será siempre, el ir integrando todas las partes de uno mismo y desarrollar todas las potencialidades para llegar a ser quien realmente se es. En definitiva hacer que la persona sea más plenamente ella misma.

Desviando nuestras emociones, nuestras áreas de funcionamiento senso- rial, corporal, emocional e intelectual, sólo conseguimos ser cada vez más extraños a nosotros mismos. Como señala Rollo May “darse cuenta del pro- pio mundo significa también al mismo tiempo diseñarlo”. Mi sugerencia, mi deseo y, mi trabajo irá encaminado a facilitar a las personas la posibilidad de convertirse en dueñas de si mismas, y también, como no, de sus lágrimas.

Deseo, amigo lector, amiga lectora, sin querer ser pretencioso por mi parte que estas lineas te sirvan para hacer una reflexión desde tu perspectiva de per- sona que llora o que al menos tiene la capacidad de llorar, en lugar de hacerlo desde el ángulo de mero lector (espectador) y que vayas sintiéndote menos en conflicto con tus lágrimas (caso de que lo tuvieras), y seas capaz de vivir más libremente tu capacidad de llorar, como si de un privilegio se tratara.

Gracias, de corazón, por haberme regalado tu tiempo y detenerte en leer estas lineas.

LLORAR EN NUESTRO MEDIO

“... Poco después, cuando pasaste por delante de mí para ir a coger algo de la nevera, viste que estaba llorando, pero no hiciste caso de ello. Sólo a la hora de la cena, cuando volviste a salir de tu cuarto y dijiste ‘¿Qué hay para co- mer?’, te diste cuenta de que todavía estaba allí y de que todavía lloraba. En- tonces te fuiste a la cocina y empezaste a trajinar entre los fogones”.

(Donde el corazón te lleve de Susana Tamaro)

Cuando hablamos de llorar la mayoría de la gente lo entiende como cierta debilidad o por lo menos una muestra indiscreta de nuestro yo más auténti- co, y por lo tanto lo suelen censurar y se tiende a suprimir esta forma de expresión. No en pocas ocasiones tendemos a cortar la expresión de emocio- nes de aquellos con los que interaccionamos, intentando por todos los medios a nuestro alcance que se calme o que por lo menos no llore. Quizá hemos inte- riorizado que es negativo sentir determinada clase de sentimientos, o que las personas sufren cuando exteriorizan sus sentimientos profundos, o que nos hacemos más vulnerables al expresarlos. Algo así como no querer agregar más dolor al dolor.

En general nos sentimos mal ante las lagrimas de los otros, y no sabemos que hacer. A veces cuando alguien llora, no se habla de ello, se evita hasta el mirarle, como si fuera de mala educación, como invadir su intimidad. Tal y como ocurre en el pasaje que encabeza este apartado de la bonita novela de Susana Tamaro.

Seguramente desde niños aprendimos a responder a cualquier señal abier- ta de llanto con desaprobación, cuando no a una censura clara y explícita (“no se llora”, “los niños no lloran”, “no seas llorón”).

El llanto de los niños pequeños suele causar muchas molestias e irritación a los adultos. Por lo tanto la mayoría de ellos lo ven como algo indeseable e intentan quebrar la voluntad del niño o de la niña. El resultado puede ser que luego de adultos nos encontremos con personas que ignoran lo que les pasa, y lo que sienten y hasta llegan a no saber llorar.

Se le dice al niño que sea amable, obediente, respetuoso. Para conseguir el objetivo se suele apelar al miedo, o directamente al chantaje del deseo de ser querido (“cuando dejes de llorar haremos tal cosa, o te daré lo que sea”, “como sigas llorando no te querré”...).

Después de tantos mensajes que niegan nuestra experiencia, llega un momento en que ya no sabemos lo que queremos, lo que nos pasa, ni cuales son realmente nuestras emociones.

Viene al caso una situación de la que fui testigo hace algunos años mien- tras paseaba con mis hijas Ioar y Olaia. Al acercarnos a un Kiosco de chuche- rías un niño de unos cinco o seis años le decía a su madre.

—Ama, cómprame chuches, quiero chuches. Y la madre le contestaba.

—No, no quieres.

Me dejaron atónito cuando comenzaron una discusión en la que el niño reafirmaba “si, si quiero”, y la madre se mantenía en el “no, no quieres”.

La reflexión que hice fue evidente. Claro que el niño quería chuches (esa era su experiencia interior), otra cosa es que la madre no quisiera comprarle por muchas razones, y seguramente razones de peso. Pero lo que ya no era saludable para el futuro psicológico del niño era negarle su experiencia inter- na de desear chuches.

Recuerdo que el caso lo comenté con mi compañera, madre de mis hijas, pronosticando que aquel niño era un firme candidato a ser un adulto que pu- diera tener dificultades en ponerse en contacto con sus deseos y sentimientos.

El llanto es el lenguaje del bebé. A través de él, el niño, la niña se muestra a sí mismo y se relaciona con los demás. Muchas veces demandando la aten- ción, o empleado para conseguir sus necesidades o deseos, por lo tanto es un

comportamiento normal en los seres humanos. Hay un dicho en castellano que corrobora esta afirmación “quién no llora, no mama”.

La forma en que atendemos o desatendemos esos lloros en la niñez, nos marcarán en el posterior desarrollo psicológico. Abandonar, o no atender el llanto de un niño puede tener consecuencias tan nefastas para su posterior de- sarrollo, como el prestarle excesiva atención satisfaciendo todos sus caprichos. Todas las experiencias y procesos de aprendizaje que asimilamos e inte- gramos plenamente entran a formar parte de nuestra historia vital, el fondo que da sentido a las figuras que vayan surgiendo en el camino de nuestra his- toria. Lo que no asimilamos o bien se pierde, o bien permanece con nosotros convertido en introyecto, un obstáculo o dificultad que impide nuestro pro- ceso de desarrollo.

Las causas del llanto son muchas y muy variadas en los niños. En los más pequeños, el niño suele llorar cuando se acerca la hora de satisfacer su nece- sidad de alimento (comer). También pueden llorar después de comer por molestias gástricas. Recuerdo claramente el llanto de mis dos hijas mayores con los consabidos “cólicos lácteos” y que difícilmente olvidará ninguna madre o ningún padre que haya vivido esta circunstancia.

Observando a mi hijo Asier de diez meses de edad, he podido darme cuen- ta de la facilidad que tiene para llorar y de los distintos significados de sus llo- ros. Llora con fuerza cuando se le quita algo que quiere, cuando le contrarían en sus deseos, es un lloro de rabia, de protesta. Llora, cuando se golpea y se lastima. Cuando estaba enfermo por un catarro, tenia un llorar quejumbroso y apagado. También están sus lloros relacionados con sus necesidades básicas (alimento, sueño...) Llora y se enrabieta cuando no puede alcanzar algo que desea, es una forma de mostrar su frustración. Así mismo llora cuando se aleja algún ser querido con quien quiere estar, fundamentalmente su madre, pero también cuando se acerca después de algún tiempo sin estar con ella. Se expre- sa con el llanto de tantos y tantos estados de ánimo que cada lloro es distinto. En general, podemos afirmar que un llanto vigoroso y fuerte, que no va acompañado de ningún otro signo es señal de una excelente salud en el bebe, y si tenemos la certeza de que llora porque quiere llorar, lo mejor que pode- mos hacer es dejarle llorar. Por el contrario el sollozo y el llanto apagado puede indicar que el niño o la niña no está bien, de que algo le pasa.

Muchas veces, en nuestra cultura, desplazamos el llorar. No nos permiti- mos el llorar por ciertos motivos, ya que consideramos que no está bien visto y, sin embargo, sí podemos hacerlo por otros.

Recuerdo a un hombre joven de unos treinta años que rompió a llorar en una sesión de grupo, aparentemente ante la muerte repentina por accidente

de un familiar y, sin embargo, él mismo reveló que no lloraba por la perdida de su ser querido, sino que lloraba por él, y aprovechaba esta oportunidad que se le presentaba donde no seria interrogado por el sentido de sus lágri- mas, ya que todo el mundo aceptaba el dolor por el fallecido.

También en nuestro medio, suele ser habitual que la persona que en un momento determinado se emociona y llora pida disculpas por ello. Es algo así, lo decíamos antes, como tener asumido que le ponemos en un aprieto al otro. Como que la otra persona se va a ver en la obligación de tener que hacer o decir algo, y nos hacemos responsables de esa presunta incomodidad que le hemos creado al otro pidiendo disculpas.

Nuestra sociedad tiende a vender clichés envasados. Quien expresa emo- ción ante la pérdida de un ser querido es débil, mientras quien responde de manera rígida entonces es fuerte y se le valora. Recientemente asistí a un funeral en el que uno de los sacerdotes que concelebraba la ceremonia se per- mitió emocionarse al ir dibujando el semblante de la fallecida, de su familia y de las circunstancias especiales que rodearon la muerte de la difunta.

Es frecuente que esos clichés envasados originen conflictos entre las nece- sidades orgánicas y los roles sociales de conducta y consideración en los que basamos nuestras relaciones. Así, me encuentro muchas veces en el dilema “se llorar y soportar la vergüenza o ahogar el llanto y soportar el dolor del nudo que me oprime y me ahoga”.

Podemos concluir este apartado diciendo que si todo va bien, el llanto sur- girá en muchas ocasiones, de manera espontánea y fluida a lo largo del ciclo de la vida. Estará en nuestra responsabilidad el permitírnoslo.

DE QUÉ Y CÓMO LLORAMOS

“En la ribera del Nilo, al atardecer, una hiena encontró a un cocodrilo; ambos se detuvieron y se saludaron.

La hiena habló y dijo: “¿Cómo lo estás pasando, Señor?”.

Y el cocodrilo respondió: “Mal. A veces en mi tristeza y dolor lloro, y entonces las criaturas dicen: “No son sino lágrimas de cocodrilo”. Y esto me duele hasta lo indecible”.

Entonces la hiena habló: “Tu hablas de vuestro dolor y tristeza, mas, pensad en mí por un momento. Yo me admiro de la belleza del mundo, de sus prodigios y milagros, y desbordada de alegría me río aun cuando el día se ríe. Y la gente de la jungla dice: “No es sino la risa de una hiena”.

Cuando me encargaron escribir estas lineas los primeros días del mes de julio acababa de regresar de un congreso sobre “Vivir es morir. Morir es vivir” en Maspalomas (Gran Canaria). Me impresionó el relato emocionado ante más de mil personas de una campesina superviviente de la matanza de El Mozote (El Salvador), donde fueron violentamente muertos a manos del ejér- cito todos los habitantes del poblado (hombres, mujeres y niños). Aún con la imagen fresca de aquella mujer que lloraba ante la muerte injusta y violenta, recibo el encargo de escribir sobre “aprender a llorar”.

¿De qué y cómo lloramos aquí, a tantos kilómetros de distancia y en unas circunstancias tan distintas de las que venia ésta campesina Salvadoreña? Se me ocurrió entonces interrogar a mis amigos y conocidos sobre qué les hace llorar y cómo lo hacen. Las respuestas fueron muy variadas y seria inacaba- ble el comentar todos los motivos por los que lloramos los seres humanos, no en vano, hay tantas razones para llorar como para reír en la vida. A pesar de las dificultades, no renuncio a señalar algunas de estas razones.

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Llorar de tensión. Recuerdo a una mujer de 37 años, casada, y con enor- mes deseos de ser madre. Tras muchos intentos y diferentes tratamien- tos consiguió quedarse embarazada. Su embarazo no fue fácil, y las posibilidades de aborto espontáneo eran grandes. Así es que debía guardar reposo y estar acostada casi todo el día. La tensión que fue acu- mulando fue grande y ya casi al final del embarazo rompió a llorar durante días enteros, días y noches sin ningún motivo aparente. Sin embargo la explicación psicológica de dicho llanto era bastante eviden- te. Primeramente había acumulado mucha tensión de su no embarazo, después, y una vez conseguido este, continua acumulando tensión por temor a perderlo, condimentado por el aislamiento, y las limitaciones que le suponía el hacer reposo absoluto. Toda esta tensión sale en forma de llanto una vez que el embarazo ya estaba llegando a su fin y no había peligro para el feto.

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Llorar de emoción. Las lágrimas de Doña Bittori. Doña Bittori es una señora de 76 años, soltera, de la montaña de Navarra donde vive en una casa grande de un pueblecito pequeño de un valle próximo a la capital. Se encuentra ingresada desde hace un mes y medio aproximadamente en la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital San Juan de Dios, aquejada de un cáncer de endometrio sin curación posible y con una corta esperanza de vida.

Una calurosa mañana del mes de agosto, entré en su habitación, estaba sola, y me senté en su cama. Noté que aproximó su mano y agarró la mía con una ligera presión. Quería que me quedara un rato con ella y así lo hice.

La conversación pronto se dirigió hacia el tema que le estaba afec- tando emocionalmente. Se trataba del apoyo y compañía que estaba recibiendo de sus amistades.

—Ayer vinieron unos vecinos que hacia poco se han trasladado al pueblo.

Señaló con voz suave, y sin poder contener las lágrimas que iban cubriendo sus ojos.

—Le emociona, Doña Bittori, que vengan a visitarle. Le reflejé con tono empático.

De sus ojos comenzaron a brotar abundantes lágrimas que mansa- mente se deslizaban por sus mejillas.

Ella continuo en el mismo tono.

—Han pasado todos los del pueblo a visitarme.

— Y esto le gusta y le emociona, ¿no es así Doña Bittori?

Lo cierto era que a Doña Bittori nunca le ha faltado la compañía en este final de vida, a pesar de ser de familia muy corta, sin hijos, ni her- manos. Sus lágrimas, su emoción tenía que ver con sentirse tan queri- da, tan bien acompañada.

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Llorar por todo o por nada. Son dos polaridades de la misma experiencia. Lo

decíamos antes probablemente hay tantas razones para llorar como perso- nas en el mundo. Siempre podemos encontrar un buen motivo para llorar.

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Llorar de tristeza.

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A veces con una lágrima traemos a nuestro recuerdo la presencia de alguien que ya no está, y a través de esas lágrimas compartimos nues- tro presente.

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Llorar de soledad, de soledad dañina, cuando esta se percibe como fraca-

so. De sabor amargo acompañada, muchas veces, de experiencias de rechazo.

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Llorar por el paso del tiempo. Vivido este como una especie de monstruo

que todo lo engulle y lo devora.

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Llorar de rabia, de impotencia, cuando no me entienden.

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Llorar por dejar de ser “la reina de los mares”. Se trata de un llorar cuando

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