Un género de entidades puede llamarse natural cuando aquello que tienen en común sus miembros precede al acto clasificatorio de fijar dicho género y es independiente de ese acto de clasificación y quizá de cualquier otro acto humano1. Así, se dice del oro o del agua que constituyen géneros naturales porque lo que hace que todas las muestras particulares de oro sean oro o que sean agua todas las muestras particulares de agua es anterior al momento en que alguien usó por primera vez para designar a ciertos tipos de materia las palabras “oro” o “agua” –o sus equivalentes en lenguas arcaicas– y es anterior también al momento en que alguien vio y tocó por primera vez el agua o el oro, los cuales también habrían sido lo que son aunque nadie les hubiera prestado atención ninguna, o en un mundo en el que rigieran clasificaciones peregrinas y no hubiera una denominación para el oro ni para el agua, y desde luego seguirían siendo agua y oro aunque las correspondientes palabras cayeran en desuso o desapareciera el lenguaje humano entero, siempre que se mantuvieran indemnes el agua y el oro2. Algunos autores muy apreciados –desde Aristóteles en los Tópicos y en los Segundos analíticos hasta Saul Kripke en Naming and Necessity– han afirmado que hay géneros definidos de manera esencial, esto es, que el afirmar de ciertas entidades particulares que pertenecen a cierta especie o ciertas especies a cierto género implica afirmar que pertenecen de manera necesaria o, si se prefiere, que la entidad o especie en cuestión no podría ser lo que es sin pertenecer a esa especie o a ese género3. El asunto de los géneros naturales suscita cuestiones ontológicas apasionantes, profundas y escurridizas, que aquí apenas habrá ocasión ni siquiera de vislumbrar. Muchas gentes creen que estos géneros son una suerte de portillo por medio del cual el mundo bruto, preconceptual e independiente de todo pensamiento penetra en el lenguaje y en los conceptos –a menudo con insolencia y siempre con terquedad–, obligando a usar las palabras y a pensar de manera muy determinada. Es posible que así sea, pero la creencia en que existen géneros naturales no necesita suponer estas intromisiones furtivas de la bruta naturaleza en el muy civilizado orden conceptual. Basta con afirmar –y esto puede creerse sin ninguna violencia– que al formarse algunos géneros se forman suponiendo que el género ya existía antes de la formación. Sería muy insensato un mundo en el que todo aquel que formase un género
presumiera de que sus miembros no tenían nada en común antes de que él lo decidiese. Si acaso, ese lujo puede permitírselo el Dios de la teología filosófica tradicional en algunas de sus versiones. Ciertos géneros se erigen de manera constituyente y performativa, como cuando al fundarse un club o asociación se forma al mismo tiempo el género de sus miembros; ni el esencialista más extremoso se atreverá a decir que la clase de los afiliados a la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País existía –sal- vo para un dios presciente– antes de la fundación de dicha sociedad. Pero otros géneros poseen una vocación muy acendrada de echar raíces en el pasado y, cuando se fundan, no pueden dejar de hacerlo sin efectos retroactivos. Por muy nominalistas que llegase a ser –y seguramente lo era– el primer europeo que vio un ornitorrinco, habría profesado un nominalismo de lo más extravagante si hubiese creído que tan notanda bestezuela no existía antes de ser descubierta por él. El uso humano de los conceptos y de las palabras está organizado de tal suerte que determinadas innovaciones conceptuales o léxicas tienen que presentarse como novedades exigidas por algo más antiguo, no conceptual ni verbal. No hace falta sostener la vertiginosa doctrina según la cual es un rasgo profundo y esencial del mundo el poseer géneros naturales captables por nosotros para afirmar que nuestras maneras razonables de formar géneros permiten formar algunos con intención retrocedente, como cosa descubierta o encontrada más bien que construida o –en el sentido moderno de la palabra– inventada.
Puede ahora definirse la moral, según ha venido usándose este concepto en el capítulo anterior, como un género compuesto por diversas entidades y especies de entidades. Lo que llamamos moral es una reunión de obligaciones, prohibiciones y permisos, de razones o principios que validan a las tres especies anteriores, de juicios de valor favorables, desfavorables y condenatorios, de nociones generales sobre el valor, el bien, lo debido, lo correcto, lo justo o lo aceptable y sus contrarios, y también de cierto tipo de deseos, creencias, intenciones y pasiones. Trátase de una reunión francamente abigarrada, pero lo cierto es que, según la corriente principal del pensamiento moderno, la moral es un género natural, semejante al agua o al oro. Es decir: que para la mayor parte de los pensadores modernos y para las creencias ordinarias influidas por ellos todas esas especies se encuentran enlazadas entre sí de un modo que no depende de quien las reúna. Cuando se forma el género de la moral, de la moralidad o de lo moral (y parece preferible esta última denominación, que indica mejor su carácter colectivo o compuesto, o sea, su condición misma de género), se forma de manera retrogresiva y ex post factum. Parece que el género de lo moral estaría mal formado si se hubiese establecido en forma instituyente; eso quitaría todo valor a lo instituido porque obligaría a pensar en un pasado
ayuno de moral. Lo cierto es que el pensar en un pasado así podría haber resultado muy atractivo para los tiempos modernos, tan felices de ser los primeros en todo, pero dichos tiempos han estado empeñados desde siempre en ocultar que la moral está formada a su imagen y semejanza. Por motivos culturales profundos y muy curiosos, la modernidad se ha empeñado en que la moral fuese eterna; el pacto cultural moderno tiene que dar por buenas algunas cosas que no sean modernas y una de ellas es la moral. Si se llegase a la conclusión de que la moral no es un género natural, nadie le daría mucha importancia o por lo menos no se la trataría con el respeto que de ordinario se le tributa. Lo peor que tienen los géneros naturales es que a veces pueden formarse algunos que no lo son y que, sin embargo, reciben carta de naturaleza por motivos muy diversos4.
El género de lo moral se compone, según se ha visto, de especies variadas de elementos, unidas entre sí por participar de ciertos rasgos que son los ya mencionados de desinterés o imparcialidad, transparencia y universalidad sistemática. Habría resultado imposible, desde luego, formar dicho género de no haber sido por la urgencia de responder a doctrinas tenidas por escandalosas. Antes de producirse el efecto Maquiavelo y el efecto Mandeville, la moral tal como la entendemos no es que no hubiera sido posible: es que nadie habría entendido su pertinencia u oportunidad, lo que equivale a decir que nadie la habría entendido. Pero lo más característico de esos dos efectos fue que, una vez producidos, borraron concienzudamente toda huella veraz de su papel en la formación de la idea moderna de moral. Hay géneros que no son naturales en absoluto pero cuyos autores están muy interesados en hacer creer que lo son; en realidad es poco frecuente salirse con la suya en este tipo de propósitos porque el hombre moderno suele ser suspicaz y celoso, y no concede fácilmente el privilegio de la naturalidad. Pero, una vez que la operación ha triunfado, es dificilísimo persuadir a nadie –incluso estar uno mismo persuadido del todo– de que el género que se muestra como natural no lo es y se limita a parecerlo. De entre las habilidades de los autores de géneros, la más apreciable (y quizá también la más temible) es la de for-mar a veces géneros que parecen naturales y no lo son. El efecto Maquiavelo y el efecto Mandeville triunfaron en la medida en que lograron ocultarse: lo que se opone a la razón de Esta do y al homo oeconomicus tiene que ser a la fuerza previo a ellos, se piensa, porque tiene que ser lo mismo que aquello a lo que dichos errores se oponían. Maquiavelo y Mandeville son escandalosos, se cree, porque violan la moral, algo que, se supone, ya existía antes que ellos, ya que de lo contrario no habrían violado nada y no serían escandalosos en ningún sentido.
El principal éxito de la formación de la idea moderna de moral radica en que todos hemos dado por bueno su fraudulento delirio retroyectivo. El primero que usó, en la
lengua que fuese, una palabra traducible por “agua” pensó que todos sus predecesores ignoraban esa palabra pero podían designar cualquier muestra de lo que a partir de aquel momento iba a llamarse agua diciendo “eso” o señalando con el dedo de determinadas maneras que implicaban una neta distinción entre eso y todas las otras cosas. “Agua” es, entonces, un nombre para eso, y ciertamente habría valido cualquier otro, con tal de haber servido para todas las muestras de eso y sólo para ellas. Es característico de todas las fundaciones de géneros naturales el imaginar un pasado así, pero no siempre las imaginaciones honradas reciben la recompensa de que su género sea aceptado. Conviene acostumbrarse a que algunos de los géneros que tenemos por naturales sean el producto de una ilusión naturalizante y retrocesiva desbocada más allá de toda sensatez. Para que tal cosa no se diera sería preciso tener el raro don de que todos los géneros que formáramos como naturales coincidiesen con los que la naturaleza tenía ya formados de antemano. Pero hay que contar con que por lo menos algunos de nuestros géneros naturales no lo son en realidad. Suponer lo contrario sería quizá suponer demasiado; sólo los defensores de una versión muy primitiva del idealismo sostendrán que para que un género sea natural basta con que nosotros lo hayamos formado creyendo honradamente que lo es.
Ya se ha visto en el capítulo anterior que la formación de la idea moderna de moral no fue el resultado de ninguna conspiración más o menos oscura. Al contrario, fue un proceso muy largo cuyos agentes apenas sabían lo que hacían y muchas veces estaban gravemente engañados sobre lo que se traían entre manos. Nadie tuvo el empeño de desacreditar a Maquiavelo o a Mandeville inventando toda una moral anterior a ellos que se compusiera precisamente de la negación de sus tesis. Lo que hizo de la formación de la moral moderna un proceso perverso no fue que hubiese gente sin escrúpulos dedicada al empeño de inventar mentiras, sino que las ilusiones en que se funda la idea moderna de moral fueron sinceramente creídas por quienes las forjaron. Si la moral ha sido un engaño, los primeros en caer en él fueron sus propios autores. En particular, la moral moderna resultó, como se ha visto, de una ilusión de naturalidad, de la creencia en que aquello que se estaba formando era un género cabalmente natural. Pregúntesele a cualquier filósofo moderno por lo que pasaba en el mundo antes de que se acuñase el más antiguo equivalente de la palabra “moral”; todos convendrán en que la invención de la palabra es lo que menos importa, porque antes de que se poseyese el término, ya sabían todos identificar eso que después se llamó moral. Tal cosa no tuvo nada de extraño: los animales humanos se creen con frecuencia sus propias ilusiones con mayor empeño que las verdades.
De todas las creencias que tenemos por verdaderas, muchas son fruto de la obcecación, de la pereza y del error; una vida lúcida cincuenta años más larga le proporcionaría a cualquiera un número considerable de retractaciones, desengaños y arrepentimientos (piénsese en cuántas falsedades se habría llevado cada cual al otro mundo de haber muerto hace diez años o quince), aunque también, sin duda, la ocasión de muchísimos errores nuevos. Nuestras creencias son falibles no porque puedan estar equivocadas, sino porque muchas de ellas lo están de hecho y nunca nos enteraremos de ello; seguramente, hemos de contentarnos con saber que algunas lo están, sin que nos sea dado siempre averiguar cuáles. Esto ocurre también con los géneros naturales; no siempre acertaremos al considerar natural un género: en la idea misma de género natural está comprendido el que si los géneros son naturales no lo son porque así lo decida quien los forma o reconoce.
Hay una razón muy profunda para que la moral tenga que parecer natural y se resista tenazmente a reconocer que es una ilusión. Esa razón, que ya se ha sugerido y habrá de desarrollarse más adelante, estriba en que la moral se ha entendido como una naturaleza paralela, como un orden distinto del primariamente tenido por natural: natural también a su manera y, distinto, por tanto, en número y no en especie5. Aquello a lo que se llama moral ha de pertenecer a lo encontrado y descubierto porque su forma misma es una forma natural, aunque corresponda a otra naturaleza6. La moral será por fuerza un orden sistemático: será toda una naturaleza o de lo contrario no será nada. Vista desde dentro, la moral es una segunda naturaleza. Sin embargo, mirándola desde fuera, desde la bruta naturaleza exterior, la moral no tiene nada natural que la individualice. El género de lo moral no se identifica del mismo modo que el de los melocotones, los escarabajos o los volcanes. Una mirada que fuera puramente natural sería ciega para reconocer lo moral porque en el mundo natural la moral pasa inadvertida y se confunde con otras cosas. Desde el punto de vista físico, dar de comer al hambriento y quitarse una mosca de encima son simplemente dos formas muy parecidas de mover el brazo. Ahora bien: cuando se la mira desde dentro, el aspecto que presenta la moral no es que sea un aspecto natural, sino que es el de toda una naturaleza. No se trata entonces de que lo moral sea natural por oposición a otras cosas que no lo son; el asunto radica en que se dé esa naturaleza llamada moral. Y, en efecto, si algo es naturaleza (tanto si pertenece a ella como, a fortiori, si es ella), poca duda puede caber de que pertenece a lo descubierto y encontrado. Estas expresiones resultan además llamativamente defectuosas, porque la naturaleza no forma parte de lo encontrado, sino que es el conjunto de lo encontrado. Pero si naturaleza es lo encontrado y si lo moral es otra naturaleza (o sea, es una),
entonces lo moral será también lo encontrado, sólo que bajo otro orden de las cosas encontradas. La condición natural de lo moral se halla establecida a partir de la moral misma, sin que la naturaleza exterior pueda decidir nada acerca de ello. Faltan, sin embargo, varios pasos todavía para poder hacerse cargo de la escurridiza contranaturalidad de lo moral. Baste, de momento, con advertir que la condición natural de lo moral está inducida desde dentro; si no fuera natural, la moral no sería nada, y tampoco sería nada si esa naturalidad fuera simplemente la condición que tiene todo lo perteneciente a la naturaleza.
Es frecuente encontrarse con críticas más o menos malhumoradas de un tropo que, hasta donde llega mi conocimiento, carece de denominación especial y que propongo llamar metonimia disciplinar7. Son conocidos tanto el fenómeno como las críticas que recibe: piénsese cuántas veces se dice “climatología adversa” en lugar de “tiempo desapacible” o, para designar al territorio nacional, se hace mención de “la geografía española”. La hechura pretenciosa y ridícula de estas expresiones las ha desprestigiado con toda justicia; como ejemplos de lo kitsch en el lenguaje, quizá sean inmejorables. Normalmente se deben a periodistas semicultos y su uso delata una fastidiosa hinchazón de espíritu; constituyen, en efecto, locuciones muy representativas de ese aburrido espécimen del hombre bien informado y que está al día, alguien con quien nadie prudente querría compartir un almuerzo y que se referirá invariablemente a “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa” cada vez que las personas juiciosas dicen “lo que pasa en la calle”. La metonimia disciplinar es fácil de definir: toma la disciplina, la ciencia o rama del conocimiento que estudia cierto objeto o conjunto de objetos por los objetos mismos. Las metonimias disciplinares resultan contagiosas y muy proselitistas; seguramente son expresión elocuente de una cultura satisfecha de sí misma y encantada de conocerse. “Ningún objeto sin su rama de saber” es el lema que más felices podría hacer a los entusiastas de la metonimia disciplinar. Se engañaría, sin embargo, quien creyese que este tropo es una moda frívola impuesta por periodistas con afán de alargar los artículos8. En realidad se trata de una práctica muy antigua y, como se verá, hay creencias respetables y muy apreciadas que dependen de metonimias disciplinares. Como a menudo sucede con los tropos, la metonimia disciplinar pasa inadvertida en muchas ocasiones. La geografía española y la climatología adversa son casos más bien caricaturescos que llaman la atención por lo superfluo y gratuito; en circunstancias así no hay ninguna necesidad de echar mano de metonimias, pero esto no pasa siempre, según se verá.
“notomía” (esto es, “anatomía”) aplicado al esqueleto humano. La anatomía, o arte de abrir el cuerpo, pasaba a designar, por metonimia disciplinar, el resultado de su ejercicio o, mejor dicho, lo que puede verse después de dicho ejercicio. Pero no dicha visión en su totalidad (la “notomía” no es, sin más, el cuerpo humano anatomizado), sino una parte suya –el esqueleto– que de entre todo lo que puede hallarse al abrir un cuerpo es lo que más recuerda a la forma del cuerpo entero. A la metonimia se le superpone, por tanto, una sinécdoque. Es notable que el cuerpo humano dé lugar a más de una metonimia de este tipo; así, para ponderar la belleza de alguien se dice que tiene una fisonomía agraciada9 y, desde luego, resulta frecuente llamar a las enfermedades y a otros males “patologías”, así como decir que alguien tiene problemas psiquiátricos en lugar de mentales (en esta metonimia puede que haya algo de eufemismo). Afirmar de una persona muy tímida (enfermizamente tímida, como quizá se dirá) que su timidez es patológica constituye un caso de hipérbole reduplicada. Porque, por acendrada que esté, la timidez no se suele considerar en sentido propio una enfermedad cuando se dice de alguien que es “enfermizamente tímido” (no suele decirse, desde luego, de nadie que padece una varicela enfermiza o una enfermiza cardiopatía). Lo que se quiere decir no es nada tocante a la enfermedad de la timidez, sino que la timidez de que se habla es como si fuera una enfermedad. Ahora bien, adjetivar la timidez como patológica implica dar un paso más allá de lo meramente enfermizo. Que la timidez sea patológica quiere decir que constituye un objeto muy preciso y tipificado de consideración por parte de cierto tipo de especialistas, o que podría serlo10.