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FUNDAMENTACIÓN DEL ENFOQUE GEOHISTÓRICO Ramón Tovar López

Todo enfoque –más aún el científico– reproduce una determinada concepción del universo. Las diferencias fundamentales que suscite, obedecen conscientes o inconscientes a los conflictos o enfrentamientos que tales concepciones puedan implicar. Se diría que asistimos a una base general, presente en todos aquellos enfoques que respondan a ella asumirla en cierto modo las cualidades de una ideología. Reparemos en el conocido caso de Miguel de Server quien descubriera la circulación sanguínea; entonces fue una herejía. En el mismo nivel estarían todos cuantos avancen proposiciones que hieran, pongan en discusión o vulneren, con sus enfoques, determinadas concepciones.

Si tan siquiera alternarla podrá generar enfrentamientos; tal como se ve en casos limitados a sectores menos extensos, circunscritos apenas al puro círculo profesional. Nada hay que incomode más a ciertos intelectuales, que la desestabilización de su discurso tradicional; máxime si se produce en etapas de crisis; a Sócrates le hicieron beber la cicuta.

Sin embargo, esto no impide que sea precisamente en tales momentos cuando más se impone la revisión, y por qué no hasta el cambio, en las miras o perspectivas con que hemos venido trajinando en un determinado campo.

Se admite que la realidad es dinámica; pero quien más le imprime nuevas direcciones es el hombre en sociedad. Así se comprende que lo formulado para una situación dada, pierda validez o vigencia en otra; bien en términos sincrónicos o diacrónicos, o en ambos a la vez. No es sorprendente que de la concepción general o fundamental surjan otras que aceptamos como derivadas; con estas se compadecerían las de las ciencias particulares. No obstante, no debemos olvidar que esta particularidad no se divorcia de la generalidad, así no obedecería –como se ha dicho– a una concepción derivada.

Para los primeros casos, estaríamos en el marco de una macro ciencia: no así en el segundo donde nos atendríamos a una especificidad o particularidad.

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La categoría de macro ciencia nos impone la consideración de un nivel por encima de la misma; lo que nos conduce a una universalidad más extensa sin menoscabo de su intensidad.

Funcionaría como una integridad y caeríamos necesariamente en un nivel de estirpe filosófica. Su problemática estaría circunscrita por los valores: la Humanidad, la Naturaleza, la Vida, la Sociedad, la Educación, la Maternidad, la Infancia, la Vejez, etc. En este plano y solo en este plano sería donde enraizarían las grandes e indiscutibles revoluciones; expresión de los cambios profundos experimentados por la Humanidad. Estos valores pareciera como si fueran absolutos, pero no hay tal. La dinámica, arriba denunciada enriquece sus contextos. Que parezcan inamovibles se debe a que sus cambios no se manifiestan sino a muy largo plazo. Es procedente, en consecuencia, que se hable de un Hombre occidental, de un Hombre oriental, de un Hombre latinoamericano; o que en occidente se defina un hombre grecolatino, medieval, renacentista, o contemporáneo; la tipología podría no agotarse, pero su síntesis o esencia, u ontología, estaría formada por la cultura; por comodidad podríamos acogernos a la especificidad o idiosincrasia que la sustenta.

La extensión e intensidad asumida por la realidad se ha traducido en la democratización de la tarea intelectual; no puede ceñirse a un solo individuo ni siquiera a un solo equipo específico. Estamos empleados a ocurrir a la categoría de los “niveles de organización de la realidad” interesada por los cambios significativos derivados de la revolución científico-técnica; cuya problemática ha trascendido inclusive a los estados éticos. Estos asumen jerarquía de primer rango porque está en juego la propia permanencia de la especie humana.

La democratización no es una prédica; la tarea se desarrolla dentro de las modalidades multi, inter e intradisciplinaria; es producto del desarrollo científico y su aplicación; cuanto define hoy a nuestra civilización. Ella podría repetirse a los soberbios ahora como ayer: “baja la cerviz sicambro valeroso”.

El mundo se nos aparece como un inmenso campo de pueblos y naciones; unos y otros en el mismo plano de igualdad; lo que ha engendrado como una necesidad del momento, la búsqueda y proposición de la identidad; identidad que, a la par de las categorías que define, asume un valor geohistórico.

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Asistimos a una situación única en nuestra historia; retoma nueva estirpe la aseveración helenística: “No hay griegos, no hay persas, lo que hay son hombres”; se revitaliza la proposición fundamental que consagra a los hombres como iguales “porque todos somos de la misma substancia”; a este grado de conciencia objetiva hemos llegado gracias al alcance y desarrollo experimentado por las Ciencias Sociales.

Las nuevas leyes que estas ciencias demandan, tienden a reproducir el estilo presocrático del “hombre (como) medida de todas las cosas, de las que son en cuanto y de las que no son en cuanto no son”. Pero no restringida a la exclusiva preocupación gnoseológica griega sino en la dimensión ontológica, esencial del ser humano. La misma que resumió la discusión de la Justa Guerra al consagrar el respeto debido a nuestros aborígenes porque “eran también hijos de Dios”. No es azar que sea América Latina la cuna del movimiento no del todo bien conocido como es la “Teología de la Liberación”; no resulta menos aleccionador que un pequeño pueblo mestizo centroamericano se erija en el actor de un acontecimiento inusitado, cual obligar, con sus altibajos, al menos hasta ahora, que el gigante aplace sus aspiraciones denunciadas, los tiempos, a la luz de los hechos, han cambiado.

Todo lo expuesto conduce a aceptar como postulado fundamental, válido para cualquier ciencia del hombre, el de “las condiciones históricas dadas o determinadas”; respuesta indispensable a la dirección diacrónica.

Pero la misma relatividad antes señalada, objetividad en una identidad, nos impone como sea calidad histórica (Hombre, el único animal con Historia) deba registrarse ajustada dentro de una limitación espacial; reproduce por tanto una cualidad necesariamente sincrónica y por tanto geográfica. Estas dos vertientes confluyen en una simbiosis o retroalimentación con la erección del objeto o especificidad geográfica. Es inevitablemente una resultante histórica porque reencuentra una realidad social y más extensa aún, humana.

Debemos recurrir por tanto a dos categorías fundamentales e indispensables: Pueblo y Nación. Entendemos por el primero “la solidaridad del grupo humano desarraigado de su espacio”. “La utilización de un mismo territorio, advirtió Demangeon, crea una solidaridad social independiente de los lazos de la sangre y más fuerte que ellos”. De la segunda recordaremos que es “una comunidad estable históricamente formada de

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idioma, territorio, de vida económica y de psicología, manifestada en la comunidad de cultura”.

La calidad del espacio territorial escala del enfoque geohistórico al ofrecernos como una realidad concreta, pone en evidencia un presente; en consecuencia es geográfico con implicaciones históricas. Esto obliga a la adopción de una dirección metodológica: la de ir del “presente al pasado” porque “la anatomía del Hombre es la clave de la anatomía del mono y no lo contrario”. Lo anterior violenta el ordenamiento líneal a lo tradicional porque responde a una globalidad o síntesis.

H. Isnard al señalar al espacio geográfico como un producto social establece que “diferente a los otros seres vivos, la humanidad emprendió su liberación de las restricciones del medio natural con la organización del espacio donde se desenvuelve su historia”. Nosotros hemos propuesto una definición de la Geografía como “la ciencia que aporta una explicación de la organización diferenciada del espacio, estructurado por los grupos humanos dentro de condiciones históricas dadas”. ¿No sería prudente situar en la misma mira, el reto propuesto por Don Francisco Tamayo en su obra Los Llanos de Venezuela?; sentencia el maestro: “…no basta saber que los suelos llaneros son pobres en calcio, fósforo y nitrógeno; ni que la flora agrostológica es rica en Andropogóneas; ni que la participación fluctúa entre 1.000 y 1.500 mm. Hay que ir más allá; (…) estos trescientos mil kilómetros de tierras planas (con) solo dos sistemas de regadío donde “el obrero del hato, el peón ganadero, no dista mucho de aquel otro que pudo conocer don Agustín Codazzi por 1841 un (…) superviviente de lo heroico, relicto humano de la edad heroica del Llano (…) anacronismo por el modo como subsiste; por el atraso y miseria que representa; por el dolor de una vida humana estancada en el tiempo y negada a la posible felicidad mínima a que tiene derecho toda criatura de Dios (…) cien años que discurrieron sin cambio para él, como tampoco le traerían nada los cien años anteriores, y así tendríamos que de 1741 a nuestro tiempo, el peón llanero estaría como si nada hubiera sucedido en su beneficio, durante los siglos”.Fuente:

Tovar R. (1986). Selección mimeografiada, propuesta en el Seminario-Taller: Problemática geohistórica de Venezuela. Instituto Pedagógico de Caracas

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¿POR QUÉ GEOHISTORIA?