Problemas epistemológicos y teóricos en torno al género
II. 1. Genealogía de los discursos de la historia
[1] Las crónicas y su relación problemática con las series histórica y literaria
Este capítulo tiene como objetivo establecer precisiones de orden teórico para el análisis de las crónicas de Pedro Lemebel y su relación problemática con las series72 (literaria, histórica, social) en las que intervienen.
La necesidad de establecer dichas precisiones surge, por una parte, ante la muy intensa productividad que el género registra en las últimas décadas del siglo XX y la primera del XXI, y por otra, ante la ausencia de una reflexión teórica que aísle o ―despeje‖ esta textualidad de otras que –por su condición no ficcional– están íntimamente vinculadas a ella. La presente investigación postula que las crónicas hispanoamericanas presentan una especificidad que las distingue de otros discursos, agrupados bajo el rótulo algo difuso y homogeneizador de ―textos no ficcionales‖. Asimismo, el marco teórico me permitirá dar cuenta de la especificidad de Lemebel dentro de los sistemas a los que pertenece y al mismo tiempo modifica.
El género crónica se encuentra desde sus inicios conectado a los discursos de la Historia. Esa conexión –visible desde la morfología del término– es compleja y será analizada teniendo en cuenta los elementos en común (su propósito de registro, su
72Empleo aquí el término ―series‖ e
n el sentido preciso que le dio el teórico ruso Iuri Tinianov (1927), artículo que será citado y analizado en el transcurso de la investigación. La correlación de la literatura con las series histórica, lingüística, social es ineludible para pensar su propia naturaleza dado que la literatura es un sistema en permanente tensión: ―el estudio de los géneros es imposible fuera del sistema en el cual y con el cual están en correlación. [...] En rigor, no se consideran jamás los fenómenos literarios fuera de
objeto de observación, su dimensión temporal) y la relación dialéctica que las confronta y las constituye. Vale decir que ambos registros discursivos permanecen en una mutua interacción; lo cual genera el dinamismo formal del género y también su dificultad de definición.
Para ubicar históricamente el conjunto de problemáticas dentro del cual se sitúa la obra de Pedro Lemebel y el género al cual pertenece, debemos analizar en primer término el campo epistemológico en el que se encuadra la práctica que hoy llamamos ―escribir la historia‖, campo marcado por su heterogeneidad disciplinaria y por los cambios y desplazamientos sufridos a lo largo del siglo XX.
Si bien las relaciones entre la filosofía del lenguaje y la historia –como ―ciencia social‖– no son recientes, no fueron objeto de discusión en el ámbito historiográfico hasta bien avanzado el siglo XX. Dicho campo comienza a conmoverse cuando las disciplinas tradicionalmente consideradas ―históricas‖ son rozadas –o atravesadas, según los casos– por la conciencia del lenguaje. 73 Es decir, cuando los historiadores y los investigadores del campo historiográfico se acercan –en un cruce que será muy productivo– a cuestiones relativas a la filosofía del lenguaje que se encuentran en pleno debate durante los años cincuenta y sesenta. El desarrollo posterior a la indicada inflexión del pensamiento historiográfico occidental, descubre con lucidez inédita los procedimientos y las opciones ideológicas y discursivas de la Modernidad, y en consecuencia, de los discursos historiográficos: sus postulados implícitos, sus modos de producción y de circulación, sus criterios de verdad, sus mecanismos de control internos y externos. A continuación haré un breve recorrido por los comienzos de este debate.
73La ―consciencia del lenguaje‖ es un término acuñado por el teórico de origen búlgaro Tzvetan Todorov, quien ha reflexionado desde los años 60 sobre la complejidad del discurso literario. Sus desarrollos se destacan en el ámbito de la teoría literaria por haber señalado tempranamente la polisemia del término
―verosímil‖, el cual alude tanto a la ley interna de cada género literario como a la relación entre éste y el discurso más ―general y difuso‖, según sus términos, que llamamos ―opinión corriente‖ o ―sentido común‖. Vale decir que lo literario no solamente se rige por sus propias leyes internas, sino también por el vínculo complejo con los discursos sociales y lo que en ellos ―circula como verdadero‖ (Todorov 1970:
Ya antes de promediar el siglo XX tenía carta de ciudadanía en el mundo académico un saber nuevo, que entrecruzaba cuestiones y objetos de análisis de disciplinas humanas ya existentes. La creación del Journal of the History of Ideas 74 en 1940, primera revista que se dedicó a estos estudios, puede ser considerada un punto de inflexión que dio comienzo a lo que será llamado, unos veinte años después, el ―giro lingüístico‖. Remontándonos todavía más atrás en el tiempo, es ineludible la mención de Wilhelm Dilthey (1833-1911) quien a fines del siglo XIX y comienzos del XX promovió una ciencia subjetiva de las humanidades (Geisteswissenschaften). Según Dilthey, los estudios humanos subjetivos (que incluyen, por ejemplo, derecho, religión, arte e historia) deberían centrarse en una ―realidad histórica-social-humana‖. Afirmando que el estudio de las ciencias humanas supone la interacción de la experiencia personal y el entendimiento reflexivo de esa experiencia, Dilthey ―descubre‖ y coloca en el centro de la escena epistemológica el fenómeno de la comprensión: en las ciencias humanas el hombre es parte del objeto de estudio, por lo tanto, está comprendido en el fenómeno que observa. 75
Esa comprensión es decisiva, porque implica la conciencia de que hay un punto de vista en los saberes en general, y en las ciencias humanas en particular. Y lo más revolucionario de este descubrimiento es la consecuencia inmediata: el punto de vista,
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Publicación que continúa editándose en la actualidad, a cargo de la University of Pennsylvania Press. 75
Ver el muy esclarecedor ensayo de Walter Mignolo: Teoría del texto e interpretación de textos,
especialmente el capítulo primero: ―Comprensión hermenéutica y comprensión teórica‖, México, UσAM,
1986. La primera es una actividad específica de las ciencias humanas y sociales, y su contenido diferencial es que en ella el sujeto del análisis está comprendido en el campo problemático siendo, por lo tanto, parte del objeto estudiado. La comprensión teórica –que se da tanto en el paradigma científico experimental como en el social– implica una tendencia hacia la explanación sin excluir, desde luego, el fenómeno de la comprensión que afecta a todo estudio disciplinar. El desafío al que se enfrentaba Dilthey consistía, por una parte, en no ceder al vértigo del subjetivismo, y por otra en tratar de desembarazarse de las ilusiones del positivismo, sin anular por ello toda idea de verdad y aceptar como una fatalidad la disolución de la razón histórica. Esta reelaboración de Mignolo obedece al hecho de que el dilema planteado por Dilthey entre comprensión (Verstehen) y explanación (Erklären) hoy ya no puede sostenerse por cuanto sabemos que en las ciencias sociales hay explanación y en las ciencias experimentales y naturales o exactas hay también un grado inevitable de comprensión. No obstante, la inquietud de Dilthey permanece vigente en nuestra reflexión epistemológica, por cuanto las operaciones de comprensión y explanación siguen siendo heterogéneas y producen efectos diferenciales en las
lejos de ser ajeno al objeto de estudio, forma parte de él, es uno de sus aspectos. Las ciencias humanas, por lo tanto, se construyen en una dialéctica de identificación y diferencia del sujeto con el objeto observado.
De este modo comienza a gestarse una verdadera revolución epistemológica que tendrá consecuencias en el método y en el producto de la investigación histórica, porque las condiciones de producción de los discursos pasan a ser objeto del trabajo científico.76 Dentro de este campo, y tal vez diríamos mejor, como elemento clave de estas problemáticas, debemos considerar la enorme cuestión de la construcción de la verdad en las disciplinas (humanísticas o exactas, puras o aplicadas). En este terreno, resbaladizo y muy polémico, ha descollado Michel Foucault quien, en la línea de pensamiento inaugurada por Friedrich Nietzsche en el siglo XIX, analiza los postulados de la Historia (―la Historia de los historiadores‖ en sus términos) en vínculo problemático con la Voluntad de Verdad que esos postulados promueven y al mismo tiempo ocultan, por cuanto la Voluntad de Verdad aparece siempre enmascarada. Este nuevo conjunto de problemas encontrará cauce en un campo disciplinario inédito, que será ejercido en los bordes de la filosofía, la lingüística, la antropología y la historia, campo que tendrá a Michel Foucault como protagonista: la arqueología del saber.
El trabajo arqueológico de Michel Foucault comienza a cristalizar en 1963, con su libro Nacimiento de la clínica, en el que define claramente lo que concentrará su atención: la articulación del lenguaje médico y de su objeto. En el Prefacio, anticipa la gran hipótesis que dominará su investigación: ―Ha cambiado la configuración sorda en
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En esta línea de pensamiento tampoco podemos olvidar a Max Weber, Benedetto Croce, Karl Huizinga, Ernst Cassirer, por nombrar sólo algunos investigadores quienes en las décadas de 1920 y 1930 realizaron sus análisis teóricos mientras creaban esta disciplina que aún no tiene un nombre único, como lo señala Michel de Certeau: Intellectual History en Estados Unidos, Historia de las Mentalidades en Francia,
Historia del Pensamiento en lo que fue la URSS. Véase a propósito: de Certeau, Michel (1978): La escritura de la historia, México, Universidad Iberoamericana, 2ª edición revisada, 1993. Págs. 42 y ss.
la que se apoya el lenguaje, la relación de situación y de postura, entre el que habla y aquello de lo cual se habla‖ (1963: 3).
Foucault advierte sobre la falsa separación entre el objeto y el sujeto de un saber. Los discursos disciplinares no son inocentes respecto de la selección y el recorte de aquello que tratan: abordan su objeto desde una perspectiva (toda visión es una visión direccionada, como postulaba Friedrich Nietzsche) y por lo tanto el objeto de un saber es también, en alguna medida por lo menos, objeto producido.
Desde luego, el propósito de la Historia como disciplina no se agota en la referencia al pasado, sino que, según los casos, el discurso que la vehiculiza opera sobre la materia tratada: une y suelda las discontinuidades de los acontecimientos, redistribuye las materialidades que observa; pone aparte, clasifica, traza líneas de temporalidad, ordena o reordena, ―aísla‖ un determinado acontecimiento o conjunto de acontecimientos y los introduce en otro sistema, al que también ha construido. En otros términos, no acepta pasivamente –como algo dado– los datos de la realidad, los crea: son efectos de una mirada particularmente dispuesta, sobre una materialidad técnicamente tratada. La Historia, por lo tanto, es una práctica inseparable de su objeto: ―se comprende a sí misma en el conjunto y en la sucesión de producciones, de las cuales ella misma es un efecto‖ (de Certeau 1978: 59). La Historia, entonces, a mediados del siglo XX comienza a realizar su propia arqueología y su propia genealogía, es decir, comienza a mirarse a sí misma, a observar los principios de construcción de su propio edificio disciplinar, y a indagar sobre sus modos de construcción de verdad.
Foucault advierte que el discurso es un lugar en el que se ejercen poderes (1970): el poder de prohibir, el de excluir, e inversamente, el de permitir y legitimar. Una de las estrategias internas de legitimación de los enunciados, y por lo tanto, de construcción de verdad, está dada por el conjunto de elementos que la disciplina
propone con el fin de construirse a sí misma: recorte del objeto, decisión del método, proposiciones verdaderas o axiomas, reglas de validación o criterios de verdad, definiciones generales y específicas, técnicas y métodos de trabajo. Con esta poderosa batería de instrumentos, la disciplina ejerce el control de la producción de enunciados ―verdaderos‖. Como señala Foucault, la disciplina ―rechaza toda teratología del saber‖, es decir, no acepta monstruosidades ni rarezas: para ser verdadero, el discurso debe estar en la verdad. Esto significa que, así como los hechos no pueden ―narrarse solos‖ – siempre hay un enunciador aunque disimule o borre sus huellas– también hay una construcción de la verdad de acuerdo a criterios que la disciplina hace valer como legitimadores del discurso. Por lo tanto, las disciplinas (es en ellas y en sus discursos donde el pensador francés observa el funcionamiento de la Voluntad de Verdad) son parte de la red institucional que controla, selecciona y distribuye la producción, la circulación y la validación de los discursos. Citemos el ejemplo clásico: Galileo Galilei (Pisa, 1564–Arcetri, 1642) postulaba una verdad, la teoría heliocéntrica concebida por Copérnico, la cual era inaceptable en su momento por enfrentar las afirmaciones de una autoridad indiscutida: Aristóteles, sostenida por una institución poderosa: la Iglesia Católica en los siglos XVI y XVII. Discutir el principio de autoridad (que emanaba del autor, no del análisis de sus desarrollos) era impensable e intolerable, y Galileo Galilei –a pesar de las pruebas que presentaba a su favor– tuvo que callarse y recluirse; no conoció en vida la legitimación de sus comprobaciones experimentales a través del telescopio, ni por lo tanto, logró la validación de la teoría copernicana.
Las problemáticas relaciones entre las prácticas de escritura y el objeto de las disciplinas históricas se encuentran –especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX– ante el desafío ineludible de revisar sus presupuestos, sus criterios de verdad, sus opciones discursivas y la naturaleza de su objeto. Uno de los requisitos disciplinares
de la historiografía ha sido durante la Modernidad –y en gran medida sigue siendo– la pretensión de objetividad. Podemos decir, empleando términos de Nietzsche en la Genealogía de la moral, que el discurso de la Historia asume el disfraz de la objetividad y la causalidad para tornarse aceptable. Como hemos señalado, a partir del descubrimiento de Dilthey (el fenómeno de la comprensión), el desarrollo de la historia de las mentalidades, el aporte singular de Walter Benjamin, y a partir de los años 60 con el trabajo arqueológico de Michel Foucault que revaloriza y continúa la labor de Friedrich Nietzsche, la comunidad científica comienza a aceptar que la objetividad es más un imperativo epistemológico que una posibilidad del discurso. En esta línea de comprensión del fenómeno histórico y su relación con lo real se encuentran los trabajos ya mencionados de Hayden White y Michel de Certeau, dos intelectuales que se han dedicado exclusivamente a estas problemáticas, y son referencia obligada en cualquier investigación sobre este campo.
A pesar de sus diferencias teóricas y metodológicas, las investigaciones de los autores contemporáneos que abordaremos en esta tesis han generado y continúan generando en el presente amplios e intensos debates, los cuales han tenido un efecto decisivo durante la segunda mitad del siglo XX y las primeras décadas del XXI sobre nuestro objeto de estudio, a saber: las problemáticas relaciones entre la Historia y la Literatura, o –en términos de Tinianov– entre la serie literaria y la serie histórica.
La primera consecuencia de aquellos debates ha sido desnaturalizar (hacer visible) y poner en el centro de la escena epistemológica la separación entre las palabras y las cosas, en los términos de Foucault. Este problema es tan antiguo –al menos– como la filosofía estoica77, pero mi indagación se centra en el cruce de esa cuestión filosófica
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Ver: Deleuze, Gilles: Lógica del sentido (1969), particularmente las seis primeras series, en las que analiza las dimensiones tradicionales de la proposición (expresión, designación, significación) luego de lo
y la creciente ―conciencia del lenguaje‖ (Todorov 1970) verificada en todas las disciplinas y particularmente en la historiografía a partir de 1940. Este cruce de campos y de problemáticas comienza a cuestionar la concepción convencional de los estudios históricos en relación a su objeto y a sus métodos, y la obliga a examinarse.
Por otra parte, paralelamente a los debates que se dan en el campo académico, la producción de textos históricos –o de contenido convencionalmente vinculado al saber historiográfico– dentro de la serie literaria genera intersecciones con las series vecinas y provoca una singular movilidad del sistema en términos de géneros y categorías tradicionales. Esta movilidad en parte se explica porque en los mencionados textos (cuya denominación –atendiendo sólo a la producción del siglo XX– oscila entre: crónicas, nuevo periodismo o periodismo narrativo, novela-testimonio o no-ficción, entre otras posibilidades) se verifica una tensión no resuelta: se trata de un discurso histórico, es decir, aquél que se propone a sí mismo como un relato fidedigno de los hechos, y al mismo tiempo la posición del sujeto y el empleo del lenguaje –que singularizan la materia tratada– lo acercan a la literatura, o más aún, lo incluyen en el sistema literario.
Esta tensión Historia-Literatura no fue reconocida como objeto de análisis con anterioridad al siglo XX. Todos los historiadores y teóricos de la literatura que tomamos como referencias ineludibles (con sus respectivas distancias históricas y disciplinares, me refiero a: Iuri Tinianov, Ian Mukařovský, Mijaíl Bajtín, Walter Benjamin, Hayden White, Michel de Certeau y Michel Foucault) constituyen piedras angulares en este debate y tienen el mérito de haber planteado y desplegado los problemas inherentes a él. Por lo mismo, sus ideas y categorizaciones han sido sumamente productivas para el desarrollo de la presente investigación, la cual se ubica en la estela de una reflexión
dentro de la tradición filosófica occidental, realiza una genealogía del problema desde sus inicios con la separación entre la realidad y el lenguaje observada por los estoicos en la antigüedad.
epistemológica y cultural que, por cierto, lejos de haber concluido, se encuentra en intensa actividad.
Afirmamos entonces que la crónica es y ha sido desde sus orígenes un discurso atravesado por la hibridez genérica. Algunos autores han reivindicado esa ambigüedad constitutiva como un valor; otros la han considerado un problema a resolver; otros la han negado como si fuera una limitación inaceptable. Pedro Lemebel se encuentra en el primer grupo. Sus siete volúmenes de crónicas resaltan el valor de ser literatura y discurso histórico a la vez. Desde sus inicios en Latinoamérica, el género ha dado lugar a textos que celebran este cruce y lo convierten en la clave de su valor y de su vigencia. Hechas las consideraciones precedentes, de carácter general, a continuación presentaré de manera desarrollada el marco teórico de la investigación.
[2] Friedrich Nietzsche: contra el ―sujeto puro del conocimiento‖.
El marco teórico de la tesis está constituido en primer término por la obra ineludible de Friedrich Nietzsche, especialmente: Genealogía de la moral (1887), El crepúsculo de los ídolos (1888) y la Segunda consideración intempestiva (1873-1876).
En el Tratado Tercero de la Genealogía de la moral, Friedrich Nietzsche analiza el estrecho vínculo entre ideal ascético y filosofía. Según él, ―apoyándose en los andadores de ese ideal es como la filosofía aprendió a dar sus primeros pasos‖.
La actividad contemplativa tuvo necesidad de disfrazarse durante siglos a fin de tornarse aceptable. A propósito, Nietzsche afirma:
[...] al principio el espíritu filosófico tuvo siempre que disfrazarse y enmascararse en los tipos antes señalados del hombre contemplativo [...] para ser siquiera posible en cierta medida: el ideal ascético le ha servido durante mucho tiempo al filósofo como forma de presentación [...] La actitud apartada de los filósofos, actitud peculiarmente
negadora del mundo, hostil a la vida, incrédula con respecto a los sentidos, desensualizada, que ha sido mantenida hasta la época más reciente y que por ello casi ha valido como la actitud filosófica en sí,