Cristina Peri Rossi
Escritora
Dice Sigmund Freud en uno de sus ensayos que cualquier felicidad de adulto es la realización de un sueño infantil. Recordé esa frase leyendo, otra vez, Cien años de soledad, libro que cumplía cuarenta años cuando su autor cumplía ochenta y recibía un homenaje multitudinario en Cartagena de Indias. Un home- naje tan popular que dejó sorprendidos a los numerosos escritores españoles que asistieron, como Antonio Muñoz Molina o Juan Cruz, porque les devolvía una concepción de la literatura que la gran industria editorial ha perdido: la literatura y la vida, no la literatura y el mercado. La literatura hecha de sangre, sudor, lá- grimas y sonrisas, y, especialmente, hecha con el gusto, con el sabor, con el re- godeo en la lengua castellana. ¿Cuál era ese sueño infantil que Gabriel García Márquez tuvo en la infancia y le ha proporcionado, a través de Cien años de so- ledad su felicidad de adulto? Él lo ha dicho muchas veces: quería escribir los cuentos que le contó su abuela cuando era chico. La literatura se alimenta de la literatura que se alimenta de la vida. Dice Mario Vargas Llosa en su admirable prólogo a la edición del libro que ha preparado la Asociación de Academias de la lengua española (Alfaguara, marzo 2007) que Cien años de soledad es una nove- la total, “en la línea de esas creaciones demencialmente ambiciosas, que compi- ten con la realidad real de igual a igual, enfrentándole una imagen de una vita- lidad, vastedad y complejidad cualitativamente equivalentes. Esta totalidad se manifiesta ante todo en la naturaleza plural de la novela, que es, simultáneamen-
La magia de la infancia en Gabriel García Márquez Cristina Peri Rossi
_____________________________________________________________________________________ imaginaria y realista.” Hay otras novelas de estas características en la literatura universal: Don Quijote de la Mancha y En busca del tiempo perdido. Pero me gustaría insistir en esa motivación aparentemente ingenua de la cual García Már- quez hizo nacer su novela: escribir los relatos que le contó su abuela.
Cuando se dice de manera harto ligera que la literatura ha sido cosa de va- rones, hasta nuestros días, se habla exclusivamente de la era Gutemberg. Porque la literatura oral fue de manera predominante cosa de mujeres. Las madres ense- ñaban a hablar a sus hijos, le transmitían no sólo la lengua, sino las tradiciones familiares, los mitos fundacionales, la historia de la región, y poblaban el desierto universo infantil de hadas y de gnomos, pero también del nombre de las plantas del lugar, de los animales raros y de los fenómenos de la naturaleza. No en vano desde hace más de una década las investigaciones biológicas acerca del cerebro femenino y masculino han descubierto que el área del lenguaje está desarrollada un 30% más en las mujeres que en los hombres. La fama de “charlatanas” de las mujeres y de parcos de los varones se corresponde con este hecho biológico. El niño Gabriel García Márquez se fascinó con los relatos de la abuela y tuvo el im- pulso primitivo (en el mejor sentido de la palabra) de fijarlo en palabras escritas, no las que se lleva el viento. Como Pablo Neruda –con quien comparte la ideolo- gía y también el gusto, el amor por el castellano- nuestro autor es el gran Panto- crator: el bautizador, el que le pone nombre a cada cosa, a cada planta, a cada ob- jeto y a cada emoción. Como Don Quijote de la Mancha, se trata de una novela autosuficiente porque agota un mundo, porque lo abarca todo de ese mundo, sin dejar espacios vacíos ni márgenes para agregar algo. Cervantes y García Már- quez, los dos demiurgos, asumen el papel de dioses omniscientes y omnipresen- tes: pueden contarlo todo, porque el origen y el final están en sus obras, como Jehová, que descansó al séptimo día. La fascinación que experimentamos los lec- tores con ese universo completo y cerrado de la familia Buendía y el pueblo Ma- condo es paralela a la que debió sentir el niño Gabriel García Márquez ante los
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_____________________________________________________________________________________ relatos de su abuela; ya de adulto, experimentó la urgencia por fijarlo: el mundo que su abuela había reconstruido con sus cuentos necesitaba, ahora, de la palabra escrita, para no morir.
Honorato de Balzac concibió un gran proyecto, La Comedia Humana: a través de un gran número de novelas, algunas rurales, otras urbanas, quería des- cribir toda la realidad de Francia, sus diferentes clases sociales, las luchas intesti- nas por ascender, los dramas colectivos y los dramas privados. No pudo cumplir- lo por entero, pero dejó un gran fresco sociológico y naturalista. García Márquez enlaza la vida de una sola familia, los Buendía, con la vida de un pueblo, Macon- do, y este engarce consigue retratar la fortaleza del instinto más atávico, el grega- rio, el patriarcal: la solidaridad que existe entre los miembros de la familia no es- tá fundada tanto en el amor como en el instinto de clan, de tribu, de horda. Y esta dependencia del instinto, esta sujeción a los impulsos más primarios no se con- tradice con el interés que tiene el padre del coronel Aureliano Buendía por todo lo nuevo, llámese hielo o dentadura postiza. “El mundo era tan reciente, que mu- chas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”, escribe al principio de la novela. Ésa fue la tarea de la abuela, es de supo- ner: instruir al niño en el nombre de las cosas, porque cada niño que nace descu- bre un mundo innominado, un mundo que tiene que aprender a mencionar con el lenguaje que le prestan su madre o su abuela. Y Dios creó a la abuela de Gabriel García Márquez para que éste le pusiera nombre a todas las cosas. Tarea de poe- ta, tarea de demiurgo.
Hace tiempo que estoy estableciendo ciertas afinidades entre Don Quijote de la Mancha y Cien años de soledad. La primera, es, por supuesto, la cualidad esencial de una gran obra: la maestría del lenguaje, su sensualidad... su goce. Habrá lectores que puedan disfrutar de la trama de ambas, pero la virtud del pla-
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_____________________________________________________________________________________ Otra afinidad: en la novela de Cervantes, uno de los conflictos es la anacronía: el Caballero de la Triste Figura cree vivir en un mundo que, en realidad, ya ha pa- sado, ya no existe; un mundo creado a partir de la lectura de novelas pero que él considera actual. Y para evitar la melancolía, la decepción, opta por el delirio: confunde lo imaginario con lo real. El tiempo, en Cien años de soledad, tiene también esa condición dramática. Desde el título, todo, en Macondo, confluye hacia la finitud, hacia la pérdida, hacia esa soledad que es un signo de ceniza en la frente. Fernanda —el personaje que más se parece a Don Quijote— pretende reconstruir el esplendor de la época colonial, como Alonso Quijano pretende re- vivir la época de los caballeros andantes. En ambas novelas existe la contraposi- ción de dos tiempos y de dos mundos: el perdido, idealizado, era el paraíso. El moderno, lleno de basura y de escombros, no consigue fascinar, a pesar de que algunos de sus “inventos” o “descubrimientos” (como el hielo, o la dentadura postiza) atrapen la atención del padre del coronel Buendía. Del mismo modo que Don Quijote va deslizándose cada vez más hacia la cordura y la soledad (o sea, la muerte), los descendientes de los fundadores del clan de Macondo van cerrando el círculo progresivo del tiempo, para que reine, soberana, la soledad.
¿Dónde está, pues el goce? Nada menos que en recuperar lo perdido a tra- vés de la palabra. Dicho de otro modo, en la función esencial de la poesía. Los niños piden siempre que se les repita el cuento y no admiten la menor variación. Un pequeño cambio, por pequeño que fuera, pondría en tela de juicio esa recons- trucción mágica y paradisíaca del pasado perdido. ¿Y cuál es el símbolo de ese paraíso? Sólo puede ser uno: la casa. No hay necesidad de recurrir a Sigmund Freud para descubrir que casa y útero son entidades semejantes. La casa acoge, la casa protege, la casa guarda, la casa es el hogar y al mismo tiempo, inicia la bús- queda del otro mundo, del que está más allá de la casa. Don Quijote vuelve a mo- rir a su casa, de la que huyó, por aburrimiento y monotonía. La casa de los Buen- día va creciendo con los nuevos miembros de la familia, pero también, con el pa-
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_____________________________________________________________________________________ so del tiempo, se va deteriorando. Úrsula (hay que tenerlo en cuenta: una mujer, no un hombre, porque los hombres no tienen útero) dispuso, en cierto momento, la ampliación de la casa primitiva, agregándole una sala para las visitas; poco después, Úrsula vuelve a rejuvenecerla, pintándola y restaurando el jardín. Pero hacia el final de la novela, la destrucción, implacable, arrasa con ese símbolo de la familia y del clan; la casa está invadida por las polillas, las hormigas, la male- za, el polvo y el calor. Un viento final, bíblico, que arranca de cuajo los árboles, las puertas y las ventanas es el cumplimiento de una especie de ciclo natural, in- evitable: Don Quijote muere en la cama, y con él, la última fantasía de un mundo mejor; la casa de los Buendía se hunde, símbolo de la muerte, o quizás, del acce- so a la edad adulta. Porque si en el principio de esta novela está el paraíso de un niño que escuchó los relatos de su abuela y quiso escribirlos, ese niño se ha trans- formado en un hombre (en un hombre que tardó diez años en escribirlos como novela) pero que sabe que no hay más paraísos que los perdidos.
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