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GIBRALTAR, PUERTO DE EMIGRACIÓN CLANDESTINA

Dependencia y Sustento en La Línea y Gibraltar

59 En el mar, sobre el mar

se conocieron.

Ella era niña, él marinero. Eran jóvenes los dos que se querían, creyeron y entregaron con amor el uno al otro sus cuerpos. No fue amor, sino pasión aquella aventura vana: en aquel barco velero se entregaban al juego prohibido de la manzana. Eran niños y se asustaron cuando el cielo les anunció que les mandaba un hijo fruto de aquella pasión. Ella lloró de alegría, él también se emocionó. ¿Cómo enfrentar la vida? Se preguntaban los dos. La patria me está llamando, a ella he de correr

y cuando cumpla con ella nos reuniremos los tres. Y la niña con su niño esperaba aquel regreso. Fueron pasando los días, su cuerpo se puso viejo.

Al cumplir los cinco años, me pusieron en la escuela de don Antonio Jaén. Había clases en las mañanas y en las tardes, pues algunos alumnos tenían que ayudar a sus padres o cuidar de la casa o de sus hermanos. Empezaba con un cuaderno para hacer palotes sobre una raya ya marcada para hacer el pulso, y seguía con las líneas curvas, una cartilla para aprender de la “A” a la “Z” y una tabla para los números. En unos meses lo aprendí, pues los chiquillos nos ayudábamos unos a otros.

Entonces vivíamos en el callejón del Palo, una prolongación de la calle San Cecilio muy estrecha, con un palo vertical en cada extremo para que no entraran los carros. En el extremo que daba a calle Granada había un patio grande. En la esquina, el bar El Chiquilín y al lado una casa de cuarto y cocina, como casi todas las del patio, donde vivían Pepe el Zapatero con su señora y dos hijos. Al lado no recuerdo quién estaba, y seguido, Luis el Zapatero, su señora y su hermana, viuda; todos de San Roque. Luego venía el patio: al fondo el pozo y seguido una familia gitana. El padre era herrero, y aparte de los trabajos para viviendas herraba a los animales. Un hermano suyo era domador de caballos y otro era picador de toros.

Un buen día Pepe el Zapatero se mudó y vino otra familia: Diego, su mujer, Elena, que era de Gibraltar y una niña chica. A los pocos meses Diego enfermó de una tuberculosis y falleció. Estaba en la cama acabado de amortajar (se decía “vestir al muerto”) y alrededor las vecinas. Los chiquillos nos asomábamos a curiosear y una vecina me propuso que le tocara los pies. Yo me quedé cortado y ella insistió, explicando que era el modo de perder el miedo a los muertos. Con mis dos manos toqué los calcetines azules

y rígidos, de los tobillos a los dedos, como ella me indicaba. La impresión fue tal que aún me acuerdo con toda nitidez de esa familia.

Mi abuela decidió trasladarse a la calle Isa- bel la Católica. Yo tenía siete u ocho años y me cambiaron a la escuela de don Antonio Losada, donde ya me solté a leer.

Recuerdo perfectamente el día 14 de abril de 1931, cuando se proclamó la Segunda Repu- blica. En la tarde, cuando ya habían regresado los trabajadores de Gibraltar, se organizó una gran manifestación con banderas republicanas y dando vivas a la Republica. En febrero yo había cumplido los once años y aquel acontecimiento despertó mi curiosidad. La apertura de locales políticos, sindicales y ateneos promovieron un deseo general de conocer y participar.

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De aprendiz en una imprenta

Un día llegó a nuestra casa un señor de unos 35 años preguntando por mi abuela. Se llamaba Rafael Fenón y era de Málaga. Era maestro encuadernador, traía innovaciones y pronto le hicieron un contrato fijo en una imprenta de Gi- braltar de muy buen prestigio llamada Berland y Malin. Esta imprenta era la úni- ca que no tiraba periódicos: hacía todos los trabajos del gobierno y del muni- cipio local, de las fábricas de tabaco y de los cines; y también se dedicaba a la encuadernación y restauración de libros viejos. Los nombres de las otras dos imprentas, El Calpense y La Crónica (The Gibraltar Chronicle), lo eran también de los diarios que editaban.

Rafael traía noticias de mi tío Nicolás y Elena, que se marcharon a Brasil. Nos contó que estaban bien y que habían mantenido una buena amistad. Mi tío lo había tenido escondido un tiempo porque él formó parte de la revolución que Carlos Prestes organizó en Brasil y había estado muy perseguido13. Nicolás le fa- cilitó un pasaje para España y algún dinero, y él le prometió que se lo devolvería a su madre.

En El Campo de Gibraltar

la prensa surgiría con fuerza

bajo la influencia de la colonia, desde comienzos del siglo XIX. Con la proclamación de las cortes de Cádiz en 1810 nació el periodismo de opinión en la provincia de Cádiz, abandonando su tendencia literaria, costumbrista y la censura absoluta. Entre mediados del siglo XIX y el XX se editaron en la comarca más de cien publicaciones periódicas de todas las tendencias. Entre los primeros que vieron la luz están: El Diario de Algeciras, El Perro (editado en San Roque en 1800), The Gibraltar Chronicle o La Crónica, (editado en 1801 en Gibraltar), El grito de Carteya, El Último Telegrama, El Correo, La Revista, El Progreso, El Centinela del Estrecho, Nuevo Papel, El Pum, Pero Grullo, La Tijera, El Sino o El Diario de La Línea.

El Calpense salió a la luz en 1868 y dejó de editarse en 1982. Es el primer diario en lengua española publicado en Gibraltar y hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial tuvo mayor tirada que los diarios en inglés, lo que indica el uso extendido del español en ese tiempo. En los años sesenta pasó a ser bilingüe.

13 Carlos Prestes, militar y político comunista brasileño, participó en varias tentativas revolu-

En una de estas visitas, ella le preguntó si yo podía trabajar de aprendiz en la imprenta. Al lunes siguiente, el encargado me citó a las nueve de la mañana. Entonces no se exigía ninguna documentación para entrar en Gibraltar y la edad no importaba. Mi madre fue a hablar con el maestro de la escuela privada donde yo asistía y le dijo, “mira, el niño tiene la oportunidad de emplearse en una imprenta...”. Y le dijo el maestro, “te lo puedes llevar; ¡si el niño sabe casi como yo!”.

La imprenta estaba en la calle Real y cerca del Hotel Cecil, de fachada suntuosa y con personal de entrada de uniforme. En los pisos superiores vivían los dueños: en el primero la familia Berland y en el segundo Mister Malin, ya muy mayor. Para entrar y salir de la imprenta había que pasar por la oficina del encargado, con una amplia mesa, su teléfono de pared y, adosada a la mesa, una placa de botones para llamar a las distintas secciones: linotipia, minervas cajitas, litografía y encuadernación. Cada maestro sabía su número de timbradas. Cuando tocaba muy seguido, es que llamaba a un aprendiz: tenías que soltar todo y correr a su oficina.

Yo tenía entonces doce años (sería hacia 1932) y en la imprenta había tres aprendices mayores que yo. El trabajo consistía en barrer y tener todo limpio, recoger los recortes de papeles, limpiar de tinta las rolas de las máquinas... En fin, estar donde te llamaban para que ningún maestro diera quejas de ti. Un año después me pusieron a imprimir en una Minerva: la máquina imprimía el papel uno a uno, y había que retirar el impreso que salía con una mano y al tiempo colocar otro. Yo tenía que estar subido en un banquito para dominar la altura.

En la imprenta se hacían envoltorios para los cuarterones de tabaco. Había varias fábricas de tabaco en Gibraltar. La hoja del tabaco llegaba suelta; en la colonia la preparaban, la molían y la metían en prensas para hacer pastillas de un cuarto de libra de peso, que una vez empaquetadas es lo que llamaban

cuarterones. El cuarterón llevaba dos forros: un papel basto por dentro, y sobre éste el papel fino de la marca. El envoltorio de Montecristo era el más trabajoso, porque llevaba purpurina, que era muy tóxica.

Casi todos los días llevaba un carrito grandísimo lleno de estos papeles de la imprenta a una fábrica de tabaco. Algunas veces, no siempre, me regalaban un cuarterón; y yo lo regalaba, porque ya había probado el cigarrillo y no me había gustado. En esa fábrica podían trabajar cuarenta o cincuenta personas, la mayoría españoles. Un día veías allí un montón de tabaco del tamaño de una habitación y al otro día, cuando llegabas a hacer la entrega de envoltorios, ya no estaba. Eso significaba que por la noche lo habían contrabandeado.

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63 Me encargaba también de llevar a los cines la propaganda de las películas, donde me daban una entrada para el gallinero, que yo regalaba. Yo no iba al cine en Gibraltar, porque cuando acababa de trabajar me regresaba para mi casa co- rriendo. En la imprenta también hacíamos unos libros para las carreras de caba- llos, donde venían los nombres de los caballos y otros datos.

Lo que actualmente hay en Sotogrande para ocio de los ricos14, antes lo te- níamos aquí. En Campamento (San Roque) había carreras de galgos y campos de polo. Los sábados y los domingos había carreras de caballos en Campamento. Ve- nía a jugar y a cazar la gente de Gibraltar, de Sevilla, Jerez y otros lugares; la gran- deza de Andalucía. Gibraltar sólo hacía carreras de caballos los sábados, pero no en la colonia sino en la zona neutral, donde está ahora el campo de aviación15.

14 Sotogrande, urbanización de lujo construida en los años sesenta en el término de San

Roque, tiene campos de golf, puerto deportivo de lujo, club de polo e instalaciones de equitación.

15 La primera pista de aterrizaje junto a Gibraltar se construyó en parte de la zona neutral

(zona desmilitarizada tras un acuerdo en el siglo XVIII), donde estaba el hipódromo y cerca de una laguna. José Luis Rodríguez recuerda esta copla: “Vuela, vuela, palomita / vuela con precaución / que donde estaba la laguna / está el campo de aviación”. Con el tiempo, la pista se convirtió en el aeródromo o campo de aviación. Esta y otras edificaciones canalizaron la ocupación británica de parte de la zona neutral establecida en territorio español.

Cuarterones de tabaco de picadura de Gibraltar: La Indiana (de Juan López), El Águila Imperial (de Jorge Russo), El 41 (de Lewis-Stagnetto), El Submarino (de Benzaquen-Benoliel), El Cubanito, y Gibraltar Tras de los Cuartos (de Jorge Russo). Imágenes tomadas de las webs www.cartagenaantigua.es y www. todocoleccion.net.

En los

espacios de ocio de las clases poderosas

de España, Gran Bretaña y Gibraltar, se consolidaban sus alianzas. Araceli Muñoz, periodista, explica: “Desde 1812 hasta 1939, en El Campo de Gibraltar existió una sociedad exclusiva llamada Royal Calpe Hunt, por la afiliación de las realezas inglesa y española. Solía organizar tanto la cacería del zorro (buen entrenamiento para el campo de batalla), como carreras de caballos, polo y golf. Los abuelos con más de 80 años recuerdan que los ingleses llegaban a Los Barrios para hacer batidas, y algunos de ellos actuaron durante años como guías para los señores. Toda la comarca estaba a su servicio el día de caza, lo que incluía pisotear las tierras sembradas. Al día siguiente un gibraltareño repasaba el lugar de la batida acompañado del alcalde, valoraba los destrozos y los pagaba” (adaptado de Araceli Muñoz, 2009).

“De niño veía pasar a los ingleses por el río Cachón con caballos y con bastantes perros”, recuerda Antonio Barros. “Con esta herencia, y siendo mayor, organicé durante varios domingos un juego de carreras en el paseo de Poniente: con unas cuerdas tirábamos de pieles de conejos y hacíamos correr a los niños y jóvenes como locos detrás de ellas”.

Carrera de caballos celebrada por la Royal Calpe Hunt. El recorrido de la carrera abarca desde el campo neutral y el actual aeródromo, hasta la costa de Poniente linense, frente a Gibraltar. Pueden verse varios carabineros, un aguador, un guitarrista, y hombres, mujeres y niños; unos caracterizados como ingleses y otros como andaluces. Grabado en 1870, de la revista The Illustrated London News. Fuente: Institut Cartogràfic de Catalunya.

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Una calle entera con cabarés

En la imprenta congeniaba bien con Diego, otro aprendiz mayor que yo que venía de El Calpense y sabía bastante. Vivía con su madre, que era viuda. En aquellos años, el trabajo en una imprenta estaba considerado como más rebelde que el de carpintero o albañil. Juntos nos anotamos como aprendices en la sección de Artes Gráficas de la Unión General de Trabajadores y en las Juventudes del Partido Socialista. Todos los días llegaba del trabajo, me aseaba, comía algo y me iba a la Casa del Pueblo de La Línea, donde leía los periódicos y asistía a las tertulias.

Por culpa de Gibraltar, en esos años teníamos en La Línea una calle entera con unos pocos de cabarés, donde muchísima gente bebía y se relacionaba con prostitutas; aquello era tremendo. En la calle Gibraltar de La Línea había entre cinco a siete cabarés; y más en la calle San José y otras. Había prostitución de alto nivel y de bajo nivel; veintitantas salas de fiesta y salas de baile, y veintitantos prostíbulos. Por supuesto que en Gibraltar también había clubes y prostitución, pero en general era más discreto, y aquí en La Línea les costaba menos.

Yo conocí en mi patio a una mujer casada con un camarero, que había trabajado en la calle Carteya como prostituta. Esto fue antes de que los cabarés se trasladaran a la calle Gibraltar. Y en esas zonas había también muchos chiquillos de doce años que trabajaban vendiendo cigarrillos.

Tiempo después tuve a una vecina a quien llamábamos “la niña del piano”, cuyo padre era músico: ella tocaba el piano en un cabaré de Gibraltar a donde iban los oficiales y gente de recursos. También conocí una persona que traía contratadas diez o doce prostitutas de Valencia u otros sitios, y al cabo de una temporada las volvía a llevar para allá y traía otras. Muchas se casaban con linenses o con llanitos. Una escribía a la amiga contándola que había asegurado su porvenir casándose con un llanito, y la amiga venía también16.