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1.3. PRETEXTO-MOTIVO DE LA CONSOLATORIA

1.4.1. EL GÉNERO CONSOLATORIO: TRANSVERSALIDAD

Si ya es difícil clasificar una obra cualquiera según el género y „encerrarla‟ en una de las casillas de que disponemos a tal efecto, en el caso concreto de una obra consolatoria el objetivo es poco menos que inalcanzable. Pocos textos se muestran tan rebeldes a una „etiquetación‟, impuesta, las más de las veces, por necesidades que nada tienen que ver con la creación literaria en sí misma.

Los críticos aficionados a tales tareas no parecen llegar a un acuerdo: unos incluyen las consolaciones en la epistolografía; otros las consideran

obras retóricas (dentro del genus demonstratiuum, γένος ἐπιδεικηικόν entre los griegos) con temática moral; otros prefieren tratarlas como género aparte, en un esfuerzo por conseguir lo inconseguible. Citemos aquí el tratado de Menandro de Laodicea (siglo III a. C.) titulado Περὶ ἐπιδεικτικῶν, en el que distingue cuatro tipos de discursos fúnebres39:

-ηὸ καθαρόν -ὁ ἐπιηάθιος λόγος -ἡ μονῳδία

-ὁ παραμσθηηικὸς λόγος

De estos cuatro sólo nos interesa el último, el exhortativo, que, según el retórico, combina el elogio (ἐγκώμιον), la lamentación (θρῆνος) y la consolación propiamente dicha (παραμσθηηικὸν γένος).

El problema de la clasificación reside en sus mismos planteamientos. En realidad, los géneros pueden establecerse en función de dos parámetros que no son, ni siempre ni necesariamente, independientes el uno del otro. El primero es el escolar y tradicional, consistente en tratar los textos desde el punto de vista del contenido. Así obtendríamos la lírica, que ve la acción o las experiencias vitales desde el interior; la épica o narrativa, que lo hace desde el exterior; y la dramática, que centra su atención en el proceso en sí (δρᾶμα). Si atendemos a este criterio, la consolación no se adapta a ninguno con exclusión de los demás. Antes bien, posee elementos que se encuentran en cualquiera de esos tres géneros o en más de uno a la vez. En efecto, de las partes canónicas de un texto consolatorio, que más adelante veremos en detalle, en la lamentatio o comploratio, que describe el dolor, hay elementos elegíacos (en el sentido actual) que lo acercan a la lírica. Por otro lado, en el apartado dedicado a la descripción de la enfermedad o suceso que ha desembocado en tragedia, se hallan numerosas alusiones que podrían considerarse dramáticas o teatrales, a la vez que narrativas, puesto que relatan el suceder de los hechos desde una perspectiva exterior. La sección

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final, la consolatio propiamente dicha, incluye aspectos tanto líricos (la visión personal del autor) como narrativos (los argumentos y consejos que se prescriben para calmar el dolor). Con la clasificación clásica, por tanto, no se consigue esclarecer nada en absoluto, a no ser, precisamente, la incapacidad de tal parámetro.

Pero no mucho más capaz que el anterior es el que se basa en cuestiones de forma. Cicerón utiliza el formato de carta en su consolación dirigida a Ticio por la muerte de sus hijos, Horacio emplea la estrofa alcaica en Carmina 2. 9, Virgilio el hexámetro dactílico en Ecloga 5, Séneca la carta y el tratado moral en Ad Marciam de consolatione y en Ad Heluiam

matrem, el autor de la Consolatio ad Liuiam se sirve del dístico elegíaco,

etc.40 Nuestro texto añadirá otras posibilidades formales a las que acabamos de ver41.

La Consolatoria de Ortiz tiene la particularidad de presentar, en conjunto, al menos dos recursos formales compositivos ‒„géneros‟ o „subgéneros‟, si se quieren emplear esos términos‒ totalmente diferentes: el diálogo humanístico y el sueño alegórico. En efecto, el texto cuenta con diversas facetas perfectamente ensambladas, creadas con la doble intención de elogiar (al príncipe difunto) y consolar (a sus padres, los reyes). Ya en la primera parte, tratada en forma de diálogo, son los propios padres del fallecido los que intercambian pareceres sobre la manera más adecuada de afrontar el dolor por la pérdida de su hijo (épica-didáctica), a la vez que se hace el relato pormenorizado de los últimos momentos de su vida (épica-

40 Cf. G. W. M

CCLURE, Sorrow and Consolation in Italian Humanism, Princeton 1991, p. 4.

41 En el humanismo renacentista, incluida su primera fase (llamada a veces,

forzadamente, „pre-‟ o „protohumanismo‟) se produce un cambio en la mentalidad (psicología) colectiva que se refleja, como no podía ser menos, en las creaciones literarias del Renacimiento. La muerte ya no era contemplada estrictamente como un acontecimiento liberador de las penurias y miserias de la vida cotidiana (hambrunas, enfermedades, guerras continuas…) y como tránsito hacia una vida mejor y eterna, porque, recíprocamente, la vida comenzaba a valorarse más que en la Edad Media. Ese giro produjo un aumento considerable en la producción de literatura consolatoria. V. MCCLURE (1991:ix y 3):“In the Trecento and Quattrocento there appeared countless consolatory letters, a wealth of funeral orations, and numerous consolatory dialogues and treatises”.

narrativa), se lamentan por su pérdida (lírica-elegíaca) y se recurre a la exposición de los primeros argumentos consolatorios (lírica-didáctica).

En la segunda y última gran sección de la Consolatoria, asistimos al sueño de los reyes, ocupado por completo por la aparición alegórica de las siete virtudes (las tres teologales y las cuatro cardinales), quienes se encargan de elogiar al príncipe don Juan (épica-retórica) y de ofrecer sus razones consolatorias a los Reyes Católicos (épica-didáctica). Este apartado, además, se envuelve bajo un cierto velo de teatralidad que le confiere la descripción visual de las virtudes y su alternancia en los parlamentos que dirigen a los soberanos (dramática). Por si todo esto fuera poco, en todo el texto, desde la primera hasta la última palabra, se aprecia con intensidad el trasfondo retórico ‒en el sentido etimológico‒ que, desde atrás, impregna el texto por completo ofreciendo un nuevo elemento consolador, que podría llamarse „intratextual‟, como es el recurso de emplear las propias palabras ‒ el mero hecho de hablar‒ para sosegar los ánimos heridos por la pérdida de un ser querido y mitigar el dolor en primera instancia.

Esta nueva concepción del arte de consolar es característica del humanismo renacentista frente a las consolaciones medievales, que se contentan con hacer hincapié en los argumentos de tipo racional (paganos) siempre adaptados y mejorados con los religiosos (cristianos)42. En el § 95 de la Consolatoria el rey pronuncia estas significativas palabras: Dulcia

quidem eloquia temporis moras non sentiunt, et maxime cum grauatis mestitudine animis medentur. Y el propio Alfonso Ortiz advierte de manera

programática, ya desde las primerísimas líneas de su composición (§ 1), su intención: Nempe non licuisset mihi lamentabilem tibi renouare dolorem,

42

Cf., al respecto, la opinión de MCCLURE (1991: 113): “these humanists… Wether in epistolary exhortation, epistolary debate or literary dialogue, they reveal the rhetorical face of the humanist art of mourning”; y más abajo (p. 114) aclara la diferencia: “The humanists were attempting to define a new structure for mourning based on rhetoric rather than ritual. They were searching to complement a medieval theological and institutional response to death which was not sufficiently consolatory” (el resaltado en cursiva es nuestro). Sobre el valor y alcance de la retórica consolatoria en la Antigüedad v. D. J. OCHS, Consolatory Rhetoric. Grief, Symbol, and Ritual in the Greco-Roman Era, Columbia 1993, esp. pp. 1-15.

nisi solatii esset incrementum quod doleas scribere. Lo cual quiere decir

que ya no basta con atender exclusivamente a las razones religiosas (escriturarias, patrísticas) o filosóficas (paganas) para obtener el consuelo, sino que verbalizar aquello que nos hace daño ‒por el motivo que sea‒ supone ya una forma de exteriorizar el mal y poder conjurarlo con mayor comodidad43.

Para concluir estos apuntes sobre el género de esta obra, nada mejor que citar las palabras textuales de Jesús Bermúdez, quien, en su tesis doctoral sobre la consolación latina, dice44:

A la vista de estos datos demostrados a lo largo del presente estudio, podemos afirmar que las consolaciones no pertenecen a ninguno de los grandes géneros, pero constituyen un „género menor‟ por su unidad de contenido, de forma y de objetivo.

Forma, añadimos nosotros, entendida como estructuración de dichos contenidos y „género menor‟ en tanto que „transversal‟, esto es, que participa en mayor o menor grado de los tres grandes géneros tradicionales45.

1.4.2. ESTRUCTURA Y FUNDAMENTOS DE LAS

CONSOLACIONES

Como es propio de las obras estrechamente emparentadas con las de retórica, estas composiciones epidíctico-deliberativas46 de tema moral

43 Ya lo dejaba claro Estacio en Theb. 5. 48: dulce loqui miseris ueteresque

reducere questus. La naturaleza particularmente retórica de las consolaciones renacentistas

marca la diferencia respecto a las nacidas aún en el ámbito de la escolástica medieval; cf. al respecto las palabras de MCCLURE (1991: 156): “Naturally, the flourishing of consolatory genres reflected not only a new literary fashion but also, to some extent, the larger humanist belief in the power and function of rhetoric. As is well known, this general commitment to a rhetorical revival arose partly in explicit contrast to scholastic learning”.

44 J. B

ERMÚDEZ, La Consolación en la Literatura Latina hasta P. Papinio Estacio:

Rasgos Caracterizadores, tesis doct. inédita, Madrid 1984, pp. 437s.

45

Sobre la inclusión de la consolación en un género u otro v. F. LILLO REDONET,

Palabras contra el dolor. La consolación filosófica latina de Cicerón a Frontón, Madrid

2001, pp. 71-98.

46 El elemento deliberativo (ηὸ ζσμβοσλεσηικόν) presente en las consolaciones se

responden a una estructura compositiva bastante rígida. El esquema, una vez formado y consolidado, se repite una y otra vez sin alteraciones sustanciales. Se constituye una especie de plantilla a la que hay que adaptar los contenidos, las ideas, las impresiones y sentimientos que el autor desee plasmar por escrito.

Ya a finales del siglo XIX, Gercke, en un estudio conjunto de las consolaciones griegas, latinas y latino-cristianas, exponía su estructura básica tripartita, a manera de plan formal o ζτῆμα. En su opinión, estas tres partes serían47:

1.- prooemium, en el que el consolador discute el momento justo en que debe consolar.

2.- expositio, en donde se exponen los argumentos de la consolación, que son cuatro:

- el muerto no sufre ya,

- la muerte nos libera de los males de la vida, - el hombre es mortal necesariamente, - llorar no es útil.

3.- finis, en que se exhorta a dejar de llorar porque el tiempo lo cura todo.

Sin embargo, un esquema tan sucinto no da cuenta exacta de las partes reales y discernibles en un texto consolatorio cualquiera. Es en el trabajo de J. Esteve Forriol48, dedicado a las consolaciones latinas en verso, donde se ha sistematizado con mayor precisión la estructura básica de las obras consolatorias, cualquiera que sea su forma externa. Distingue cinco

al destinatario del texto (oyente/lector) de la bondad de los argumentos consolatorios y atraerlo a su posición filosófico-moral o religiosa, del mismo modo que en un debate político los ponentes tratan de „ganarse‟ a sus potenciales votantes convenciéndolos de la superioridad o idoneidad de su tesis frente a las de los rivales; v. H. LAUSBERG, Manual de

retórica literaria. Fundamentos de una ciencia de la literatura, 3 tomos, Madrid 2003,

tomo I, pp. 203-212. Los dos officia del género deliberativo aquí implicados (suadendi ac

dissuadendi, ibid. p. 205) se verifican recíprocamente, pues se apoyan el uno en el otro; cf.

LILLO REDONET (2001: 39).

47 A. G

ERCKE, «De consolationibus», Tirocinium philologum sodalium regii

seminarii Bonnensis, Berlin 1883, pp. 28-70.

48 J. E

STEVE FORRIOL, Die Trauer- und Trostgedichte in der römischen Literatur, tesis doctoral, München 1962.

partes, de las que sólo la última merece el nombre de „consolación‟, puesto que es el apartado en que se dan las razones que intentan hacer ver la inutilidad del dolor, por un lado, y, por otro, los motivos que pueden, en un momento de máxima pena, hacer más llevadera la tragedia. Estos cinco elementos estructurales son:

1º- Introducción en que se justifica el duelo o se invita a él. 2º- Laudatio del difunto.

3º- Lamentatio o comploratio en donde el poeta (en nuestro caso el escritor sin más) se asocia al dolor de los allegados al muerto.

4º- Descripción de la enfermedad, de la muerte, del entierro y del sepulcro.

5º- La consolatio propiamente dicha.

Merece la pena extenderse algo en los puntos segundo y quinto. La

laudatio o panegírico (correspondiente al ἐγκώμιον en Grecia) es fundamental en todo texto consolatorio, porque en ella se prepara, por así decirlo, el terreno para lo que después se va a relatar: la enfermedad, la muerte, el vacío dejado por el fallecido y el dolor que lo llena... Consiste en la descripción de todo lo hecho por el difunto en vida, siempre y cuando sean acciones elogiosas o que muevan a la admiración. El consuelo procedente de la laudatio se produce en virtud de la convicción de que el muerto ha hecho las cosas debidas en función de la moral convencional y vigente en la época y lugar de que se trate.

La laudatio puede contener dos tipos de aspectos: la descripción de las hazañas (res gestae) y la enumeración de las cualidades. Las cualidades, a su vez, pueden clasificarse en múltiples tipos. Siguiendo la clasificación de T. Todorov, estas se dividen en estados, propiedades y estatutos49. Los estados derivan de la oposición „feliz‟ / „desdichado‟. Lógicamente, en este caso sólo se elogian las situaciones de felicidad. Las propiedades se subdividen en físicas y espirituales, y estas últimas en cualidades propias de la persona como individuo (inteligencia, bondad, ecuanimidad, etc.), las

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propias de una función social (buen militar, buen clérigo, buen médico) o las del papel desempeñado en un entorno inmediato. Por fin, los estatutos se relacionan con el origen ilustre del fallecido o, si esto no es posible, con su acceso a una clase superior por vía del enriquecimiento, del matrimonio, etc.

La importancia del elemento laudatorio en las consolaciones romanas (en la que aparece en Propercio 4. 11, de los ciento dos versos sólo en la laudatio se invierten setenta y dos) viene dada por la concepción misma que de la vida se tenía en Roma. No se medía esta por el número de años transcurridos, sino por el número de hazañas o méritos que se llevaban a cabo. Es por ello que el elogio de esos méritos o gestas era no sólo aconsejable, sino en gran medida imprescindible. Su origen se encuentra en una pieza suelta del mismo carácter encomiástico y semejante en los recursos retóricos empleados: la laudatio funebris, discurso pronunciado por un familiar en una plaza en donde se realizaban las exequias del difunto; en ella se enumeraban las cualidades, las virtudes, las hazañas o cualquier otro aspecto que resaltase la excelencia de la vida llevada por el fallecido. Mientras que en Grecia (en el θρῆνος y en el ἐπικήδειον) el individuo se elogiaba en función de su papel social desempeñado en empresas comunes (la guerra, alianzas, etc.), en Roma, por el contrario, el elogio iba dirigido al individuo como protagonista único, y sólo eventualmente se le relacionaba con su familia y, a través de esta, con su patria50. El objetivo primordial era la glorificación, esto es, el medio necesario para grabar en las mentes de todos, de la colectividad, la vida primorosa del elogiado, para que esta quedase como parte de la fama (tan importante en el Renacimiento; recuérdense las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique). Para ello, aunque excepcionalmente, incluso se recurre al elogio de los familiares, como es el caso de la Consolatio ad Liuiam, donde se elogia a Druso, como persona estimada, a Livia, la madre, a Augusto, su padre adoptivo, a Tiberio y a su esposa.

50

Si atendemos a la Consolatoria de Ortiz, el componente laudatorio del príncipe no puede centrarse en sus hazañas (res gestae) por el motivo evidente de una muerte tan temprana, justo al final de su mocedad y a las puertas mismas de la edad adulta51. No dispuso del tiempo material suficiente como para demostrar al mundo de entonces ‒y a la historia‒ lo que podría haber llegado a hacer si hubiese vivido unos años más52. Su elogio, por lo tanto, tenía que basarse, exclusivamente, en las cualidades que, en opinión del autor del texto, parecía exhibir.

De los tres tipos de cualidades que acabamos de ver, entre los „estados‟ se puede incluir la felicidad efímera que su nacimiento produjo a propios y extraños (§ 17: O adolescentem indole regia preclarum. Heu,

quam felicem exortum terris dederas)53. Entre los „estatutos‟ habría que tener en cuenta, básicamente, su origen real (§ 17: O regia proles rapta

repente). Entre las „propiedades‟ se detallan las numerosas virtudes que

embellecían el carácter genuino del príncipe, a las que hace referencia cada una de las siete Virtudes en sus respectivos parlamentos54. El elogio de don Juan se basa, pues, en todos los tópicos de la laudatio a un difunto relativos a sus cualidades espirituales ‒encarnadas aquí en las Virtudes‒ subrayados por el hecho de su corta edad55: si bien es cierto que este dato exacerba aún más el dolor por lo inesperado y contranatural de una muerte tan temprana, por otro lado, ese mismo detalle permite al escritor profundizar y hacer más sinceros unos elogios que vuelven más valiosa la existencia ‒por muy corta que fuera‒ del elogiado (§ 20: Tunc libentius gratias egi Omnipotenti talem

51 Téngase en cuenta que nos encontramos en el s. XV y que en este contexto

histórico y social la adolescencia no duraba la eternidad que parece durar actualmente.

52 Sobre los ejemplos de muertes prematuras en la literatura greco-romana y su

clasificación y tratamiento literario v. J. TER VRUGT-LENTZ, Mors immatura, Groningen 1960, esp. p. 68. La relación entre el tópico de la muerte prematura presente en Prop. 4. 11 y el cristianismo primitivo se estudia en J. H. WASZINK, «Mors immatura», Vigiliae

Christianae, 3 (1949), nº 2 (Apr.), pp. 107-112.

53 Recuérdese que fue el primer (y único) hijo varón de los reyes.

54 El detalle de los elementos constitutivos de la laudatio a lo largo de la

Consolatoria (tanto en boca de las Virtudes como de los propios Reyes Católicos y del

propio Ortiz) puede seguirse infra en el apartado 1.4.5. COMPOSICIÓN Y ESTRUCTURA DE LA

CONSOLATORIA.

55 Una lista de los tópicos laudatorios desde la Antigüedad, dirigidos o no a un

nobis dedisse filium, licet immature raptum, quam si nobis superstitem dedisset regnaturum) y le aseguran la recompensa de la vida eterna. Laudatio y consolatio aparecen aquí perfectamente imbricadas como en

ninguna otra ocasión.

Por lo que respecta a la consolatio mortis propiamente dicha56, los tópicos (argumentos) consolatorios en la literatura occidental pueden dividirse, grosso modo, en paganos o greco-romanos y cristianos, sin que esto implique una ausencia total de elementos religiosos en los primeros o una absoluta falta del componente filosófico-racional en los segundos57. Esteve Forriol, a partir de los datos que ofrece su estudio sobre la poesía consolatoria latina, ha detallado los argumentos consolatorios (paganos) presentes en la poesía latina antigua en los siguientes veinticinco puntos58:

1. El difunto no se verá expuesto a los peligros inherentes al viaje a los infiernos.

2. El difunto encontrará en el Elíseo a los suyos. 3. El difunto estará en el Elíseo.

4. Él volverá a los infiernos, se aparecerá a los suyos y conversará con ellos.

5. El difunto seguirá viviendo por la honra que le darán los suyos.

6. Motivo de consuelo es también la fama que ha dejado el fallecido por sus méritos.

7. El difunto no quiere el luto de los que le sobreviven. 8. Experimenta incluso un tormento por el luto de los vivos. 9. La muerte no se puede revocar por el luto.

10. La muerte es general para todos.

56 Que, aunque más frecuente y más sustanciosa como materia literaria, no es la

única que aparece en literatura. Otros tipos de desgracias que pueden llegar a precisar de consolación se recogen en LILLO REDONET (2001: 84-86).

57 Para una enumeración somera de estos lugares comunes v. E. R. C

URTIUS,

Literatura europea y edad media latina, 2 tomos, trad. de M. Frenck Alatorre y A. Alatorre,