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Arminda Lozano - LA COLONIZACION GRIEGA

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HISTORIA

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HISTORIA

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Esta historia, obra de un equipo de cuarenta profesores de va­ rias universidades españolas, pretende ofrecer el último estado de las investigaciones y, a la vez, ser accesible a lectores de di­ versos niveles culturales. Una cuidada selección de textos de au­ tores antiguos, mapas, ilustraciones, cuadros cronológicos y orientaciones bibliográficas hacen que cada libro se presente con un doble valor, de modo que puede funcionar como un capítulo del conjunto más amplio en el que está inserto o bien como una monografía. Cada texto ha sido redactado por el especialista del tema, lo que asegura la calidad científica del proyecto.

O R I E N T E

1. A. Caballos-J. M. Serrano,

Sumer y A kkad.

2. J. Urruela, Egipto: Epoca Ti-

nita e Im perio Antiguo.

3. C. G. Wagner, Babilonia. 4. J . Urruelaj Egipto durante el

Im perio Medio.

5. P. Sáez, Los hititas.

6. F. Presedo, Egipto durante el

Im perio Nuevo.

7. J. Alvar, Los Pueblos d el Mar

y otros movimientos de pueblos a fin es d el I I milenio.

8. C. G. Wagner, Asiría y su

imperio.

9. C. G. Wagner, Los fenicios. 10. J. M. Blázquez, Los hebreos. 11. F. Presedo, Egipto: Tercer Pe­

ríodo Interm edio y Epoca Sai-ta.

12. F. Presedo, J . M. Serrano, La

religión egipcia.

13. J. Alvar, Los persas. G R E C I A

14. J. C. Bermejo, El mundo del

Egeo en el I I milenio.

15. A. Lozano, L a E dad Oscura. 16. J . C. Bermejo, El mito griego

y sus interpretaciones.

17. A. Lozano, L a colonización

griega.

18. J. J . Sayas, Las ciudades de J o -

nia y el Peloponeso en el perío­ do arcaico.

19. R. López Melero, El estado es­

partano hasta la época clásica.

20. R. López Melero, L a fo rm a ­

ción de la dem ocracia atenien­ se , I. El estado aristocrático.

21. R. López Melero, L a fo rm a ­

ción de la democracia atenien­ se, II. D e Solón a Clístenes.

22. D. Plácido, Cultura y religión

en la Grecia arcaica.

23. M. Picazo, Griegos y persas en

el Egeo.

24. D. Plácido, L a Pente conte da.

25. J. Fernández Nieto, L a guerra

del Peloponeso.

26. J. Fernández Nieto, Grecia en

la prim era m itad del s. IV.

27. D. Plácido, L a civilización

griega en la época clásica.

28. J. Fernández Nieto, V. Alon­ so, Las condidones de las polis

en el s. IV y su reflejo en los pensadores griegos.

29. J . Fernández Nieto, El mun­

do griego y Filipo de Mace­ donia.

30. M. A. Rabanal, A lejandro

Magno y sus sucesores.

31. A. Lozano, Las monarquías

helenísticas. I : El Egipto de los Lágidas.

32. A. Lozano, Las monarquías

helenísticas. I I : Los Seleúcidas.

33. A. Lozano, Asia Menor h e­

lenística.

34. M. A. Rabanal, Las m onar­

quías helenísticas. I I I : Grecia y

Macedonia.

35. A. Piñero, L a civilizadón h e­

lenística. R O M A 36. J. Martínez-Pinna, El pueblo etrusco. 37. J. Martínez-Pinna, L a Roma primitiva. 38. S. Montero, J. Martínez-Pin­ na, E l dualismo patricio-ple­

beyo.

39. S. Montero, J . Martínez-Pin-na, L a conquista de Italia y la

igualdad de los órdenes.

40. G. Fatás, El período de las pri­

meras guerras púnicas.

41. F. Marco, L a expansión de

Rom a p or el Mediterráneo. De fines de la segunda guerra Pú­

nica a los Gracos.

42. J . F. Rodríguez Neila, Los

Gracos y el com ienzo de las guerras aviles.

43. M.a L. Sánchez León, Revuel­

tas de esclavos en la crisis de la República.

44. C. González Román, La R e­

pública Tardía: cesarianos y pompeyanos.

45. J. M. Roldán, Institudones p o ­

líticas de la República romana.

46. S. Montero, L a religión rom a­

na antigua.

47. J . Mangas, Augusto. 48. J . Mangas, F. J. Lomas, Los

Julio-C laudios y la crisis del 68.

49. F. J . Lomas, Los Flavios. 50. G. Chic, L a dinastía de los

Antoninos.

51. U. Espinosa, Los Severos. 52. J . Fernández Ubiña, El Im pe­

rio Rom ano bajo la anarquía militar.

53. J . Muñiz Coello, Las finanzas

públicas del estado romano du­ rante el Alto Imperio.

54. J . M. Blázquez, Agricultura y

m inería rom anas durante el Alto Imperio.

55. J . M. Blázquez, Artesanado y

comercio durante el Alto Im ­ perio.

56. J. Mangas-R. Cid, El paganis­

mo durante el Alto Im peño.

57. J. M. Santero, F. Gaseó, El

cristianismo primitivo.

58. G. Bravo, Diocleciano y las re­

form as administrativas del Im ­ perio.

59. F. Bajo, Constantino y sus su­

cesores. L a conversión d el Im ­ perio.

60. R . Sanz, El paganismo tardío

y Juliano el Apóstata.

61. R. Teja, L a época de los Va­

lentiniano s y de Teodosio.

62. D. Pérez Sánchez, Evoludón

del Im perio Rom ano de Orien­ te hasta Justiniano.

63. G. Bravo, El colonato bajoim -

perial.

64. G. Bravo, Revueltas internas y

penetraciones bárbaras en el Imperio.

65. A. Giménez de Garnica, L a

desintegración del Im perio Ro­ mano de O cddente.

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HISTORIA

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Director de la obra:

Julio Mangas Manjarrés

(Catedrático de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid)

Diseño y maqueta:

Pedro Arjona

«No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.»

© Ediciones Akal, S. A., 1 988

Los Berrocales del Jarama Apdo. 400 - Torrejón de Ardoz Madrid - España

Tels.: 656 56 1 1 - 656 49 11 Depósito legal: M. 32.882-1988 ISBN: 84-7600-274-2 (Obra completa) ISBN: 84-7600-273-4 (Tomoi7) Impreso en GREFOL, S. A. " Pol. II - La Fuensanta Móstoles (Madrid) Pinted in Spain

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LA COLONIZACION GRIEGA

Arminda Lozano

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Indice

I n tr o d u c c ió n ... 7

I. C ausas generales del m ovim iento c o lo n iz a d o r ... 8

1. C ausas políticas ... 8

2. C ausas e c o n ó m ic a s ... 10

3. O tra s c a u s a s ... 13

II. C aracterísticas de las colonias g r ie g a s ... 14

1. T e rm in o lo g ía ... 14

2. A cto s fu n d a c io n a le s ... 14

3. R elacio n es m e tr ó p o li- c o lo n ia ... 17

4. R elacio n es con indígenas ... 19

III. O leadas c o lo n iz a d o ra s ... 21

1. P rim era fase (m ed iad o s del siglo v m -m e d ia d o s del siglo v il) ... 22

2. Segunda fase (m ediados del siglo vil-m ed iad o s siglo v i) ... 23

IV . Zonas de expansión ... 29

1. Sur de Italia y S i c i l i a ... 29

2. G alia y O ccidente m e d ite rrá n eo ... ... 43

3. C osta sep ten trio n al del M e d ite rrá n e o h asta el M ar N e g r o ... 48

4. Z o n a de los E s tr e c h o s ... 51

5. N o rte de A frica ... 57

C u ad ro s cronológicos ... 59

(7)

Introducción

7

P asad a la llam ada « D ark A ge» o si­ glos oscuros de la H isto ria G rieg a se ab re un nuevo p e río d o , la ép o ca a r­ caica p ara el que co n tam o s con una m ayor in fo rm ació n , a p o rta d a ta n to p o r la histo rio g rafía griega com o p o r la investigación arqueológica. L a c o n ­ fro n tació n en tre am bas fu en tes de d a ­ tos no siem pre es fácil o posible, m as resu lta necesaria a u n q u e de ella se d e riv e n c o n f r e c u e n c ia c o n tr a d ic ­ c io n e s q u e d ific u lta n o b te n e r u n a p an o rám ica todo lo clara que sería de d esear.

D e cuan to s procesos históricos tu v iero n lugar en el tran scu rso de la épo ca arcaica uno de ellos tiene in d u ­ d ab lem e n te el p ap el estelar: el m ovi­ m ien to colonizador. La colonización griega com o tal, no ha de c o n sid e ra r­ se c ie rta m en te privativa de este p e río ­ do (cf. a p a rtad o : O lcd ad a s co lo n iza­ d o ra s), p ero fue a p a rtir del siglo V III c u a n d o dicho m o v im ien to alcanzó p ro p o rcio n es tan inso sp ech ad as que p u e d e h ab larse del M e d ite rrá n e o co­ m o un m ar helénico — al igual que el

P o n to E uxino o M ar N eg ro — pues los griegos, en e fecto , estu v iero n p re ­ sentes a to d o lo largo de sus costas, de E ste a O este y de N o rte a Sur, si bien con d iferen te in te n sid a d según las zonas.

D e sd e la p ersp e c tiv a histórica que hoy ten em o s resu lta v e rd a d e ra ­ m en te ad m irab le, s o rp re n d e n te , có­ m o un m u n d o ta n in d ividualizado p o ­ líticam en te, q u e h a b ía atra v e sa d o po r un p e río d o de cam bios p ro fu n d o s e fectu ad o s en m edio de un acusado declive económ ico resp ecto al m undo m icénico, fue capaz de sacar ad elan te una em presa de tales d im en sio n es y tan c a rg a d a de c o n secu en c ias. El ag ente de este im p o n e n te m ovim iento fue la polis, la u n id ad p olítica griega que em ergió tras los siglos oscuros, a cuya definitiva co n fo rm ació n y fija­ ción de rasgos esenciales co n trib u iría la m ism a colonización.

Taza ática con representación de una batalla

(Segunda mitad del siglo VI a.C.) Museo de Corinto

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Akal Historia del Mundo Antiguo

I. Causas generales del

movimiento colonizador

M e to d o ló g ic a m e n te , h a re m o s u n a a g ru p a c ió n trip a rtita de ellas con o b je to de a te n d e r a la m ay o r p a rte de los casos atestiguados:

1. Políticas. 2. E conóm icas.

3. F acto res de o tra índole. N a tu ra lm e n te , esta división no q u iere en ab so lu to decir que tales causas sean en tre sí excluyentes — co ­ m o verem os suelen ap a re c er e n tr e ­ cruzadas— , ni tam p o co que se p re ­ sen te n en to d as los m o m en to s del fe­ n ó m en o co lonizador con la m ism a fuerza.

1. Causas políticas

R esu lta im posible tra z a r el d esarro llo de la colonización griega sin an te s e n ­ tre v e r, aun q u e sea b re v e m e n te , la d i­ nám ica política actu an te en la p o lis en los m o m en to s previos al inicio de este m ovim iento centrífugo de los griegos de ép oca arcaica. E s ello lo que ju s ti­ fica este ap a rta d o de causas políticas de la colonización.

Los regím enes aristo crático s y p o ste rio rm e n te oligárquicos q u e im ­ p e ra b a n en las p oleis griegas al co­ m ienzo de la época arcaica, co n ten ían en sí m ism os el g erm en del d e sco n ­ te n to , que m ás ta rd e d e g e n e ra ría en

u n a au tén tica crisis social q u e h ab ría d e sacudir en el siglo sig u ien te, de una m a n e ra p rá cticam en te g en eralizad a, al m undo griego.

E ste d e sc o n ten to estab a fu n d a ­ m e n tad o en la situación de in ju sti­ cia provocada p o r el desigual re p a r­ to de la riqueza cuyo ele m e n to básico en este m o m e n to e ra la tie rra . La m ayor p a rte de ésta se e n c o n tra b a efectiv am en te c o n c e n tra d a en pocas m a n o s, siendo así q u e la m ayoría de la población d eb ía c o n te n ta rse para subsistir con p e q u e ñ o s lotes. A esta situación hay q u e ag reg ar, ad em ás, o tro s hechos q u e co n trib u y e ro n al progresivo d e te rio ro g en eral: en p ri­ m er lugar, el a u m e n to dem ográfico que se d e jó sen tir p o r to d as p a rte s del m u n d o griego ya a finales de la E d ad O scura; en segundo lugar, la p ro p ia escasez de tierras — o stenochoría si q u ere m o s utilizar el térm in o griego p reciso — in h e re n te a la difícil o ro g ra ­ fía con que la n atu ra le z a d o tó al solar griego y, p o r ú ltim o , la desap arició n de la antigua so lid arid ad del clan p ri­ m itivo con el cese de las red istrib u c io ­ nes periódicas d e tie rra com unal.

A sí pues, nos e n c o n tra m o s ante una población crecien te q u e d eb ía ali­ m en ta rse con el p ro d u c to de tierras escasas y poco p ro d u ctiv as, pues las m ás fructíferas y de m ayor extensión hab ían sido acap a rad a s p o r unas p o ­

(9)

La colonización griega

cas fam ilias, en cuyas m an o s, a d em ás, e sta b a n los reso rtes del p o d e r político y religioso. T estigo excepcional de es­ ta situación es H esío d o cuya o b ra L o s

trabajos y los días constituye p a ra n o ­

so tro s u n a fu e n te de in fo rm ació n in ­ sustituible sobre los m odos de vida del cam pesinado griego, p u es, a u n ­ q u e re ferid a a B eocia y el A tica p u e d e h ac erse extensiva a las dem ás reg io ­ nes griegas. Su descripción, m ás o m e­ nos m etafó ric a, de la situación del d é­ bil resp ecto al p o d ero so , de la im p o ­ te n cia de aquél fren te a éste es v e rd a ­ d e ra m e n te aleccio n ad o ra. A la p a r, se p erm ite d a r algunos con sejo s p a ra ev itar un d e te rio ro del p a n o ra m a so ­ cial q u e estaba d escrib ien d o . A sí, la red u cció n del n ú m ero de h ijos que ob v iaría el e m p e q u eñ ecim ien to d e las p ro p ie d a d e s p u esto q u e , según las n o rm as vigentes e n to n ce s, los hijos h e re d a b a n a p a rtes iguales los bienes p a te rn o s. E llo im plicaba que las fam i­ lias con im posibilidad de am p liar sus re c u rs o s te rrito ria le s — in d u d a b le ­ m en te la p ráctica to ta lid a d del cam ­ p esin ad o fuera de los g ran d es p ro p ie ­ tario s— en el tran scu rso de un p a r de g en eracio n es verían sus cam pos tan reducidos que ap en as h a ría n posible una vida de subsistencia. U n a m ala cosecha, unos años de m a y o r seq u ía o cu alq u iera de las ad v ersid ad es n o rm a ­ les en la ag ricu ltu ra, to rn a ría n la si­ tu ación insostenible. Su salida no era o tra que el e n d e u d a m ie n to p e ro , al no ser posible la devolución de los présta m o s p o r la m ism a escasez que h ab ía prov o cad o la co n tracció n de d e u d a s, el d e u d o r y su fam ilia caían irrem isib lem en te en p o d e r del a c re e ­ d o r en calidad de esclavos. E sta re a li­ d ad — la m iseria y d esesp eració n del cam p esin ad o — ap a rece descrita con en o rm e fuerza — e n tre o tro s— en los versos de Solón y en los p asajes co­ rre sp o n d ie n te s a este p e río d o de la

A th e n a io n Politeia aristotélica.

E ste pro ceso , ya p re se n te al co­ m ienzo de la época arcaica, se agravó p a u la tin a m e n te h asta d esem b o c ar en

una situación de conflictividad aguda, d e te rm in a n te del d ese n c a d e n am ie n to en el seno de m últiples ciudades grie­ gas de un cam bio en su sistem a p o líti­ co. A p a reció , en p rin cip io , la figura del árb itro o del leg islad o r y final­ m en te la del tiran o .

D icha evolución p olítica se vio favorecida p o r o tro s facto re s no m e n ­ cionados h asta a h o ra , p e ro que co a d ­ yu varon d ecid id am en te a ella. A sí, p o r e je m p lo , el m ilitar. T o d av ía en el siglo VIII la g u e rra esta b a b asad a en el co m b ate reg u la r, en el g u e rre ro que en c a rro , al p rin cip io , y después a ca­ ballo, debía so p o rta r p a ra su p ro te c ­ ción un p esad o eq u ip o b ásicam en te defensivo. E ste m é to d o conllevaba unas co n n o tacio n es socioeconóm icas d e te rm in a d a s, a sa b e r la existencia de una aristocracia c iu d a d a n a , un o de cuyos privilegios co n sistía p re c isa ­ m e n te en la d e fen sa de la ciu d ad , al d ictar que ú n icam e n te sus m iem ­ bros ten ían la p o te sta d de e m p u ñ a r las arm as.

Sin em b arg o , en el p rim e r cu arto del siglo VIII se reg istran ya — a ju z ­ gar p o r testim o n io s e x traíd o s de p in ­ tu ras vasculares co rin tias y a te n ie n ­ ses— cam bios en el a rm a m e n to y p o r ende en la táctica m ilitar. H ace su aparición, así, el ejé rc ito de h o p litas, que en el tran scu rso de u n as cuantas décadas se generalizaría en el m undo griego. Su eq u ip o es ya bien d istin to , m ucho m ás ligero y con m ay o r ca­ p a c id a d o fen siv a. Se re q u e ría una fo rm ació n en línea c e rra d a , d o n d e lo individual q u e d a b a sacrificado en aras de lo colectivo, d o n d e el indivi­ duo era im p o rta n te no aisla d am e n te c o n s id e r a d o sin o c o m o p a r te del co n ju n to .

D e este aspecto in te re sa aquí no ta n to el p u n to de vista m ilitar cuanto el cam bio sociológico que a p a re jó . El ejército hoplítico re q u e ría un nú m ero gran d e de soldados e n tre n a d o s para luchar d e n tro de esta fo rm ació n , ca­ paces adem ás de financiarse su propio e q u ip o , aspecto éste a q u e estab an

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10 Akal Historia del Mundo Antiguo

obligados. Y un núm ero tan co n sid e­ rable de com batientes tan sólo podía extraerse de en tre el cam pesinado. E s así, por tan to , que sobre los cam pesi­ nos libres pasó a descansar el peso de la guerra ya en los albores del siglo v il.

El hoplita pasó a te n e r una p a rte decisiva en la responsabilidad ofensi­ vo-defensiva de la polis de la q u e se había m antenido fo rzo sam en te m arg i­ nado por los poderosos. E ste cam bio en la situación m ilitar de la c iu d ad a ­ nía no podía efectu arse sin c o n tra p a r­ tidas de los oligarcas. Los h o p litas, en efecto, presionaron p ara q u e se les h i­ ciera partícipes tam bién de la a c tu a ­ ción política.

2. Causas económ icas

Como acabam os de ex p o n er, la p ro ­ blemática económ ica de los griegos de la época arcaica está tan im bricada en la realidad política que am bas cuestiones no p u ed en d eslin d arse. Q ueda claro, no o b sta n te , q u e el mayor problem a lo constituía la ste-

nochoria, la falta de tierras p a ra d ar

trabajo y alim ento a una p o b lació n en expansión.

Fue la im posibilidad de e n c o n ­ trar soluciones — bien p o rq u e p e rju ­ dicaban los intereses de los p ro p io s oligarcas dirigentes o po r condicio­ nantes de carácter geográfico— p o r lo que se recurrió a las fundaciones co­ loniales. Se p reten d ía con ello paliar esta angustiosa escasez de tierras aptas para la agricultura, ev itan d o a la p ar una agudización de la cuestión social y política concom itante a ella.

Parece, pues, in co n testab le que fue la cuestión agraria la d e se n c a d e ­ nante del m ovim iento colonial. Las zonas de expansión elegidas — en prin­ cipio el Sur de Italia y Sicilia— y los lugares en que se a sen ta ro n co n sti­ tuyen — como irem os viendo en cada caso— una confirm ación indiscutible de este hecho.

Por lo dem ás, el fen ó m e n o co lo ­

n izad o r, que llevó a los griegos a todo lo largo y ancho de las costas m e d ite ­ rrá n e a s, tam p o co se realizó de golpe, sino q u e conoció div ersas etap as. D e n tro del p e río d o arcaico griego son fu n d a m e n ta lm e n te d os, a b arcan d o la p rim era los p ro p io s com ienzos de d i­ cho m o v im ien to , poco an tes de m e ­ diado el siglo VIII, y la seg u n d a, a p a r­ tir de m ediados del siglo siguiente.

In te re sa aq u í esta no tació n p ara ju stificar la in tro d u cció n de o tro fac­ to r co n sid erad o com o básico en la co­ lonización griega: el com ercio. S obre el p ap el d e sem p eñ ad o p o r éste com o d ese n c a d e n an te del envío de colonias se ha especulado m ucho. Sin e m b a r­ go, y sin ánim o de o b v iar la discu­ sión, creo que ella es h asta cierto p u n to inútil. B asta co n sid erar que es­ te esp ectacu lar m o v im ien to co loniza­ d o r no constituye un b lo q u e m o n o líti­ co ni en cu an to a cronología o p ro p ó ­ sitos, ni m ucho m en o s en cu an to a resu lta d o s. Y que po r lo m ism o, d e n - tro de unas d ire c tric es g e n e ra le s, siem pre tien en cabida casos que no se a ju sta n ex actam en te a ellas. P o r lo dem ás, sólo el paso del tiem po iría in tro d u c ien d o o b jetiv o s nuevos a la vista ya de unas p ersp ectiv as m ás re a ­ les, d erivadas de u n a inform ación m ás exacta de las posibilidades o freci­ das p o r los nuevos te rrito rio s. Y tal es, en efecto, lo que sucedió en mi o p in ió n , con el com ercio.

E n los p rim ero s m o m en to s del m ovim iento co lo n izad o r p arece in v e­ rosím il co n sid erar el com ercio com o un facto r ya a c tu an te en él. Ni los escrito res griegos m en cio n an nad a al re sp e c to , ni es p lau sib le que así fuera a la vista del nivel o del estad o de la econom ía de la polis en esa época.

El com ercio en las p ro p ias ciu d a­ des a com ienzos de la ép o ca arcaica e ra , en e fecto , p rá c tic a m en te inexis­ te n te , es decir, no había una p ro d u c ­ ción con ex ced en tes ni, p o r ta n to , una p u e sta en el m erc ad o de éstos, o b je tiv o e lem en tal de las actividades que p u e d en d en o m in arse p ro p ia m e n ­

(11)

La colonización

Anfora ática

(finales del siglo VI a.C.) Orvieto

te com erciales. La p a n o rám ica que los po em as h o m éricos, ad em ás de H esío d o , nos o frecen es m uy o tra . En p rin c ip io , los únicos c o m e rc ia n te s aludidos com o tales son los fenicios. El dem iourgos o a rte sa n o griego, se lim itaba a a b astece r las necesid ad es p ro p ias de su vecindario y de los n o ­ bles, d e n tro de una econom ía fam iliar que p ro p e n d e a ser auto su fic ien te . A sí, p o r e je m p lo , el p ro p io U lises se nos p re se n ta en la O disea com o un p erso n a je capaz de h acer to d o tipo de

cosas, aun las m ás d isp ares, d e n tro de esta situación de eco n o m ía cerrad a que m utatis m utandis era la vigente en el m o m en to en que se p ro d u jo el envío de las p rim era s colonias.

El paso del tiem p o m odificó con m ás o m enos rap id e z dicho esta d o de cosas. T am p o co aq u í p o d em o s g en e­ ralizar, p u esto que no to d as las ciu­ dad es evo lu cio n aro n en el m ism o sen ­ tido. P ero , en cu a lq u ie r caso, poleis com o C o rin to , A te n a s, e tc ., avanza­ ron en el d esarro llo de las actividades

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12 Akal Historia del Mundo Antiguo

arte san a le s — en b u e n a p a rte e n m a ­ n os de ex tra n jero s— h a s ta lo g rar esos ex c ed e n te s «industriales» q u e , u n id o s a los agrícolas, vino y ac eite so b re to ­ d o , constitu y ero n el o b je tiv o d e u n co m ercio o rganizado. A ello co a d y u ­ vó d ec id id a m e n te la in tro d u c ció n de la m o n e d a en el siglo Vil, c u e stió n de e n o rm e im p o rta n cia p e ro q u e n o p o ­ d em o s aq u í an alizar.

Conviene, no obstante, hacer al­ guna precisión más en este apartado. Lo dicho anteriorm ente no implica que el m undo griego desconociera el com ercio en térm inos absolutos. Ello no podía ser así por cuanto la necesi­ dad de aportar desde fuera m aterias prim as estuvo siem pre presente en un ám bito carente de ellas.

U na vez pasados los trastornos ocasionados por la desaparición del m undo micénico, debidos a los flujos y reflujos de población que afectaron a la práctica totalidad del O riente m e­ diterrán eo , la nueva situación em ergi­ da tras ellos se fue asentando, conso­ lidando, en las diferentes regiones griegas al finalizar dicho proceso, cuya duración fue ciertam ente pro­ longada. Esta norm alización conllevó una reactivación de com unicaciones con aquellas zonas familiares desde an tañ o , el Egeo oriental, sólo que ahora con m ayor justificación pues la costa occidental de la península ana- tólica, a consecuencia de las migracio­ nes acaecidas en la E dad O scura, es­ ta b a, asimismo, poblada por griegos. No obstante, las necesarias m ate­ rias prim as eran accesibles a través especialm ente de uno de esos encla­ ves llam ados por Polanyi y su escuela

p o rt o f trade o «puerto comercial»,

utilizado precisam ente para servir de interm ediario entre ám bitos político- cu ltu rales diferenciados. D e estos puestos avanzados, el más interesante para los griegos era el de Al-M ina, al N orte de la desem bocadura del Orón- tes, en la costa siria, dedicado, al pa­ recer de m anera exclusiva, al com er­ cio entre el Egeo y Siria. Dicho esta­

blecim iento estuvo en activo d u ra n te p a rte al m enos del segundo m ilenio a. J. C ., como han dem ostrado las exca­ vaciones de Sir L e o n a rd W oolley. E n él concurren las características que definen este tipo de enclaves, siendo una de las m ás n o tab les la de su n e u ­ tralidad. Se req u e ría com o prem isa indispensable, que el ab astecim ien to de productos fu era co n tin u o , sin que ningún conflicto p u d iera su sp en d erlo . Puesto que allí afluían m ercancías procedentes de tierras le ja n a s, los m ercaderes ten ían que te n e r seguri­ dad absoluta de p o d e r darles salida, es decir, era insoslayable un c o m p ro ­ miso p o r p arte de los p o d e re s p o líti­ cos actuantes en la zo n a de re sp e ta r dichos establecim ientos.

D ice tex tu alm en te R . B. B evere

(Comercio y m ercado en los im perios antiguos, p. 101) a p ro p ó sito de A l-

M ina: «El grado tan alto de especiali­ zación era, a veces, p a rte de u n a o r­ ganización todavía m ás co m p leja que com prendía a un p e q u eñ o estad o ve­ cino con funciones de m e d ia d o r en tre los im perios lejanos y el p u e rto de co­ m ercio. E sta debió ser la relación e n ­ tre el reino de A lalak h y A l-M ina».

T odo p u erto de com ercio estab a teóricam ente b ajo u n a d e te rm in a d a potencia política, p ero , ta n to ésta co­ mo sus enem igos, re sp e ta b a n el lugar. W oolley, el excavador tanto de Al-Mi- na com o de A lalak h , e n c o n tró p ru e ­ bas de la ocupación y ad m inistración hititas en esta últim a q u e , p o r el c o n ­ tra rio , faltan c o m p letam en te en la prim era. A l-M ina, a d em ás, según d e ­ m ostración arqueológica, no sufrió asedios ni ocupaciones en el seg u n ­ do m ilenio cuando hititas y egipcios disputaban el control de esa zona.

V olviendo, p u es, al p u n to que nos ocupa sobre la incidencia del co ­ m ercio en las causas de la co lo n iza­ ción nos confirm am os en la necesidad de dar una respuesta negativa.

No o b stan te, tras p ro d u cirse los prim eros establecim ientos, las posibi­ lidades de intercam bio d eb iero n ad i­

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vinarse p ro n to . E ste , p o r lo dem ás, no p u d o alcanzar altas co tas, sino que su volum en sería el d ictad o p o r una econom ía p re m o n e ta ria basad a to d a ­ vía en el tru e q u e .

D e b e c o n sid e ra rse , m ás b ien , q u e se dio el proceso inverso. Es d e ­ cir, el asen tam ien to de núcleos g rie­ gos en te rrito rio s u ltram arin o s abrió perspectivas nuevas, m ercad o s inex­ p lo ra d o s h asta ento n ces. Las colonias ubicadas en tierras p ró sp eras, feraces a g ríc o la m e n te , p ro d u je r o n p ro n to aquellos p ro d u cto s necesarios a los griegos co n tin en tales de las m e tró p o ­ lis, a la sazón alim en to s, sobre to d o g ran o , p a ra p agar los cuales se re q u e ­ ría la en treg a de o tras m ercancías, p u e sto que tal era el m ecanism o e n ­ tonces vigente. E llo , a su vez, consti­ tu iría un acicate que e stim u laría la pro d u cció n artesan al de m a n u fa c tu ­ ras, en un volum en cada vez m ayor. A la p a r surgiría la necesidad de n u e ­ vas fu ndaciones, co n sid eran d o ya no ta n to la tierra cu an to la estrateg ia de los em p lazam ien to s, con condiciones favorables adem ás p a ra la n av eg a­ ción, de acuerdo con las m aterias p ri­ m as a ex p lo tar y com ercializar.

Se tra ta , po r ta n to , de una c o n ­ cate n a ció n de hechos cuyas etap as no p o d em o s seguir de m a n e ra d etallad a sino tan sólo a p re h e n d e r sus rasgos gen erales m ás so bresalientes.

3. Otras causas

A u n q u e las causas principales de la colonización ya han q u e d ad o ex p u es­ tas, conviene aducir alguna o tra de las que las fuentes nos m en cio n an p o r m ás que lo hagam os un poco a título an ecd ó tico , conscientes de que se tr a ­ ta de algo m arginal, no de una c a u sa­ lidad au tén tica y estricta. A sí, p o r e je m p lo , el deseo de av en tu ras.

U n o de los p o etas arcaicos grie­ gos m ás ad m irad o s, A rq u ílo co , tom ó p a rte activa en la colonización de la isla de T asos — en el E geo s e p te n trio ­

nal, fren te a T racia— , p o r p a rte de P aro s. E n sus p o em as, nos p o n e de m anifiesto el gusto p o r una vida av en ­ tu re ra que a u n a d e te rm in a d a ed ad puede despertarse en el hom bre. Tal im­ pulso b asta p a ra ju stificar la p a rtic i­ pación en u n a em p re sa co lo n izad o ra, si bien no ta n to p a ra h acerla surgir.

Ig u alm en te, cabe h ab la r de cau­ sas políticas de signo distinto del ex­ p u esto en el a p a rta d o 1. A sí, la o p re ­ sión de algunos regím enes políticos aristocráticos — com o la llevada a ca­ bo p o r los B aq u íad as de C o rin to o los P en télid as de É feso— p u d o d e te rm i­ n a r, en algunos casos, el e n ro la m ie n ­ to en las ta re a s co lo n izad o ras, aunque tam p o co es ésta u n a explicación del n acim iento de la em p resa en sí.

P odem os ta m b ién , p o r últim o, refe rirn o s a hechos p u n tu ales. A sí, la p re sió n p ersa sobre F o cea q u e d e te r­ m in aría la huida m asiva de sus h a b i­ ta n te s hacia C órcega o la fundación de T a re n to p o r los hijos ilegítim os de las e sp a rta n a s, h ab id o s d u ra n te la au ­ sencia de los ciu d ad an o s o casionada p o r la p rim era g u erra m esenia. Las fuentes nos hablan tam b ién de o tras causas, com o la que forzó a los calci- dios a enviar a u n a décim a p a rte de su población a R eg io n , en el sur de Italia, o la leyenda según la cual, a consecuencia de la m u e rte de un jo ­ ven, A rchias debió p a rtir de C o rin to p a ra fu n d ar C orcira y Siracusa. C laro está q u e, en o casiones, son sólo eso, leyendas q u e, fo rjad as p o ste rio rm e n ­ te , no reflejan las circunstancias re a ­ les que ro d e a ro n la fu n d ació n de d e ­ term in ad as colonias.

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14 Akal Historia del Mundo Antiguo

II. Características de

las colonias griegas

1. Terminología

E l térm ino específico utilizado por los griegos para designar una colonia es el de apoikia. Rasgo esencial de la

a p o ik ia es su condición de polis

— com o su metrópoli fundadora— , un e sta d o desarrollado en todos sus ele­ m e n to s esenciales que representan u n a form a de vida griega, trasplanta­ do a regiones bárbaras o no griegas. L ógicam ente, la apoikia conllevaba u n traslado efectivo de población des­ de la m etrópoli a la colonia, es decir, existía una auténtica emigración.

A dem ás de apoikia existen otros té rm in o s que no son ya, sin em bargo, eq u ivalentes, puesto que tienen un co n te n id o sem ántico distinto. Así,

kleruquía y emporion.

E l prim ero de ellos hace referen­ cia a una clase especial de colonias aten ie n ses, desarrollada en la época clásica, cuyos objetivos eran bien di­ fe re n te s a los perseguidos con las apoikias. D ebido a ello, su status ju rí­ dico y el de sus habitantes son total­ m e n te distintos del disfrutado por ap o ik ias y apoilcoi. En cuanto al se­ g u n d o , em porion, hace referencia a p u e sto s de intercam bio cómercial, co­ m o N aúcratis, por ejemplo, cuyas ca­ racterísticas difieren, asimismo, de los o tro s dos tipos mencionados.

2. Actos fundacionales

La decisión de im p lan tar u n a apoikia en un territo rio ex tra n je ro , cuales­ quiera que fuera su causa o causas, co m portaba el n o m b ram ien to de un director de expedición, oikistés — e n ­ cargado de ejecu tar en el nuevo a sen ­ ta m ie n to cu an tas d isp o sicio n es se consideraran necesarias p ara o rd e n a r el nuevo núcleo— y del reclu tam ien to de los futuros colonos. E stos lo serían a petición propia, p ero tam b ién hubo casos en que a falta de v o lu n tario s, se recurrió a hacerlo com pulsivam ente, com o nos ilustra el caso de la fu n d a ­ ción de C irene. D e todos m odos, nuestra inform ación sobre los d istin ­ tos elem entos es sum am ente in co m ­ p leta, cuando no inexistente, en e sp e ­ cial p ara los prim eros tiem pos.

El acto fundacional d isfru tab a de un carácter esencialm ente religioso. D esde la m etrópoli se había llevado el fuego sagrado que debía in au g u rar la nueva ciudad — acto este cum pli­ m entado po r el oikistés— , y que e s ta ­ ría d e p o s ita d o en el P ryta n eio n . Igualm ente, se in troducían los dioses p atrios (theoi p o liouchoi), b ajo cuya protección se ponía oficialm ente la colonia.

La oscuridad docum ental en to r ­ no a la figura del oikistés es casi

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to ta l, sobre todo p a ra el com ienzo de la actividad colonial. Sabem os q u e, tras su m u e rte , recibía h o n o res re li­ giosos en calidad de h é ro e fu n d a d o r, p e ro d esconocem os, re p ito , en qué consistía su m isión, cuál era su a u té n ­ tico p a p e l. P o r lo q u e p o d e m o s a p re h e n d e r de las noticias de los his­ to ria d o re s sobre d e term in ad as c iu d a­ des, el oikistés p e rte n e c ía, en g en eral, a alguna de las fam ilias m ás ilustres de la m etró p o li. Ig n o ram o s, asim is­ m o , el m ecanism o seguido en la d e ­ signación, si v o lu n taria p o r p a rte del in te re sa d o , o si im p u esta p o r el E s ta ­ do o su p ro p ia fam ilia. E n cu alq u ier caso, es lógico p en sar q u e , al m enos en el com ienzo, fu era el oikistés el v e rd a d e ro recto r de la apoikia con un o s p o d eres cuasi absolutos h asta q ue se o rganizara la vida política en la nueva ciudad, d o tán d o se de cu an ­ to s o rg a n ism o s y m a g is tra d o s se crey era co n veniente.

Ignoram os tam b ié n si los m agis­ trad o s coloniales era n designados al p rincipio p o r la m etró p o li o p o r el o i­

kistés co nsultando a los h a b ita n te s o

p o r qué sistem a.

E n las m ism as circunstancias es­ tam o s a la hora de dilucidar en qué m e d id a la polis fu n d a d o ra dictaba n orm as concretas y precisas p ara o r­ ganizar la colonia. C ie rta m e n te en épocas tard ías sabem os de la ex isten ­ cia de decretos fu n d acio n ales, cuyo c o n te n id o reflejab a to d o ese tipo de estip u lacio n es de c arácter o rg a n izati­ vo. C onserv am o s, en e fecto , las n o r­ m as f u n d a c io n a le s de E p id a m n o (Tuc. 1,27), H era cle a (T ue. III, 92/3), T u rio s (D iod. X II, 10), así com o los d ec reto s em an ad o s p a ra B rea y N a u ­ p acto y el d o cu m en to relativo a Cor- cira, M elania o N igra (Syll 933 1.9 ss. y n. 12). P ero nada de esto se refiere a la época de los com ienzos de la co ­ lonización, pues son todos m uy p o ste ­ rio res, cuando este sistem a estab a a m p liam en te ex p erim en ta d o .

P arece lógico su p o n er que difícil­ m en te se p o d rían dictar n orm as fijas

y m inuciosas cuan d o existía un ab so ­ luto desconocim iento de los lugares y gentes e n tre los que se iban a asen tar. Q uizá se dieran al oikistés unas d irec­ trices generales susceptibles de m o d i­ ficarse según las circunstancias, aco r­ dán d o sele a aq u él, en to d o caso, una capacidad de m a n io b ra y una am pli­ tu d de p o d eres m uy con sid erab les, p o r un p erío d o in d eterm in a d o .

T ales p o d eres e ra n , desde luego, m uy grandes aún en é p o ca clásica, co­ m o sabem os p o r la fundación a te n ie n ­ se de B rea, en T racia, en el siglo V. Su oikistés, D em o clid es, estab a en c a r­ g ado sobre to d o de c o n tro la r el esta ­ blecim iento de colonos, ay udado po r 30 geonom os, p a ra las ta re a s de con­ feccionar los lo tes de tie rra , y de 10

apoikistai, encargados de d istrib u ir­

los. A la p a r, in tro d u ciría y p o n d ría en m archa las instituciones con que debía regirse la c iu d ad , p e ro , finaliza­ do todo ello, D em oclides debía vol­ ver a A ten a s. El caso de T u rio s es sim ilar y tam b ién su oikistés, L am ­ p ó n , tenía la obligación de reg resar a la m etró p o li.

Ig n o ram o s, sin em b arg o , si los

oikistai de la ép oca arcaica ten ían el

m ism o d e b e r de re g re sa r, u n a vez cum plida su m isión, o si se les d ejab a m ayor am plitud de p e rm a n e n c ia, in ­ cluso vitalicia. E sta in c e rtid u m b re se ex tiende a aspectos ta n im p o rtan tes com o la d istribución de la tie rra , có­ m o se confeccionaban los lo tes, qué extensión te n ían , de qué fo rm a se dis­ trib u ían , e tc ., m ecanism os que se nos ocultan en gran m ed id a, incluso en el pro p io m u n d o de las ciu d ad es en los albores de la época arcaica. E n los siglos V y V I, sin em b arg o , el prin ci­ pio aplicado era el de igualdad. (Plat.

Ley. V. 745 C): la v en ta u lte rio r de

los lotes asignados o rig in alm en te no estab a p erm itid a en épocas antiguas, según confirm an A ristó teles {Polit. 1319 A 10 ss.) y P latón ( Le y V 740 B ss.; 741 C ). T am p o co estab a p erm iti­ do el regreso de los colonos a la m e­ tró p o li, sólo posible cuan d o se h u b ie­

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16 Akal Historia del Mundo Antiguo

ra d e jad o algún «enlace» u « hom bre p u e n te» , com o un hijo o un h e rm an o

(IG. IX 1, 334 1.6 ss.).

E n realid ad , la m ism a e stru ctu ra política de las ciudades de aquel tiem ­ p o , especialm ente en el siglo V III, no es a p ta p ara su p o n er en ella tal ca p a ­ cidad de dirigism o, m áxim e ten ien d o en cu en ta la inexistencia de ex p e rie n ­ cias previas. Sólo an d an d o el tie m p o , cuando las poleis h u b ieran consegui­ do ellas m ism as un m ayor grad o de m ad u rez y solidez políticas y tras ad ­ qu irir conocim ientos m ás p ro fu n d o s de las tierras a colonizar, e starían en condiciones de in te n ta r d e tallar un plan de actuación an te la ev en tu al planificación de una apoikia. L a evo­ lución política de las m etrópolis sería, p o r ta n to , la en cargada de ir d ictando

la introducción de nuevos aspectos, de m atizaciones que en un p rim er m o m e n to eran im posibles d e prev er. R e su lta , pues, an acrónico tra sp o n e r situaciones conocidas de los siglos V y IV a los an terio res. E s im pensable que la polis de la p rim e ra m itad del siglo V IH tu v iera capacidad p a ra ello.

Se suele d ecir con frecuencia (H e rm a n n , B erve, e tc .) que el envío de u n a colonia ib a p reced id o de una consulta a los oráculos y, esp ecial­ m e n te , al A p o lo D élfico (o al de Dí- dim a en el caso de M ileto y o tras p o ­ leis m inorasiáticas). E l p rim er te sti­ m onio fiable de ello es el efectu ad o p o r D o ñ e o (H eró d . V , 42) a finales del siglo V I. La au ten ticid ad histórica de o tro s, cuya existencia d an cuenta las fu en tes, han sido p u esto s en d uda

Kylix de Laconia

(550 a.C.) Biblioteca Nacional, París

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p o r la crítica m o d ern a , rech azad o s en base a argum entos filológicos. Y a E . M ey er (G eschichte des A ltertu m s, III, p. 413) afirm aba que tales oráculos h a b ía n sido confeccio n ad o s en su m ay o ría en o rd en al destino p o ste rio r de las colonias.

D e to d as m an eras p arece in v e ro ­ símil que tales consultas previas se efe c tu a ra n en los m om entos iniciales del m ovim iento pues sólo cuan d o el sacerdocio del A p o lo D élfico se co n ­ solidó, p u d o asp irar a p o d e r an im a r o desaconsejar una em presa. Con el tiem ­ po, en efecto, irían reuniendo gran can­ tid a d de co nocim ientos geográficos, utilizados p a ra d ar indicaciones p re c i­ sas a los fu tu ro s colonos q u e acu d ían a D elfo s, p e ro esto sólo sería posible en eta p a s avanzadas de la colonización.

3. Relaciones

metrópoli-colonia

C ondiciones básicas de la polis m ad re p a ra p ro m o v er una colonia era n la au to n o m ía y a u tarq u ía. T ales c a ra c te ­ rísticas, m ás la in d ep e n d en cia de la m e tró p o li, d efin en asim ism o a la

apoikia. Se tra ta , pues, de un estad o

to ta lm e n te nuevo e in d e p e n d ie n te cuya au to afirm ació n se realiza en un m edio e x tran je ro .

P recisam en te p o r este c ará cter de la apoikia com o la fundación n u e ­ va de una polis in d e p e n d ie n te , los co ­ lonos — apoikoi— p erd ían el d erech o de ciu d ad an ía en su ciudad o rig in aria, p asan d o a disfru tar tan sólo del d e ri­ vado de la ciudad recién fu n d ad a. P recisam en te en ello reside la d ife ­ rencia esencial en tre estas colonias a r­ caicas griegas y o tras form as p o ste rio ­ res de colonización, cuales fu e ro n , p o r e je m p lo , d e n tro del m u n d o g rie­ go, las cleruquías, d esarro llad as p o r A te n a s com o m edio de am pliar su es­ fera de influencia a la p ar política y económ ica. E n este sistem a, los cleru- cos aten ien ses no p erd ían su c iu d a d a ­ nía originaria al traslad arse a las cle­

ruquías. Lo m ism o cabe decir de otra s form as de colonización llevadas a cabo p o r pueblos d istintos, com o los fenicios o incluso los rom anos. T am p o co en estos casos los p artici­ pan tes en tales em p resas esta b a n o bli­ gados a a b a n d o n a r su calidad de m iem bros de la co m u n id ad en la que nacieron. E n esas circunstancias, la colonia no p o d ía ser co n sid erad a co­ m o p atria de sus p o b la d o re s, m ien tras q u e las fundaciones coloniales de la época arcaica griega sí co n stitu y ero n la p a tria —patris— de sus h ab itan tes.

N o o b sta n te la in d e p e n d e n c ia política de la apoikia, ésta constituía u n a fuente de gloria — u n a «cuestión de prestigio», no de p o d e r— p a ra su m etrópoli (Tue. I, 34). E xisten algu­ nas contadísim as excepciones a esta regla general. A sí, las fundaciones tard ías de la tiran ía co rin tia e fectu a­ das com o m edio de am p liar y fo rta le ­ cer su esfera de influencia p erso n al, d o n d e p o d ría h ab larse de la existen­ cia de un «vasallaje» político de las colonias resp ecto a la m etró p o li o los asen tam ien to s establecidos p o r M as­ salia d e n tro de su ám b ito de in flu en ­ cia. A este m ism o p ro p ó sito se h a ci­ ta d o con frecuencia el caso de Sínope y sus colonias. E stas co n stitu irían , en opin ió n de algunos, ejem p lo s de d e­ p en d en cia política resp ecto a su m e­ tró p o li, S ín o p e, p o rq u e le pagaban unos trib u to s, si bien a testig u ad o s so­ lam ente en el siglo IV, cu an d o Je n o ­ fonte supo de ellos (A n á b . V , 5). T a ­ les a p o rtacio n es d e b en en te n d e rse co­ m o resp u esta al usufructo de la tierra colonial, cuya p ro p ied ad d e te n ta b a en últim o térm ino la m etró p o li. No o b sta n te , en el caso de S ín o p e, no p a­ rece que rev elara una d ep en d en cia estrictam e n te política resp ecto a ésta, sino que se tra ta b a de com unidades au tó n o m as e in d e p e n d ie n te s a todos los dem ás efectos (cf. F. G esch n itrer,

A b h à n g ig e Orte, p. 97).

A sí pues, la relación n o rm al me- tró p o li-apoikia era , com o re p e tid a ­ m en te p o n e n de m anifiesto nuestras

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fuentes, de índole moral (cf. Plat.

Leyes VI 754 A .B ; Polib. XII 9, 3;

H ero d . III, 19; V II, 51; Tue. I, 38), com parada con frecuencia, a la exis­ te n te entre padres e hijos. La viola­ ción de este principio de respeto y aprecio de la m etrópoli era objeto de un desprecio y vituperio generaliza­ dos (cf. H erod. V II, 51; V III, 22; Tue. V , 106, 1).

La causa de la separación fáctica en tre m etrópoli y colonia hay que buscarla no tanto en las dificultades inherentes a los viajes marítim os de la época — que im posibilitarían una p ar­ ticipación activa de la m etrópoli en la vida de la apoikia, tendente a su con­ trol— , cuando en el tradicional e in­ veterado individualismo político, con­ sustancial a la polis, que había evita­ do así, de m anera consciente, en la m etrópoli un dominio efectivo sobre la colonia. Por otra parte, cabe apun­ ta r ahora una cuestión que será deba­ tida más tarde, a saber, que no todas las apoikias fueron el resultado de una em presa organizada por el E sta­ do sino que tam bién ocupó en la colo­ nización un lugar nada desdeñable la iniciativa privada.

D entro de estos vínculos m orales existentes entre E stado fundador y colonia se inserta el aspecto religioso que ya hemos m encionado más arri­ ba. La colonia tenía en su Pryta- neion el fuego sagrado, traído por los

apoikoi, estaba bajo la advocación de los dioses estatales m etropolitanos y enviaba delegados especiales y ofrendas a su polis originaria con oca­ sión de las fiestas m ayores de esta ciudad. Puesto que se tratab a de una relación recíproca, la m etrópoli hacía lo propio con la colonia, a cuyos en ­ viados para participar en las solem ni­ dades religiosas se les reservaban de ordinario localidades especiales. Este puesto de honor otorgado a los dioses patrios no excluía en absoluto el que en la colonia pudieran desarrollarse otros cultos, surgidos las m ás de las veces de una adopción bajo formas

griegas de antiguas divinidades au tó c­ tonas, cuyos rasgos p re se n ta ra n con­ notaciones sim ilares a las d ete n ta d a s p o r deidades griegas.

C uando una apoikia p re ten d ía fundar a su vez una colonia — hecho frecuente en tre las apoikias griegas— , se acostum braba a solicitar a la m e­ trópoli el envío de un oikistés para dirigir la nueva em presa (Tue. I, 24, 2).

Igualm ente, constituye una ex­ presión de la existencia de estos lazos inm ateriales el hecho de que las colo­ nias pudieran esp erar ayuda de sus m etrópolis en caso de n ecesidad, h e­ cho éste invocado cuando la ocasión lo requería (así el caso de Siracusa que cuatro siglos después de su fun­ dación pidió auxilio a C o rin to , esgri­ m iendo el argum ento de ser colonia corintia). E llo, sin em b arg o , no im pli­ caba que cada vez que una colonia en trab a en conflicto con o tra ciudad c poder político, interviniera la m e tró ­ poli. N um erosísim os ejem plos confir­ m an, por el co n trario , que las colo­ nias, como polis in d ep en d ien tes que eran , dilucidaban ellas solas sus p ro ­ blem as. Las m etrópolis, en definitiva, tenían sus propias dificultades y e sta ­ ban lo suficientem ente distantes com o para p re p a ra r expediciones m ilitares u ltra m a rin a s fre c u e n tes . H ay que aducir, adem ás, que colonia y m e tró ­ poli no tenían n ecesariam ente los j

mismos amigos y enem igos, por lo cual la política exterior de una y otra no siem pre era coincidente.

Los vínculos en tre m etrópoli y colonia se extendían asim ism o a otros cam pos. U no de los más significativos es el institucional.

N orm alm ente, y com o era lógico en la dinám ica de las fundaciones co ­ loniales, la apoikia solía a d o p ta r las instituciones políticas vigentes en su m etrópoli. A unque tam poco sabem os cómo se efectuaba su im plantación, es, en todo caso, n atu ral que se re ­ produjeran en el nuevo asen tam ien to las prácticas con las que estab an fam i­ liarizados los propios colonos. No

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La colonización griega

o b sta n te , las instituciones coloniales no ten ían que ser idénticas en to d o s y cad a uno de sus aspectos a las m e tro ­ p o litan as. Las condiciones sociales y am b ien tales de la colonia diferían de las de su m etró p o li y era a esta re a li­ d ad n ueva a la q u e h o m b res e in stitu ­ ciones deb ían a d a p ta rse . P o r e je m ­ p lo , la m o n arq u ía im p lan ta d a en T a ­ re n to , la única colonia de E sp a rta en la M agna G recia, no co m p artía el ra s­ go, a su vez anóm alo en el m undo griego, de una m o n arq u ía dúplice, es d ecir, que el p o d e r lo d e te n ta ra n dos reyes en vez de u n o solo, com o e ra lo h a b itu al. A sí, la ta re n tin a era una m o n a rq u ía individual p ero m o n arq u ía al fin, la m ism a institución q u e la de su m etrópoli. Y el efo ra d o , in stitu ­ ción típicam ente esp a rta n a , era ta m ­ bién conocido en T a re n to p u esto que fue im p lan tad o en H era cle a, colonia ta re n tin a .

A sim ism o, las innovaciones polí­ ticas que ap areciero n en las colonias en c o n tra b a n eco no sólo en el ám b i­ to m e tro p o lita n o , sino en el m undo griego en general. E n este sen tid o , el caso que suele aducirse n o rm alm en te es el de los legisladores, figura de te m p ra n a aparición en las colonias. Las leyes de Z alenco de L ocros (en la M agna G recia) o C aro n d as de C ata n a (en Sicilia) fueron im itadas p o r los griegos del continente.

E stas influencias se en m a rc a n d e n tro de la co rrien te cultural e sta ­ blecida en tre el ám bito griego y el íta ­ lo-siciliano, una vez iniciada la coloni­ zación. Las colonias, en efecto, p ro ­ longaron en su suelo aspectos com o la escritu ra o la lengua, vehículos cu ltu ­ rales básicos y no podía ser de o tro modo. Los colonos siguieron escribien­ do y h a b lan d o com o lo hacían en sus ciu d a d e s de o rig e n , p e rp e tu á n d o se e n tre sus d escen d ien tes tales h áb ito s.

P uede decirse en resu m en , que las relaciones en tre m etrópoli y colo­ nia fueron n o rm alm en te b u en as, flo­ recien tes y en riq u eced o ras. La co lo ­ nia siguió en cierta m edida las p autas

de la m etrópoli co rre sp o n d ie n te pero d e n tro de un m arco de en o rm e lib e r­ ta d , do n d e el nuevo ám bito geográfi­ co, económ ico y sociológico de la co­ lonia fue decisivo en el u lte rio r d esa­ rrollo de ésta. A sí, su característica básica de in d ep e n d en cia se d em o stró eficaz, pues la lib era b a de to d o cons­ tr e ñ im ie n to , d e já n d o la a b ie r ta a cu an tas influencias b e n eficiarían su crecim iento y fo rtalecim ien to . D e ahí la distinta evolución de unas y otras.

4. Relaciones con

indígenas

La p rim era p untualización que d e b e ­ m os form ular es la necesidad de evi­ ta r las g eneralizaciones, p u es las si­ tuaciones que se p re se n ta ro n a los co­ lonizadores griegos en territo rio s tan diferenciados com o los afectados por el m ovim iento co lo n izad o r griego, fu ero n variopintas. P a ra ello, basta co n sid erar las zonas afectad as p o r él en la época arcaica, a lo largo de sus dos fases: M agna G recia, Sicilia, N o r­ te del E g eo , M ar N egro y M e d ite rrá ­ neo occidental.

M e p arece, p o r ta n to , m ás o p o r­ tu n o ir estu d ián d o las con fo rm e se vayan viendo los efectos co lonizado­ res en cada una de ellas. D igam os, a h o ra , no o b sta n te , que la p o stu ra a d o p ta d a por los d iferen tes pueblos indígenas an te la p resen cia griega — condicionada a su vez por la distinta cohesión in tern a y fo rtaleza n u m éri­ ca, política, económ ica y cultural de los d iferen tes grupos tribales— , fue el factor decisivo: si p re se n ta b a n resis­ tencia h u b iero n de so m eterlo s po r la fuerza — con consecuencias asim ism o distintas, pues o se re tira b a n hacia el in terio r o q u ed ab an reducidos a una situación cercana a la esclavitud— . Si to lerab a n , por el c o n trario , el ase n ta ­ m iento de los núcleos griegos, e n to n ­ ces se establecían con m ás o m enos rapidez unas relaciones beneficiosas para am bos. La arq u eo lo g ía es, en es­

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20 A kal Historia del Mundo Antiguo

te aspecto, nuestra fuente de conoci­ m ien to más eficaz, pues sólo las exca­ vaciones nos perm iten un conoci­ m ien to detallado de asentam ientos griegos e indígenas, posibilitando así un estudio de las condiciones de vida, influencias artísticas, corrientes co­ m erciale s, dimensiones, dotaciones u rb an a s e infraestructura, grado de p e n e tr a c ió n de influjos fo rá n e o s — griegos— entre los indígenas y a la inversa, etc. Las fuentes escritas sue­ len circunscribirse a describir la reac­ ción de los grupos autóctonos ante la p resencia griega y, en todo caso, al resu ltad o final, es decir, cóm o quedó

la situación una vez consolidado el asentam iento griego.

Naturalmente — y dados los condi­ cionantes mencionados— nuestra infor­ m ación en este p u n to difiere e n o rm e ­ m ente de unas regiones a o tras. Z o ­ nas como Sicilia y la M agna G recia que se han beneficiado de un estudio arqueológico sistem ático nos resu ltan mucho m ejor conocidas que o tras p a ­ ra las que faltan excavaciones. A sí, el m undo de las colonias griegas rib e re ­ ñas del M ar N egro p o d em o s p e rc ib ir­ lo, en sus detalles, con m ucha m ayor dificultad, al carecer de u n a investiga­ ción arqueológica tan exhaustiva.

Taza ática con representación de un

carro y dos esfinges

(Segunda mitad dei siglo VI a.C.) Museo de Corinío

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III. Oleadas colonizadoras

L a so rp re n d e n te colonización griega de la épo ca arcaica no fue un m ovi­ m ien to caren te de p re c ed en tes. Las fu en tes escritas y la arq u eo lo g ía nos rev elan que en p erío d o s a n te rio re s se d ie ro n , en efecto, traslados de p o b la ­ ción de idénticas características al e fe c tu a d o p o s te rio rm e n te , si bien b a jo unos co n dicionantes diferentes: causalidad d istinta, m en o res co n tin ­ g entes num éricos, e tc ., y zonas asi­ m ism o m ás restringidas, en cu an to que tan sólo se av en tu ra ro n hacia la costa anatólica y las islas próxim as.

E . B lu m en th al, que se ha o c u p a­ do m onográficam ente de esta coloni­ zación te m p ran a (ver b ibliografía), distin g u e, al o b serv ar la colonización griega, en general h asta la época clá­ sica, tres etapas: la p rim e ra, co rre s­ p o n d ie n te a las navegaciones e fe c tu a ­ das en plena época m icénica, en tre 1400-1200; la segunda o le a d a , en la cual se realizaron asen tam ie n to s en las zonas citadas — costa an atólica e islas— y que co m p ren d e los siglos oscuros subsiguientes a la d e sa p a ri­ ción del m undo m icénico (1100-900 a. J. C .); la te rcera co n stitu id a p o r la gran colonización griega de época a r­ caica (siglos VIII-Vl).

A éstas pod ían añadirse todavía o tro s dos perío d o s — clásico y hele n ís­ tico— en que tam b ién se fu n d aro n co lo n ias, si bien b ajo distintas m an i­

festaciones y con un sen tid o d ife re n ­ ciado de los an terio res.

E s com petencia de este estudio tan sólo la e tap a c e n tra l, co rre sp o n ­ d ien te a la te rce ra o lead a. D e las an­ terio res d irem os, a grandes trazos, que en la p rim era o lead a sólo p uede h ab larse de creación de a u tén tico s es­ ta b le c im ie n to s g rieg o s — a q u e o s— fu era de G recia, en dos casos: M ileto y C olofón. El p rim ero co rresp o n d ería a uno de esos p orts o f trade de que hem os h a b lad o , explicado en el co n ­ texto de la actividad económ ica m icé­ nica y com o tal, resp etad o p o r la p o ­ tencia d o m in an te en A n a to lia e n to n ­ ces, es decir, los hititas. L os griegos acudirían allí en busca de m aterias prim as, situándose en un lugar p e r­ fe ctam en te adecu ad o p ara sus fines: no sólo tenía un estu p e n d o p u e rto , trip le , sino tie rra suficiente para au- to ab astecerse. E ste estab lecim ien to , del siglo XIV. sustituiría a o tro , p o ­ blado con gentes p ro c e d e n te s de C re ­ ta llegadas en to rn o al 1600.

P or lo dem ás, la influencia grie­ ga, m icénica, conoció una en o rm e ex­ p ansión en el M e d ite rrá n e o , d ado el am plio ám bito geográfico p o r el que se m ovieron los m icénicos.

E n el tran scu rso de la segunda o lead a arrib a m en cio n ad a, se p ro d u jo la colonización del litoral occidental m inorasiático. Sin e m b arg o , tam poco

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22 Akal Historia del Mundo Antiguo

aquí se p o d ría h ab la r stricto sensu de colonización, sino m ás bien de la ú lti­ m a fase de estos m ovim ientos de p u e ­ blos, característicos de la E d ad O scu­ ra, que co n d u je ro n al asentam iento en su solar definitivo de diferentes grupos tribales griegos. E stos, por o tra p a rte , h an sido o b jeto de un in­ terés en o rm e p o r la investigación his­ tó rica, lingüística, e tc ., dado el tem ­ p ran o florecim iento alcanzado p o r Jo- nia, c o n v ertid a en la cuna del pen sa­ m iento y la ciencia griegas.

P o r lo que a la tercera oleada se refiere, direm os en p rim er lugar que las zonas de d esarro llo de esta m agní­ fica expansión difieren de las elegidas a n te rio rm e n te. L a razón fundam ental para ello fue política: no es que no existieran m ás lugares disponibles en la costa an ató lica en el E geo o rien tal, sino que las relaciones de fuerzas p re ­ sentes entonces cuan d o se inició el m ovim iento — en especial la ascen­ d ien te p u ja n z a del Im perio asirio— , aconsejaban to m ar nuevos rum bos. Y estos estarían dictados o condiciona­ dos p o r la ausencia de poderes políti­ cos fu ertes que p u d ieran obstaculizar la instalación de los asentam ientos.

C abría h a b lar de otra cuestión previa: la de si hubo una precoloniza- ción o no, en el M ed iterrán e o occi­ dental sobre to d o . D a r una respuesta taxativa que zan je toda diatriba es im posible, d ado el estado de n uestras fuentes. A sí que sólo podem os asir­ nos a la in te rp re ta ció n de los datos arqueológicos y a la inducción de p ro ­ babilidades

Es ev id en te que los griegos te ­ nían ciertos conocim ientos de las p o ­ sibilidades ofrecidas p o r el O ccidente m e d ite rrá n e o . L a p ro p ia Odisea, con la n arración de los viajes de su p ro ta ­ gonista, es un buen testim onio de ello, por m ás que la leyenda o scurez­ ca hasta hacerla irreconocible, la v er­ dad histórica. Los hallazgos a rq u e o ló ­ gicos, no o b sta n te , nos confirm an el hecho, pues se han enco n trad o o b je ­ tos m icénicos en distintos puntos del

Sur de Italia y Sicilia, adem ás de en las islas L ípari e Ischia. Su cuantía num érica es ciertam en te escasa y, aunque no autorice a h ab lar de una presencia estable de griegos m icéni­ cos en aquellos lugares, sí ejem plifi­ can la existencia de relaciones en tre am bas zonas del M ed iterrán eo .

D e n tro de este gran m ovim iento colonizador pued en diferenciarse dos etapas en base a la disparidad de las zonas colonizadas en uno y o tro m o ­ m ento cronológico, a las ciudades com prom etidas en las distintas em ­ presas y a los objetivos perseguidos.

1. Primera fase (mediados

siglo Vlil-mediados siglo

VII)

C o rresp o n d e a aquélla cuyas causas hem os tratad o de analizar al princi­ pio. Su finalidad era , com o hem os visto, la consecución de nuevas tierras de labor d onde asen tar a unos grupos de población excedentarios.

G eográficam ente la p a rte afecta­ da fue Sicilia y Sur de Italia, cuyos asentam ientos en u m erarem o s en el ap a rta d o siguiente (IV -Z onas de E x ­ pansión).

En cuanto a las ciudades griegas p articip an tes en esta fase p rim era, las protagonistas indiscutibles fueron las dos poleis eubeas: Calcis y E re tria , adem ás de las ubicadas en el Istm o, C o rin to especialm ente y M égara. En m en o r m edida, lo hicieron tam bién, algo m ás tard e, otros com o los pelo- ponesios y locrios a los que hay que su m a r los p ro ce d e n tes de apoikías que ad o p taro n p ro n to el papel de m e­ trópolis.

A l tocar este punto y percibir la práctica m onopolización de algunas áreas realizada por determ inadas ciu­ dad es surge una interesante cuestión, a sa b er, en qué m edida puede h a b lar­ se de em presas corintias, m egarenses, e tc ., form adas con sus propios ciuda­ d an o s o si es necesario considerarlas

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m ás bien com o «agentes» co lo n izad o ­ res, encargados de o rg an izar la em i­ gración p ro ced e n te de to d a un área.

P o d ría pen sarse q u e las poleis m e n cio n ad as, po r su situación g eo ­ gráfica — insulares unas, en u n a e stre ­ cha fra n ja de te rre n o las otra s— q u i­ zá acusaran la falta de tierras y la p re ­ sión dem ográfica de m odo m ás acu ­ cian te que otras no p articip an tes en esta p rim era fase de la gran co loniza­ ción, p ero si se co n tem p lan las d isp o ­ n ibilidades de o tras m uchas poleis griegas se llega a la conclusión de que no ten ía n ecesariam en te que ser así. A d e m á s, no se ve bien cóm o u n a sola ciu d ad , aun p resu p o n ié n d o le una n u ­ m e ro sa población e x c e d en taria , podía su m in istrar tan to s colonos y en tan c o rto espacio de tiem po. E s claro, pu es, que sólo es explicable en el se­ g un d o su p u esto , si actu ab a de o rg an i­ z a d o ra , encauzando los excedentes hu m an o s, o los que v o lu n tariam e n te q uisieran em igrar, de áreas m ás am ­ plias. E ste p ro ceso , que se nos an to ja e v id en te, no se e n c u e n tra , sin e m b a r­ go, atestig u ad o po r las fu en tes, de su erte que ningún referen cia escrita p u ed e sancionarlo ni tam poco nos sir­ ven o tro tipo de testim onios.

2. Segunda fase (mediados

siglo VH-mediados siglo

VI)

Las características m ás d estacad as de ésta son la en o rm e am pliación g eo ­ gráfica del m ovim iento, alcanzando el e x trem o occidental del M e d ite rrá n e o , con los puestos in term ed io s c o rres­ p o n d ien te s, y la m ayor varied ad de e stad o s p articip an tes.

A sí, en efecto, se registra la fun­ dación de enclaves griegos en toda la costa m ed ite rrá n ea — Sur de G alia, li­ to ral o rien tal de la P enínsula Ibérica, E g ip to , región de la P ro p ó n tid e y los E strech o s y zona n o rte del E g e o — , a lo que se añ ade la colonización de las rib eras del P onto E uxino.

En esta e ta p a p artic ip aro n de m a n era efectiva las ciudades grie­ gas m inorasiáticas e isleñas. M ileto m onopolizó la expansión hacia el M ar N eg ro , m ientras que F ó cea se en ca­ m inó en dirección o p u e sta , hacia el O ccidente M e d ite rrá n e o , com o ta m ­ bién lo h icieron, según la trad ició n , los sam ios. C reten ses y rodios co lab o ­ ra ro n en el afian zam ien to de la p re ­ sencia griega en Sicilia con la fu n d a­ ción de G ela, a com ienzos del siglo VI. A todo ello, se añ a d e el u lterio r d esarro llo de las tareas colonizadoras en la M agna G recia y Sicilia en gran p a rte logrado gracias a las prim eras colonias, q u e, com o ya se ha dicho, co m en zaro n m uy p ro n to este d esd o ­ b lam ien to , co n tin u ad o en esta fase y llevado a cabo no sin conflictos.

A esta en o rm e am pliación del m undo griego co lab o ró en no poca m edida la o p erativ id ad del tan lleva­ do y traíd o facto r com ercial. N o es que la colonización cam b iara de ca­ rá c te r, pues verem os cóm o la b ú sq u e­ da de tierras aptas p a ra la agricultura seguía siendo un elem en to fu n d a m e n ­ tal, sino que los in tereses com erciales h a rán tam b ién acto de p resen cia, m o ­ tivados por la a p e rtu ra y explotación de nuevas zonas con el subsiguiente a u m en to en las relaciones e n tre am ­ bas p artes del m undo griego. A su vez, esto servirá de m o to r p a ra n u e­ vas fundaciones en lugares e stra té g i­ cos, si bien su p ro p ia n atu ra le z a d e­ term in aría sus d im en sio n es, m ás re ­ ducidas, y su m en o r im p o rtan cia n u ­ m érica.

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