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permite entender cuál es el significado de la orden? De hecho, otro aspecto que descubrí es que los lingüistas no se sienten a gusto cuando tienen que definir la semántica del imperativo.

En este sentido, mencionemos aquí dos observaciones útiles que debemos a dos grandes lingüistas franceses, tal vez los lingüistas franceses más importantes del siglo X X : Antoine Meillet y Émile Benveniste. Meillet subraya la identidad morfológica entre la forma del verbo en modo indicativo, que es utilizada para aseverar algo, y la forma del verbo que es utilizada en la orden imperativa: “El ca­ mina”, “¡C am ina!”. Luego también observa, este punto muy interesante, que el imperativo usualmente, en las lenguas europeas, coincide con la raíz, con el tema del ver­ bo: el verbo “amar”, “¡A m a!” -e l imperativo es idéntico al tema del verbo. Finalmente, sugiere que el imperativo podría ser la forma primitiva del verbo. Entonces, el ver­ bo existió primero, según Meillet, en la forma imperati­ va. Esto es sólo en cuanto al fondo morfológico. Y luego Emile Benveniste, quien fue alumno de Meillet, escribió un artículo en el que criticaba la interpretación de la or­ den y del imperativo como “acto de habla” realizada por Austin. C om o ustedes saben, Austin menciona a la orden y al imperativo como un ejemplo de performativo, de acto de habla, o ilocución. Entonces, Benveniste en este artícu­ lo, a la vez que critica esta opinión, afirma que el imperati­ vo no tiene denotación, no tiene referencia en el mundo y no ayuda a comunicar algo. Éste es, cito, le sém antém e nu

-e s muy difícil traducir esto al inglés- el núcleo semánti­ co desnudo. De este modo el imperativo corresponde al núcleo semántico desnudo de la palabra empleada como

¿Qué esu n ao r d e n?

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una orden. ¿Qué quiero decir con esto? El imperativo es el kernel semántico desnudo, el sém antém e nu del verbo,

pero sin referencia o denotación. Entonces, intentemos

desarrollar esta curiosa definición. El sémantéme, el con­

tenido semántico del término (del verbo, en este caso) que expresa usualmente la relación ontológica del lengua­ je con la realidad, aquí es empleado con un objetivo dife­ rente que podría parecer no-ontológico o pre-ontológico, porque aparentemente no hay referencia a algo que es. Sin embargo, pienso que implica un tipo peculiar de ontología que no tiene la forma apofántica de la aserción sino la de la orden -n o “es” sino “¡sé!”, no “hay” sino “¡que haya!”. La relación del lenguaje con la realidad no es aseverada sino ordenada. Sém antém e nu significa esto: la relación

ontológica del lenguaje con el mundo, con lo que es, no está ahí, es ordenada. No “es”: “debería ser” o “debe ser”.

Por lo dicho, pienso que podríamos sugerir la siguiente hipótesis: en la cultura occidental hay dos oncologías, dis­ tintas y sin embargo relacionadas. La primera es la obvia: la ontología de una aserción expresada en el modo indica­ tivo como ustedes saben -algo es. La segunda, la ontología

de la orden se expresa en el modo imperativo. Podemos, luego, llamar a la primera la ontología del étrri, que es el

término griego para “es”, y a la segunda la ontología del

¿OTO), que es el término griego para “¡sé!”, para el impera­

tivo. La primera, la ontología del “es” dirige y gobierna el dominio de la filosofía y de la ciencia. La segunda gobier­ na el no menos importante dominio de la ley y la religión - y podemos agregar la magia también.

Es posible que recuerden la frase del poema de Parménides que como saben inaugura la metafísica mo-

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derna. Parménides escribe lort yáp ilvai, “hay, pues, ser”.

Tenemos que colocar junto a esta formulación, otra for­ mulación que inaugura una oncología diferente, ierra yáp shai, “que haya, pues, ser”. N o sé si se puede traducir de

ese modo. Si la oncología es la relación enere el lenguaje y el ser, en la ontología de la orden el acento está puesto en el lenguaje, que hace que algo sea; mientras en la onto­ logía clásica el acento está puesto en el ser o en la corres­ pondencia entre lenguaje y realidad (en la otra ontología, tenemos sólo una orden de ser). Estas dos oncologías cla­ ramente distinguidas y a veces opuestas, continuamente se cruzan y se entrelazan e incluso luchan en la historia de la cultura occidental. La ontología occidental es en este sentido una máquina doble o bipolar. Nos debemos acostumbrar a la idea de que la ontología no tiene sólo

la forma del “es”. Esto es como esto. H ay otra ontología que tiene la forma del imperativo. Y el polo del lo ra , del

imperativo, que fue despreciado, como vimos, y que per­ maneció en el fondo en los tiempos clásicos comenzando con el cristianismo empieza a volverse progresivamente más y más importante. Pienso que podríamos decir que la ley, la magia y la religión (que como saben al principio son difíciles de distinguir y que, cuando uno realmente se remonta en el tiempo, no se pueden separar entre sí) definen una esfera donde el lenguaje es constitutivamente en modo imperativo. Creo que una buena definición de la ley, la religión y la magia podría ser que son un intento de construir todo un mundo sobre el terreno de la orden. Esto es verdad, por cierto, en el sentido en que, como sa­ ben, Dios habla en la forma de la orden. Pero no es sólo esto. Los hombres en la religión hablan en la forma de la

¿Quéesu n a o r d e n?

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orden. La plegaria riene la forma de orden. Ahora debe­ ríamos reflexionar sobre esta extraña característica: uno reza en la forma de la orden. “¡Dános hoy nuestro pan de cada día!”. Entonces, uno interpela a Dios en la forma del imperativo. Y esto es verdad en todos lados. Recuerden que Aristóteles nota que en el principio de la litada

Homero interpela a los dioses en la forma del imperati­ vo. Entonces, ¿esto es una plegaria? Esta esfera, pues, está basada en la orden y tiene, por ende, su propia ontología. Y tal vez nadie expresó esta ontología más claramente que Pablo en su Carta, a los H ebreos cuando dice que la fe es la

hipóstasis (v 7 tóm u ri(), la sustancia de las cosas esperadas

["Eon Sé murtt; ébtt^oftéveov vTtó<ncun<;], donde intórtam^ es

el término técnico griego, esta vez, para ser. Entonces la

fe, la principal categoría de la religión según Pablo, es la sustancia, la forma en la que las cosas esperadas existen. Es una formulación oncológica. Pienso que Pablo debió saber mucho de filosofía griega. Y esto es claramente una proposición ontológica.

Intentemos entender la peculiar eficacia que define a esta ontología que da una hipóstasis, una sustancia, un ser a las cosas que parecen carecer de todo ser. Deberíamos, por lo tanto, considerar el hecho de que en el famoso libro de 1962 escrito por Austin que ya mencioné, How to do things with words [Cóm o hacer cosas con palabras], la or­

den fue clasificada como un acto de habla, un acto ilocuti- vo, es decir, como un discurso que no significa o describe un estado de cosas simplemente sino que, mediante su mera pronunciación, produce la verdad como un hecho -perdón, el juram ento como un hecho. ¿Cómo funciona

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ciación la fuerza y la realidad de un hecho? Los lingüistas no lo explican con peculiar eficacia. Com o si hubieran alcanzado aquí una especie de estrato mágico en el len­ guaje. Ellos dicen que es de ese modo, como si en estos ejemplos el lenguaje tuviera una especie de poder mágico para producir lo que significa como un hecho. Creo que el problema se vuelve más claro, si volvemos hacia nuestra hipótesis de la doble ontología que gobierna nuestra cul­ tura. La distinción entre los actos locutivos e ilocutivos corresponde a la doble estructura de la máquina ontoló- gica occidental. El acto de habla representa en el lenguaje la presencia de una estructura donde la relación entre las palabras y las cosas no era o es apofántica sino más bien

una especie de orden mediante la cual el lenguaje pone en acto y produce esta relación como un hecho. Y creo que si consideramos el éxito en constante crecimiento de la noción de acto de habla, no sólo entre los lingüistas, sino también entre los filósofos y los juristas, podríamos tal vez sugerir la hipótesis de que la centralidad de este concepto corresponde a que en nuestras sociedades contemporá­ neas la ontología del mandato está no sólo erosionando la primacía de la ontología deUcrri sino también lentamente

sobreponiéndose y reemplazándola. Esto significa que, en una suerte de retorno de la reprimido, la religión, la magia y la ley (y todo el dominio del logos no apofántico que había sido despreciado y puesto en segundo plano) están secretamente empezando a gobernar la función de nues­ tra sociedad secularizada. En nuestras tan llamadas socie­ dades democráticas, las órdenes son dadas usualmente en la forma del consejo, de la sugerencia, de la invitación, de la publicidad, o uno es interrogado por razones de seguri­

¿Qué esu n a o r d e n?

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dad para cooperar, y la gente no se da cuenta de que esas son órdenes disfrazadas en las formas de la sugerencia, del consejo, etc. La estupidez del ciudadano moderno no tie­ ne límites. Entonces, lo que intento decir es que tal vez nosotros no somos conscientes de esto pero el logos no apofántico está realmente gobernando, en esta forma so­ lapada, a las sociedades. Mientras nosotros continuamos pensando en la forma de la aserción, de la ontología cien­ tífica y filosófica del “es”, en todos lados esta otra forma, la forma de la orden, está triunfando.

Les dije que intentaba darles una pequeña muestra de mi investigación arqueológica sobre la orden y tengo algo más para contarles. Cuando uno empieza a investigar so­ bre la orden, hay otro concepto que no cesa de aparecer al lado de aquel y que parece acompañarlo como un se­ creto compañero, me refiero al concepto de “voluntad”. La orden es constantemente explicada como un acto de voluntad o volición. Com o ya dije hay pocas reflexiones sobre el mandato, pero siempre estas reflexiones tienen la siguiente forma: la orden es obviamente un acto de volun­ tad. Desafortunadamente, esto viene a ser lo mismo que explicar lo obscurum de obscuros (algo oscuro mediante

algo todavía más oscuro) porque, como probablemente sepan, nadie nunca pudo explicar qué significa “la volun­ tad”. ¡Es absolutamente imposible! No es fácil definir una orden pero dar una definición de la voluntad es algo que sólo la gente desquiciada puede intentar. Es por eso que al comienzo de mi investigación decidí tom ar en cuenta la sugerencia de Nietzsche que invierte los procedimientos y explica la voluntad mediante la orden. “Querer”"’ signifi-

“ N . del T .: En la conferencia original, el térm ino es “to will” (como verbo de “will”). En español, elegimos el térm ino qu erer porque es

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