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GEORG SIMMEL

R e p e t id a s veces se ha calificado a Simmel de fñósofo de

la cultura. Igualmente se le podría designar como el filóso­ fo del alma, el del individualismo o el de la sociedad. Todas estas fórmulas, sin embargo, son inexactas y unilaterales, y ni con mucho suficientes para delimitar siquiera aproxima­ damente su campo temático. ¿Cuál es entonces la auténtica materia de su pensamiento?

Desde el principio, hay una serie de tareas y problemas fundamentales que nunca se ha esforzado Simmel en llevar a cabo y que queda excluida del ámbito de consideraciones del filósofo. Si se prescinde de los esfuerzos de su período tardío, le es totalmente lejana la pretensión de comprender el mundo a partir de una idea metafísica elevada, como, por ejemplo, a la manera de Spinoza, los idealistas alema­ nes o Schopenhauer. No ha descubierto ninguna palabra de conjuro para el macrocosmos al que se someten todas las configuraciones de la existencia; una cosa que nos ha dejado a deber es un concepto ampliamente comprehensi­ vo del mundo. Asimismo carece de una concepción de la historia, por así decir, en gran estilo; la interpretación del

acontecer histórico le es ajena; la situación histórica en la que respectivamente se encuentran los hombres no la toma en cuenta en su esencia. Acerca de las ciencias naturales carece casi de cualquier referencia. Ni sus pensamientos resultan de la ocupación con problemas de orden biológi­ co, como es el caso de Bergson, por ejemplo, ni se sirve ja­ más de investigaciones psicológico-experimentales. El ám­ bito de los fenómenos puramente espirituales no lo reco­ rre, ni con mucho, en toda su extensión. Así pues, deniega su atención a las condiciones estructurales universales de la conciencia y, por tanto, por ejemplo, a los sentimientos, los actos del representar, del amar y odiar, etc. Aun cuando es­ tas esencialidades son frecuentemente rozadas en sus escri­ tos, y uno se encuentra con una serie de discusiones que se refieren a ellas, sin que jamás configuren el objeto de una investigación teorética específica. Sin embargo, esta recusa­ ción de la fenomenología en sentido estricto no lleva a Simmel, en absoluto, al campamento de esa clase de psicó­ logos empiristas que, según el modelo de los grandes ensa­ yistas franceses (como La Rochefoucauld, Chamfort, etc.), se complacen en la pintura de caracteres típicos, ponen de relieve afectuosamente rasgos anímicos singulares y em­ prenden la descomposición de los atributos morales. Allí donde se encuentra en Simmel descripciones y análisis se­ mejantes, y a pesar de su ineludibilidad de cara a la cohe­ rencia de su pensamiento, no les es inherente ningún valor autónomo. El camino del filósofo no termina en ellos, sino que los transita camino de otras metas que los trascienden.

Trataré de esbozar primeramente un contorno aproxi- mativo del mundo con el que Simmel se ha familiarizado.

El material bruto de su pensamiento lo forma una inagota­ ble multiplicidad de situaciones espirituales, maneras de ser, acontecimientos del alma que son importantes tanto dentro de la vida de la sociedad como de la íntima vida per­ sonal. Y por cierto, que los hechos en los que el filósofo funda sus reflexiones proceden, en incontables casos, del ámbito de la experiencia y la vivencia del individuo fuerte­ mente diferenciado. En el punto central del campo de su mirada se erige siempre el hombre como portador de cultu­ ra y esencia espiritual madura, que actúa y valora en plena posesión de sus potencias anímicas, unido a los demás hom­ bres para un obrar y sentir común. Este mundo tiene un cierre superior e inferior. Por arriba limita con el reino de lo cósmico; está recortado a partir de él y, por ello, es por él abrazado; por expresarlo de otro modo: es la contraimagen de una filosofía terrestre, no astronómica. Hacia abajo limi­ ta con el reino del acontecer elemental, no espiritual, del hombre pulsional; todo lo que es sólo naturaleza y no irra­ diación de un alma desplegada, queda desterrado de él.

Una más precisa visión de conjunto enseña pronto a se­ parar los diferentes círculos temáticos en cuya multiplici­ dad se mueve Simmel. Por de pronto, parece que son las situaciones y formaciones sociales, así como el comporta­ miento de los hombres en ellas, lo que ha reclamado con mayor fuerza su atención. Sus investigaciones sociológicas se extienden casi a lo largo de su vida entera, y sólo en la vejez se orienta más y más hacia nuevos objetos. Ya el pri­ mer escrito del filósofo sobre la Diferenciación social trata acerca de ciertas regularidades de la vida colectiva. En dos de sus obras principales, la Filosofía del dinero y, sobre to­

do, en su Sociología, prosigue estas investigaciones guiado por el empeño de hacer plenamente visible el tejido de las relaciones sociales. Profundiza en la estructura de todos los enlaces humanos posibles, expone la peculiar condición de los menores y mayores cuerpos sociales, muestra la influen­ cia de un determinado grupo en los otros, la necesaria co­ nexión entre los más diferentes elementos del acontecer social. Dedica una serie de tratados al conocimiento de fe­ nómenos sociales singulares; así, Simmel describe la esen­ cia de la moda, de la coquetería, de la sociabilidad, etc. Con particular profundidad se ocupa del proceso de la di­ visión del trabajo, tan importante para el presente. Persi­ gue su significación para la colectividad a través de todos los estratos del ser social, y, no en último lugar, muestra có­ mo este proceso, que en la época del capitalismo regula la relación exterior de los individuos entre sí, influye también en su vida interior y la acuña de manera característica.

El segundo círculo temático que Simmel recorre inclu­ ye todo lo que tiene relación con el hombre individual que existe para sí. Al pensador le cautiva lo anímico en todas sus formas; sus escritos son una verdadera mina de hallaz­ gos para los psicólogos. Dotado de una extraordinariamen­ te fina capacidad de observación y de una sensibilidad sin igual, se sumerge en las profundidades del ser humano y arroja luz sobre los acontecimientos que suceden en nues­ tro interior y a menudo bajo la superficie de la conciencia. Cuidadosamente, con dedos delicados, pone la mano a tientas en el alma, libera lo oculto, hace manifiesta la más secreta emoción y desenreda el más urdido trenzado de nuestros sentimientos, anhelos y afanes. A este respecto,

las constataciones de Simmel conciernen tanto al hombre en general como a los individuos singularmente determina­ dos. En el primer caso, el filósofo esclarece circunstancias psíquicas de una universalidad, cuando menos, típica, cir­ cunstancias que, con sólo darse los presupuestos apropia­ dos para su aparición, tienen lugar en el alma de cualquier hombre. Descompone, por ejemplo, la esencia de la femi­ neidad, o describe la constitución interna de ciertos tipos, como el del avaro o el del aventurero. En el segundo caso, penetra el mundo espiritual de algunas grandes personali­ dades, la iluminación de cuyo ser y crear, por razones que aún habrá que discutir, resulta importante para su propio desarrollo. Lo que siempre le interesa investigar es el curso regular de lo humano universal tanto como de las transfor­ maciones del alma individual, dirigir su mirada a los nece­ sarios encadenamientos de nuestras potencias interiores; nunca contempla como tarea suya la de tomar nota de la casual conjunción de rasgos ónticos individuales, como la que ofrece el investigador meramente empírico.

En fin, el tercer círculo temático del pensamiento sim- meliano, que no se puede separar del todo nítidamente del que acabamos de comentar, abarca los dominios de los va­ lores objetivos y los logros de los hombres en el marco de estos dominios. Casi todas las obras del filósofo han mana­ do del fondo de investigaciones de teoría del conocimien­ to, y por cierto, que en sus escritos se orienta principal­ mente hacia Kant y hacia los Problemas de la filosofía de la

historia. La Diferenciación social y la Sociología van prece­

didas de una exposición de los fundamentos epistemológi­ cos de su método de investigación sociológica, como en ge­

neral sucede en Simmel, que siempre aparta la mirada de los contenidos de su pensamiento para dirigirla al proceso del pensamiento mismo, sólo cuya comprensión, en efecto, hace explicable la adquisición de contenidos obtenidos de uno u otro modo. La relación entre el sujeto del conoci­ miento y el objeto conocido forma parte directamente del problema nuclear del filósofo, y es sumamente instructivo observar cómo sus intuiciones sobre este objeto ganan en plenitud en el curso de su evolución y, en parte, se corrigen recíprocamente. Una y otra vez lucha por hallar un con­ cepto de verdad capaz de cimentar su relativismo. El trata­ miento de estas cuestiones tiene lugar, con frecuencia, en forma de discusiones de transición; de una manera muy ca­ racterística en él, interrumpe su estancia en los primeros planos de lo existente, se aparta del fenómeno individual en el que un momento antes se detenía y se sumerge en la consideración teorética de las condiciones del conocer. -E n el ámbito de la ética entró tempranamente, para ya nunca abandonarlo del todo. En su obra de juventud Intro­

ducción a la ciencia moral analiza los conceptos éticos fun­

damentales; en uno de sus últimos tratados, La ley indivi­

dual, intenta demostrar que el contenido de la exigencia

ética a la que el hombre singular ha de someterse en cada caso es fruto del proceso de su vida individual. En cierto modo, ambos escritos encuadran la producción del pensa­ dor y caracterizan principio y final del camino por él reco­ rrido. Por muy de paso que se mencione, Simmel nunca ha manifestado su ethos de una manera directa. Sin embargo, sí saca a relucir las convicciones éticas de distintas grandes personalidades, como las de Kant, Schopenhauer, Nietz-

sche y Goethe, y raramente descuida poner de relieve tam­ bién el significado ético de los múltiples estados anímicos y corrientes espirituales que describe. Es como a través de un espejo como nos irradia, bastante a menudo e inequívo­ camente, su propia y congénita concepción de la ética. -Las discusiones de Simmel sobre problemas estéticos no comienzan a adquirir una mayor extensión hasta la segun­ da mitad de su producción, sin que, sin embargo, lleguen a condensarse nunca en una teoría del arte. En contraposi­ ción a sus investigaciones epistemológicas, al pensador le interesa menos la investigación de las condiciones bajo las que se hace posible en general el sentimiento y el crear es­ téticos, que, más bien, la reproducción de las vivencias a partir de las cuales florecen ciertos logros artísticos típicos e individuales. Pone al desnudo los fundamentos anímicos en los que enraízan las creaciones de Miguel Angel, Rodin y Rembrandt, y con ello desvela a la vez la esencia y el sen­ tido del arte de cada uno de estos maestros. Su aspiración es siempre tirar del velo de la visión medular sobre la que se articula el crear de los artistas de los que trata directa­ mente, o incluso de los de una época entera como, por ejemplo, el Renacimiento. En ocasiones imputa a ciertos productos que apreciamos estéticamente (como el asa o la ruina) una significación simbólica más profunda que nos explica de un golpe la clase de influencia que esos objetos ejercen en nuestro sentimiento. Con extrema flexibilidad se aclimata a los fenómenos estéticos y lucha en pos de fór­ mulas capaces de encerrar en sí el contenido característico de los fenómenos en cuestión. -En cuanto al amplio ámbi­ to de las cuestiones y vivencias religiosas, Simmel apenas lo

ha examinado en profundidad. La razón podría estribar en la índole de su ser, que sin duda ha carecido de necesida­ des e instintos religiosos originarios. A pesar de todo, tam­ bién a este respecto, allí donde, acaso desde fuera, se apro­ xima a su objeto más que de ordinario, acredita el pensa­ dor una incomparable fuerza de comprensión empática. Una y otra vez vuelve sobre el papel que desempeña el sen­ tir religioso desde una perspectiva sociológica, en tanto que viene eventualmente a demostrar qué formas de la so­ cialización son llevadas por el afán de un goce religioso de la vida. Luminosos claros se abren también (en el Rem-

brandt) sobre la esencia de la religiosidad, cuya sede se

asienta tan profundamente en el alma, que ya no necesita el apoyo de ningún dogma, de ninguna religión positiva. Sim­ mel ha creído reconocer esta devoción, que no necesita de ninguna vestidura particular y que es una propiedad de nuestro ser, en muchas figuras de Rembrandt.

Después de esta visión de la diversidad del mundo en la que el filósofo demuestra su capacidad creativa, lo- que se impone ahora es conocer la índole de su configuración de los materiales. ¿Cómo elabora Simmel el material bruto con el que cuenta, qué camino sigue de uno a otro fenóme­ no a él accesibles, en qué unidades se condensa para él la multiplicidad de los fenómenos? Hay dos maneras de ex­ traer el contenido de las realizaciones de un hombre. O bien se considera preferentemente aquello en lo que esos logros difieren entre sí, y, poniendo de relieve las transfor­ maciones y los desplazamientos de los puntos de vista, se trata de comprender el desarrollo espiritual manifiesto en ellos, o bien se pone el acento en lo que tienen en común,

esforzándose en descubrir el hilo conductor que vibra a través del conjunto. La opción por este último proceder se recomienda sobre todo allí donde lo que importa es, ante todo, penetrar en el mundo espiritual de un pensador y obtener una intuición provisional de su peculiar condición. Si se presupone que toda alma forma una unidad viviente que muestra cualesquiera determinaciones generales, y aun cuando su despliegue consista en una sucesión de revolu­ ciones violentas, sus exteriorizaciones, a pesar de las múlti­ ples contradicciones que pueda haber entre ellas, deben entonces ser solidarias a través de un vínculo que las enlaza a todas entre sí y lleva aquella unidad del alma a una ex­ presión objetiva. La esencia del hombre acaso se objetiva en una idea que atraviesa su creación como un hilo rojo, o se refleja contra una particularidad otra, siempre suscepti­ ble de cristalizar de nuevo a partir de sus manifestaciones. A menudo podría costar mucho descubrir la señal distinti­ va que caracteriza los actos y opiniones de muchos indivi­ duos en cuanto que irradiaciones de una única personali­ dad. Así, hay artistas que son tan variables, que su obra tardía parece proceder siempre de una constitución aními­ ca totalmente distinta de la temprana. Entretanto, estas na­ turalezas de yo fugaz no pueden tampoco escaparse de su inclinación al cambio; su autotraición es todavía una reve­ lación de su mismidad, y, de cualquier modo, al contenido de lo por ellos logrado se adhiere finalmente un rasgo esencial uniforme. El filósofo, en cuanto que hombre en­ frentado a semejante tipo de artista, que aspira a lo defini­ tivo y que, para alcanzarlo, debe arraigar firmemente en el punto central de su esencia, está cierto de la verdad sólo en

la medida en que está cierto de sí mismo -seguramente, a lo menos que se inclina el filósofo es al cambio anímico. Sea cual sea la clase de verdad obtenida, ésta debe ser eter­ namente una y la misma, pero al mismo tiempo es también la contraimagen de su ser espiritual, que en él, más que en otros tipos humanos, se resuelve en forma de principios conscientes, máximas, etc. Quien vive en el anhelo del ab­ soluto revela directamente los contenidos de su interior, permanentes, invariables en medio de todos los cambios. -Todo aquel que se haya familiarizado sólo un poco con el mundo intelectual de Simmel, caerá pronto en la fascina­ ción de una peculiar atmósfera espiritual que le abraza con una evidencia casi corpórea. La esencialidad del conjunto de las obras del pensador le importuna, llega a notar que los más variados problemas quedan resueltos de la misma manera. En esto le sucede como a aquel que visita países extraños y entra así en contacto con un grupo humano pa­ ra él desconocido: por lo pronto, su mirada no le permite una diferenciación individual de los habitantes; sólo sus elementos colectivos, que le son inhabituales en su aparien­ cia de conjunto, llaman su atención. Se conquista una nue­ va tierra espiritual sólo comprehendiéndola primeramente como totalidad. Sólo cuando se ha palpado su silueta se pueden percibir con claridad las partes en que consiste y concebir en lo singular las relaciones que en ellas se traban. El hecho de que el carácter uniforme de las creaciones de Simmel se grabe directamente en la memoria de manera tan profunda, tiene su fundamento en la esencia entera de su filosofía, y aún encontrará más adelante una ulterior ex­ plicación. Sin embargo, no es en absoluto necesario que la

fuente de esta unidad sea un principio nítidamente extraí- ble en conceptos. Cuanto más asistemático es un espíritu -y Simmel pertenece plenamente a los pensadores asiste- máticos- tanto menos arraigan sus logros en convicciones capaces de soportar toda la luz de la claridad conceptual; ciertamente, la viviente unidad de lo producido por él pue­ de ser empáticamente revivida, pero nunca derivada de un concepto fundamental solidificado y enajenado de la vida. En todo caso, también en él es posible -aun a su modo, no deja de ser un filósofo- avanzar hacia una idea nuclear ubi­ cada en la esfera conceptual y en la que están ancladas la mayor parte de sus creaciones, y de este modo establecer una especie de corte transversal a través de su filosofía, con el que, por cierto, no se corta mucho de la coherencia de su pensamiento. En más exacta analogía con esto, el corte transversal arquitectónico a través de un edificio cualquie­ ra, sólo en los casos más raros descubre la estructura de la casa entera, el almacenaje de todos los espacios interiores. Algunos miembros del cuerpo de la edificación permane­ cen habitualmente invisibles; para descubrirlos hay que re­ mitirse al corte longitudinal, o bien a otros cortes transver­ sales. No obstante, uno de éstos adquiere siempre, acaso, la primacía sobre los demás, haciéndonos sensible la es­ tructura de las masas principales de la construcción. El principio nuclear del pensamiento simmeliano que voy a desarrollar tiene la significación de ese corte transversal; nos introduce en la esencia de la filosofía de Simmel, sin, no obstante, llegar a fundarla del todo. Todas las expresio­

nes de la vida espiritual -así podría formularse el principio

sí, y ninguna puede ser separada de las conexiones en que se

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