CLASE II: LILIÓPSIDA Liliópsidas
APÉNDICE 26.- FUNDAMENTACION TEORICA
La visión antigua del mundo (tiempos judeo-cristianos) postula que plantas, animales, minerales y todo lo demás existen con el solo propósito de beneficiar al hombre y que la conservación y preservación son innecesarios (Mateo, 1991).
La visión ambientalista es la antitesis de la antigua, y según ella el mundo no es infinito, la explotación continua no es sostenible y el bienestar constante de los seres humanos dependerá de la conservación de los animales y plantas, y de la protección del aire, agua y suelo; es decir a un cambio de paradigma para no ver a la humanidad como al centro de las cosas, viendo a la naturaleza y al hombre ligados inseparablemente de los proceso de la vida y de los sistemas globales y en la que filósofos hablan de una ética de cuidado de la creación y su sostenibilidad por el hombre; y según Nebel y Wright (1999) la historia señala encumbramientos y caídas de civilizaciones que los científicos denominan cambios de paradigma y que aparecen como modificaciones en la manera en que el hombre ve el mundo, así como su lugar y su función en él.
Según Cano (1993) ¿estamos en medio de otro cambio, en lo referente a la vida y a la visión del mundo?. Tanto en las condiciones naturales con el ambiente, más o menos natural del campo al artificial creado por el hombre, existen amenazas para los habitantes; así como para sus ecosistemas por el
gran problema que provocan las actividades humanas en el planeta (Pineda 1995). A partir de la Declaración de Estocolmo los países reconocen el derecho al medio ambiente que a la letra dice “El hombre tiene un derecho fundamental a la libertad, a la igualdad y a las condiciones de vida satisfactorios, en un ambiente cuya calidad de vida le permita vivir con dignidad y bienestar y tiene el deber solemne de proteger y mejorar el medio ambiente para las generaciones presentes y futuras. Y ya en la conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y Desarrollo (CNUMAD) de Río de Janeiro se logró el comienzo de la toma de conciencia para defender el medioambiente, a pesar de indiferencias e intereses políticos y económicos de empresarios y gobiernos, llegándose a establecer la concepción de desarrollo sostenible, sustentable o sostenido como filosofía de vida que armoniza el desarrollo con la preservación del medio ambiente (Cano, 1993, Inda 2003).
En la presente tesis se toman enfoques filosóficos sobre el desarrollo de la ciencia, asumiendo que el conocimiento es el reflejo de las leyes y características de la realidad objetiva, dentro de un contexto socio-histórico actual, partiendo de los enfoques lógico-formal y genético-histórico (Bunge, 1969), en relación con el sujeto (opción epistemológica) y con el objeto (opción ontológica).
Se parte de la premisa que la práctica es la fuente del conocimiento; y es el conocimiento empírico el que se logra de preferencia por los métodos de observación de manera dispersa, asistemática, no rigurosa, práctica y sin fundamento teórico, como acontece con los manejos irracionales de malezas en agroecosistemas. Entre tanto, el conocimiento se constituye en científico cuando presenta coherencia, rigurosidad, sistemicidad y planificación (Ander, 1989). En el presente trabajo se plantea el diagnosticar y medir la realidad de la población infestante de malezas, y ademas experimentar y contrastar alternativas de manejo sostenible de malezas con la experimentación .
Se formularon percepciones sobre la sinecología de las malezas infestantes, se identificaron vegetales espontáneos como objetos de estudio, y se experimentaron tratamientos tecnológicos y naturales; y se buscó la
aplicación de valores de manera sostenible bajo la concepción social, económica y ambiental.
En la problemática ambiental relacionada con la agricultura Capó (2002) informa que las técnicas de laboreo y uso de maquinarias, eliminación de malas hierbas y fertilización que al conceder condiciones del suelo, pueden generar impactos negativos, como la erosión, y la contaminación con herbicidas y fertilizantes.
En lo referente a productos fitosanitarios, Capó (2002) indica que la eliminación de los seres vivos, que suponen un obstáculo para el correcto desarrollo de los cultivos, ha sido una lucha constante del agricultor a lo largo de la historia, para lo cual ha desarrollado técnicas más o menos agresivas contra el medio.
En sistemas modernos de agricultura, la necesidad de asegurar altas producciones y calidades implica una lucha constante frente a determinados organismos en competencia, o parásitos. Las sustancias químicas utilizadas actualmente para eliminar estos seres vivos (animales o vegetales) no deseados forman el grupo denominado biocidas.
La peculiaridad de los biocidas es que las mismas propiedades que los hacen útiles en la lucha contra los enemigos de los cultivos, los convierten en potencialmente peligrosos para el medio, incluida la salud humana, puesto que su acción raramente es selectiva frente a un solo tipo de organismo. Los riesgos potenciales se refieren tanto a la fase de elaboración, transporte o almacenaje, como a la de la aplicación por parte de los agricultores y más aún la de los residuos.
Las actividades agrarias originan diversos contaminantes derivados, fundamentalmente, por el uso del amplio abanico de productos que son necesarios actualmente en un modelo de agricultura de alta rentabilidad, así como de los productos que se utilizan en la ganadería intensiva. Los más importantes son los siguientes: restos de plaguicidas, nitratos, fosfatos, restos orgánicos, resíduos procedentes de la ganadería, restos de industrias agroindustriales y microorganismos, compuestos de amoníaco y metales en los residuos ganaderos.
Los efectos son diversos según las características del producto, por lo que se registrarán diferentes modalidades de contaminación. Así los biocidas que no pasan a la atmósfera por volatilización o a las aguas superficiales, se incorporan al suelo donde pueden seguir diversas vías: pueden quedar retenidos o inmovilizados en las arcillas y en la materia orgánica, o quedar fijados, en cuyo caso contribuyen al descenso de la fertilidad. Otros son metabolizados por los microorganismos del suelo, dando lugar de esta forma a productos no contaminantes o pueden pasar a la solución acuosa del suelo, en cuyo caso quedan disponibles para su utilización por las plantas o la fauna del suelo, o para su lavado e incorporación a la escorrentía subterránea.
En el caso de que se descompongan mediante foto-descomposición o hidrólisis, pueden originarse compuestos que en algunos casos (por ejemplo, los fungicidas que contienen mercurio) son tan tóxicos o más que el producto original.
A nivel mundial, según Ondarza (2000), 1500 millones de hectáreas se cultivan para dar alimentos, fibras y otros productos. Es decir, se emplea una hectárea para alimentar a 3.7 seres humanos. La respuesta está en que, por una parte, la superficie cosechada únicamente comprende de un medio a dos tercios del total de la tierra cultivable; y el resto son tierras en descanso o pastizales y además el 10% de la tierra se dedica a cultivos no alimenticios como algodón, tabaco, hule, café, te y yute.
Desde que el hombre comienza a vivir en sociedad dejando su condición itinerante en la búsqueda de alimentos de la naturaleza, se constituye en el principal modificador del medio ambiente.
La agricultura como actividad de ecología productiva realiza de una u otra manera perturbaciones del suelo; y según Seoanez (1999) las acciones adversas deberían reducirse o eliminarse, en concordancia con muchas teorías científicas, con una gestión activa de los riesgos de contaminación de los elementos del ambiente, mediante una política apropiada de prevención.
En lo referente a los problemas que presentan los recursos naturales, el Frente Verde de la Comisión Ambiental Regional La Libertad, contempla los siguientes: Totorales y Algarrobos sin protección y en vías de extinción; avance
de las “Áreas” Desérticas; Reserva y Santuario de Calipuy en peligro; pérdida de Biodiversidad; Cuencas desorganizadas; desaparición de Suelo Agrícola; y el uso de aguas servidas crudas para el riego de plantas de tallo corto.
Según la CONAM de la Región La Libertad, los valles están fuertemente salinizados por el manejo inadecuado de los sistemas de riego en cultivos como el arroz, y por la incapacidad de la eliminación y drenaje de las aguas. Las consecuencias inevitables de la presencia de sales, son la pérdida de la productividad de los suelos, o su inhabilitación temporal. En La Libertad de los 5 valles de la costa, casi el 30% de sus tierras presenta algún problema de sales. El más afectado es el valle Chicama y le siguen los valles de Jequetepeque y Chao.
El Proyecto Chavimochic ha incorporado nuevas superficies, pero mediante el empleo de fertilizantes, pesticidas y surfactantes se presenta la posibilidad (hipótesis) de qué en zonas tradicionales y nuevas se estén generando impactos negativos en el ambiente agrícola.
Dentro de los cultivos de la costa norte peruana sobresale la caña de azúcar, la misma que según Helfgott (1997) está plenamente identificada con la economía peruana por la extensión sembrada, la producción total de 642,000 t de azúcar, y el consumo por encima de 800,000 t ocasionando importaciones que generan Problemas Socioeconómicos. Este autor indica que en el Perú las condiciones de la costa norte y central son tan favorables, que a nivel mundial están clasificadas como excelentes, por la temperatura favorable que permite que se pueda sembrar caña de azúcar todo el año.
Los orígenes de la agricultura se remontan a cerca de 10 mil años, y según Alexander (1973), Fauconnier y Bassereau (1970) e Irving (1991), en Caña de Azúcar el registro más antiguo figura en la literatura hindú, es de hace aproximadamente 3000 años, y en la literatura china se presentan registros de 475 años antes de Cristo.
En el siglo XIII, Venecia era la capital mundial del azúcar y ya su consumo se había difundido por toda Europa. La difusión hacia el Oeste continuó y la Caña de Azúcar llegó a la isla de Madeira (1420), llevada por los
portugueses y a las islas Canarias por los españoles, y de allí Colón la llevó a América en su segundo viaje en 1493 (Mangelsdorf, 1950).
Según Helfgott (1997) el cultivo de Caña de Azúcar varía en su ciclo desde 10 meses en Lousiana (USA) hasta 2 años en el Perú, Hawai y Sudáfrica; sin embargo en la mayor parte de las zonas cañeras, su ciclo oscila entre 14 – 18 meses para caña planta y 12 – 14 meses para las socas.
La caña de azúcar permite la concepción de diversificación que equivale al uso integral de la caña, la optimización del empleo de sub productos de la fabricación del azúcar, y como fuente de materia prima para su transformación en otros productos de repercusión económica y social; y según Helfgott (1997) con los esquemas actuales de procesamiento de la caña por 100 toneladas de tallos limpios que entran a la fábrica se pueden obtener las siguientes cantidades de productos: azúcar crudo 10 – 14 t, bagazo (50% de humedad) 26 – 28 t, miel final (88% de sólidos) de 3 a 4 t cachaza (75% de humedad) 2.3 a 2.6 t, residuos agrícolas 25 – 30 t. Los principales productos secundarios de la caña son: melazas o mieles, bagazo, cachaza de los filtros cenizos de los hornos, y gases de combustión.
La Caña de Azúcar como fuente productiva de alta trascendencia regional y nacional, en lo social y económico, presenta problemas que limitan al cultivo mismo, al manejo de su agroecosistema, y al ambiente de los valles en los cuales se cultiva.
Entre los problemas que justifican estudios de investigación se mencionan los siguientes:
- La falta de cultivares mejorados con cualidades más productivas.
- Deficiencias en el manejo de suelos y agua, para asegurar condiciones físicas y químicas favorables.
- El agua de regadío, que pueden contener contaminantes no metabolizables por las plantas.
- En condiciones peruanas con un suficiente control biológico de insectos dañinos quedan, las malezas como grave problema de impacto negativo en el cultivo.
Respecto a la transmisión de conocimientos, habilidades y tecnologías es importante, tanto quien la hace como quien la recibe, debido a que las diferentes posturas frente al tratamiento del ambiente ponderan de modos muy distintos la relación hombre-naturaleza. Habría que evitar las posturas extremas (desarrollistas versus conservacionistas) y optar por aquellas que propician al desarrollo sostenible.
De acuerdo con Mortimer (2003) en el enfoque de investigación participatorio – ecológico, en la ciencia de las malezas, hay la necesidad de proteger el ambiente y asegurar una agricultura sostenible, mediante el desarrollo del manejo integrado de malezas, y para ello se requiere de la colaboración de los productores. Según Geier y Clark (1979) el control de plagas ¿Cómo deberá ser visto en el futuro como un proceso de producción, o como ecología aplicada? Sin duda el control fitosanitario es un proceso que proporciona rendimientos elevados a través de una protección vegetal. Sin embargo, el problema es la forma en que el producto se logra tomando en cuenta que los agro-ecosistemas (Smith y Van Den Bosch, 1967) son una consecuencia de la imposición de un sistema de producción, y no una consecuencia del diseño ecológico; años más tarde, Blacklow (1997) reseñando el mismo tópico desde el punto de vista del manejo sostenible de malezas, considera la valoración por la sociedad, con sus legítimas preocupaciones, de la calidad del ambiente (ambas internas y externas al agro - ecosistema), para el control de malezas. En el centro del argumento, está la manera en la cual el conflicto fundamental de incremento de la producción agrícola para consumo humano se basa en la transferencia de soluciones avanzadas con insumos para dar solución al problema de las malezas; mientras que en los países menos desarrollados no existe disponibilidad económica para tales insumos.
En el caso de sistemas extensivos de labranza, hay uso de insumos químicos (nutrientes, plaguicidas), que resulta en residuos en la superficie y las aguas del suelo (Crosby, 1996), lo que conduce a un daño del ecosistema, en particular de la cadena acuática alimentaria o también a la salud humana (Pingali y Marquez 1996).
Las pérdidas continuas, debido a las malezas desigualmente distribuidas en los países y los agro-ecosistemas (Labrada, 1996), la evolución de la resistencia a los herbicidas (Gressel y Baltasar, 1996), los cambios de la flora de malezas en respuesta al manejo de las mismas (Ho, 1991), la contaminación química de las fuentes de agua (Sieber, 1987), y la erosión del suelo a través del cultivo excesivo (Garrity, 1993), conllevan a la necesidad de desarrollar sistemas de manejo de malezas, que sean sostenibles: tal sostenibilidad puede aparecer a través del desarrollo del manejo integrado de malezas (MIM), entendido como la aplicación de numerosas tecnologías alternativas para reducir la abundancia de las malezas, incluyendo los medios culturales, mecánicos, genéticos, biológicos y químicos (Regnier y Janke, 1990). Sin embargo, en una definición de desarrollo sostenible (Buchanan, 1976) argumenta que el MIM incluye la selección deliberada, la integración, y la implementación de medidas efectivas de control de malezas con debida consideración a las consecuencias económicas, ecológicas y sociológicas. Parte del diseño de los procedimientos de manejo integrado de malezas debe ser, por lo tanto, un análisis del impacto ambiental de cada una de las prácticas integrantes, y tal análisis es inherente, sin embargo, a la necesidad de hacer un juicio de valor sobre los riesgos y beneficios relativos de cada componente, de modo que el mantener el equilibrio poblacional de especies de malezas no afecte significativamente al cultivo mediante las siguientes alternativas agroecológicas:
1º Detener el desarrollo de la abundancia de las malezas de tal manera que la interferencia con el rendimiento del cultivo esté por debajo del nivel aceptable (daño económico); 2º suprimir la sucesión / sustitución de especies en la composición de la flora de malezas en el campo; 3º evitar cambios en la estructura genética de las poblaciones de especies dentro de la comunidad de malezas que limitará las medidas existentes de control; 4º un manejo de la abundancia de malezas de una forma ambientalmente aceptable ya sea reduciendo los residuos, conservando el suelo y protegiendo la biodiversidad en el agro-ecosistema; 5º compatibilizar en términos de economía y factibilidad al nivel de toda la finca con otras prácticas de manejo integrado de maleza y 6º
presentar una práctica socialmente aceptable, apropiada e igualmente adoptable en el entorno.
Al desarrollar la investigación ambiental para que el control de malezas tenga un impacto positivo, es imperativo entender el contexto socioeconómico del sistema agrícola (Chambers, et al. 1989; Scoones y Thompson, 1994). Esto es aplicable para sistemas agrícolas tropicales, que incluyen el multicultivo, asociación y rotación de cultivos, y barbechos de larga duración. Las externalidades como normas culturales y socioeconómicas dictarán la aceptación de una nueva tecnología o promoción de la continuación de las ya existentes. Por ejemplo, en lo social los agricultores en los terrenos bajos de Filipinas, al alternar el arroz en la estación lluviosa con las hortalizas en la época seca, no tienen en cuenta el costo del desyerbe manual en las hortalizas y pueden continuar con la práctica del desyerbe familiar. De forma similar practican el desyerbo manual las mujeres en África, lo que se considera como una norma (Akobundu, 1996); sin embargo requieren definir qué plantas son "malezas" (Price, 1997) por cuanto muchas especies sirven al mismo tiempo como forraje.
Comprender los enfoques y las limitaciones para el manejo de malezas en el sistema de cultivo, o sea el "teatro ecológico", en el cual, las malezas son fuente mayor de daño (pérdidas de rendimiento), que ocurre por la competencia por elementos de nutrición en periodos criticos del ciclo de cultivo (sin embargo hay otras fuentes de acciones y daños que deben ser considerados dentro de una amplia perspectiva (Auld et al., 1987; Mortimer, 1990).
En el agroecosistema, la validación de las prácticas de control de malezas, debe garantizar que no se provocan efectos indirectos perceptibles desventajosos a los consumidores de productos agrícolas, o al ambiente utilizado para tal producción. La palabra "perceptible" es debido a que la validación involucra un juicio de valor en el contexto social y económico, que se relaciona, por ejemplo, con los niveles de producción (Pingali et al., 1997), la utilidad relativa (Pandey y Pingali, 1996), la efectividad de costos (Ampong y De Datta, 1991), la aceptabilidad ambiental (Hill y Hawkins, 1997), y las
implicaciones internacionales de comercio (Cullen, 1993). Una expresión de los diferentes grados de aceptación es la introducción de niveles mínimos de residuos (en alimentos) como barreras comerciales, y el consumo preferencial de alimentos que están "exento de plaguicidas" (Williams, 1992). Otra manifestación es la de reconocer la necesidad de mantener un medio agrícola diverso, en el cual la biodiversidad del hábitat no cultivado se convierte en un recurso biológico para los depredadores en el manejo de insectos (Kenmore, 1996), lo que sirve por razones éticas de conservación de la biodiversidad.
Las alternativas para el manejo de malezas son potencialmente diversas y altamente interactivas en su efecto, pudiendo ser de dos clases: agronomía e intervención. La agronomía del cultivo se define como todas las prácticas, para crear un cultivo “sano”, o alternativamente para no afectar el rendimiento mediante la preparación del terreno, siembra de cultivares competitivos, calidades de semilla, manejo del agua y fertilizantes; y las intervenciones como el manejo de malezas con el acolchado, laboreo, deshierbo manual, químico, biológico y momento y frecuencia de la intervención (Teng, 1990).
Son las prácticas que definen el hábitat escenario, las que de manera interespecífica seleccionan las especies que se incluyen en la flora de malezas (Mortimer, 1994); por ejemplo, en arroz irrigado, el tiempo, la profundidad y la duración de la inundación es una determinante crítica para el establecimiento satisfactorio de las malezas gramíneas (Pane y Mashor 1996).
Lo máximo que se busca en el desarrollo del MIM debe ser la intención de reducir el número de intervenciones y sus posibles impactos negativos. Las externalidades (por ejemplo el acceso a los equipos), traerán consigo limitaciones, y es en esto donde los juicios de valor entran a decidir en el marco