De este modo, confrontado con esta falta de investi gación sobre el concepto de orden, decidí empezar desde el nivel más simple. Decidí empezar con un análisis de la forma lingüística de la orden. ¿Qué es una orden desde el punto de vista del lenguaje, cuál es su lógica e incluso su gramática? Y entonces la primera cuestión que tuve que afrontar fue la fundamental partición, la división que Aristóteles establece en un pasaje muy importante de su libro
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[Sobre la interpretación], que por lo demás es también el origen del desprecio general por la orden en la lógica occidental. Permítanme citarles un fragmento: “no cualquier discurso, no cualquier lo- gos, no cualquier lenguaje es apofántico, sino sólo aquel discurso en que la verdad y la falsedad están presentes”[áicofavTtxQi; Sé ov
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vizápxet\. En griego, uno tiene dos palabras, dos verbos:
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- “con los que se puede decir la ver dad o decir la falsedad”. Esto último no es posible en todos los discursos. Así, por ejemplo, la plegaria, la zvyjj, es un lo-gos, es un discurso, pero no puede ser verdadero o falso. Es claro, una plegaria no puede ser verdadera o falsa. Por eso, abandonamos lo no apofántico: los filósofos ignoraron los discursos no apofáncicos porque el análisis de éstos per tenece a la retórica y a la poética, mientras que el objeto de nuestra actual reflexión filosófica es solamente el logos apophantikos: un logos, un discurso que puede ser ver dadero o falso. Esto sería extrañamente suficiente, él dijo que esto pertenece a la retórica y a la poética, pero sería ex trañamente suficiente. Si uno tom a el libro de Aristóteles sobre la poética, descubrirá que la exclusión está todavía allí, una exclusión referida a un conjunto de discursos no
¿Quéesu n a o r d e n?
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apofánticos que incluye, entre otros, a la orden. C ito este pasaje de la Poética: “el conocimiento de las figuras del
discurso [rá ojr¡¡una rrjq ~kéh.wc, {lóyov}] pertenece al arte
del actor \pTtox.pimi¡q^. Curioso, quiero decir, las pregun
tas “qué es una orden”, “qué es una plegaria”, “qué es una amenaza”, “qué es una pregunta”, “qué es una narración” no conciernen a la poética. Es por esto que no tenemos que preocuparnos por si H om ero está errado, cuando en el comienzo de la Iliada, confunde una plegaria con
una orden, diciendo, com o ustedes saben, “\jcf¡viv\ ástSe, Seúl” (dioses, canten para mí). Así, en la Poética, la orden
es mencionada entre las formas no apofánticas del logos, pero ni siquiera allí tenemos un tratamiento de la pregun ta. De este modo, el problema de la orden y otras formas no apofánticas del logos es completamente despreciado.
Reflexionemos un poco sobre esta gran escisión, esta gran partición que divide según Aristóteles el campo del lenguaje. Hay un logos, un discurso, que es capaz de apophansis, de manifestación, porque éste significa que cualquier cosa existe o no y que puede, por eso, ser ver dadera o falsa. Y hay otros discursos, como la plegaria, la orden, la amenaza, la pregunta y podemos agregar, las maldiciones, las exclamaciones, las imprecaciones, las ad vertencias, que son indiferentes a la verdad y a la falsedad, porque no manifiestan ni revelan nada en el sentido apo- fántico. La decisión de Aristóteles de ignorar el logos no apofántico fue efectivamente ominosa en el sentido en que decidió la historia de la lógica occidental. P or siglos, la lógica se enfocó sólo en el análisis de la proposición con forma de logos apofántico y esta otra inmensa área del lenguaje, la no apofántica, fue dejada a los retóricos
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GIORGIO a g a m b eno a los teólogos, cuando no fue completamente ignorada. Cuando ocasionalmente la orden era mencionada, sim plemente se la explicaba como un acto de voluntad y, de ese modo, se la confinaba a la esfera de la moral. Así, por ejemplo, encontramos una muy pequeña pero interesante definición de mandato en Elements ofLaw [Elementos de
la ley] de Hobbes. Él define al mandato com o una expre sión del apetito o de la voluntad. Es sólo en el siglo X X , como probablemente sepan, que los lógicos comenzaron a analizar lo que llaman “lenguaje prescriptivo”, lenguaje en forma imperativo. N o nos detendremos en este capítulo de la lógica -q u e es muy interesante, que a veces es refe rido como “lógica deóntica”; sólo diremos que lo encuen tro generalmente insatisfactorio, desde mi punto de vista, porque el problema parece ser sólo cóm o transformar una declaración en forma imperativa en una proposición en forma indicativo, en modo indicativo. Mientras que el problema es, por el contrario, precisamente comprender el modo imperativo como tal.
Entonces, a continuación, intentemos entender qué sucede cuando pronuncio un discurso no apofántico en la forma de un imperativo. Por ejemplo, cuando digo “¡Cam ina!”. Para entender el significado de esta declara ción, comparémosla con el mismo verbo en el modo in dicativo: “él camina” o “Charles camina”. Esta segunda oración es apofántica en el sentido aristotélico porque asevera algo (“él camina”) sobre alguien y puede por lo tanto: ser verdadera, si Charles está verdaderamente ca minando; o falsa, si Charles no está caminando. Pero en todo caso, la proposición refiere a algo del mundo; refiere al ser, a lo que es. En cambio, a pesar de ser morfológi