( Job )
Un escritor alemán moderno ha dicho acertadamente: «El nacimiento del paganismo puede datarse a partir del momento que se pronunció la frase presuntuosa, “Vamos edifiquemos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo y hagámonos un nombre» Incluso Josefo, el antiguo historiador judío, considera a Nimrod como el padre del paganismo, cuya característica es la de encontrar fuerza y felicidad en el pecado, y no en Dios. Su principio básico es rechazar todo lo que no se ve, y aferrarse a lo que es temporal. Así también nosotros podemos ser paganos en nuestro corazón, aunque no lo seamos en mente, y no adoremos maderos o piedras. Ciertamente, es muy notable, que no se ha descubierto ninguna nación o tribu que no adore algún ser superior; y no obstante desde los bárbaros más salvajes hasta el filósofo más refinado, todos han sido destituidos del conocimiento del único Dios vivo y verdadero. La única excepción en el mundo es Israel, a quien Dios se reveló de modo especial; e incluso Israel necesitaba enseñanza, guía y disciplina constantes de lo alto para impedir que cayera de nuevo en la idolatría. La idolatría es la religión de la vista en lugar de la de la fe. En vez de un Creador que no ha sido visto, el hombre consideró lo que era visible (el sol, la luna, las estrellas) como la causa y el legislador de todo; o asignó a cada
cosa su divinidad, y así tuvo dioses en gran cantidad y muchos señores; o incluso convirtió a sus héroes, reales o imaginarios, en dioses. La adoración de los cielos, la adoración de la naturaleza, o la adoración del hombre; tales son el paganismo y la idolatría. A pesar de ello, el hombre siempre notó la insuficiencia de su adoración, porque detrás de estos dioses colocó un destino oscuro, inmutable, indescubrible, que legislaba de modo supremo y controlaba tanto a los dioses como a los hombres. Ciertamente era un cambio terrible; abandonar a nuestro Padre celestial y a su amor por tales falsas ilusiones y decepciones. Lo peor de todo ello era que el hombre gradualmente se transformaba a semejanza de su religión. Primero imputaba sus propios vicios a los dioses, y luego imitaba los vicios de sus dioses. Verdaderamente, las naciones paganas eran el hijo menor en la parábola,1 que había
dejado la casa de su padre con la parte de los dioses que le pertenecía, (ciencia pagana, arte, literatura y poder) para encontrarse finalmente llevado a comer las algarrobas de las que se alimentaban los cerdos, sin conseguir con ello satisfacer los apremios de su hambre. Bendito sea Dios por esa revelación de sí mismo en Cristo Jesús, que ha vuelto el pródigo a la casa y al corazón del Padre.
Pero a pesar de todo ello, Dios no se quedó sin un testimo- nio. El estudio hacia el interior del hombre en busca de un Dios, la voz acusadora de su conciencia, el intento de ofrecer sacrifi- cios, y los remanentes de antiguas tradiciones de la verdad entre los hombres; todo parece apuntar hacia arriba. Y luego, del mis- mo modo que no todos los que eran de Israel, eran verdadera- mente de Israel, así también Dios tuvo en todo tiempo los suyos, incluso entre las naciones gentiles. Job, Melquisedec, Rahab, Rut, Naamán, pueden ser mencionados como ejemplos de esto. Se
Historia de los patriarcas IX
entenderá rápidamente que el número de los «nacidos fuera de tiempo», por así decirlo, de entre los gentiles, debe haber sido mayor cuanto más ascendemos en el río de la vida, y cuanto más nos acercamos al período cuando las tradiciones todavía estaban conservadas con su pureza en la tierra. El ejemplo más completo de esto se nos presenta en el libro de Job, el cual también nos da una imagen muy interesante de aquellos días.
Podemos considerar dos cosas como bien establecidas sobre el libro de Job. Su escena y actores se colocan en tiempos de los patriarcas, y fuera de la familia o antepasados inmediatos de Abraham. Es una historia de vida gentil durante los primeros pa- triarcas. Y, no obstante, no se halla fuera del libro de Job nada más noble, grande, devoto, o espiritual «ni aun en Israel». Este no es el lugar para exponer la historia de Job, o para señalar la profundi- dad de pensamiento, la viveza de su imagen, y la belleza y grandeza del lenguaje con el que está escrito. Sirva echar una ojeada rápida al repaso de la vida religiosa y social que se nos presenta. Si nos referirnos aquí a las palabras de Eliú, Job tenía evidentemente un conocimiento perfecto del Dios verdadero; y era un adorador humilde y deseoso de Jehová. Sin tener ninguna relación con «Moisés y los profetas», conocía las cosas sobre las que hablaron Moisés y los profetas. Reconocimiento de Dios creyente y reve- rente, sumisión y arrepentimiento espiritual formaban parte de su experiencia, lo cual era aprobado por Dios mismo. Además, Job ofrecía sacrificios; habla sobre el gran tentador; espera la resu- rrección del cuerpo; y espera la venida del Mesías.
Hemos seguido las líneas principales de la religión de Job. Los amigos que acuden a él, aunque no comparten su piedad, por lo menos no tratan sus opiniones como algo muy extraño y nunca oído. Esto, pues, es una imagen bendita de cierta clase en aquella edad. A partir de varias alusiones en el libro de Job po- demos vislumbrar cuánto había avanzado la cultura y la civiliza-
ción en aquellos días. Job era un hombre de gran riqueza y alto rango. Como dice un escritor reciente:2 El jefe vive con notable
esplendor y dignidad… Job visita la ciudad con frecuencia, y es recibido con gran respeto como un príncipe, juez y guerrero destacado.3 Se hace alusión a tribunales de justicia, acusaciones
escritas y formas normales de procesos.4 El hombre había em-
pezado a observar y razonar sobre los fenómenos de la naturale- za, y las observaciones astronómicas eran relacionadas con espe- culaciones curiosas sobre tradiciones primitivas. Leemos acerca de operaciones mineras, grandes edificios, sepulcros en ruinas... Grandes revoluciones habían sucedido durante el tiempo del escritor; naciones, que en otro tiempo habían sido independien- tes, habían sido derrocadas y razas enteras habían sido reducidas a la miseria y la degradación. Pero tampoco deberíamos pasar por alto las observaciones que nos da esta historia sobre la vida social. A pesar de existir violencia, robo y asesinato en la tierra, felizmente, también encontramos el otro lado de la moneda. «Cuando yo salía a la puerta de la ciudad y en la calle preparaba mi asiento, los jóvenes se retiraban al verme; y los ancianos se levantaban y quedaban en pie». Junto con este adecuado tributo al valor, encontramos que la relación entre los ricos piadosos y los pobres se describe como sigue: «Los oídos que me oían me llamaban bienaventurado, y los ojos que me veían me daban testimonio, porque yo libraba al pobre que clamaba, y al huérfa- no que carecía de ayudador. La bendición del que iba a perecer venía sobre mí, y al corazón de la viuda yo daba alegría». Cierta- mente no hay nada de todo esto que quisiéramos alterar ni si- quiera en tiempos del Nuevo Testamento. Pero, en contraste, lo
2 Canon Cook, en Smith’s Dictionary of the Bible, vol. I., p. 1097. 3 Job 29.7, 9.
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más terrible debe haber sido la idolatría y la corrupción de la gran mayoría de la humanidad; una idolatría que debieron heredar de antes del diluvio, y que rápidamente alcanzó proporciones gigantescas, y una corrupción que continuó aumentando durante los «tiempos de ignorancia».