I. La crónica en cuestión Diálogos y debates teórico críticos en torno a Lemebel
I.4. Problemáticas teórico-críticas acerca del género : lo camp y lo queer
Si bien, como ha sido señalado, el objeto específico de la presente investigación es el conjunto de la obra cronística de Pedro Lemebel y sus relaciones con otros discursos, particularmente con el discurso de la historia, no puede eludirse la cuestión del género, no ya literario, sino sexual, tratándose de un autor cuya sexualidad es puesta en primer plano en su discurso, en sus performances y en sus participaciones públicas.
En primer término debemos aclarar –aunque ya está muy claro desde los años sesenta por lo menos– la diferencia específica entre los términos ―sexo‖ y ―género‖. En el primer caso hablamos inequívocamente de una determinación biológica, y en el segundo –aunque sabemos que es un primer deslinde provisional– se trata de una determinación cultural.
Esta primera y muy general distinción tiene implícita una afirmación elemental: el género de un individuo no está ―atado‖ a su determinación biológica, y por lo tanto, dentro del universo de los hombres y de las mujeres, entendidos como campos biológicos claramente determinados, existe una multitud de identidades de género cuyas diferencias cualitativas son difíciles de establecer, o imposible desde una perspectiva epistemológica clásica, la cual deriva siempre más temprano que tarde en taxonomías rígidas que dejan fuera de consideración, precisamente, lo que ellas mismas regulan y determinan como marginal o excluido. Esta cuestión, de gran complejidad y creciente
interés teórico en campos disciplinares muy diversos, ha generado apasionantes debates, y uno de ellos está dado por las problemáticas relaciones entre subjetividad y escritura.
Las relaciones entre género y escritura comienzan a estudiarse en el seno de los movimientos académicos feministas durante la década del sesenta del siglo XX, cuya importancia no radica, como señala José Amícola, ―en haber reclamado la especificidad de la sexualidad de la mujer, sino en haber ocasionado una ruptura dentro del dispositivo total de la sexualidad‖ (2000: 189). Por ello voy a resumir brevemente los orígenes de la crítica a ese dispositivo, partiendo necesariamente –por las razones históricas apuntadas– de las teorías feministas, para llegar a la estética camp, las teorías queer y las relaciones de estas dos últimas con la obra de Pedro Lemebel.
En sus orígenes, y al abordar el posible sesgo diferencial que identificaría a la escritura de mujeres (el concepto de ―escritura femenina‖ de Hélène Cixious por ejemplo) las teorías femenistas caían en un problema teórico que no se resolvía, a mi juicio, satisfactoriamente. Del mismo modo, muchas teóricas y críticas de la literatura lo habían percibido y habían escrito lúcidamente al respecto. Entre ellas, Julia Kristeva58, Elaine Showalter59, Judith Butler60, Emilce Dio-Bleichmar61, Celia Amorós y Rosa María Rodríguez Magda62, Ana María Fernández63 y Cristina Piña64, por nombrar sólo
58―La femme, ce n‘est jamais ça‖, en:
Polylogue, París, Seuil-Tel Quel, 1977. 59 ―Feminist Criticism in the Wilderness‖, en
Critical Inquiry, VIII, 2, invierno de 1981. Versión
castellana: ―La crítica feminista en el desierto‖, en: Otramente: lectura y escritura feministas, México, Fondo de Cultura Económica, 1999. Págs. 75-111.
60―Gender Trouble, Feminist Theory, and Psychoanalytic Discourse‖ en:
Feminist/Postmodernism, Linda Nicholson ed., New York and London, Routledge, 1990. Versión castellana: ―Problemas de los géneros,
teoría feminista y discurso psicoanalítico‖, en: Linda σicholson (comp.) Feminismo/Posmodernismo, Buenos Aires, Feminaria Editora, 1992. Págs. 75-95.
61 ―Los pies de la ley en el deseo femenino‖, en: Ana María Fernández (comp.),
Las mujeres en la imaginación colectiva. Una historia de discriminación y resistencias, Buenos Aires, Paidós, 1993. Págs. 136-146.
62
Celia Amorós (coord.), Historia de la teoría feminista, Madrid, Instituto de Investigaciones Feministas de la Unversidad Complutense de Madrid, 1994.
63
La mujer de la ilusión. Pactos y contratos entre hombres y mujeres, Buenos Aires, Paidós, 1994. 64―Las mujeres y la escritura: el gato de Cheshire‖, en: Cristina Piña (comp.),
aquellas que, a mi juicio, analizan con mayor exhaustividad y rigor la cuestión, por cierto altamente resbaladiza y compleja.
Dice Elaine Showalter en su artículo de 1981: ―Hasta fecha reciente, la crítica feminista carecía de bases teóricas; una huérfana empírica en la tormenta de la teoría‖ (76). Había sí, variadas metodologías, estrategias de lectura y presupuestos ideológicos que se denominaban a sí mismos lectura o escritura feministas, pero no un sistema teórico que pudiera dar cuenta de su objeto y articular sus criterios de verdad. Más aún, un sector de la crítica feminista fue renuente a ajustarse a un marco teórico que justificara sus hipótesis (Virginia Woolf, Adrienne Rich, Marguerite Duras, entre otras). Esta resistencia a los sistemas teóricos y a las codificaciones académicas fue más una etapa en la evolución del feminismo crítico que una constante. Según Showalter:
Si vemos nuestro trabajo crítico como una labor de interpretación y reinterpretación, debemos conformarnos con el pluralismo como nuestra posición crítica. Pero si deseamos plantear preguntas sobre el proceso y los contextos de la escritura, si deseamos, genuinamente, definirnos ante los no iniciados, no podremos descartar la perspectiva de un consenso teórico en esta etapa inicial [...] [La crítica feminista] Debe encontrar su propio objeto de estudio, su propio sistema, su propia teoría y su propia voz. (Showalter: 81-82)
Así, durante la década de los setenta del siglo XX, se inició el largo proceso de intentar definir la diferencia femenina, su posible especificidad. Los esfuerzos por cercar las rasgos distintivos de la práctica literaria femenina derivaron en la búsqueda de aquel aspecto de la experiencia femenina que sería ―el responsable‖ o la ―causa eficiente‖ de la huidiza diferencia. Casi como consecuencia lógica de una búsqueda planteada en estos términos, los resultados fueron filosóficamente esencializantes y teóricamente débiles. A propósito de esta etapa, el trabajo de Elaine Showalter resulta muy didáctico. La autora señala cuatro caminos:
b) las teorías lingüísticas sobre la escritura femenina c) la crítica literaria feminista de orientación psicoanalítica
d) (presentándola como su propuesta) una teoría basada en un modelo de cultura femenina
Si bien Showalter no califica abiertamente los niveles de eficacia de cada una, señala las enormes dificultades teóricas de las tres primeras, por el riesgo esencialista que implican. Particularmente la perspectiva biologista, según la cual –para Showalter– anatomía es textualidad (85), puede ser altamente prescriptiva y teóricamente muy vulnerable. Asimismo, el concepto de lenguaje femenino está plagado de dificultades (93) por cuanto no existen lenguajes de género que difieran significativamente de la lengua dominante.
Elaine Showalter considera que es la última de las perspectivas analizadas la más eficaz (si bien no la considera excluyente) de los cuatro caminos críticos que se proponen aislar y analizar la condición femenina de un discurso:
La primera tarea de una crítica ginocéntrica debe ser la de delinear el lugar cultural preciso de la identidad literaria femenina, y la de describir las fuerzas que intersectan el campo cultural de la escritora. Una crítica ginocéntrica ubicaría también a la mujer en relación con las variables de la cultura literaria, tales como los modos de producción y distribución, las relaciones entre autora y el público, las relaciones entre la alta cultura y la popular, y las jerarquías de género literario. (Showalter: 107. Énfasis mío)
Resulta muy sensible el enfoque que sutilmente se filtra en las palabras: ―escritora‖ y ―autora‖ están dichas aquí en sentido empírico, en consonancia con el propósito de delinear el lugar cultural preciso de la identidad literaria femenina.
Un ensayo posterior de Judith Butler viene a complicar el optimismo culturalista de Showalter, por cuanto considera que aun esta perspectiva presenta graves problemas teóricos y políticos. En el intento de determinar el lugar cultural de la identidad
femenina ha descollado Judith Butler, quien en su famoso ensayo de 1990 desconfía de la ―categoría mujer‖ y su papel en el avance teórico en el campo de las relaciones entre condición femenina y escritura. Enuncia dos problemas básicos: ―reconocer la intersección del género con la raza, la clase, la etnicidad, la edad, la sexualidad...‖ (76) por un lado, y por otro, lo que ella llama los ―efectos de exclusión de la categoría‖:
Cuando se entiende esa categoría como la representación de un grupo de valores o disposiciones, se vuelve normativa en cuanto a su carácter y, por lo tanto, en principio, excluyente. Este movimiento ha creado un problema teórico y uno político: una variedad de mujeres de varias posiciones culturales se han negado a reconocerse como ―mujeres‖ en términos articulados por la teoría feminista, con el resultado de que esas mujeres quedan fuera de la categoría y se ven forzadas a suponer que o 1) no son mujeres como habían creído hasta ese momento o 2) esta categoría refleja la localización restringida de sus teóricas y por lo tanto, fracasa en su intento por reconocer la intersección del género con la raza, la clase, la etnicidad, la edad, la sexualidad y otras corrientes que contribuyen a la formación de la (no)identidad cultural. (Butler 1990: 76).
En esta línea, Butler cita a Gayatri Spivak (1985)65: cuando hablamos de mujer, hablamos de ―el conjunto de seres corpóreos que se encuentran en la posición cultural de mujeres‖. Por razones estratégicas, como dice Spivak, es una categoría necesaria para avanzar políticamente. En otros términos: la política feminista se inscribe en el orden de las luchas históricas y en el universo de la distribución de espacios sociales y subjetivos, es decir, en el eje poder/opresión. Todo esto nos enfrentaría en apariencia con un atolladero teórico: parece que la crítica feminista estuviera condenada a no contar con un discurso teórico o un conjunto de codificaciones (formalizadas académicamente, dependientes de una teoría de objeto general) que le permita superar la condición que Showalter retratara con la imagen de huérfana empírica en la tormenta de la teoría. Claro que dicho atolladero, sólo lo es si las expectativas teóricas del
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feminismo –y de todas las escuelas y corrientes de pensamiento que encuentran en él su genealogía– están calcadas de las exigencias disciplinares de la epistemología clásica. Esto es, si esperamos de todo sistema teórico que como gesto inaugural establezca con absoluta certeza y determinación cuál es su objeto. Dichas ―certeza‖ y ―determinación‖ hoy son cuestionadas aun en el seno de las ciencias tradicionalmente consideradas ―duras‖, como la ciencia experimental por antonomasia: la física. Aun en el contexto de las disciplinas científicas, sabemos que las exigencias de certeza y determinación han caído o, por lo menos, han sufrido un desplazamiento importante a partir de la teoría de la relatividad de Einstein y de los físicos posteriores a él.
Está claro que la noción de género, como bien lo señala Mabel Burín66 en su referencia al origen del término y los comienzos de los ―estudios de género‖, está en vínculo indisociable con ―las construcciones sociales que aluden a características culturales y psicológicas asignadas de manera diferenciada a mujeres y hombres‖ (2). Es decir, la de género es una categoría del mundo empírico, determinada por los múltiples condicionamientos de la vida en sociedad:
Desde este criterio, el género se define como la red de creencias, rasgos de personalidad, actitudes, sentimientos, valores, conductas y actividades que diferencian a mujeres y varones. Tal diferenciación es producto de un largo proceso histórico de construcción social, que no sólo genera diferencias entre los géneros femenino y masculino, sino que, a la vez, esas diferencias implican desigualdades y jerarquías entre ambos. Cuando realizamos estudios de género, ponemos énfasis en analizar las relaciones de poder que se dan entre varones y mujeres. (Burín 2)
Por muy variadas y distantes que sean las perspectivas respecto de la categoría de género, está claro que se refieren a ―sujetos‖ empíricamente entendidos. Desde
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luego, dicha categoría no será nunca totalizadora, y vale citar la aclaración de Burín en este sentido:
La noción de género suele ofrecer dificultades, en particular cuando se lo toma como un concepto totalizador, que invisibiliza la variedad de determinaciones con las que nos construimos como sujetos: raza, religión, clase social, nivel educativo, etc. Todos estos son factores que se entrecruzan en la construcción de la subjetividad [...] el género jamás aparece en su forma pura, sino entrecruzado con otros aspectos determinantes de la vida de las personas: su historia familiar, sus oportunidades educativas, etc. (Burín 3)
Los estudios culturales, y en ese gran campo teórico y metodológico, los estudios de género, constituyen una fuente de reflexión y análisis insoslayable al momento de considerar escrituras en las que el autor, con todas sus determinaciones individuales, sociales y culturales, se hace presente y asume posicionamientos políticos concretos, es decir, históricos, anclados a una problemática social contemporánea.
En el caso de las crónicas lemebelianas, el autor asume su sexualidad como una posición política, vale decir que su escritura es también un instrumento de acción. De hecho, los numerosos episodios de censura homofóbica de los que ha sido víctima, dejan en claro que sus textos remiten a un posicionamiento ideológico combativo en el campo de fuerzas políticas, siempre móvil, que se intersectan con un lugar y una comunidad, en un eje de reivindicación que puede proyectarse, incluso, a nivel continental y aun planetario: las minorías sexuales y cualquier minoría excluida del sistema social.
Señalada la genealogía feminista de los estudios de género, hoy podemos considerar que este campo se ha ampliado y complejizado. Está claro que lo que Butler señaló, en las postrimerías del siglo XX, como el fracaso de la ―categoría mujer‖ por sus efectos paralizantes a nivel teórico y excluyentes en la práctica social, se replica en cualquier intento de ―categorización‖ de género por la impronta esencializante común a
toda definición. En otros términos, el género no es una ―identidad‖ que deba ser determinada, ni siquiera con la saludable intención de aceptar la diversidad. Puesto que esa diversidad no se deja capturar en esquemas clasificatorios establecidos. La noción de género debe ser comprendida en un marco filosófico y epistemológico liberado de los presupuestos sustancialistas (subordinados al principio de identidad) de la metafísica occidental. Las categorizaciones reponen siempre la noción de identidad, por exceso o por defecto, por similitud o por oposición.
En su reflexión sobre la prostitución viril y su multiplicidad de figuras, Néstor Perlongher advierte que la proliferación de nomenclaturas que denominan las mil variaciones posibles entre los polos michê/travesti 67 no fija ni puede fijar identidades, sólo alude a ―pasajes intensivos‖, en un plano de consistencia sin jerarquía y sin profundidad. De este modo Perlongher concibe la multiplicidad de figuras en el circuito de la baja prostitución paulista como una ―red de tránsitos‖ (1997: 47), irreductible a dos, tres o n determinaciones. Su noción de multiplicidad (que supera la noción sustancialista de identidad y libera al pensamiento de sus efectos paralizantes) deconstruye la concepción tradicional del territorio (y aquí se habla de territorio ―real‖): no se trata de un campo determinado por espacios fijos y funciones atribuidas, sino de una superficie de circulación de flujos, puntos que no son puntos en el sentido geométrico tradicional, sino puntos paradójicos (Deleuze 1969) que hacen resonar las series en un movimiento incesante. De este modo el territorio es una superficie móvil, atravesada por flujos de deseo.
Pedro Lemebel concibe el territorio y el devenir de la sexualidad en este mismo sentido. En su libro más autobiográfico, Adiós mariquita linda, se pone en juego esta
67Véase el excelente ensayo ―Avatares de los muchachos de la noche‖, en
Prosa plebeya (1997: 45-58). Perlongher analiza la prostitución masculina en la noche de San Pablo haciendo jugar su concepto de
territorialidad nómade que des-configura la noción de género (tanto literario como sexual). Pero ya antes de la publicación de ese volumen, nuestro autor había manifestado su adhesión al concepto de identidad sexual múltiple e itinerante en varias entrevistas (que cito en este capítulo) y también en el texto ―Los mil nombres de María Camaleón‖ (1996: 57-61), en el que me voy a detener brevemente. El texto despliega una idea que está presente a lo largo de su producción:
[...] el zoológico gay pareciera fugarse continuamente de la identidad. No tener un solo nombre ni una geografía precisa donde enmarcar su deseo, su pasión, su clandestina errancia por el calendario callejero donde se encuentran casualmente; donde saludan siempre inventando chapas y sobrenombres que relatan pequeñas crueldades, caricaturas zoomorfas [...] colección de apodos que ocultan el rostro bautismal; esa marca indeleble del padre que lo sacramentó con su macha descendencia. (Lemebel 1996: 57)
En este breve fragmento se condensan las determinaciones que la sexualidad nómade rechaza: identidad fija, geografía precisa, marca paterna y sacramento bautismal. Pero además, claramente, se postula una sexualidad múltiple, itinerante y aun casual, esto es, librada a las fuerzas del azar y del deseo. El posicionamiento de Lemebel respecto de la cultura dominante lo lleva a absorber y reelaborar o reciclar productivamente las contradicciones del campo cultural. Así, su obra se nutre de viejas antinomias que funcionaron durante décadas como oposiciones dicotómicas excluyentes, a saber: historia / literatura; escritura / oralidad; alta cultura dominante blanca / baja cultura popular mestiza; discurso académico / habla vulgar; prosa / poesía, entre otras, y las convierte (por reelaboración artística y como instrumento de intervención política) en pares dialécticos que darán lugar a nuevos discursos, nuevos saberes y nuevas prácticas en el interior del campo cultural. Esta operación compleja y deconstructiva se vincula con la estética –que es también una práctica– del camp. José Amícola subraya el sesgo político del fenómeno. Después de una ineludible y
completísima historización del concepto ―camp‖, sus orígenes y sus determinaciones específicas, el autor afirma:
La fuerza de la estética camp va a surgir, entonces, como estrategia de producción y de recepción –por ejemplo, de los géneros hollywoodenses clásicos–, que reutiliza y transforma la cultura de masas. En este sentido, dicho reciclaje implica una crítica de la cultura dominante, pero lo singular del fenómeno es que lo hará en los mismos términos de esa cultura. El camp es, entonces, una forma ideológica llevada a sus extremos que contiene contradicciones en su mayor estado de productividad. (Amícola 2000: 52).
Por lo tanto, podemos decir –en la línea de reflexión propuesta por Amícola– que Lemebel generaliza la operación deconstructiva del camp y amplía su campo de operaciones: de la visibilidad del género y de las políticas de liberación de las minorías sexuales, a la disolución de antinomias paralizantes del viejo paradigma cultural. La obra de Pedro Lemebel, en su conjunto, desmiente las representaciones de la homosexualidad naturalizadas en el imaginario cultural68. En este aspecto resulta ineludible valorar aquí el aporte de las teorías queer para la justa consideración de la potencia renovadora de la obra lemebeliana. El objetivo de las mencionadas teorías es deconstruir las bases ontológicas con las que opera la construcción histórica y social de las identidades sexuales –y también de otras conductas sociales– y poner de relieve cómo se configura lo considerado ―normal‖, ―natural‖, ―esencial‖ y sus opuestos devaluados:
Si los estudios lésbico-gays se ubican un paso más adelante de