• No se han encontrado resultados

Genealogía de las naciones Babel La confusión de lenguas.

In document Exploremos Genesis (página 75-83)

(Génesis 10 11.10)

Era la voluntad divina que después del diluvio toda la tie- rra fuera repoblada por los descendientes de Noé. Para este propósito, evidentemente, tenían que separarse y esparcirse, a fin de formar las diferentes naciones y tribus entre las que el mundo iba a dividirse. Cualquier intento de unificarse entre ellos no solo sería contra el propósito divino, sino que, tenien- do en cuenta el pecado universal del hombre, también resulta- ría peligroso para sí mismos, e incluso sería falso, porque su separación interior ya había aparecido en los caracteres y ten- dencias diferentes de Cam y sus hermanos. Pero antes de regis- trar el juicio por medio del cual se sostenía el propósito divi- no, las Escrituras nos dan la genealogía de las diferentes nacio- nes, y ello con un triple objetivo; para demostrar cómo la tie- rra fue poblada toda ella por los descendientes de Noé; para mostrar la relación de Israel con cada nacionalidad; y, el mejor de todos, para registrar, por así decirlo, su nacimiento en el libro de Dios, indicando con ello, que, a pesar de que «en las generaciones pasadas él ha dejado a todas las gentes andar en sus propios caminos»,1 ellos también estaban incluidos en los

propósitos de misericordia, y preparados para finalmente «ha- bitar en las tiendas de Sem».

De acuerdo con el plan general en el cual la Santa Escritura se escribió, no leemos después de la profecía de Noé, la cual deter- minaba el futuro de sus hijos, nada más acerca de aquel patriarca que «vivió después del diluvio trescientos cincuenta años», y que murió a la edad de novecientos cincuenta años. En cuanto a la división de la tierra entre sus tres hijos, se puede decir de modo general, que Asia fue dada a Sem, África a Cam y Europa a Jafet. Con este mismo criterio general un estudioso moderno2 ha tra-

zado todas las lenguas existentes hacia tres fuentes originales, to- das ellas, sin duda, derivadas de un manantial primitivo, el cual debió perderse en la «confusión de las lenguas», a pesar de que su existencia se muestra por medio de constantes y sorprendentes puntos de relación entre las tres grandes familias de lenguas. Cuanto más pensamos en la repartición de Europa, Asia y África entre los hijos de Noé, más claramente vemos el cumplimiento de la profe- cía en cuanto a ellos. Al ojear el catálogo de naciones en Génesis 10, nos cuesta poco reconocerlas, y empezando con el más joven, Jafet, encontramos los conocidos por el lector general, los Cymry de Gales y Bretaña (Gomer), los Escitas (Magog), los Medas (Maday), los Griegos (Jonios, Javán), y los Tracios (Tiras). Entre sus descen- dientes, los Germanos, Celtas y Armenios han sido identificados con los tres hijos de Gomer. No es necesario continuar con esta tabla, a pesar de que todos recordarán a Tarsis, o España, y los Quitim, o «habitantes de la isla».

Pasando a Sem (v. 21), vemos que es llamado «padre de to- dos los hijos de Heber», porque en Heber la línea principal se dividió en la de Peleg, de quien salió la raza de Abraham, y los

1 Hechos 14.16.

2 Nota del traductor: Es preciso tener en cuenta la fecha en que se escribió el presente libro y ver que el texto bíblico solo nos indica que Dios confundió su lengua. Esto no implica necesariamente que todas tuvieran una misma raíz, o que podamos encontrar un árbol con tres ramas principales.

Historia de los patriarcas VIII

descendientes de Joctán (v. 25). Los descendientes de Sem son exclusivamente las naciones asiáticas, entre las cuales solo desta- camos a Asur o Asiria, y Uz, como la tierra donde nació Job.

Hemos dejado a Cam para el final, por la conexión de su historia con la dispersión de todas las naciones. Sus hijos eran Cus o Etiopía, Mizraim o Egipto, Fut o Libia, y Canaán, a quien, naturalmente, ya conocemos. Se notará, que los centros de to- das estas naciones estaban en África, excepto Canaán, cuya in- trusión en la tierra de Palestina fue parada por Israel. Pero tam- bién otro descendiente de Cam se estableció en Asia. Nimrod, el fundador del imperio babilonio, el conquistador de Asiria, y el constructor de Nínive (v. 11), era el hijo de Cus. Este «pode- roso en la tierra», que fundó el primer imperio del mundo, nos recuerda a Caín y su descendiente Lamec. Dejando aparte el posible significado de su nombre, el cual algunos han interpreta- do como «nos rebelaremos», la violencia engreída y la rebelión ciertamente constituyen las características de su historia. Muy sorprendentemente las tablas de los sucesores reales de Nimrod han aportado una explicación a su descripción como «un caza- dor poderoso», porque éste es el título que recibían entre ellos los monarcas guerreros que eran grandes conquistadores como «cazadores». Así comprendemos el significado total de la expre- sión, «empezó a ser un poderoso sobre la tierra». Desde Babilonia, que era «el comienzo de su reino», Nimrod «salió para Asiria» (v. 11, versión en el margen de la versión inglesa A.V.), «y edificó Nínive». Es de destacar que cada vez se mencionan cuatro ciu- dades en relación con Nimrod: en primer lugar, las cuatro ciu- dades del imperio babilonio, del cual Babel era la capital, y des- pués las cuatro ciudades de su imperio conquistado, el de Asiria, del cual Nínive era la capital. Ahora bien, todo esto coincide de manera sumamente sorprendente con lo que leemos en la histo- ria antigua, y con los monumentos asirios que en nuestro tiem-

po han sido levantados de su entierro de muchos siglos por me- dio de los trabajos de Layard y Loftus, para testimoniar a favor de la Biblia. Porque, primero, sabemos que el gran imperio asiá- tico de Babilonia era de origen cusita. Incluso el nombre de Nimrod aparece en la lista de los reyes egipcios. En segundo lugar, se nos informa que Babel era la sede original del imperio; y, lo más sorprendente de todo, que los primeros reyes babilonios llevaban un título que se supone significaba «las cuatro razas», refiriéndose a «los grupos cuádruples de capitales»3 de Babilonia

y Asiria. Finalmente, sabemos que, como se afirmaba en la Bi- blia, «el imperio babilonio extendió su dominio hacia el norte» a Asiria, donde se fundó Nínive, la cual a su vez sucedió al impe- rio que en otro tiempo estuvo en Babel. En relación con todo esto las investigaciones históricas más recientes han confirmado de un modo sumamente sorprendente el relato de las Escrituras. De la magnificencia de Babel, la capital del imperio de Nimrod, «el cazador poderoso», es difícil aportar un concepto adecuado, sin introducirnos en detalles ajenos a nuestro propó- sito. Pero podemos formarnos una idea sobre su extensión, que según los cálculos más reducidos, cubría por lo menos cien mi- llas cuadradas, o aproximadamente cinco veces el tamaño de Londres;4 mientras que los cálculos más extensos dan doscien-

tas millas cuadradas, o diez veces el tamaño de Londres. Tal era la envergadura de la ciudad del mundo, cuyo primer «primer comienzo», por lo menos, fue fundado por Nimrod. No es de sorprender, pues, que el orgullo mundano de aquel tiempo de- seara hacer de tal lugar la capital mundial del imperio, cuya to- rre «llegue al cielo». Los sucesos relacionados con la frustración de su plan acaecieron en los días de Peleg, el nieto de Sem.5

3 Ver artículo del Sr. Bevan en Smith’s Dictionary of the Bible, vol. II, pp. 544, etc. 4 El Sr. Smith, no obstante, considera estos cálculos algo exagerados.

Historia de los patriarcas VIII

Puesto que Peleg nació cien años después del diluvio, y vivió doscientos treinta y nueve años, seguramente había ya una con- siderable población sobre la tierra.

Si se necesitaba alguna evidencia de que el diluvio cierta- mente había destruido a los pecadores pero no el pecado, se podía hallar en la conducta y el lenguaje de los hombres en los días de Nimrod y Peleg. Después de salir del arca, «viajaron ha- cia el este» (c. 11.2) hasta que llegaron a la extensa y bien regada llanura de Sinar, donde se establecieron. Siendo todavía todos ellos «de una sola lengua y unas mismas palabras», decidieron construirse allí «una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo», con el doble propósito de hacer «un nombre» para sí mis- mos, y por si «fuésemos esparcidos sobre la faz de toda la tierra». Tales palabras se parecen mucho con las que usaría Nimrod y están impregnadas del espíritu de «Babilonia» en todas las eda- des. Ciertamente su significado es: «Rebelémonos»; porque así no solo se frustraría el propósito divino de poblar la tierra, sino que tal imperio del mundo habría sido en su propia naturaleza un desafío a Dios y al reino de Dios, aunque su motivo fuera el orgullo y la ambición. Un crítico alemán ha visto en las palabras «hagámonos un nombre» (en hebreo, sheen) una especie de fal- sa imagen de Sem en quien se centraban las promesas de Dios, o, si podemos expresarlo así, el establecimiento de un anticristo de poder mundano. Algo de este tipo ciertamente parece ser indicado con las palabras de Dios sobre dicho intento (v. 6): «Y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensando hacer». Estas palabras parecen implicar que la construcción de Babel era solo el inicio de un camino mayor de rebelión. La reunión de todas las fuerzas materiales en un centro

común hubiera conducido al despotismo universal y a la idola- tría universal; en pocas palabras, al desarrollo pleno de lo que, como anticristo, se reserva para el juicio de los últimos días. Leemos que «Jehová descendió para ver la ciudad y la torre», es decir, usando nuestro modo de expresión humano, para tomar conocimiento judicial de las obras de los hombres. En cuanto al lenguaje vanidoso con el que los constructores de Babel y de su torre habían expresado su propósito en su confianza en sí mis- mos: «Vamos hagamos ladrillo», etc. (v. 3), Jehová expresó su propio propósito de derrotar su locura, usando las misma pala- bras: «Vamos descendamos y confundamos allí su lengua» Y con estos sencillos medios, sin ninguna interferencia exterior visible, el Señor detuvo el mayor intento de rebelión humana, y al con- fundir su lengua, «los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra». «Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, o confusión.» Qué gran comentario significa esta historia a las de- claraciones majestuosas del salmo segundo. De la torre de Babel no se han descubierto ruinas seguras. Generalmente se asocia con las ruinas llamadas Birs Nimrud, a unas seis millas al suroes- te del lugar de la antigua Babilonia. Birs Nimrud es «un montí- culo piramidal coronado aparentemente con las ruinas de una torre, con una altura de ciento cincuenta y cinco pies y medio por encima del nivel de la llanura, y en circunferencia algo más de doscientos pies».6 No obstante, su distancia de Babilonia

parece ser un detalle contrario a la idea que esas ruinas son las de la torre mencionada en la Escritura. Pero a pesar de ello, Birs Nimrud solo puede tener unos pocos siglos menos que la torre de Babel; y su construcción nos permite juzgar el aspecto original de la torre. Birs Nimrud estaba orientada al noreste, y formaba

Historia de los patriarcas VIII

una especie de «pirámide oblicua, construida en siete estadios más atrás. La plataforma sobre la que se apoyaban estos estadios era de ladrillo crudo; los estadios eran de ladrillo cocido, pintado con diferentes colores en honor de los dioses o planetas; cada estadio estaba colocado en una posición retraída con respecto al otro, es decir considerablemente más cercano a la parte posterior, o su- doeste». El primer estadio, negro en honor de Saturno, era un cuadrado de doscientos setenta pies, y veintiséis de altura; el se- gundo, naranja, en honor de Júpiter, era un cuadrado de doscien- tos treinta pies, y veintiséis de altura; el tercero, rojo intenso, en honor de Marte, era un cuadrado de ciento ocho pies, y también de veintiséis de altura; el cuarto, dorado, para el sol, era de ciento cuarenta y seis pies, y quince de altura; el quinto, amarillo pálido, para Venus, era de ciento cuatro pies, y quince de altura; el sexto, azul oscuro, para Mercurio, era de sesenta y dos pies, y quince de altura; y el séptimo, plateado, para la Luna, era de veinte pies, y quince de altura. Todo ello estaba coronado por una capilla, que seguramente cubría casi toda la cúspide. La altura total, como ya se ha mencionado, era de ciento cincuenta y tres pies; o un tercio de la altura de la gran pirámide de Egipto, que mide cuatrocientos ochenta pies. También es interesante notar la exactitud con la que corresponde, lo que leemos en las Escrituras con lo que conoce- mos de la arquitectura babilónica antigua: «Hagamos ladrillo y cozámolos con fuego. Y les sirvió ladrillo en lugar de piedra y légamo (o más exactamente, betún) en lugar de mezcla». Los pequeños ladrillos cocidos, sobre betún, aún se hallan allí; no solo en la torre, sino en las ruinas todavía existentes del antiguo palacio de Babel, el cual era coetáneo con la construcción de la ciudad.

La Santa Escritura no nos informa si se permitió que la «to- rre» permaneciera en pie después de la dispersión de sus cons- tructores; tampoco nos da ningún detalle sobre cómo «Jehová

confundió la lengua de toda la tierra». Todo ello hubiera ido más allá de su propósito. Pero allí, en el mismísimo principio, cuando se llevó a cabo el primer intento humano de crear un vasto reino de este mundo con la fuerza humana, el cual Dios aniquiló confundiendo la lengua de los constructores, y espar- ciéndolos por la faz de toda la tierra, vemos un juicio en figura, cuya contraparte en la bendición se dio el día de Pentecostés; cuando, por el derramamiento del Espíritu Santo, se había de fundar otro reino universal, cuyas primeras arras fueron el don de lenguas, que señalaba una reunión de naciones, cuando se cumpliera la promesa que todos ellos serían reunidos en las tien- das de Sem.

C

APÍTULO

IX

HISTORIA DE LOS PATRIARCAS

In document Exploremos Genesis (página 75-83)