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Galia y Occidente mediterráneo

In document Arminda Lozano - LA COLONIZACION GRIEGA (página 43-48)

IV. Zonas de expansion

2. Galia y Occidente mediterráneo

L a p rim era observación a h acer con relación a estas zonas occidentales del M e d ite rrá n e o es el papel p ro tag o n ista de la ciudad m inorasiática de Focea. L as aguas occidentales e ra n , asim is­ m o, conocidas de an ta ñ o p a ra los griegos, p ero sólo m ás ta rd ía m e n te en el siglo VII e n tra ro n de lleno en la ó r­ b ita co lonizadora helénica c u an d o ya estab an ocupadas las m ejo res tierras — Sicilia, Sur de Italia y Ponto Euxino.

E n la zona del G olfo de L y o n , el lugar elegido co rresp o n d e al em p laza­ m ien to de M A S S A L IA (M arsella). La p re p o n d e ra n te p resen cia de los etru sco s — que d o m in ab an las rutas del T irre n o y traficab an desde hacía años en esa zo n a, cosa d em o stra d a arq u eo ló g icam en te en p u n to s n u m e ­ rosos de las costas de P rovenza y L a n g e d o c , no p u d o im p e d ir a las gentes de F ócea estab lecerse allí, cul­ m inando así su actuación en una fe­ cha situada en to rn o al año 600. Su em p lazam ien to es re alm en te v e n ta jo ­ so, p uesto que disponía de tierras ab u n d a n te s, aptas p ara los típicos cul­ tivos m e d iterrá n eo s — cereales, vid, olivo— , y a la p a r, era la salida de u na incipiente ru ta com ercial q ue, a p ro v ech an d o el curso del R ó d a n o , com unicaba con las zonas s e p te n trio ­ nales de donde p ro ced ía, p o r e je m ­ plo, un m etal tan im p o rta n te com o el estañ o . E n estas circunstancias su p rogreso fue ráp id o , m an te n ie n d o un am plio abanico de relaciones u ltra m a ­ rinas, ta n to con o tro s enclaves focen­ ses del M e d iterrán eo occidental com o con ám bitos m ás aleja d o s, d e m o stra ­ do ya a p a rtir del 580 con la presencia en la ciudad de cerám ica griega de muy diversa p ro ced en cia — adem ás de las características co rin tias y áti­ cas, las hay laconias, calcidias, quio- tas y m inorasiáticas— , M assalia se c o n v ertiría, en efecto , en la ciudad com ercial m ás im p o rta n te de to d o el

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áre a al O este de Italia, m a n te n ié n d o ­ se así hasta la época ro m an a.

L a expansión de su p o d e río q u e ­ dó re fle ja d a , a su vez, en su serie de asen tam ie n to s rep artid o s p o r la costa del S ur de Francia y rincón n o ro este d e la Península Ib érica. Sin em b arg o , y a diferencia de los usos h ab itu ale s de los griegos en la colonización an ti­ gua, asistim os en la m ayoría d e los casos a la form ación de co m u n id ad es no au tó n o m as, sino d e p e n d ie n te s de M assalia. T ales son los casos de A n ti­ polis, N icaia, e tc ., e incluso los en cla­ ves hispanos de A m p u rias y R h o d e. Su d ep en d en cia estaría ex p resad a en el pago de un trib u to , a m a n e ra p ro ­ b ab lem en te de canon en fitéu tico , a la ciudad dom inadora, puesto que ésta con­ serv ab a el título de p ro p ie d a d d e to ­ das las tierras de su ám b ito colonial.

E n cuanto a la Península Ib érica, el p ro b lem a de la presencia griega en n u e stro suelo es una cuestión m uy d e ­ batida y no aclarada de m odo definitivo. In d u d a b le m e n te , existieron co n ­ tacto s en tre la P enínsula y el M e d ite ­ rrá n e o o rien tal desde fechas m uy al­ tas de n u estra historia. B aste re c o rd a r lo que las culturas del B ronce del m e­ diodía hispano especialm ente los M i­ llares p rim ero , el A rg a r d espués d e ­ b en a ese im pulso, m otivado a su vez p o r la riqueza m inera p ro v erb ial de la zona sur peninsular. Q u iere esto decir que las rutas co n ducentes a las C o­ lum nas de H ércules eran a m p liam en ­ te conocidas en el ám bito eg eo -an ató - lico, p u esto que d u ra n te siglos se sir­ v iero n de ellas con o b je to de a te n d e r a sus necesidades de m aterias prim as, m ás indispensables cu an to m ás se u ti­ lizaban los m etales.

N o o b stan te, una cosa es co nocer unas rutas com erciales y o tra cosa es em p re n d e r la colonización de las zo­ nas d o tad as de esos recursos. Y cier­ ta m e n te , hay que co n tar en este as­ pecto con el te m p ran o inicio de la co­ lonización fenicia del Sur p en in su lar qu e las fuentes históricas re tro tra e n al siglo XI a. J. C. Q u iere ello decir que

los griegos debieron contar con este fac­ to r a la h o ra de p o n e r sus m iras en el ex trem o occidental del M e d ite rrá n e o .

P recisam en te este p u n to consti­ tuye la p ied ra de to q u e p a ra el escla­ recim ien to de la cuestión. H ay que decir, que la divergencia de opiniones se d eb e a la d iferen te in te rp re ta ció n del m aterial arqueológico, cada vez m ás ab u n d a n te co n fo rm e se va am ­ p liando el n ú m ero de excavaciones a b ie rta s, científicam ente estudiadas. Son, p o r ta n to , los arq u eó lo g o s los qu e llevan la voz c a n ta n te en el tem a.

E n resu m en , esta diversidad de criterio s p u ed e reducirse a dos te n ­ dencias: los defensores de la ex isten ­ cia real de la p resencia griega en el m ed io d ía hispano y aquellos que la n ieg an , al ver m ás bien en los sem i­ tas, a los p o rta d o re s de esos o b jeto s m ateria les, sacados a la luz p o r las excavaciones.

M. B en d ala, en un artículo p u b li­ cado hace unos años so b re las estelas d eco rad as del S u ro este (H a b is, 8, 1977, pp. 177-205), am pliado con la consideración de o tro s elem en to s cul­ tu rales sobre todo la ce rám ica, e sp e ­ cialm ente los vasos p in tad o s tipo «Ca- ram bolo» (A E s p A , 52, 1979, pp. 33 y ss.) afirm a, que estos son de origen griego y no fenicio « en ten d ien d o lo griego en un sentido m uy am plio con inclusión de lo ro d io , chipriota o mi- c ro a s iá tic o — y fu n d a m e n ta lm e n te con exclusión de lo sem ita». A sí, los elem en to s re p re se n ta d o s en la m ay o ­ ría de las estelas grab ad as del S u ro es­ te son de origen m e d ite rrá n eo : los es­ cudos tien en p aralelos en el m undo Sam iochipriota; las fíbulas en C hipre o Sicilia; los carros son sim ilares a los rep re se n ta d o s en los vasos fu n erario s áticos del G eo m étrico ; lo m ism o p o ­ dría decirse de algunas arm as, los p ei­ nes, esp ejo s, etc. E n cuan to al tipo de vasos citados, son ésos en opinión del B en d ala, la versión local de las c e rá ­ micas del G eo m étrico griego, d eriv a­ dos de la cerám ica g eo m étrica de los p erío d o s antiguo y m edio hasta los

inicios del p erío d o recien te. El esla­ bó n en tre las cerám icas griegas y las hispanas estaría constituido p o r un frag m en to cerám ico griego del G e o ­ m étrico m edio, d ata d o hacia m ed ia­ dos del siglo VIH, e n c o n tra d o en H u elv a. P o r lo dem ás, la cronología p ro p u e sta p ara estas cerám icas y su re p a rto geográfico coinciden con las de las estelas g rab ad as, p o r lo cual, estu d iad o en su c o n ju n to , es clara su derivación de im pactos culturales p ro ­ c e d en tes del M e d ite rrá n e o o rien tal.

R ech aza, así, la acción fenicia com o resp o n sab le de este im pacto cultural añ ad ien d o que «puede conducir a graves e rro re s en el estu d io de n u es­ tra realid ad arqueológica e histórica». Se d e b ería n , p o r el c o n tra rio , a la lle­ gada de gentes griegas resp o n sab les, pues, de un im pulso fu n d am en tal en la génesis de la civilización tartésica, lo cual, a su vez, se incardina m uy bien con la tradición escrita sobre la favo­ rable acogida disp en sad a a los grie­ gos po r los tartesio s (H e ró d . IV , 152).

Oinochoe corintio

(Siglo VII a.C.) Museo Nacional de Nápoles

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Los p artid ario s de la segunda teoría m an tien en el criterio de res­ ponsabilizar a los fenicios de la p re ­ sencia de o b jeto s griegos. É sto s, ex­ p o rta d o s p rim ero hacia las costas orientales m ed ite rrán eas, serían tra í­ dos a O ccidente. A sí, p o r e jem p lo , in te rp re ta M . F e rn á n d e z M ira n d a (A E sp A , 52, 1979, p. 56) el fra g m en ­ to cerám ico hallado en H u elv a y c ita ­ do an terio rm en te. Fenicios y cartag i­ neses, adem ás, estarían tan fam iliari­ zados con los tipos áticos o corintios, que los im itarían fácilm ente. D e la misma m anera in te rp re ta o tro s h allaz­ gos de cerám ica griega prod u cid o s en diversos enclaves del ám bito fenicio en la Península con una cronología entre el siglo VIII-VI a. J. C. L os h a ­ bidos fuera del m ediodía hispano tie ­ nen una datación m ás b aja, no siendo anteriores a fines del siglo VI y c o rre s­ ponderían a un aum ento de la activi­ dad com ercial griega, im pulsada so­ bre todo por M arsella. Es decir, los objetos griegos encontrados en to d o el Sur peninsular con una cronología alta se deberían a la acción fenicia, m ientras que los hallados fu era de su área, desde V illaricos h asta el n o rte de C ataluña, de datación m ás b a ja , responderían a una presencia griega a partir de M assalia. L levando m ás allá todavía esta teo ría, ap u n ta la posibili­ dad de que los num erosos hallazgos de piezas de tradición, no fabricación, fenicia halladas en la costa cata lan a se debieran a influencias orie n tale s no griegas que habrían precedido a las navegaciones griegas y que sólo se­ rían sustituidas po r éstas tras la fu n ­ dación de M assalia, A m purias y o tro s enclaves que fortalecieron la p re se n ­ cia griega en toda el área.

Sólo a partir del prim er cu arto del siglo VI el p anoram a se m odifica­ ría, al detectarse una expansión del comercio griego al Sur p eninsular — a p artir tam b ién p ro b a b le m e n te de Massalia y sus centros hispanos— d e ­ m ostrado por el hallazgo de un óbolo fócense en Sevilla y la serie de c e rá m i­

cas griegas y o tras im itad as lo calm en ­ te q u e re sp o n d e ría n a esa expansión.

Los m ism os hechos, p u e s, son in ­ te rp re ta d o s de m uy distintas m an eras. A p a rte de los dato s arq u eo ló g i­ cos, contam os con o tro s de índole his- toriográfica. Según esta info rm ació n , el p rim e r viaje hacia n u estras costas fue p ro tag o n izad o p o r C oleo, n av e­ g an te de Sam os, el cual, al dirigirse hacia E g ip to , fue desviado p o r los v ientos que lo llevaron m ás allá de las colum nas de H é rcu les, a T artesso s, p u d ie ro n conseguir u n a carga de plata de 60 tale n to s, cuyo diezm o o frecie­ ron en su p atria a H e ra . L a c ro n o lo ­ gía de esta a v en tu ra, q u e, pese a d e ­ talles inventados, es u n á n im em en te consid erad a histórica, d eb e situarse hacia el 650, p u esto que ap arec e en relación con la fundación de C iren e. A u n q u e ella no originó ningún e sta ­ blecim iento colonial d eb em o s consi­ d era rla com o la co n tinuación de una actividad com ercial, eje rc ita d a desde m uchísim o tiem po an tes y que sería em p ren d id a p o r los griegos de la é p o ­ ca arcaica, una vez com enzado su proceso de norm alización tras los si­ glos oscuros.

Las colonias griegas p en in su lares fu e ro n , com o hem os dicho ya, e m p re ­ sa de F ocea. H e ró d o to (I, 163) nos inform a de la presencia de focenses en T artesso s a finales del siglo VII o com ienzos del siglo VI, cuyo rey A r- g an to n io les ayudó eco n ó m icam en te, una vez que rech azaro n su o freci­ m iento de estab lecerse en te rrito rio tartesio . El conocim iento de los fo­ censes de la región m eridional hisp a­ na y de las posibilidades de T artesso s les im pulsaría a la creación de dos e n ­ claves: M A IN A K E y H E M E R O S - C O P E IO N . Su d atación h ab ría que situarla en to rn o a los com ienzos del siglo VI. A p a rte de éstos, o tro s n o m ­ bres nos son dados a co nocer p o r la historiografía antigua (A v ien o , E s tra ­ b ó n , e tc .), com o H e racle ia, A lonis, A k ra L euce, C ipela, etc. Sin e m b a r­ go, la investigación arq ueológica no

Nicea.ici N A g a te .· Marsella. · M O ® AntíPolls· • Rosas. © Ampurlas. Olbia. •A ia lla . Cumas.jija Colonización de la Galia y occidente Mediterráneo

c o rro b o ra en absoluto las citas a n ti­ guas, de m an era que incluso J. Fer- n án d ez-N ieto llega a a firm ar que se tra ta de «una descripción foceo-m asa- liota de seis puntos de em barque y atra­ cad ero s m ás visitados en el dom inio fenicio (H istoria de E spaña I, p. 547).

Es n ecesario tam b ién señ alar, que algunas fuentes tard ías afirm an la existencia de una colonización rodia en la zona N W p en in su la r, resu lta d o de la cual sería la fu ndación de R H O ­ D E (R o sas) en una fecha m uy alta, en el siglo IX a. J. C. A rq u eo ló g ica­ m e n te , sin em b arg o , los m ateriales en c o n trad o s en dicho lugar son b as­ ta n te m ás tard ío s — de fines del siglo V— así com o lo son ta m b ié n , aun q u e no ta n to , o tro s hallazgos griegos habi- d o s 'e n aquella áre a , extensible hasta M assalia, fechables en el siglo VII. D e to d as form as, to d o ello no p ro b a ría

sino el conocim iento que los rodios, e n tre o tro s, tenían de aquellas zonas. R h o d e sería, p o r ta n to , una colonia griega en la ó rb ita m asalio ta, la cual efectuó en el siglo IV, no sabem os si a iniciativa p ropia o de R o d a s, un tr a ta ­ do de isopoliteia (igualdad de d e re ­ chos políticos) con esta ciudad.

El a sen tam ien to griego hispano m e jo r conocido es, sin d u d a, el de A M P U R IA S , fu n d a d o casi a la p ar que M arsella, en to rn o al 600 o poco después p o r focenses de M assalia. A l principio, estuvo situ ad o en un islote próxim o a la costa, d o n d e e staría la Palaiópolis (o «ciudad an tig u a» ), para ap o sen tarse en tierra firm e algunos años después — siguiendo un proceso m uy practicado por los griegos, d o n ­ de surgiría la N eápolis («ciudad n u e ­ va») en to rn o al 575, según d e m o stra ­ ción arqueológica. Ju n to a ella existía

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un p o b lad o indígena, In d ik e, que p o ­ co a poco qu ed ó colindante con el es­ tab lecim ien to griego, lo que d e m u es­ tra la b u en a acogida disp en sad a po r los au tó c to n o s a los griegos con los qu e m an tu v iero n una relación de b u e ­ n a vecindad. E l cará cter com ercial de A m p u rias q u e d a reflejad o en el n o m ­ bre de E m p o rio n elegido p a ra b a u ti­ zar este enclave. R efo rzab a el p apel d e M assalia en una zona que le in te ­ re sa b a c o n tro lar y desde la q u e e n la ­ zó relaciones com erciales con to d o el litoral o rien tal de la P enínsula.

F in alm en te, nos h arem o s eco de o tra fundación fócense en este área o ccidental del M e d iterrán eo . M e re ­ fiero al asen tam ien to de A L A L IA (C ó rceg a), fun d ad o hacia el 560, co­ m o hito necesario en la ru ta hacia O c­ cid en te. A llí se refugiaron los focen- ses cuando su ciudad fue cap tu ra d a p o r los persas. P o sterio rm en te se es­ tab lecerían en E le a , com o ya hem os visto, d e n tro de la zona de co loniza­ ción griega en Italia m eridional.

3. Costa septentrional

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